Fred Cabeza de Vaca o la posibilidad del héroe moderno

fred cabeza de vaca vicente luis mora

Antes de empezar, antes de la obra, antes de Fred…

Todos confusos. Todos nosotros. Los miedosos. De momento inmóviles. Expectantes…

Ahora, se abren las páginas. Comienza la lectura, el suspense, la creación, la obra, la aventura, el misterio, el descubrimiento, el diario, los apuntes, las mujeres, el sexo, el arte desdibujado, el arte desmedido, lo involuntario, el poder desgarrador de la palabra, el placer de la falsificación como la invención de un género literario, sí, los esquejes, la materia, el miedo, la provocación, el proyecto, el camino: Fred Cabeza de Vaca.

Se notan los 4 años que Vicente Luis Mora (Córdoba, España, 1970) ha invertido en la creación de «Fred Cabeza de Vaca» (Sexto Piso, Madrid, 2017). [De ahora en adelante, y no por cuestiones de abreviar, sino por la confianza que uno le llega a tomar a Fred Cabeza de Vaca, lo llamaremos Fred, para los amigos].

Digo que se notan porque estamos ante un trabajo narrativo, una novela, un manual de vida / supervivencia / humanidad perfecto en todos sus aspectos. Y me atrevo sí, afirmo y digo que estamos ante una obra maestra se mire por donde se mire. Fred es una de las celebraciones más gloriosas que conozco del arte de narrar y crear y, por ende, una de las ejecuciones más brillantes que he conocido en la nueva narrativa española, lejos de estereotipos post-modernistas. En fin, estamos ante un proyecto culminado en la cumbre más alta de la creación y que bien le ha valido el XXVIII PREMIO TORRENTE BALLESTER. Mientras escribo estas líneas, el autor, seguro que acompañado de un buen reparto del equipo de Sexto Piso, presenta la novela en A Coruña. Casualidad no más. Era por contarlo.

La novela, se caracteriza porque integra en un discurso textual una serie de voces procedentes de varios elementos, perfectamente entrelazados, a través de los cuales, el autor nos va introduciendo en la vida del protagonista en esa suerte de meta-ficción que es la biografía de su vida, la de Fred, que elabora Natalia, ya la conocerán. Cada uno de esos elementos [anotaciones, esquejes, entrevistas, diario, apuntes, números, etc.] expone un modo de ver las cosas y el mundo en general, pero además, cada uno de esos discursos / elementos son el resultado de un plurilingüismo generado por la concurrencia lógica, artística, biográfica y ficcional de la historia y vida de Fred, y por tanto, del espacio o espacios geográficos y sociales donde se produce el discurso que pretende ser desde la primera página un pulso enigmático de pasión y emoción, intriga y descubrimiento de la vida de Fred.

Nos encontraremos con el nacimiento del personaje, con su infancia freudiana, con sus días de formación [permítanme, pero hay también en este personaje una reinvención paralela de la metamorfosis kafkiana] Fred tiene ese componente de insecto y libélula. Pero no voy a dar detalles. Se van al libro y lo descubren. ¿Por dónde iba? Por la formación. Eso. Por su llegada a la capital, por sus idas y venidas, sus miedos, sus vanidades, sus excentricidades, sus amores, pasiones, fobias, filias, creaciones, exposiciones, amigos, amigas, y por ese lenguaje mordaz, desgarrador y acertado con el que construye y define la sociedad distópica o no que le ha tocado vivir. Porque Fred comenta lo que observa, y lo que observa está proyectado, envuelto en arte, el arte social del fraude y el engaño, el arte del contrato social, donde la parte contratante (1) el Estado y la parte contratante (2) el pueblo, elevan a público el desengaño vital del presente y ese futuro más próximo que a todos nos explotará en la cara, como a Fred.

