Hipster [junky] bip.

a la rica marihuana y otras especias

Tiene que ser un hipster —dijo el Doctor Warner inclinándose hacia ellos desde la abultada piel oscura mientras desde atrás, una estudiada lámpara descomponía suavemente el humo de los cigarrillos en mi hebras de color pálido, y bailaban emparejados el ámbar refractado de los cristalinos cubos de hielo en las manos de sus dos amigos sentados enfrente; bailaban, parecía, sobre una pantalla opaca que medía lo disparatado del pensamiento y tedio de la conversación.

—Un hipster muy bip —continúo genialmente, y se retiró ligeramente, para enfatizar—, si no claro está, algo más.

El doctor Ralph Warner tenía cincuenta y cinco años, pelo gris y aire distinguido, un hombre de notable vigor y personalidad. No era un médico, sino un erudito hombre de música, que había recibido muchos homenajes públicos e institucionales. Un reconocido autor y crítico, antiguo director de las orquestas sinfónicas de San Francisco, Boston y Denver, se había convertido, a causa de sus innovaciones progresivas, populares, en sistema repertorio, en uno de los más admirados y respetados hombres en la historia musical del país.

—¿Algo más? —dijo el Profresor Thomas acentuado su sorpresa fingida con una sonrisa forzada. Aborrecía la extraña jerga—. ¡No me digas que hay algo más que ser un hipster, Ralph!

—Es cierto —dijo el más joven, George Drew, con impaciencia—, ¿como podría ser algo más hip que un hipster? —Se recreaba en ello—.En tout cas, no semánticamente.—Pareció reprimir un espasmo de placer, como si la  perspectiva de una argumentación animada pudiese ponerle la carne de gallina.

El Dr. Warner permitió que su mirada pareciese sombría y formulativa, mirando fijamente hacia abajo, a la copa de su mano.

—Sí —dijo sin alterarse, puede decirse que un junky es algo más que un hipster. El Profesor Thomas resopló educadamente.

—Santo Dios, ¿de dónde se ha sacado ese término?

—De una tumba no demasiado profunda en el puerto de Hong Kong, apostaría —dijo George Drew fríamente, apurando su copa con un ligero movimiento afeminado de su cabeza.

—Otra vez drogas, me temo, Tom —añadió el Dr. Wagner, a menudo genial moderador—. Opiáceos. Esta vez heroína.


Causa y efecto de la marihuana (literaria).

Y digo yo: —Este libraco [A la rica marihuana y otras especias de Terry  Southern] publicado por el Capitán Swing [marinero intrépido y literario de Alta Mar] es una aventura alucinógena, valiente, adecuada y lisergicolaberíntica. Así de claro.

Y sigo: —Un cojonudo trabajo periodístico en torno al mundo de las drogas (fuera estúpidos y cínicos prejuicios) en el que su brutal y dinámica visión coral sobre las mismas (a modo de ensayo, relato, artículo, diálogos…) no deja a casi nadie fuera. Soberbias Esferas Cristalinas se dirimen en el polvillo diabólico de Southern para los amantes de lo más arriesgado y prohibido. Sí, sí.


—Tío, no te lo pongo en duda. Tu discurso es famélico, pero te creo.

—¿Famélico? Qué te jodan. Anda, trae eso.

—De la buena, colega. Pero no me convences.

—¿Tú qué hostias sabrás? Toma, lee y aprende.

El dealer se va, pues.


Todos agachan la cabeza. ¡Ja! Pero hay mucho que averiguar en sus entrañas…

¡Ja! Las de todos. No escondáis la mano. Ahora hasta la CIA puede estar observando. Panda de pazguatos. Cómo os haga una analítica os derivo a la enésima potencia del placer. Renegados, pues.

Termino: —Este libro es un eterno referente, un manual de estilo que renace y eterniza las conductas (voluntaria salud mental) que actúan como un falsario código genético de comportamiento que abandera y encapsula a una sociedad esquizofrénica pero no enferma por eso, ni mucho menos.

Se necesita del experimento individualista para sobrevivir, claro. Se persigue la estimulación neuronal para banalizar lo adaptado ad hoc. Se ve claro, se lee, se sabe, y en caso contrario, para los escéptico(falso)pánicos se abre «A la rica marihuana y otras especias…», y se «flipa» mientras se pasan las páginas en actitud lectora. No confundan, ¡eh!

