«Para acabar con Eddy Bellegueule», por Édouard Louis, Salamandra.

para_acabar_con_eddy_bellegueule_300_rgbSegún iba creciendo, notaba más clavada en mí la mirada de mi padre, el terror que lo iba invadiendo, su impotencia ante el monstruo que había creado y cuya anormalidad se iba afirmando de día en día. A mi madre parecía tenerla desbordada la situación y tardó muy poco en tirar la toalla. Muchas veces pensé que llegaría el momento en que se marcharía dejando una simple nota encima de la mesa donde explicara que ya no podía más, que ella no había pedido un hijo como yo, que no estaba dispuesta a vivir aquella vida y reivindicaba su derecho a dejarla atrás. En otras ocasiones creí que mis padres me iban a llevar al arcén de una carretera o a lo hondo de un bosque para abandonarme allí, como se hace con los animales (y sabía que no lo iban a hacer, que era imposible, que no llegarían a eso; pero se me ocurría esa idea).

Fragmento seleccionado de la novela «Para acabar con Eddy Bellegueule», de Édouard Luis. Publica Ediciones Salamandra.

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Leopoldo María Panero, Poesía completa (1970-2000), Visor de Poesía

In memoriam

LEOPOLDO MARÍA PANERO

JUICIO FINAL

No sé si fuego o luz,
o cadáver en la sombra
o estantigua de sueños
donde muere el hombre
y se convierte, muerto, en artista del hambre
para saciar los gritos de su cuerpo
y llegar a la playa
donde muere el hombre.

               * * *

Ah este hombre, cercado de ponientes
este poema
cercado por los hombres
como una bandera azul para insultar al viento
y a la nada —y al ciervo—
vagando donde ya no hay hombre
sino una flor nacida
de la blanca floración de la nada.

               * * *

A ti, lector, te ofrezco
las serpientes de mi boca
la amarilla floración de mi boca
la amarilla y oscura
floración del odio.

                * * *

Oh el brazo cercenado
cuyo doble es el poema, ah la nada
que al poema por doble tiene
ah la palabra impura que todo sabe de rimas
y no de vida.

                * * *

Nada hay ya turbio
nada hay ya
parecido a la vida
ni un muslo de mujer, ya ni una duda
nada hay ya
sino el poema como un pus, como una ortiga
cercenando mi mano.

Poema “Juicio Final” seleccionado del libro «Poesía completa (1970-2000)», de Leopoldo María Panero, Colección Visor de Poesía, Edición de Túa Blesa.

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«Un millón de gotas», por Víctor del Árbol, Destino editorial.

un millon de gotas victro del arbolCecilia era tan ingenua para creer que los hombres necesitan ser escuchados, que si les muestras amor se enamoran. Que la justicia está por encima de los actos que cometemos y que tarde o temprano se acaba imponiendo. No es que fuera tonta o idealista, veía lo que sucedía, pero decidía cambiarle el color. Quizá eso fue lo que le llamó la atención de ella la primera vez. Su optimismo y su confianza en el género humano, pese a que cada noche la mitad de ese género se la follaba sin muchas contemplaciones.

Él no la rescató a ella. Fue Cecilia la que le sacó del infierno. La que le prometió que se harían viejos juntos, que tendrían muchos hijos que cuidarían de ellos, viendo como año tras año se convertían en abuelos. Pero llegó el cáncer, esa burla cabrona de la vida, que juega al trilero: ¿dónde está la bolita? Y la bolita es la felicidad, que nunca se está quieta, que siempre es mentira, que desaparece entre los dedos del genio embustero. Diez años, eso le regaló la vida. Y el resto de su existencia para echarla de menos.

Fragmento seleccionado de la novela «Un millón de gotas», por Víctor del Árbol, Destino Editorial.

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«La pequeña comunista que no sonreía nunca», de Lola Lafon, Anagrama.

