Las Lecturas Del Loco (Pumuki, Doctor Lem…) (I)

Por orden de aparición:

LEINE, Kim: «Tunu», Lengua de Trapo.
TRUEBA, Jonás: «Las ilusiones», Periférica.
LOE, Erlend: «Naíf. Súper.», Nórdica Libros.
KRATOCHVIL, Jiri: «La promesa de Kamil Modracek», Impedimenta
CHOMSKY, Noam: «Las sublevaciones democráticas globales», Pasado y Presente.
LANCHESTER, John: «Capital», Anagrama.
LEADER, Darian: «¿Qué es la locura?», Sexto Piso.
FONTANA, Josep: «El futuro es un país extraño», Pasado y Presente.
PRICE, Richard: «The Wanderers. Las pandillas del Bronx», Roja y Negra.
SHAKUR, Assata: «Una autobiografía», Capitán Swing.
ROTH, Joseph: «El Anticristo», Capitán Swing.
TOMEO, Javier: «Constructores de monstruos», Alpha Decay.

Maite, ama de nada, no «Sobra» nada.

Cierro los ojos y visualizo una figura. Quizá sea Maite, Maite Dono, ella (mujer), ella, fulgurante, viral, amante, desnuda, sagaz, triste… la luna de agosto dibuja y vislumbra su cuerpo, solitario poema, niña furiosa, que rompe su garganta… Maite acostada, redimida, rendida… Es Maite, sí, allí donde la tierra se une con la sangre, donde las «Sobras» se deshacen y se funden con la mortalidad de los elementos.

Maite Dono, autora del poemario «Sobras», publicado por El Gaviero Ediciones es un camaleón que viaja de su ser a su no-ser, de un yo a otro, de una voz a un grito, de un recuerdo a un llanto, de un sol a una noche, del amante al muerto, del muerto a la sangre. Su poesía es orgánica, como la piel, nuestra piel, como todo lo que nos sobra pero no podemos arrojar ni vaciar ni descargar… Su voz, fundida con la sonoridad del ritmo, se hace silencio, se presume asimétrica, se invade de placeres, de manos que ya no existen, de razones, miles de razones que son poemas, versos que acarician cielos y pájaros, bóvedas y cortinas, fobias y filias, sexo y suciedad, odio y arena.

«Con las uñas y los dientes del silencio
He arrancado lentamente esta carne caliente
Humeante carne de amar
Humeante marmita de emoción
Emoción-revolución
Sólo siento
Sólo soy esto
Te jodes


Ahora siéntate y escucha»

Los poemas de «Sobras» están repletos de criaturas, seres marchitos, suicidas de medianoche, esperas sin relojes, visitas al infierno… los versos de Maite gritan desde el poder de la gloria, desde la playa que nadie imagina, desde el desierto pintado de noche, que no negro, pero sí tiniebla; desde el horizonte culpable de amor/amar.

«Mi piel responde a la brisa
Y tú
Quién demonios eres tú?»

Su poesía va más allá de lo inquieto, sobrepasa lo real, desprecia lo dimensionable para convertirlo en una celda donde todo, ella, Maite, se encierran para romper paredes y cristales, arañar miedos y locuras. Se siente su cuerpo, su fuego, su luz, su hambre, su sexo… esa niña atrapada en el tiempo irreal de los relojes de arena, esa mujer con un corazón ahogado, esa quietud calurosa del deseo que invade y duele. Los versos de Maite penetran tu piel, inoculan tu cuerpo de métricas leyes y morbosas imágenes. Te buscan, te penetran, te hieren, te marcan, te aman, te odian… se expanden y arrasan el universo más humilde, ése que somos, que nos sobra y nos roban; ése que mató el pasado.

«… Y por detrás de la noche algo me acaricia
Es mi único alivio
Alguien me escupe entre los ojos
Alguien sabe

Me odio»

Lees a Maite y escuchas la velocidad de la vida, la mortalidad del silencio, el vacío de las llamas, el grito al final de la casa donde esperan los infames, los rebeldes, los que nos matan con espacios preñados en blisters…

Lees a Maite y pides que nunca acabe de contarnos que resistir es invadir de sobras nuestra vida. Lees a Maite y suplicas despertar en un parque lleno de columpios oxidados, lees a Maite y juras volver a querer/amar a todos aquellos que sobran de tu memoria… La plenitud de sus palabras es el oleaje de su combate. La capacidad de Maite para hacernos ver el (desván) que somos es mucho más que magistral. La fuerza geofísica de su voz convierte la poesía en un gen a la medida de la pureza más dulce y temblorosa. Sí, porque leer a Maite Dono es temblar de placer, temblar en el Edén.

Silencio, se desnuda, lentamente, se acerca hasta la orilla, y se sumerge en el mar, el mar poético que te ahoga de bestial belleza. Esto es «Sobras».

«Qué fácil rendirse
A la belleza
Te amo»

 

Reseña del poemario «Sobras», de Maite Dono, El Gaviero Ediciones, 2013.

El hormigueo de la poesía

«Pienso en mi vida y reconstruyo mi vida
como un accidente de tráfico reconstruye una calzada».