Nihilistas, cultos, hipsters, maníacos, CIA(cínicos), Masters, Profes, modernos (sic), grandes, pequeños, whiskys, banales, majorettes writers, readers……………………………………………………………………..

Suma y sigue…

“La vida siempre ha sido una lucha”.

Dr. Warner

Quien lucha necesita armas, protegerse, esconderse, camuflarse, colocarse, (viajarse), bajar(se) y subir(se). Quien lucha, lee, ama, folla, vive, siente. Quien lucha, está. Quien se (auto)vanaglorie que lea este prodigio.

Southern admito, es un prodigio, por su diferente y apabullante maestría a la hora de contarnos los mundanales escenarios del íntimo consumidor desde lo más bajo hasta lo más alto. Sin rodeos, su realismo extorsiona, vapulea y convierte su lectura en un placer alucinante donde lo personal aniquila a lo social y donde lo social es un prejuicio hilarante de la cínica comedia que vivimos.

Recordatorio así de que el periodismo (el de Southern) no es una metáfora de nada, ni siquiera un artefacto a tenor de. Su trabajo se asoma, anota, no filtra, claro, y destripa para aterrizar en esa suerte banal de confidente. Nadie quedará indiferente ante este elegantísimo dibujo a todo color del modernismo que muchos no quieren ver, pero que existe en infinitas dosis psicodélicas, si procede.

Un relato soñado es esta sátira y canalla subida narrativa. Un alegato ideológico, también. Un combinado de personajes tan dispares como líricos, tan débiles como feroces consumidores del psiquiatra más visitado.

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What if… ?

¿Tienes miedo?

Síiiiiiiiiiiiiiiiiiii.

El silencio.

El ruido de mi respiración irregular en la caja de plástico.

Luces turbias proyectadas en la pared.

De nuevo la oscuridad.

En el baño me quito las costras del sexo, que flotan como barquitos en la superficie del agua sucia.

Una noche sueño que estoy durmiendo sobre el césped, frente a un río. Cuando me despierto me doy cuenta de que no tengo corazón. Busco con la mano, busco, busco. Ya no está, no hay nada. Nada, sólo un gran hueco, un vacío, un agujero enorme en mi interior.

Empiezo a tener miedo de mí, miedo de mis apetitos, miedo de la violencia que siento acechar en el fondo.

Empiezo a hablar con gente, a contar las cosas horribles de las que me acuerdo, las cosas que he sufrido, las cosas que he hecho.

Lionel Tran
«Sida mental»

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Silencio, Siberia.

Escribes de nuevo. Tienes un proyecto. Lo supiste anoche, estabas borracho en casa, habías echado a lavar las sábanas y tuviste una idea. La idea surgió de la necesidad de las palabras. Las palabras escritas no son como las que viajan por el aire, aplastadas y secas en la página no consuelan, en todo caso hermanan y se vuelven ligeramente etéreas, pero no son como las palabras de Irene o de Álvaro. Las palabras escritas están muertas. Leer no es escuchar, un libro no te abraza, no trata de comprenderte. Un libro no hace la pregunta que te salva.

«Siberia», de Juan Soto Ivars está publicada por el olivo azul

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Tonos de lluvia.

 

Sentir la soledad
caer desde esa bóveda
blindada gota a gota.
La lluvia errante
y ahora
la lluvia es gris.

[...]

se corren las ventanas,
los punzantes
metales de la lluvia,
su acero líquido,
su cortina gris.

Gris es la envoltura del olvido
y todo lo perdido es gris.

Luis Miguel Avero
«Arca de Aserrín»

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Hoja de ruta.

 

Vine por el camino difícil,
la línea que nunca termina,
la línea que golpea en la piedra,
la palabra que rompe una esquina,
mínima línea vacía,
la línea, toda una vida,
palabra, palabra mía.

PAULO LEMINSKI.

 

 

 

—Caminar es un obstáculo prisionero de una metáfora abisal.

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Manual para insomnes.

 

“Con gesto fatigado, Sharko se deslizó bajo las sábanas y se las subió hasta el mentón, con la triste esperanza de tratar de dormir dos horas, tal vez tres. Lo suficiente para sobrevivir. Sólo quienes verdaderamente sufren de insomnio saben lo largas que son las noches y cómo gritan los fantasmas. Los ruidos de la noche que resuenan… Y luego, los pensamientos que arden en el cerebro… Para vencer esa tortura, el veterano policía lo había probado casi todo, en vano. La inmovilidad, los somníferos, la sincronía respiratoria, incluso la práctica de deporte hasta desfallecer de fatiga. El cuerpo se doblegaba, pero no la mente. Y se negaba a ver a un psiquiatra. Estaba harto de todos esos médicos que ya lo habían tratado durante muchos años por su esquizofrenia”.