La narrativa de Vicente Luis Mora, la que lleva muchos años trabajando y demostrando [como Lecto-espectador], y que ha alcanzado su cumbre en Fred es una escritura que posee recursos sociológicos insospechados. Su expresión escrita acude a atender las necesidades de esta nueva sociedad y el nuevo tipo de hombre y/o mujer. No busca la poesía transmisora del mito vivo, se adhiere a una prosa que describe y desnuda ferozmente la realidad revestida de un ropaje idealizado y pleno de fantasía.

El hombre de la calle no recuerda los grandes héroes del mito y del pasado, sino que se siente vinculado a estos protagonistas de novelas, hombres como él, que van a recorrer una serie de aventuras sociales exóticas y maravillosas para desdoblarse como un yo disociativo de sí mismo, donde al final la bondad del dios de cada uno les procurará una suerte de destino dichoso para siempre.

Fred admite la variedad de la forma en toda su expresión: el relato del autor y el de los personajes y testigos e indagadores; incluye descripciones del país, de la naturaleza, de las ciudades, pinta las curiosidades y las obras de arte [destrozándolas, alabándolas, odiándolas]; reflexiona sobre temas científicos, filosóficos, históricos, religiosos, intercala relatos breves y discursos retóricos y eróticos, cartas, entrevistas y diálogos, etc, consiguiendo así un todo, un relato, una historia, una vida, que podría ser universal o acotada en los extremos de una sociedad recubierta de arte, propaganda y un pizca de nihilismo sobrenatural, que a todos, en mayor o menor medida, nos salpica.

Esta novela es un exuberante manual existencialista sobre la capacidad del ser humano para manejar la peor de sus pesadillas. Fobias encadenadas por esposas sin una llave aparente con la que abrir y conseguir la más preciada de todas las libertades. Son las fobias de Fred, pero también lo son sus arrogancias.

Esta obra maestra es un ejemplo de lo que el ser humano puede hacer cuando ve materializadas todas sus fobias. Ver, sentir, tocar, follar… sencillos actos que más allá de lo cotidiano se alían en una atmósfera ataviada con la mejor de las fábulas posibles para llevarnos al fantástico viaje del humano poder contra todo.

Fred deambula por simples y llanas escenas que convierte en (parábolas) cargadas de simbología urbana para diseccionar una sociedad dominada por los temores más fácticos posibles.

Un complejo de personajes difuminados en el rostro del (monstruo) cruzan una peligrosa y mágica linea donde el equilibrio entre la voluntad y el azar juegan una arriesgada (batalla) anclada en nuestras siempre resbaladizas acciones.

Tan sencillo es temer como vivir, ¿verdad, amigo Fred?

Aunque morir aquí es lo de menos. La muerte es tan segura que nos da toda una vida de ventaja. No nos exige nada, tan sólo estar. Lo demás, no. Todo muere. Todo, hasta la más inmensa obra de arte. Todo es efímero. Claro que sí, Fred.

Vivir con miedo es doloroso, nos invade y paraliza.

Pero si alguien lo comprime, y nos lo sirve en pequeñas dosis, es la mejor de las curas posibles. Y ese alguien, por si todavía no se han dado cuenta es Fred Cabeza de Vaca, Fred para los amigos. Pero insisto, para hacerse amigo de Fred, hay que leérselo. Es como el cortejo de los enamorados. Los preliminares para llegar al orgasmo cósmico de su natural paradigma / vida / ficción, de Fred.

Por eso Fred es un héroe, y como todo héroe debe ser conocido. Y en este caso, mejor dicho: deber ser leído. Seguro, que acabarán haciéndose amigos de él. Inténtenlo. Merece la pena, y mucho.

Porque tiene esta obra mucho de dignidad, de valentía, de coraje y originalidad. Porque hay un antes y un después en la narrativa española con Fred Cabeza de Vaca. Porque hay un vitalismo existencial y exponencial en cada elemento fragmentario que subyace en la parábola final, en el resultado de una ficción que solo es posible como consecuencia genial del trabajo y dedicación de cuatro intensos años de exploración para demostrarnos que otra narrativa es posible, y, por lo tanto: la posibilidad de ese héroe [moderno].

