Ítaca también es una isla

171922Vi esta película, «Regreso a Ítaca», pocos días antes de la muerte de Fidel Castro. La trama —una idea original del genial escritor cubano Leonardo Padura—, se desarrolla en una terraza habanera con vistas al Malecón. En ese lugar, casi único escenario de la película, lugar de vistas y soles, agua, libros prohibidos, manifiestos y olor a matanza, un grupo de viejos amigos se reúne para celebrar el inesperado regreso de Amadeo, exiliado en España durante dieciséis años. Lo que empieza siendo una velada festiva en la que se recuerdan, entre risas, historias y melodías de su juventud, se convierte, a medida que avanza la noche, en un encuentro catártico hasta el estremecimiento, hasta el dolor, hasta el desgarro más profundo. Como si la Historia les hubiera pasado por encima, conocemos las razones y secretos de cada uno de ellos, las ilusiones perdidas, pero también la falta de futuro y la decepción del presente. Este trabajo te arrebata el corazón en cada palabra, en cada recuerdo, en cada personaje, en la vida que muchos tuvieron y tuvimos que dejar atrás. Es una auténtica joya con un guión magistral. Un guión repleto de señales, vivencias, metáforas, memorias, reproches, verdades y mentiras; pero sobre todo, un guión digno hasta la médula, con el coraje del vencido y la necesidad de los vencedores. Es una película sobre La Habana que ya fue. La Habana a la que «ellos» regresan, porque Ítaca también es una isla. Estamos, sin duda, ante uno de los mejores retratos cinematográficos que se han hecho sobre la Cuba actual. Una película magnífica y amarga destinada a perdurar.

Reseña de la película «Regreso a Ítaca».

Película disponible en plataforma Filmin

Ficha de la película

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«Brújula», por Mathias Enard, Literatura Random House

«Brújula» es una novela diferente. Es una novela de amor, de sentimientos, de viajes, de personajes variopintos, de la búsqueda del placer y del hedonismo. «Brújula», de Mathias Enard, publicada en España por Literatura Random House, es un viaje hipnótico y balsámico; una experiencia tan bella como apacible, tan intensa como enigmática. «Brújula» está plagada de rincones llenos de maravillas. Sus personajes occidentales que aman y viven el placer de oriente, desbordan sus experiencias entre los dos mundos que juegan a la suerte de fusionarse como una catarsis de experiencias ya pasadas, que ahora, la retina de la memoria, devuelve en forma de cánticos, sinfonías, vivencias, desiertos, veladas, madrugadas y noches de insomnio plagadas de papeles y manuscritos. Mathias Enard ha creado un texto insuperable, una novela de culto, para disfrutar y experimentar los placeres sensoriales que por ella van deslizándose con la maestría singular de su pluma. Los personajes, las criaturas humanas de «Brújula» se desnudan, se desgarran poco a poco, para con la maestría del lenguaje y la oración, describirnos un paraíso narrativo en el que el lector se sentirá cómodo, en paz, necesitando mirar por esa ventana en un intento de encontrar el espacio lírico de oriente que irá percibiendo en aromas y vivencias. «Brújula» es un camino inolvidable entre dos mundos, Oriente y Occidente, que pretenden unirse con la paz de la poesía, la música, el amor, los sueños, y los recuerdos, porque «Brújula», también es Sarah, ese amor platónico de Franz que abre y cierra ventanas, que te lleva de un lugar a otro, cada vez más armónico y bello, cada vez más perfecto, porque con la elegancia de Enard todo es posible, maravilloso, y soñador. Mil y una veces. Mil y un día. Mil y una noche más volvería a leer esta novela, que me dio la paz que necesitaba mi espíritu, que me dio vida, que me hizo sentir el amor y las miradas, y la nostalgia como si fuera mía, como si pudiera robársela a los personajes, para luego devolvérsela como un deseo pasional. Esta novela también es locura, la locura del desafío, la locura del nómada, del sabio, del hombre. Detrás de cada mirada, detrás de cada palabra, detrás de cada lágrima, detrás de cada ausencia, detrás de cada vida, cada muerte, cada minuto y silencio hay una historia que contar, una imagen retórica que ofrecer, una mano que salva, un destello de poesía, un personaje diferente a todos los demás que te hará pensar, sentir y llorar. Brillante. Perfecta. Rotunda. «Brújula» es una recreación de los sentimientos más profundos del ser humano, sobre la condición de la mujer en sus situaciones más límites, sobre la profundidad y el poder de la palabra escrita y hablada.  «Brújula» es una obra maestra ganadora del premio Goncourt en Francia, que nadie debería perderse.