Franck Thilliez, Gataca

Según el DSM-IV se puede indentificar y catalogar al insomne de acuerdo con estas premisas:

La característica esencial del insomnio primario es la dificultad para iniciar o mantener el sueño, o la sensación de no haber tenido un sueño reparador durante al menos 1 mes, que provoca un malestar clínicamente significativo o un deterioro laboral, social o de otras áreas importantes de la actividad del individuo. Esta alteración no aparece exclusivamente en el transcurso de otro trastorno del sueño u otro trastorno mental y no es debida a los efectos fisiológicos directos de una sustancia o de una enfermedad médica.

Los individuos con insomnio primario presentan muy a menudo una combinación de dificultades para dormir y despertares frecuentes durante la noche. Con menos frecuencia se quejan únicamente de no tener un sueño reparador, es decir, tienen la sensación de que su sueño ha sido inquieto, poco profundo y de poca calidad. Este trastorno se suele asociar con un aumento del nivel de alerta fisiológica y psicológica durante la noche, junto a un condicionamiento negativo para dormir. La preocupación intensa y el malestar por la imposibilidad de dormir bien pueden generar un círculo vicioso: cuanto más intenta el individuo dormir, más frustrado y molesto se encuentra, y menos duerme. Estar acostado en una cama en la que la persona ha pasado a menudo noches sin dormir puede producir frustración y activación condicionada. Por el contrario, el individuo puede dormirse más fácilmente cuando no lo intenta (p. ej., mientras mira la televisión, lee o conduce el coche). Algunas personas con un estado de alerta alto y un condicionamiento negativo explican que duermen mejor fuera de su dormitorio y de su entorno. El insomnio crónico puede provocar una disminución de la sensación de bienestar durante el día (p. ej., alteración del estado de ánimo y de la motivación; atención, energía y concentración disminuidas, y un aumento de la sensación de fatiga y malestar). A pesar de que los individuos presentan a menudo la queja subjetiva de fatiga diurna, los estudios polisomnográficos no demuestran generalmente la presencia de un aumento de los signos fisiológicos de somnolencia.

Higiene del sueño.

A continuación se ofrecen algunos consejos para ayudar a la estimulación del mismo y recuperar así su estructura:

Para conseguir unas condiciones fisiológicas necesarias para el sueño es preciso adecuar nuestra conducta de forma que cambiemos los hábitos personales que nos alejan de ese objetivo. Así se prescribe:

  1. Efectuar ejercicio moderado de forma continuada, pero no hacer ejercicio intenso justo antes de irse a la cama.
  2. Controlar las variables fisiológicas antes de irse a la cama, no ir a la cama con hambre, sed, ganas de orinar, etc.
  3. Llevar una dieta adecuada y no comer demasiado antes de irse a la cama.
  4. Evitar la ingesta de café, te, colas, nicotina o cualquier estimulante del s.n.c. durante todo el día, pero sobre todo en horas cercanas al sueño.
  5. El alcohol inicialmente aumenta la somnolencia y puede propiciar dormir 4 ó 5 horas, pero aumenta la probabilidad de despertarse en la segunda mitad de la noche. El metabolismo del alcohol consume mucho agua por lo que hay que evitar el exceso de alcohol para no despertarse con sed en medio del sueño.

Condicionarse a estímulos que desencadenen por sí mismos el sueño.

Adecuar el sueño a un momento concreto del día:

  1. No echar ni sueñecitos ni siestas durante el día.
  2. Mantener horarios regulares, tanto para levantarse como para acostarse. Levántese y acuéstese todos los días a la misma hora independientemente de si tiene sueño o no. Intentar dormir mucho una noche o estar demasiado tiempo en el lecho pueden interferir con el automatismo necesario para que se desencadene el sueño.
  3. Establecer una serie de rutinas previas al sueño que activen el condicionamiento que lleva a automáticamente a la calma que es necesaria para el sueño. Por ejemplo, cierre la puerta, apague el gas, lávese los dientes, conecte la alarma y realice todas aquella tareas que sean necesarias para ese momento de la noche, hágalas siempre siguiendo el mismo orden.