Fred Cabeza de Vaca es un manual de vida, un compendio filosófico y psico-analítico, una novela [súmmun], un elemento artístico contra el arte contemporáneo, un libro de auto-vida, y también, por qué no de auto-salvación, que no confundir con auto-ayuda.

Fred es también un héroe, y si me apuran un anti-héroe. Pero es en esa disparidad, en ese conjunto acotado que les doy donde reside el apego con el lector, donde uno, de alguna forma u otra, se ve reflejado, porque Fred tiene mucho del hombre moderno y / o contemporáneo. Fred es la estrella que da luz a nuestras miserias más oscuras, a nuestros deseos y vicios menos inconfesables, y a los cuartos más oscuros de nuestra consciencia. Fred es lo más. Fred es república y reino, anarquía y cohesión. Fred demuestra que todo cinismo es posible. 

Fred demuestra que puede ejemplificar las cosas de la vida, generar momentos para compartir. La mayoría de novelas caen en el olvido, pero la buena narrativa tiene una fuerza arrolladora, se queda atrapada en nuestras vidas para siempre.

Fred, a pesar de lo malo, nunca abandona la mirada propia. Los peligros son otros: te puedes volver estéril, ser solo manierismo. Puedes, como les ocurre a muchos, perder el contacto con la realidad, volverte inadecuado a tu tiempo y refugiarte en lamentos y rencores hacia el presente, cualquier cosa, sí, cualquiera menos perder la capacidad analítica y crítica, para así montarnos la escena creativa de su personalidad y abrir en canal un país para psicoanalizarlo en la mesa de operaciones, como si de un lienzo se tratara, un lienzo atomizado por el color, la materia, y una suerte de escala de grises…

Durante su lectura nos haremos muchas preguntas, nos cuestionaremos como seres bípedos que somos, nos psicoanalizaremos, pero lo más importante, la pregunta estrella será esa que recorre el texto como un fantasma blanco: ¿Qué es el arte? ¿Lo que vemos o lo que quieren que veamos? ¿Se crea por dinero o el dinero crea el arte? ¿Se puede vivir por amor al arte? ¿Se puede cuantificar el arte? ¿Se puede humanizar el arte? ¿O fue todo aquello un fraude?

Hallarán muchas respuestas. Y se divertirán. Claro que sí.

Les doy mi palabra.

[Reseña / crítica de la novela «Fred Cabeza de Vaca», Vicente Luis Mora, Ed. Sexto Piso, 2017]

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«Home» Sweet, «Home»

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El Larry Clark de “Ken Park” + el Xavier Dolan de “Yo maté a mi madre”. Rodada en una gran variedad de formatos, Fien Troch demuestra una vez más su dominio del drama humano con esta historia inspirada en hechos reales que funciona como un demoledor reflejo de la juventud rica europea, condenada a la más absoluta miseria emocional.

Selfie de una generación de ex-adolescentes que se niegan a abandonar su condición. Unos viven su síndrome de Edipo, otros su dosis doble de autodestrucción. Y todos graban con sus desventuras con móviles para finalmente subirlo a una nube que en breve pasará. Johnny Jewell (“Drive”, “Twin Peaks”) pone la música a una obra imprescindible que tiene tanto de fiesta como de funeral.

Esta realización belga desciende a los infiernos, a la infamia, a lo desconocido, al terror de lo digital y la madurez desquiciada de padres que repugnan, a esas voces menores de edad, que sufren el nihilismo y la anarquía de su futuro, para mostrar la cara B, sin concesiones ni reparos, —todo lo contrario—, vapuleando al espectador en una suerte de lucha visual que golpea en el estómago, cuando menos te lo esperas… Pero todo tiene su final, y si el final es tierno, después de la ansiedad, la producción tiene que calificarse con un sobresaliente. Porque a pesar de todo hay un respiro. Una mirada tierna que desciende a la vez que lo hace el telón analógico del infierno digital de nuestros días. Es una película para pensar, analizar, meditar, sentir, vivir.