Quizá la poesía, un poema o un verso tengan algo de accidente, ¿quién sabe? Es muy probable que ese posible/presunto accidente no haya ocurrido aún, y esté dentro de uno mismo, a la espera de ser hijo de una mano, de una mente, que más tarde, cuando la luz lo tamice, nacerá y vivirá en el reflejo estrellado de un folio en blanco. Creo que de eso se trata. De vivir, tropezar, caerse, levantarse, y finalmente renacer. Y si alguien, como Cristian Alcaraz («La orientación de las hormigas», Renacimiento, 2013, Premio Poesía Andalucía Jóven) escribe este poemario es porque tiene todo o mucho más de lo anteriormente citado. Es muy difícil definir la belleza, su origen, su forma, su (culminación)… Pero es muy fácil que ella misma, te penetre, te enganche, te agarre por dentro y no te deje salir.

«Llevo el peso en la parte de la espalda
que nunca he tocado».

«La orientación de las hormigas» es un poemario de vida y muerte, una búsqueda de la intimidad interior, un discurso con la vida, con los años pasados, con esos recuerdos que prenden llama en cada sílaba; pero es también un acto de fe, un ejercicio de desnudez, a corazón abierto, donde hay niños que ya no viven, amantes que se fueron, veladas que se esconden en la madrugada, sexo en carne viva, sin tapujos. ¿Por qué tenerle miedo al sexo? ¿Por qué tenerle miedo a la vida? Mientras exista la poesía, mientras exista «La orientación de las hormigas», no hay por qué.

Cristian Alcaraz racionaliza la humanidad que ya (pe-re-ce), y la convierte en el estado sublime del discurso sincero donde el niño, el hombre, el adolescente, todos ellos se redimen a la palabra para reconstruir lo que ya no es nostalgia, pero sí un pasado en llamas que necesita ser contado, desgarrado desde lo más profundo de su ser para buscar un lugar, un espacio donde orientar aquello que parece perdido en los laberintos de las noches de sudor y lágrimas… porque todo aquello que el poeta no se atreve a decir con palabras lo escribe, lo plasma, lo resucita…

«En la soledad me masturbo pensando en ciudades despobladas
como esta».

Esas ciudades despobladas, muertas en fotografías que alguien veló, rescatan lo maldito, recuerdan soledad y vacíos cósmicos entre sábanas desordenadas. Esos miedos que desafían al valor imploran las caricias del lector, la sencillez de lo vivido. La existencia (la nuestra) no tiene medida, pero sí un camino, un sendero (por el que algo o alguien debe orientarnos (las hormigas)). La ceguera de lo cotidiano se ilumina con los versos de Cristian porque son puros, directos, brutales, sangrientos, inmortales, destructivos, como muchos retratos que se pierden en cada mudanza, como muchos llantos detrás de las mentiras que nos abrazan y nos envenenan, como todo aquello que el poeta grita, como un bello violín que emite una sonata en emergencia.

«Mirar a través de las salidas de emergencia.
Buscarse en la belleza
con los ojos rebanados por un cúter».

La poesía de Cristian rebosa de sentimiento, de sentimiento ruidoso y armónico; de una suerte creativa que muy pocos creadores y poetas con tan corta edad (22 años) pueden lograr. Es un diario en carne viva, un lenguaje (propio) con efecto sonoro, donde las distancias se miden por la exactitud de un algoritmo (ad hoc), donde uno siente que está dentro de alguien (de Cristian), y de esta forma consigue entrar en simbiosis con los avatares, con esos que la tramoya de la vida nos pone en jaque cada día, construyendo así una perfecta obra poética que va más allá de lo visual y que culmina en la lógica y el simbolismo, en la cúspide del éxtasis, en lo que muchos no nos atrevemos a ver, pero Cristian sí, porque lleva a sus espaldas el peso de la vida, el sumo poder de la creación y la (orientación).

Confesión, dolor, recuerdos, sufrimiento, carne, ruinas, almas, humanos, despojos… y ese Canino que te muerde desde la primera página.

«No llorar,
-solo-
he deseado no llorar».

—Si te soy sincero, no soy de lágrima fácil, pero aquella tarde de viernes, tus versos me hicieron llorar, y mucho. Ese hormigueo…


(Reseña del poemario «La orientación de las hormigas», Cristian Alcaraz, Renacimiento, 2013)

La vecindad de la muerte.

Decía Cioran aquello de que «La muerte es la conclusión de una locura», o de la locura, o de la vida, o de uno mismo. ¿Qué sé yo? Nadie sabe en qué concluye nada, y mucho menos eso que llaman «la muerte». No sabemos, ni conocemos, ni siquiera advertimos la lógica de su desconocimiento. Está ahí, sí, pululando, suspendida, amarga, tenue, como un precepto limítrofe al que (nadie) quiere buscarle su (praxis). Hay quien llora, quien teme, quien huye, quien desea, quien decide… Hay, pero no tenemos, no tenemos fe ni prueba. No tenemos nada, aunque miremos de reojo, aunque pretendan inventarse dogmas o ciencias, creencias o rituales. Lo inexistente no se puede demostrar pero si [acotar o envolver]. Y para eso está la vida, la materia. Es posible, dice D. que sea la conclusión o, mejor dicho, la continuación de la nada. La muerte, sí.