La cama como elemento desencadenante del sueño:

  1. No utilizar la cama ni el dormitorio para otra actividad que no sea dormir o el sexo. No es aconsejable leer, ver la televisión, hablar por teléfono, discutir con su pareja, o comer en la cama.
  2. Cuando se haya metido en la cama, se deben apagar las luces con la intención de dormirse inmediatamente. Si no puede dormirse en un rato (alrededor de 10 minutos), levántese y váyase a otra habitación. Dedíquese a alguna actividad tranquila hasta que empiece a sentirse adormecido y, en ese momento, vuelva a dormitorio para dormir.
  3. Si no se duerme en un periodo de tiempo breve, debe repetirse la secuencia anterior. Hágalo tantas veces como sea necesario durante la noche. Utilice este mismo procedimiento en el caso de despertarse a mitad de la noche si no consigue quedarse de nuevo dormido aproximadamente a los 10 minutos. En el momento que se de cuenta de que está despierto o molesto levántese y repita el punto 3.

En el año  1741 el conde Hermann Carl von Keyserlingk encargó a Johann Sebastian Bach una pieza exclusiva para vencer sus problemas de insomnio. De ahí surgieron las Variaciones Goldberg. El conde recompensó de forma generosa a Bach con una copa de oro que contenía un centenar de louis d’or, el equivalente a 500 táleros, casi el sueldo de un año como kantor de la Thomaskirche en la ciudad de Dresde. La obra ha llegado a ser una de las piezas más apreciadas por los amantes de la música clásica.

Escuchar esta inigualable pieza ayuda, en muchas ocasiones, a conciliar el sueño. Os dejamos estos dos vídeos con la partitura íntegra:

FELICES Y POSIBLES SUEÑOS SEAN.

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Metáfora urbana.

 

 

Después de cuatro días salgo de nuevo. Busco a Pumuki. Desde hace dos semanas no sé nada de él. (Anoto en el diario). En la tienda de la esquina compro una Metáfora. Para ello intercambio algunos céntimos con el bigotudo dependiente. Rechazo lo que se supone que es un manual de uso. No tengo ni idea para que sirve esto que me llevo, le digo. Ni quiero saberlo, susurro, mientras cruzo una puerta verde con un estúpido colgante arriba que emite sonidos advirtiendo de mi salida. No lo escuché cuando entré, pienso mientras salgo de allí. Una vez fuera me acerco al escaparate, echo una ojeada, espero a que salgan unas mujeres y vuelvo a entrar. No hay nada encima de la puerta, ni objeto ni sonidos. El comerciante, ahora de espaldas, no se entera de mi presencia. La abro de nuevo para salir y vuelven los tilin, tilin. Esto parece un cuento para niños. Buah! Me vienen viejos recuerdos de  las añejas tiendas del barrio, maldito lugar. ¿Habrá ido Pumuki allí? ¿A esconderse en la buhardilla? La camarilla, sí. Él la llamaba así. Fulmino esos caprichos recurrentes de la memoria.

Hoy estoy triste. Me llaman estúpidas personas pidiéndome cosas que no entiendo. Ya no quiero saber de nada ni de nadie. Hago como que escucho, asiento y les doy la razón mientras pienso en aniquilación.

Pienso en malditismo, en comer y versos, en dibujos y cabezas sesgadas. Pienso en gordas gritando, en viejos amargados, en comida basura, en botellas de alcohol rotas. Pienso en salas asépticas, en legajos ilegibles, en despachos claustrofóbicos, en injusticias, en madres que no quieren a sus hijas, en cínicas obreras del franquismo, en cavernas, tubos, gases, noches, voces infantiles, muñecos de trapo, tardes de amoníaco, dolores menstruales, cartillas de ortografía, autobuses escolares. Mamá, no te veo. ¿Dónde estás? El sonido de las tijeras me corta los tímpanos. Más tarde alguien barrerá los pelos muertos y las señoras gordas comerán pasteles hasta reventar. Pienso en fuego, incendios, cabezas ardiendo, tartas de cumpleaños estrelladas, globos de colores. Pienso en vísceras inertes, formol, llanteras, lutos eternos, televisiones cubiertas… El teléfono suena para avisar de que han visto su espíritu por la carretera. Ella nunca pudo verlo. Olvida todo. Tu vida fue moneda de cambio para el resto. Mueran ya. Quiero volver y acabar con todos. No son más que mentira industrial. Hipócritas de barrio. Donde queda la calle homónima.