Una maravilla. Un portento de película. Dura. Real. Perfecta. Soberbia. Interesante. Imprevisible. Tierna. Violenta. Bella. Apacible. Una ejercicio de reflexión sobre la juventud actual. Una juventud totalmente abandonada por el sistema e hipnotizada por las redes sociales, las drogas y la violencia gratuita. Me ha encantado. Una banda sonora maravillosa y unos movimientos de cámara perfectos hacen de esta película uno de los mejores productos del cine europeo de los últimos años.

Película disponible en plataforma Filmin. Ver aquí

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El milagro de «Devoradores de flores»

Sí, en literatura también existen los milagros. Son posibles y palpables. En narrativa lo que supera al texto ignoto es «per se» un verdadero milagro, un descenso hacía las profundidades del abismo imaginativo, una cascada de sensaciones sensoriales que te provocan ese estallido de adrenalina y explosión química / orgásmica —plenitud absoluta del trance de la lectura y el cruce entre comprensión y percepción— que roza el escalofrío. Roza la perfección. Y en este caso puedo dar fe de que el milagro está, es cierto, ha llegado, el milagro es y lo alcanza la novela, el libro, la obra, el descubrimiento, el canto, el mosaico, el lienzo, el escenario, el drama, la escena, el país, la revolución, la guerra, el amor, el deseo, la pasión, los colores, los aromas, los húngaros, la magia, la soberbia, la mirada, los vivos que parecen muertos, los muertos que parecen vivos, la canción, la brizna, los tulipanes, el río, los revolucionarios, los gitanos, los espacios, la sinceridad, la perfección, el summun y los personajes más exquisitos e inimaginables que hayas podido imaginar y que es «Devoradores de flores», novela publicada por la editorial Sexto Piso este año, 2017, escrita por László Darvasi, considerado uno de los mejores narradores de húngaros de su generación, y genialmente traducida por Eszter Orbán.

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Devoradores de flores, László Darvasi, Sexto Piso, 2017

Escribo estas líneas mientras espero, sí, espero con emoción e impaciencia a que mi editorial de cabecera, Sexto Piso, cuyos libros, —puedo citar muchos, me han desbordado de pasión, culminado de placeres, cubierto de emociones y experiencias. Espero, como decía, —mientras escribo estas líneas—, con esa mimética, generosa y placentera ansiedad del que sabe que va a descubrir algo bello, que le insuflará puro oxígeno literario, la publicación del catálogo de novedades para el último cuatrimestre de 2017. Catálogo de placeres mayúsculos. Catálogo seguro que repleto de obras de culto. Sexto Piso nunca defrauda. Sexto Piso es magia, perfección, vitalidad, maestría y genialidad. Un grupo de editores y profesionales excelsos, encabezado por Raquel Vicedo y David M. Copé, artesanos de primera fila, con humanidad, sí, y además, lo más importante: gozan y pueden presumir, claro que sí, de un gran criterio literario para seleccionar textos y adaptarlos a sus precisos traductores consiguiendo así verdaderas obras de artesanía, verdaderas «arquitecturas» y perfectas geometrías literarias y narrativas allá donde las haya. Más allá del algoritmo de lo infinito.

En el panorama literario español, tal y como corren los tiempos, lo importantes es permanacer, estar y destacarse. La clave del éxito de una editorial de primera fila como de la talla de Sexto Piso ha sido y es, y será la elegancia y la exquisita sabiduría de conseguir lo imposible y perseverar y deslumbrar al lector con cada publicación. Sí, porque cada libro de Sexto Piso es un acontecimiento que muchos celebramos y esperamos con la mejor de nuestras sonrisas. Porque las palabras y Sexto Piso son poderosas. Y hoy, por lo menos, un servidor necesita héroes y heroínas literarias.