Cada vez que D., regresa de uno de sus viajes me presta su cuaderno de notas. Ahí puedo leer sus anotaciones a lo que él llama lugares del viento. Sé, por todo aquello que leí, que le fascinan los cementerios. Sé que visita todos aquellos de las ciudades a las que acude. Sé que allí encuentra la paz que no consigue en ningún otro espacio, ni siquiera en su guarida, aquella en la que nadie ha podido entrar. Pero esta vez el cuaderno lo ha sustituido por un regalo, una revista, sí, D. me entrega el número 5 de MÁRGENES ARQUITECTURA dedicado al Camposanto y guarda en un extraño cajón su cuaderno de bitácora.

—No preguntes, me dice. Abre y lee.

No creo ni en la vida ni en la muerte, pero sí en lo que veo, en lo que puedo tocar, o en aquello, que a través de la imagen, me transporta a una realidad posible. Este soberbio y majestuoso número 5 de la revista MÁRGENES ARQUITECTURA dedicado a la arquitectura del camposanto, cementerio, necrópolis… rebosa de luz, de paz, de misterio, de vida, sí, de vida, la misma que envuelve a la muerte con la materia creativa del hombre. Si la arquitectura tiene un (preciso) lugar, ése está por encima de cualquier creencia o religión, dogma o filosofía; si la arquitectura puede dominar los sentidos y convertir el dolor en un remanso donde la seda fluye entre los espacios y donde la geometría se alía con el ser humano para relajarlo, ése lugar, esos lugares, están plasmados, fotografiados y documentados en este monográfico: la muerte construída desde la modernidad contemporánea; la muerte como una suerte de Torre de Babel (Vertical Necrópolis, Mexico DF, Bosques de Chapultepec), donde desaparecen las barreras del éxtasis y el hedonismo; la muerte como un ritual en el laberinto geométrico de la misteriosa serenidad (Casas Mortuorias de Alhandra, Portugal)… En todas estas obras, y otras más que podréis ver en la revista, la arquitectura se convierte en materia filosófica, para desafiar al tiempo y a la tristeza, al dolor y a la propia destrucción… para desencadenar en certeras dimensiones metafísicas y demostrarnos que la aventura humana no puede ser indefinida pero si placentera. [Acotar, pues].

Vertical Necrópolis, Mexico DF, Bosques de Chapultepec. Foto cedida por la dirección de la revista para este blog.

En este quinto trabajo de esta fascinante revista la existencia (vida/muerte), ese binomio impreciso y avaricioso, se construye desde la pasión para tratar de curarnos de todos esos males que ponen precio a la vida. La soledad, el orgullo y la ausencia, mediante la cual uno se vuelve algo más, culminan en una catarsis creativa donde la muerte, integrada como elemento arquitectónico, va más allá de todo desafío, donde ésta se suma como un proyecto inteligente, supremo y cosmovital; un imperio en el que la catástrofe se convierte en olvido y nos recuerda aquello que decía Cioran: «La muerte es un crimen contra la nada». Nadie sabe cómo será el fin, pero sí podemos conocer el medio, el camposanto creado como (atalaya) entre universos paralelos (Eros y Thanatos), como intermedio entre la sinfonía del Viejo y el Nuevo Mundo… el camposanto que con elegancia e inteligencia han resucitado los creadores de MÁRGENES ARQUITECTURA en un fascinante trabajo que endulza aquello que nos asusta, que revive aquello que dejamos a un lado, que recrea lo humano para recordarnos que seguimos venciendo cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo (y en cada fotografía).

Caos, orden; vida, muerte… No se la pierdan.

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D. observa perplejo mi asombro, mi éxtasis visual.

—¿Lo entiendes ahora?, me pregunta.
—Esta vez no te di el cuaderno, porque ahí tienes las imágenes que dan vida a esas palabras que tanto te gustaba leer.

 

Puntos de venta de la revista MÁRGENES ARQUITECTURA


«Calle de los Ladrones», Mathias Énard, Literatura Mondadori.

Los hombres son perros, se atacan los unos a los otros en la miseria, se revuelcan en la mugre sin poder escapar, se lamen el pelo y se lamen el sexo durante todo el día, tendidos en el polvo, dispuestos a todo por unos despojos o el hueso podrido que nunca puedan echarles, y yo, lo mismo que ellos, soy un ser humano, un detritus vicioso esclavo de sus instintos, un perro, un perro que muerde cuando tiene miedo y que busca las caricias. Lo veo claro en mi niñez; en mi vida de cachorro en Tánger; en mis andanzas de joven chucho, en mi gemidos de perro abatido; emitiendo mi delirio entre las mujeres, que yo tomaba por amor, y entiendo sobre todo la ausencia del maestro, que nos hace vagar tras su rastro en la oscuridad olfateándonos los unos a los otros, perdidos, sin una meta.

Fragmento de la novela «Calle de los Ladrones», de Mathias Énard, Literatura Mondadori.