Reseña de la novela «Brújula», de Mathias Enard, Literatura Random House, 2016

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Fragmento escogido:

Menuda maldición el insomnio ¿Qué hora es? Ya no recuerdo muy bien las teorías de Schopenhauer sobre el amor. Creo que separa el amor entre la ilusión ligada al deseo sexual por una parte, y el amor universal, la compasión por otra. Me pregunto qué pensaba Wagner al respecto. Debe de haber cientos de páginas escritas sobre Schopenhauer y Wagner y yo no he leído ninguna. A veces la vida es desesperante.
Filtro de amor, poción de muerte, muerto por amor.
Voy a prepararme una infusión, venga.
Adiós al sueño.
Un día compondré una ópera que se titulará El perro de Schopenhauer, sobre amor y compasión, sobre la India védica, el budismo y la gastronomía vegetariana. El perro en cuestión será un labrador melómano al que su dueño lleva a la ópera, un perro wagneriano. ¿Cómo se llamará ese perro? ¿Atma? Günter. He ahí un nombre bonito, Günter. El perro será testigo del fin de Europa, de la ruina de la cultura y del regreso a la barbarie; en el último acto el fantasma de Schopenhauer surgirá de entre las llamas para salvar al perro (solo al perro) de la destrucción. La segunda parte llevará por título «Günter, perro alemán» y contará el viaje del perro a Ibiza y su emoción al descubrir el Mediterráneo. El perro hablará de Chopin, de George Sand y de Walter Benjamin, de todos los exiliados que encontraron el amor o la paz en las Baleares; Günter acabará su vida feliz bajo un olivo en compañía de un poeta al que inspirará hermosos sonetos sobre la naturaleza y la amistad.
Ahí lo tienes, te estás volviendo loco. Te estás volviendo completamente loco. Ve a prepararte una infusión, una bolsita de muselina que te recordará a las flores secas de Damasco y de Alepo, a las rosas de Irán.

Fragmento de la novela «Brújula», de Mathias Enard, Literatura Random House

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El deshielo de la enfermedad

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Querido Daniel:

—Hoy no he tenido un buen día. Prefiero borrarlo. Ahora solo existe el pasado. Me acuerdo de tus abrazos y no sé qué hacer con ellos. Espero que la memoria no me traicione. Espero que la soledad de las calles de esta gran ciudad, los ruidos artificiales que desaparecen y no los ves, porque si duran más, se convierten en monstruos, me ayuden a calmar la necesidad de quererte porque no estás. Si puedo, si tengo fuerzas, cuando regrese a casa, después de tocar el piano, te escribiré algo. Ya sabes que no sé rezar. Aprender a rezar en la era de la técnica es difícil. Pero, a mi manera, te llamo, te escucho, te rezo, te noto, aunque no sé dónde estás. Pero, déjame que te cuente… Déjame que te cuente que, a veces, pienso que la vida es bonita y que merece la pena vivirla. Vivirla por ti y por mí. Te recuerdo, Daniel, en cada foto, en cada libro que leo, en cada sinfonía, en cada sonata, en cada fuga, en cada revolución, en cada caída… Y merece la pena, pensarte, merece la pena recordarte. ¿Sabes? El último sábado por la noche, paseando por Regent Street, llegué hasta Cavendish Square Gardens. Y me encontré con el violinista del parque, el violinista de los jardines. Tocaba aquello de Imagine de Lennon… Se empeñó en quedarse hasta que tú llegaras para tocarla otra vez, como el viejo Sam, pero tuve que decirle la verdad. Decirle que te habías ido para siempre. Y me prometió que todas las noches te dedicaría una pieza.

Qué somos, Daniel. Piezas. Figuras. Funciones. Actores. Lectores. Poetas. Malditos. La transfiguración de la muerte, Daniel, eso es dormir sin ti. Sí, la transfiguración de los muertos. Sin tus abrazos. Sin tu calor. En Londres ya hace frío porque Londres es de cartón. Londres es una obra de Shakespeare inacabada. Una fantasía oriental camuflada en una obra de Liszt. Una sonata para enamorados de Beethoven. Londres es todo y nada. ¿Sabes? Creía que iba a ser un sueño. Creía que nunca ocurriría. A veces el hielo nos hace resbalar y caer en grietas más profundas. Al cabo de mucho tiempo el deshielo puede hacer emerger todo lo sepultado; como los mamuts en las llanuras siberianas en verano, los restos están húmedos y huelen mal. Entonces ya no lo queremos. Pensamos que igualmente no valía la pena. Que era dinero tirado o que ese amor por el otro era inmerecido… 

Puede que nuestros sueños sean más sabios que nosotros porque el sueño es un monstruo egoísta que siempre va a la suya, sin piedad.