Supongo que a estas alturas cualquier lector que se precie tiene que conocer la editorial Sexto Piso. En caso contrario, no lo duden, palabra de lector orgullosamente enganchado: subanse al Sexto Piso, que nunca se bajarán de él. Prometido queda

Y ya que estamos con «Devoradores de flores», aquí no vale eso de una imagen vale más que mil palabras. Aquí valen las palabras para demostrar que lo que he escrito anteriormente de la novela es asaz cierto, asaz demostrable y asaz palpable.

Por aquí os dejo, hay muchos, pero este es, creo, en mi humilde opinión, uno de los mejores fragmentos. El libro, el mío, esta repleto de subrayados y anotaciones, de recuerdos. Ha sido un libro para mí muy importante, porque me concedió la capacidad de seguir adelante cuando más lo necesitaba. Por eso me devoró de emociones y fuerzas divinas. Y dicho sea de paso, es de esas piezas que nunca deseas que terminen… Cuando terminas de leer, pasas la última página, lentamente, como buscando más letras, más vida… solo te queda el placer de abrazarlo, y por qué no, releerlo. Y te das cuenta que el Sexto Piso al que me subí hace años es eterno y roza los altares de la edición en España.

No se lo pierdan.

«En cierto sentido todos vivimos exiliados, señor. La inmensa mayoría de nuestras leyendas se han acabado. Sus protagonistas serán destituidos, y los milagros diseñados y fabricados. Los prodigios se rodearán de muros. Todo fenómeno digno de admirar será objeto de apropiación, se convertirá en propiedad, como si el milagro tuviera una dimensión física. [...] Produciremos milagros que tendrán fecha de caducidad, los reproduciremos. Podría decir que Dios y sus santos son milagros nacidos del espíritu esfuerzo manufactero del espíritu. Por cierto, yo no creo en Dios, aunque si creo en el milagro de Dios. Sin embargo, lo que sigue ya no tiene que ver con el milagro de las manufacturas. Los milagros los compraremos y los tendremos en casa, como las mascotas o como los aparatos domésticos. Usted también tendrá milagros, señor Vogel. Los comprará y serán suyos como un perro o un cerdo».

A la memoria de mi madre, María Engracia Álamo Klattenhoff (17 de agosto de 1951 – 11 de junio 2017), quien no pudo terminar de leer «Devoradores de flores». 

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«L´enfant terrible» del ballet londinense

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Sergei Polunin (Kershon, 1989) creció en un barrio pobre de una ciudad situada al sur de Ucrania. Pocos podían creer que un niño de escasos recursos y enormes ojos verdes podría convertirse en un prodigio del ballet, pero su talento innato y la perfección de su técnica le llevó a convertirse en una superestrella, a la altura del gran Rudolf Nureyev. Sin embargo, cuando llegó a la cima, tocó fondo a nivel personal y decidió colgar las zapatillas, hastiado por la continua presión que le exigía su trabajo y el peso de la fama.

Bajo el sencillo y apropiado título de Dancer, el cineasta estadounidense Steven Cantor analiza con detalle la trayectoria personal y artística del bailarín ucraniano, desde que era un crío hasta el año 2015. El documental, que estrenará Filmin el próximo 19 de septiembre, se basa en las declaraciones en primera persona del protagonista, sus padres, abuelas, amigos y profesores junto a material fílmico íntimo grabado por él y su familia cuando empezó en el baile. De pequeño, Polunin ya apuntaba maneras. “Nació con una gran flexibilidad en las piernas”, afirma a la cámara su madre, la persona que se encargó de construirle un futuro mejor alejado de Kiev. O al menos, eso creía.

Hasta los nueve años creció rodeado del cariño de sus padres. Amaba la gimnasia, mover con libertad su cuerpo, y sus padres decidieron sacrificarse en beneficio de su hijo. Su abuela materna se fue a trabajar a Grecia y su progenitor enviaba dinero para la manutención desde Portugal. Fueron tiempos difíciles.Todo lo hicieron por brindarle una oportunidad única al pequeño Sergei, pero no se dieron cuenta de que en vez de apoyarle emocionalmente, se alejaban cada vez más de él y sus sueños de tener a la familia unida. Así, esta propuesta se convierte en una reflexión íntima sobre un joven ambicioso y carismático, a la vez que complejo y enigmático en una encrucijada vulnerable.