No soporto que me saluden por la calle pero corro ese riesgo, por este paseo y por mi exposición a la luz, claro. No soporto que me toquen por la espalda y me digan:

—Oye, oye.

Joder, me doy la vuelta y es el pirado de mi vecino. Me vuelve a contar la historia de que su madre quiere matar al bebé. Su bebé es de importación y también, claro está, su hijo. Un producto milenario de entrega inmediata y fabricación nipona. Es tan real como la muerte porque a pesar de su textura y arrugas, sus ojitos y movimientos de ternura, el bebé (para mí) parece un despojo sideral. Muerto.

Mi vecino también es soltero. Tiene 42 años y vive con su madre.

—No, no lo va a matar porque ya está muerto, le digo.

Sus ojos vidriosos me radiografían de forma salvaje. Percibo sus malas vibraciones electromagnéticas.

—¿Estás seguro?, me pregunta.

—Sí, vete ya. Vete con ellos.

El pirado huye. Sale corriendo y desaparece entre los coches que atestan la Avenida Imperial. Empieza a oscurecer. En menos de un minuto han adelantado la llegada de la noche. Maniobras de supervivencia inmediata, le llaman. Recortes ambientales. Todo está oscuro. Me palpo los bolsillos en busca de las llaves cuando me doy cuenta que ya no tengo la Metáfora. O la he perdido o me la han robado. A la mierda la Metáfora.

Después de negociar con un road-light el precio de tarifa en tales condiciones de oscuridad llego a casa. Antes, por supuesto, aborté la búsqueda de Pumuki. En la entrada del edificio brick, se amontonan cientos de personas. El vecino está tumbado en la calle. Un par de operarios le ajustan una camisa de fuerza. Pregunto qué ocurre…  Me contestan dos personas, dos versiones diferentes. Sólo me quedo con unas palabras: casa, atentado, Pu-mu-ki, meta(no sé qué) y bebé. Me bloqueo. Percibo ansiedad, me sudan las manos, la frente, cierro los ojos…

Rompo el cordón policial y entro en la casa. Me impiden el paso, claro, pero me invento algo para suplantar. Sirve. Me creen. Pumuki está dentro de la casa del pirado sentado en un sillón. Se le ve abatido. Levanta la cabeza cuando me escucha.

—El bebé ha resucitado. La abuela intentó vivirlo pero le di tu Metáfora para que luchara contra ella y ahora ya es un vivo. Ha ganado.

Pumuki, ven. Conozco a ese señor, el policía que estaba a tu lado en la casa de los Must. Esta mañana me vendió la Metáfora.

Por lo menos hoy hemos aprendido para qué sirve aquello.

¿El qué?

Nada.

Por cierto, ¿dónde estabas?

Vigilándote.

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Entra en mí.

 

Se me olvidó.
Borrado, aniquilado, impostado…
No supe adónde.
Lo arrancaron del camino, contaba el jornalero.
Se lo llevaron atado, decían otros.
Vinieron a por él en un ataúd negro, todo negro, me contaba mi padre.

Se me olvidó el miedo.
Su paz, su fuerza, su temblor, sus manos, sus ojos, su vanidad, su textura, su atmósfera…
Alguna vez te deslizaste entre vientos lunáticos, carreteras sin salidas, pasillos sin final.
Alguna vez dormiste a mi lado, me sujetaste con fuerza… hasta yacer.
Pero no sirvió de nada. Te marchaste y te olvidé.
Cruel marino, negro y preso exclavo del destierro.

Me cambié de ciudad, de país, de camisa, pantalón y zapatos.
Cansado de esperar salí a buscarte (a ti miedo).
Visité parajes, praderas, caminos, fortalezas, castillos, cementerios, viviendas, carruajes, posadas, iglesias, campos.
Vi el exterminio pero no hallé tu presencia.

Un viejo campesino, erudito de las hormigas, me avisó del lugar.
Me acompañó hasta la vieja estación.
Adiviné lo que era entonces: un lugar imaginado, entre dos mundos.

Varios trasbordos hasta el destino indicado.
Extraños desconocidos como compañeros de viaje
Especie no humana, quizá.
Mercaderes de la memoria y los sentimientos, decían los revisores.