Pero lo de esta mañana no ha sido un sueño. Se ha despertado y ya no tenía cabello. No la he visto llorar pero sé que lo ha hecho. A escondidas. No le gusta que la vea. Hay mechones por toda la casa. No sé por qué, —quizá por eso que llaman intuición—, ayer se compró un turbante azul. Antes de partir, ha venido a mi estudio, a decirme adiós y a mostrarme esa belleza que, podemos renacer, de entre toda la enfermedad. Se ha marchado con su turbante. Sé que iba feliz.

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Ni pena ni miedo, pero sí Grande

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Fernando Grande-Marlaska es un ejemplo loable, ya que, nunca ocultó su condición de homosexual y tuvo que luchar, —a pesar de que en este país muchos vayan de liberales y progres—, contra muchas trabas.

En España todavía queda mucho trecho para la normalización y el respeto por el colectivo LGTB. Largo trecho para igualarnos con países como Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Francia…

Y miren hasta donde ha llegado: a juez de la AUDIENCIA NACIONAL, (el mejor juez de la historia de la democracia española, incluso mejor que Garzón), instruyendo en su carrera algunos de los mayores casos de narcotráfico y terrorismo que haya tenido este país, y como muy bien dice en el libro «he tenido que pagar muchos peajes en su carrera como juez por su condición de homosexual».

He leído algunos capítulos, y se me saltan las lágrimas. Qué fuerza, qué sensibilidad, qué grande, nunca mejor dicho. Es un verdadero testimonio que muchos heterosexuales y homosexuales también deberían leer. Es una maravilla, una delicia, una joya. No encuentro palabras…

Cuando nos lo leamos entero, publicaremos una reseña, tal y como se merece.

NI PENA NI MIEDO está publicado por Editorial Ariel.

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«Strangeland» o el placer de ser uno mismo

big_185A la inversa de los místicos, que hacían de su cuerpo el instrumento de salvación de su alma, los libertinos, insumisos y rebeldes, ambicionaban vivir como dioses y en consecuencia liberarse de la ley religiosa, tanto a través de la blasfemia como de las prácticas voluptuosas de la sexualidad. Oponían al orden divino el poder soberano de un orden natural de las cosas. Según esta teoría individualista, la experiencia puede, quizá, prevalecer sobre el dogma y la pasión sobre la razón.

Si he decidido empezar la reseña de la novela autobiográfica «Strangeland», de la escritora y artista Tracey Emin, publicada en España por la editorial Alpha Decay en su colección “Héroes Modernos”, con el primer párrafo arriba citado, no ha sido por capricho, ni mucho menos. Es un párrafo bienintencionado porque en él se resume un poco la trayectoria que vamos a leer en las páginas del libro, y porque de todo lo que cuento en él, hay mucho en el texto / vida / obra / experiencia de Tracey Emin.

Bienintencionado porque en la novela hay mística (Tracey super—yo), hay instrumentos (…), salvación (su escalada hacia ella), hay libertinos, insumisos, rebeldes (personajes secundarios). También hay dioses, o mejor dicho el dios de Tracey, un dios personal, creado como un icono sintomático y necesario, como una vela que ella apaga y enciende cuando lo necesita o lo presume. Hay blasfemia (…). Y, por supuesto, hay, y mucha: práctica de sexualidad. El adjetivo voluptuoso, quizá no sea el más adecuado. En la novela, en la vida de Tracey el sexo es un deseo errático, a veces, hasta destructivo, es una fantasía de lo rocambolesco, una proyección de su yo herido, tan herido de soledad, que busca —en un intento de consumar, a la vez, sus fantasías— un sexo tan compulsivo que roza la adicción, lo visceral, pero también lo dulce y lo vaporoso.