Dancer refleja la ambición personal de una madre que tomó una decisión importante y viajó hasta Londres sin hablar inglés para que su hijo se formara en la elitista British Royal Ballet School. Allí fue donde el chico explotó todo su potencial desde los 13 años y acabó con 19 erigiéndose en el primer bailarín más joven de la compañía. La disciplina férrea, las reglas de la danza y una vida dedicada completamente al baile estaba dando sus frutos. Los perfectos saltos de Polunin hipnotizaban al público, la pasión con la que interpretaba sus personajes dejaba a todo el mundo sin habla, incluso la gente compraba entradas para verle a dos años vista. Todos se rendían ante el poder de seducción de esa ‘bestia elegante’, como le apodaban sus compañeros en Londres.

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Mientras tanto, la cara más oscura de la fama iba haciendo acto de presencia. Primero fue el shock por el divorcio de sus padres. Luego, la bebida, el consumo de cocaína y los malos hábitos le jugaron una mala pasada. Polunin llegó a utilizar las redes sociales para dejar constancia de sus juergas nocturnas y su fibrado cuerpo se llenó de tatuajes. En su brazo izquierdo tiene dibujado el rostro de Heath Ledger como Joker. Actuó ‘colocado’ y la prensa se llenó de titulares sobre el ‘chico malo’ del ballet.

Corría el año 2012 cuando el joven de solo 22 años anunció que abandonaba el Royal Ballet. Llegó a declarar que se sentía tan desgraciado que “el artista que llevo dentro estaba muriendo”. Y lo cierto es que en él hizo mella la depresión y la autodestrucción, tal y como recuerda para el documental. No solo Polunin desnuda su alma y deja que el público sea testigo de esa dura etapa de su vida, los ojos llorosos de su madre y la mirada silenciosa de su padre son una clara evidencia de la culpabilidad que sienten por no haber sabido manejar mejor la situación.

La cámara de Cantor se detiene entonces en la nueva etapa que se le abría al bailarín en Rusia, donde tuvo que intervenir en programas de televisión y empezar de cero hasta que conoció al popular director artístico Igor Zelensky, que le convirtió en bailarín principal en el Teatro Musical Académico de Stanislavski y Nemiróvich-Dánchenko de Moscú y en el Teatro de Ópera y Ballet de Novosibirsk. Pero de alguna forma la relación de amor y odio con el ballet no le dejaba recuperar el esplendor de antaño y decide entonces cerrar página con una actuación muy especial con la ayuda de un amigo en la coreografía, la dirección de David LaChapelle y el tema Take me to church, de Hozier, sonando de fondo.

El resultado es un vídeo clip espectacular grabado en Hawái que se hizo viral de inmediato en 2015, con más de diez millones de visitas en Youtube y miles de niños inspirándose en los extraordinarios pasos de baile de Sergei. Unas imágenes que nos ofrecen a un bailarín desatado, expresándose en todo su esplendor, saltando hacia la libertad y buscando la paz que tanto anhela en un momento de sobrecogimiento. Sin duda, cuando una ve sus expresivos ojos en la gran pantalla, no puede evitar notar el dolor de su mirada, la de una niñez y una adolescencia que pasó demasiado deprisa entre escuelas y profesores, con pocos juguetes, escasos amigos y alejado de sus seres queridos. Una opción, la de ser el mejor bailarín, que le vino impuesta disfrazada como vía de escape hacia un mundo con más oportunidades en la que él se volcó, pero que jamás fue su elección… y al final ese talento se convirtió en una carga demasiado pesada, tanto que solo deseaba lesionarse para tener una excusa para abandonar.

En la actualidad, Polunin continúa ejerciendo de bailarín y está felizmente comprometido con la bailarina rusa Natalia Osipova, una relación que no llega a mostrar el documental y que ha transformado la vida de este James Dean de la danza , como ha sido catalogado por algunos medios.