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Convocan a los elementos: ¿acaso nada en un océano de aire y silencio? Rechazan el deporte, demasiado brutal, casi vulgar en comparación con lo que está teniendo lugar, hay que tachar, volver a empezar: la chiquilla no esculpe el espacio, es el espacio, no transmite sentimiento, es el sentimiento. Aparece -un ángel-, fijaos en ese halo que la envuelve, un vapor de flashes histéricos, se eleva por encima de las leyes, de las reglas y las certezas, una máquina poética sublime que todo lo subvierte.

Fragmento seleccionado de la novela «La pequeña comunista que no sonreía nunca», de Lola Lafon, Anagrama Editorial.

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EsPuMuKi de Navidad

psiq loco

Pumuki ha vuelto.

Me cuenta que ha estado interno en un centro de Planificación y Control Mental. Creo que es Nochebuena o algo parecido. Nos aburrimos. Entre mis papeles tengo una invitación a una conferencia sobre la figura de DFW.

Pumuki no accede a la propuesta.

Esto es como un salto en el tiempo. Me presenta a su amigo imaginario. Una suerte de artefacto prototipo de una inteligencia artificial con la que no sé qué pretende.

Tocan al timbre. Un aburrido bohemio nos trae la comida. Nos damos las manos. Saludos de cortesía. Montamos la mesa… Bla, bla, bla, comemos, bebemos, hablamos. Pumuki me pasa una nota en la que dice haberse masturbado encima de un libro de BIZ.

Me asegura guardar en sus cajones libros prohibidos de Bukowski que intercambió a hurtadillas con alguien en el centro. — [¿Contrabando de loqueros?]

—Necesito ver tu evaluación—, le digo. Abre su maleta, saca una carpeta y me la entrega.

Tratamiento: se le informa que siguiendo instrucciones de su psiquiatra virtual se le aplicará el mismo protocolo que a la persona deprimida, mujer deprimida del cuento de DFW. Leo.

Una suerte de magnetófono manejado por Pumuki emite ahora mensajes subliminales mezclados con luces estroboscópicas. —¡Apaga ya, demonio!—, le grito.

—No estoy loco—, me dice.

—¿Y por qué razón?—, le pregunto.

—Simplemente porque la enfermedad mental no existe. No es un padecimiento cuya naturaleza sea elucidada por la ciencia sino más bien un mito inventado por psiquiatras con aspiraciones de ascenso profesional y respaldado por la sociedad, pues valida soluciones cómodas respecto a personas problemáticas. (sic)

En su informe de evaluación expedido por el CPCM leo:

Ha mejorado en: Comprensión lectora, habilidad motora, capacidad de escupir, arrogancia, estupidez, comer caramelos, convulsiones endógenas, introspección, falsos trabajos, follar mentes y leer a poetas malditos… Malditos poetas…

Aburrido de leer verborrea megalómana me levanto del sillón, voy hasta la ventana del salón y veo que ya han colgado por las calles las luces de navidad.

Idea y acción: Busco mi rifle de largo alcance y desde la ventana empiezo a dispararle a las bombillas. Todos rien a carcajada suelta. ¿Existe la violencia artificial? Disfruto con las microexplosiones de colores. Quizá esta mierda tenga algo de espíritu navideño. No lo sé. Pero hay una catarsis espontánea que me sorprende.

Esto es como un salto en el tiempo. #En caso de duda consulte con su académico. Si no lo tiene se lo asignaremos sin recargo alguno#.

El bohemio ha tomado asiento. Nos pide que nos acerquemos. (Villancicos no, por favor).

—¿Somos ficciones?

En aquel momento, un niño pequeño que se encontraba en algún lugar de mi interior chilló a pleno pulmón, pero cuando abrí la boca no salió de mis labios ni el eco de aquel grito. Tenía miedo. Tenía pánico. No había tenido tanto miedo en toda mi vida. Pero era un miedo empaquetado, instalado en el estómago y me estaba corroyendo.

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