¿Qué es sentir? Nada, infinito.
Sentir es tener miedo.
Miedo es tener vida.
Tener (en aquel escenario) era privilegio del librero.

Me prestó un libro.¹
Y entró en mí, y volvió a mi cuerpo.
Miedo posesivo, entrañable y voluptuoso.
Escalofríos, ruidos, sábanas, noches…
Me secuestró su atmósfera y volví a notarte vivo
rondando por aquellas páginas.

Miedo infantil, de habitaciones, miedo clásico, envolvente, abrupto, enigmático…

Miedo² de todos.

El miedo ha vuelto.

Fragmento del diario de viaje de Mr. M.A.S.
Enero de 2037.

NOTAS

1 El libro al que se hace referencia es «Una edad difícil» de Anna Starobinets, publicado en España por Nevsky Prospects.

2 El miedo adquiere un nuevo concepto en los relatos de Anna Starobinets. Entre la realidad y la inconmensurable estructura palpable de la ciencia ficción esta joven autora rusa construye un diagrama narrativo perfecto en el que, de forma sublime, volvemos a sentir el placer caprichoso del miedo más real y escénico. Perfectas atmósferas, descripciones inigualables que fijan las escenas en su más estricta realidad, hacen que su lectura sea un placer que creíamos perdido, robado u olvidado. ¿Quién sabe? Su fuerza narrativa y su perfecto manejo de la técnica más pura del relato consiguen que miremos de reojo, oigamos lo inaudible e imaginemos lo sufrible. En fin, volvemos, por suerte, a palpar los escalofríos ciegos de la noche a través de la escritura neourbana de Starobinets. Su capacidad de jugar con los personajes se transmite al lector como un enigma descifrado en dosis interminables y adictivas. Imprescindible joya para los amantes del terror, la inquietud y el más complejo ritual narrativo. No desearás que termine.

Esa memoria inerte que habita en su voz se transfigura con el disfraz del recuerdo para buscar el espacio de los juegos laberínticos donde nada es lo que parece, donde todo forma parte de un pasado ficticio que luego se vuelve real (quizá) para devolvernos al confuso mundo de los mortales.

Finalmente: (Acuérdense):

Regla número uno. No hay delito si no hay intervención física. Lo único que existe es el curso natural de las cosas ligeramente corregido por nosotros. Si simplemente quiere usted matar a alguien, búsquese un asesino a sueldo. Nosotros trabajamos de otra manera. Generamos accidentes. Coincidencias.

Regla número dos. Si quieren pasar miedo lean a Anna Starobinets.

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Me Gusta Tao Lin #1

 

Tao Lin

 

Arremeter contra un  joven escritor importado de USA (Tao Lin, por ejemplo) es muy fácil. Lo puede hacer cualquiera. No hace falta carrera, ni Ser Filólogo, ni haberse leído toda la obra de Barthes. Soltar estupideces por boca y teclados sin ningún tipo de fundamento crítico y/o analítico también, y además, por desgracia, todo esto se ha convertido en deporte bloguero sin precedente con aplausos enlatados incluidos.

Casi siempre ocurre porque (el) llamémosle educadamente (individuo) que se pone, muy sabihondo y altanero [él], delante de su editor de texto y se hace una impotente paja mental que estalla en chorradas, para después dárselas de hipermegaculto honorario entre su cohorte de seguidores (profanos, pues), no sabe qué decir sobre el autor o libro en cuestión o no tiene, seguro, la capacidad de descubrir qué nos quiere trasmitir el autor. Vamos, lo que se dice:

leer entre líneas. ¹

¹ Descifrar códigos linguísticos no está a la altura de cualquiera (y que nadie se ofenda).

Porque para tal hay que pensar, discernir, leer, releer, anotar, analizar…. Uuuuuf, mucho.

Respetables son todos los lectores que pueden opinar y decidir si algo les gusta o no. No discuto este asunto. Pero, tío, si tienes la oportunidad de hacer públicas tus opiniones, ya sea en blogs, webs, diarios… y sabes que te va a leer la peña, joder, ten un poco de dignidad e intenta sacar lo positivo. Sé que es difícil y que algunas mentes calenturientas no dan para más y solo saben insultar y hacer diarreicas manifestaciones y vomitivos insultos chabacaneros de patio de marujas. Ordinariez, en resumen. Y lo peor de todo es que al personal le hace mucha gracia y vitorean y gritan por las ventanas y se mofan sin ni siquiera haber leído la novela y se convierten en ignorantes ecos de su mesiánico profanador de textos. Horror vacui. (¡Ja!).