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Los «Espacios» de «Kanada»

Portada_Kanada-1La guerra no se puede contar, pero sí narrar, descifrar, medir, calcular, y en todo caso «clasificar». Quiero dejar un poco en el aire el significado de Kanada, no voy a decir lo que realmente es, quiero que siga siendo ese precioso enigma de la palabra, del delirio, del recuerdo, lo quiero —para que el lector que se adentre en la novela experimente el mismo placer que yo al descubrir y viajar por los lugares y espacios de Kanada—.

Juan Gómez Barcena, en su novela, «Kanada», publicada por la editorial Sexto Piso, Madrid, 2017, consigue un original, perfecto y milimétrico juego del lenguaje y la metáfora como pocas veces he leído. «Kanada» es muchas cosas, y sólo una. «Kanada» es la redención claustrofóbica del arrepentimiento del hombre, y la expiación de los sometidos.

«Kanada» también se puede leer como una poesía, como un ejercicio poético, quirúrgico y reflexivo que va más allá de toda razón ante el horror y la memoria de la guerra, o las guerras. «Kanada» es singular y plural. «Kanada» es poesía porque los versos sí se pueden contar, porque los versos contienen la precisión y el cifrado, la necesidad de la métrica de los espacios, formas y palabras, como auxilio del protagonista y el hombre de «Kanada». Porque este protagonista, un hombre que regresa, vive y deshace, tiene la necesidad de acotar sus recuerdos y contar, contar las cosas, calcular y medir, como si fuera una paciente víctima de un síndrome ignoto, dejando así, las cifras como rituales y sacrificio de las palabras que van descifrando las herramientas necesarias para tener las piezas del puzzle que es esta obra maestra.

Los versos y las palabras de esta novela se pueden contar aunque no rimen con guerra, ni campo, ni comando, ni refugiado, ni cenizas. Las raíces de la estructura de esta novela, donde el comienzo y el final se difuminan en un juego de colores, para pasar del blanco y negro de la confusión al brillo de la culminación y la expiación, surgen del desgarro más íntimo, de la necesidad de crear una acústica perfecta para dejar que su sinfonía desgarre nuestros minutos más preciados: leer.

«Kanada» es una novela excelsa. Necesitamos que las palabras y los escritores nos hablen así. Necesitamos que el recuerdo y la memoria no sean historia sino espacios vivos, imaginados, esculpidos y vívidos. «Kanada» no quiere la muerte pero la rememora.

«Kanada» es una joya indestructible, como los tanques. «Kanada» es una coordenada implícita, que hay que descubrir en el mapa de su propia originalidad, elegancia, precisión y maestría. 

«Kanada» es una suerte de isla en dos planos —principio y final—, llena de preciosos sonidos y dulces melodías que deleitan y no hacen daño, aunque pueda parecer que sí. Para ello, para conseguir esta composición armónica de fragmentos de vida y muerte, lo hermoso se viste de uniforme, el héroe imaginado y desdoblado, el yo pasado y presente se confunden en una suerte de escenarios de cenizas y carne, donde la locura permanece a un paso de renglón, en la cuerda floja del hambre, el dolor, los disparos, los rusos, la ciudad, la casa, el Vecino…

«Kanada», —quién sabe—, puede ser mil cosas, variaciones, pues, del estado psicológico / narrativo de su personaje. Por eso, todas las imágenes que contiene y el sonido de cada palabra, que emite, cuentan.

«Kanada» no pueden perdérsela. «Kanada» es un lugar al que todos siempre debemos volver. La historia está pensada para conquistar al lector, para enamorarte en cada frase, en cada movimiento de ficha, de soldados en filas que se rompen y luego se forman para advertirnos que somos y fuimos hijos de la destrucción.

Reseña de la novela «Kanada» escrita por Juan Gómex Bárcena y publicada por la editorial Sexto Piso, Madrid, 2017

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