El orden natural de las cosas, escribo en el primer párrafo. Sí, por qué no. Tracey Emin hace de cirujana de sí misma, y sin miedo a contar pero sí con miedo a vivir, se abre en canal con una precisión que roza lo milimétrico para confesar su vida, sus días, sus temores, sus borracheras, sus depresiones, su naturaleza autodestructiva, su fe, sus perdidas, sus hadas, sus musas, sus amantes. Y por eso el orden, porque aunque parezca que Emin es una promiscua, cuando lean la novela verán que no tiene nada que ver con esa calificación. Tracey Emin es una persona, persona / herida, que necesita desnudarse ante el lector como terapia, y es en esa desnudez donde se desarrollan las autoterapias que durante su vida, ella, se inflige, en una suerte de autoflagelación, para buscar la compañía, el amor, la maternidad, la música, los lugares, la vida y la muerte. Las metáforas del hombre mayor como padre / amante. Los desafíos de la mente que la inducen a continuos altibajos y momentos de bipolaridad son una verdadera genialidad, no solo por la forma de contarlos, sin tapujos, sin escondrijos, sin juegos de palabras, sino también por la rectitud enérgica que transmite la fuerza de su feminismo. Tracey Emin niña / mujer / adulta se autoflagela durante el recorrido de su particular via crucis como una búsqueda de lo robado, una búsqueda de la identidad proyectada en la pantalla de su creación, en la dicotomía del doble yo, o quizá el super-yo.

Tracey Emin nos demuestra que la felicidad como tal, esa absurda y malsonante palabra, no existe. Quizá haya algo cósmico o místico o sexual, que se le aproxime. Pero en cualquier caso serían millonésimas partes de un segundo que casi ni apreciamos, como tampoco apreciamos los microseísmos que son nuestras vidas, nuestras macromiserias, nuestros oscuros y libertinos lugares de la memoria que pocos nos atrevemos a contar por aquello del qué dirán. Pero Emin, va más allá de toda serenidad, y en el movimiento tectónico de sus yoes, de de su persona/s, se desgarra para conseguir un minuto de paz, mientras su Strange(land) tiembla, mientras tú estás tranquilamente echando un polvo fingido con alguien que te asquea o aguantando las estupideces banales que la gente, esa gente de la letra y la ignorancia, escupen por sus operadas y asquerosas bocas.

En la novela de Tracey Emin hay drogas, sexo, alcohol, promiscuidad, inocencia, paz y locura. Sus desnudos, su sexo se transforma en el poder de la palabra, en el mimetismo extremo del coraje de contar su vida. Emin transmite armonía y paz. Lo hace, a través, de su infierno particular. Un infierno que muchas veces ha podido ser el de nosotros mismos, hombre o mujer, sí, aquí no se salva nadie. El infierno es para todos por mucho dios que quieras o inventes…

La forma de narrar de Tracey Emin es de un realismo, que va directo al estómago; de un realismo visceral. nos convierte en testigos de la muralla inexpugnable de nuestra mente, de nuestra memoria, de la vida y la muerte… Terminas el libro, cierras los ojos y tu corazón sigue latiendo, y entonces te das cuenta, sí, caes en la cuenta de que los dioses se desentienden de la cosa humana, y es este regalo de Tracey Emin el que nos hace sentirnos dentro de todo… Todos llevamos Fantasmas a nuestras espaldas, y sin ellos andamos perdidos, ciegos… Por eso leer a Emin es luz. Y es, por encima de todas las cosas, un perfecto aprendizaje de la mirada, de esa mirada al pasado que casi nunca nos atrevemos a echar.

El mayor miedo de Tracey, y como el resto de todos los mortales, es la soledad. Pero por no saber controlarla y dejarla que respire por ella, en una suerte de desdoblamiento, busca refugio en lo sórdido, lo peligroso, y a la vez, bello. Rozando siempre los límites entre la vida y la muerte. Pero siempre deseando vivir, a su manera, sí, pero con el deseo vestido de arte manufacturado. El miedo, los temores de la autora son los pilares fundamentales de esta desgarradora autobiografía.

Veremos toda una vida. Veremos amor, belleza, sangre, sentimientos, pudor, arrepentimiento, errores, aciertos, virtudes, defectos, anhelos, miedos, temores, ansiedad, felicidad… ¿Y qué es la vida? Todo esto y algo más. Ese algo más lo dejo en la incógnita que se despejará cuando lean semejante maravilla. Una novela que muchos hombres deberían leer.

Tracey Emin es ella, a pesar de sí misma. Es ella. Es un ejemplo.

No tienes que nacer con huevos para tener huevos. Los cojones te pueden colgar entre las piernas pero también puedes demostrar que los tienes con tu actitud; es esto último lo que me ayuda a levantarme por las mañanas, lo que me inspira a cambiar mi vida, lo que mueve el mundo.

                                                                                     Tracey Emin

Reseña de la novela «Strangeland», de Tracey Emin, publicada por Alpha Decay

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