Hostias qué tío, cuanto sabe, joder, se ha cargado al niñato este… Blablablablablablabla.

Lo siento pero este rollo no me hace puta gracia.

Entremos en materia:

Tao Lin está bendecido en nuestro país por la editorial Alpha Decay. Hasta la fecha han publicado estos títulos:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muevo ficha. Mi turno. Respondiendo al título de este post:

Me gusta (Tao Lin) porque es un forense ™, sí, como suena, y por esto (luego lo explico), claro está, no le gusta a otros muchos. (Algoritmo, por tanto).

Forense de la sociedad, que nadie se lie. ¿Queda claro? Vale. Pues entonces sigo.

Explico:

Pensar en un señor de bata blanca delante de una mesa aséptica en un búnker hospitalario abriendo cuerpos y sacando vísceras produce, por lo menos, asco. Pero imaginen que esas vísceras se las lanzara a sus caras, sí, contra usted. ¡Zas! Vomitarían, les repugnaría, ¿verdad? Qué asco. Pues no, no debería provocarnos rechazo creo vamos, si todos tenemos lo mismo por dentro, al fin y al cabo. Fuera escrúpulos. Me dan más asco las hamburguesas del MacPato.

Ahora doy un giro brutal. No se pierdan. De aquí a NiuYork. Hala.

Cámara. Plano general.

Partiendo de aquella premisa (la del forense), vemos ahora a Tao Lin, en su apartamento de Manhattan, recién acabado su kimchi, vistiendo su bata (me da igual el color), se sienta delante de su Macbook y empieza a escribir, escribir, dialogar, observar… teclea… y teclea… bebe líquidos… piensa, fuma, habla, chatea, se deprime, se agota, se exprime, es-cri-be (la vida y la muerte, ¿se dan cuenta?) y mientras hace todo esto, arranca las vísceras, eso es, sí, las mismas que carcomen a la juventud y sociedad americana (y por extrapolación a la nuestra) y tiene el arresto de lanzárnoslas al papel y decirnos la puta verdad, lo que somos, hacemos, pensamos, comemos… Seres vulnerables, débiles, adictos, miedosos, depresivos, neuróticos, bipolares, contradictorios, solitarios, atormentados… Humanos, pues.

Su lenguaje es sencillo, sí, ¿qué queréis?, ¿otro En busca del tiempo perdido? (Qué rollazo el Proust). Tan sencillo como las formas que usamos para comunicarnos, tan sencillo como la posibilidad de ocultarnos detrás de las pantallas, las fobias y las filias y las miserias con las que vivimos. Diálogos rápidos, fugaces, condicionados por la premura y el vértigo al que estamos sometidos habitan su particular conjunto de códigos. Su literatura es experimental. Y gracias, Tao, porque si no hay experimentación esto aburre, y si aburre, se hunde. No se enteran, hostias.

Lo que nos ARROJA, duele, jode, revienta, molesta… porque a determinados individuos no les gusta verse (retratados ni reflejados), ¿verdad? Muchos (y yo el primero) somos como los personajes de sus novelas, pero oye, para escondernos TENEMOS el cinismo, que lo tapa todo, ¿verdad? El cinismo de los demás, por supuesto, aquí no me incluyo. Por eso No Os Gusta, porque os dice la puta verdad en la cara. Y por eso le insultáis, la manera más fácil y vulgar de defenderse. Volvemos al patio de las vecinas.

En fin, qué duda cabe, somos supervivientes extremos de la asfixia social.

Y lo percibes cuando lees a este autor. Con con una sencillez extrema (condicionada por una reacción per se postmodernista) Tao Lin revienta el sueño americano (todavía metafórico), configurando así el desánimo globalizado de todos—todos; todas—todas.

Puede que no cuente una historia, pero sí diagnostica con precisión y firmeza. Y me da miedo, y por eso me flipa. Psicoterapia narrativa, pues.

Refleja esa anhedonia in extremis que se extiende como una Peste implacable por todos nuestros conductos y neurotransmisores. Peste que nos han fabricado, y a posteriori, industrializado para hacer de nosotros un proyecto autómata mercantil. (Manipulación capitalista para entendernos).

Hoy, supervivir es levantarse por la mañana e ir a comprar el pan con los bolsillos vacíos. Joder, y en la puta tienda de la esquina nunca tienen pilas para mi radio portátil.
Protesto por ello y me dicen que alguien las roba todos los días.

En el chat de Gmail:

Yo: Tao, h u doin’, can I have some batteries?
Tao: Sure, i gotta go now but come home in 1 hour.

La sociedad tiene muchos males, está clinicamente enferma. Lo dice Tao Lin, forense especializado en nosotros mismos. Y al que no le guste, pues eso. Me controlo, que luego dicen que suelto muchos «que se joda».

«La masturbación es una vía de escape a la literatura», dijo Luis y le envió a Sam la foto de un stripper.
«Está sudando», dijo Sam.

«Creo que la han embadurnado con aceite», dijo Luis.
«Eso es gracioso, creo», dijo Sam.
«Llevamos toda la noche aquí sentados como imbéciles y todavía no sabemos qué hacer», dijo Luis.
«Me voy a masturbar, luego haré cualquier otra mierda y luego intentaré dormir unas veinte horas», dijo Sam. «Que pases una buena noche.»
«Que pases una buena noche, qué risa», dijo Luis.

Tao Lin: «Robar en American Apparel»
Alpha Decay. Héroes Modernos

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Locura cotidiana.

 

“Creemos que nadie se aventuraría, sobre todo en los tiempos que corren, a considerarse como mentalmente sano ni a afirmar estar total y plenamente equilibrado”.

José Carlos Fuertes Rocañín.
Psiquiatra.

 

locura transitoria juan clemente

 

Los 29 relatos que componen la obra «Locura transitoria», escrita por Juan Clemente (Ed. Círculo Rojo) son un recorrido por lo más profundo y enigmático del ser humano: la mente.

El autor, lejos de toda moraleja, hace un recorrido por la urbana sombra cotidiana, por todo aquello que cada mañana nos asalta a golpe de alarma. La locura como tal, como viajera que viene y va, de acá para allá, es compañera de fatigas e indiscutible protagonista. Se desnuda, pues, de estigmas y se viste de tolerancia, para mostrarnos que en todo síntoma existe el dominio de la normalidad.

reloj insomnioDesde el vacío más ahogado, pasando por el insomnio, describiendo caminos, yendo al trabajo, en el sueño y la vigília, repasando imágenes virtuales, acercándonos a los otros mundos, el Apocalipsis y muchos más escenarios, su narrativa nos asalta como un bestiario de placeres llevados al síntoma necesario del justo desequilibrio mental donde el ser humano se dirime en una fina y delgada línea y eleva su fuerza hasta el paraíso necesario para sobrevivir. Hay más locos/cuerdos que cuerdos pululando a nuestro alrededor.

Juan Clemente hace de la locura un placer cotidiano, una mano a la que aferrarse, pues. Su planteamiento es una fantasía ficcional que se hace posible en cada relato, vida, voz, personaje y cerebro. No hay que tenerle miedo a la locura, nos dice el autor. El ser humano la necesita para vivir. En ella reside el conflicto residual de nuestras almas, el tormento que estalla en creatividad, utopía, éxtasis y complicidad.

La dualidad del ser humano, su fragilidad para ser o no una copia de sí mismo no es más que un invento de la sociedad, un supuesto paraíso (imperio de lo efímero) en el que nos insertan desde que nacemos. Los parámetros que nos fijan son mandamientos para manejarnos como marionetas desde una superficie abstracta. En los relatos de «Locura transitoria» podemos ver como la capacidad de superar ese (control supremo) reside en el propio ser humano cuando mueve ficha y se muestra antagónico ante la norma mediante la transgresión mental. Estúpida norma. Individualismo manifiesto, pues.

Necesitamos locura para vivir. La locura es imaginar la posibilidad de estar vivos en otra dimensión donde nadie nos imponga su ley. Libertad de pensamiento, por tanto. Mente y cuerpo, dos laberintos enfrentados entre sí que luchan por convivir en un plano formal, definen la hipérbole más angustiosa del individuo descrito.

Quizá haya mucho de ajedrez y disciplina en los relatos de Juan Clemente, también de universos, ciencia ficción, casualidades… Pero lo más importante es su capacidad envolvente de jugar con la mente en espacios donde la locura se hace mayor de edad y firma un contrato con nuestra voluntad.

Transitoria, voluntaria, capaz, urbana, diaria, bella y placentera. Eso es estar en el límite del placer, transitorio o no, qué mas da.

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