«La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori. Fragmento y visión.

la muerte de mi hermano abel 2

«Noches negras, nubes errantes a través de las cuales se insinúa la hoz de la luna. Cadáveres de ciudades en la leche plateada de la luz estelar… (…) rectángulos que se comprimen para formar cuadrados, cuadrados que se deforman y crean trapecios, que se constriñen en sus diagonales para formar triángulos isósceles que se abren de piernas como bailarinas, se desgarran y se vierten cual hipérbolas hacia la infinitud de la noche…».

Hemos seleccionado este fragmento, correspondiente a las páginas, 126-127 de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, por su abrumadora belleza. Es corto, pero lo breve, si breve, dos veces bueno. Por el libro desfilan cientos de párrafos gloriosos, brillantes y soberbios como éste. «La muerte de mi hermano Abel» es la novela de los tiempos, la cúspide literaria de una visión que define la Europa que fuimos y somos, de forma tan magistral, que te hace saborear cada sílaba, y cada palabra, y cada mirada, porque este libro, en su totalidad, es un aprendizaje de la mirada para todo lector que lo disfrute.

«Lo que más me gusta de este párrafo es la manera en que la cadencia de las frases se corresponde con el avance del tren saliendo de una estación: primero en staccato, más lento, luego con esos estira y afloja del tren que gana velocidad, y la aceleración final…», nos comenta José Aníbal Campos, quien ha realizado un excelente trabajo de traducción de tan magna obra.

«Las capacidades descriptivas de Rezzori son de lo mejor en toda su obra. Esa capacidad de síntesis, la mirada del excelente caricaturista que era, hacen de él el escritor capaz de trazar rasgos esenciales en apenas unas líneas. Ello mismo, en cambio, llena sus páginas de ciertos criterios esencialistas muy discutibles…», afirma José Aníbal.

«Y esa aceleración final se abre “hacia la infinitud de la noche…” se termina el juego de luces, y se sumerge, tanto el tren como el observador, en la más absoluta oscuridad. Cualquiera que haya viajado en tren de noche conoce esa sensación…», son las magníficas impresiones que hemos podido compartir con el traductor de «La muerte de mi hermano Abel», publicada en España, por Editorial Sexto Piso.

Desde este blog queremos hacer un alegato a favor de los traductores, una preciosa y dura profesión, que va más allá de la artesanía de la palabra. Gracias a ellos podemos leer semejantes obras cumbres y maestras de la mejor literatura que se precie, pues.

Gracias, también a David M. Copé, por descubrirme esta maravilla. Su gusto es tan exquisito que te contagia el amor por la buena literatura.

Y cómo no, nuestra más sincera enhorabuena, a los editores de Sexto Piso, por habernos traído a España esta deliciosa masterpiece.

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El riesgo de psicosis es demasiado arriesgado

ImprimirEl futuro es muy bueno guardando secretos que son muy difíciles de predecir; especialmente con los adolescentes que a menudo parecen extranjeros en tierra extraña, o tal vez se parecen a Alicia en el País de las Maravillas. Durante la metamorfosis de niño a adulto, que mejor ejemplo el Kafkiano (sic) suceden demasiadas cosas desconcertantes demasiado rápido: cambios corporales, maduración sexual, nuevos roles, nuevas ideas, nuevos sentimientos, nuevas relaciones, nuevas responsabilidades, nuevas libertades, nuevas tentaciones. Los adolescentes se enfrentan a un mundo nuevo, haciendo preguntas inquietantes para las que los adultos no tienen respuestas. Les preocupa el sentido de la vida y los misterios del universo, y frecuentemente hablan de una manera abstracta que confunde a los atareados padres preocupados por el pago de la próxima cuota de la hipoteca. Los adolescentes no se sienten cómodos en su propia piel; su sentimiento de identidad es frágil, inseguro e inestable. Abundan los temores existenciales, sus fantasías son extrañas, los sentimientos extremos, la autoestima débil, la manera de vestir excéntrica, la conducta errática, y juegan constantemente a videojuegos. La música, las películas y los pasatiempos que les gustan suelen ser abominables. Es fácil que los adolescentes se sientan perseguidos, insultados, acosados e incomprendidos. Necesitan ayuda, pero la rechazan. Malinterpretan la amabilidad y la consideran una forma de entrometimiento hostil. A menudo, los padres se desesperan tratando de entender a su hijo, que antes era muy cariñoso e imaginan lo peor para el futuro.

Todo lo mencionado se complica todavía más si los atormentados adolescentes comienzan a consumir drogas. Cuanto más atormentado sea el adolescente, más probable y extremo será el consumo. Las dificultades y confusiones que conlleva crecer se magnifican con el consumo de drogas que alteran la mente y tienen la capacidad de replicar todos los trastornos psiquiátricos. Algunas drogas imitan especialmente bien síntomas prepsicóticos o psicóticos: ver u oír cosas inexistentes, desarrollar creencias extrañas que se aproximan al delirio, volverse paranoicos e hipervigilantes, perder la motivación, descuidar las responsabilidades y la higiene personal y entrar en subculturas extrañas. Bajo la influencia de las drogas, las excentricidades se acentúan, los pensamientos se fragmentan, las creencias se confunden, las ideas estrambóticas se consideran factibles. Habitualmente, los padres están completamente desinformados, o bien subestiman enormemente el papel de las drogas que hacen que sus chicos sean aún mas raros de lo que eran.
Es natural que tengan miedo de que el chico se esté volviendo loco. La buena noticia es que la adolescencia es una enfermedad que se cura con el tiempo. La mayoría de los adolescentes atormentados crecen y se convierten en adultos normales. La mala noticia es que algunos no lo hacen; sus problemas de adolescencia no son más que el preludio de constantes dificultades vitales en el futuro. La peor noticia es que alrededor del 1% desarrollará esquizofrenia, una enfermedad psiquiátrica grave caracterizada por delirios psicóticos, alucinaciones y pensamientos y comportamientos extraños, pudiendo derivar en muchos casos, si no se aborda a tiempo y con el tratamiento adecuado de psicofármacos, en psicosis. Con solo poder identificar a quienes están en riesgo de padecer esquizofrenia e intervenir de manera precoz antes de que sufran el primer episodio de la misma, se evitaría gran sufrimiento. Esto no sólo evitaría problemas tremendos a corto y medio plazo (como la derivación en psicosis), sino que también mejoraría enormemente las perspectivas de vida de de la persona/paciente. Evitar los episodios psicóticos es una prioridad fundamental de la psiquiatría y ha sido una de las principales preocupaciones de dicho campo durante más de veinte años. Pero ¿cómo distinguir al adolescente raro que se convertirá en psicótico de los muchos otros adolescentes raros que al crecer serán normales?

Y eso no es todo. Los términos riesgo de psicosis y síndrome de síntomas psicóticos atenuados implican una amenaza ominosa y una innegable lacra social. La persona mal diagnosticada tendrá que cargar con la cruz de preocuparse innecesariamente, ver reducidas sus aspiraciones, y probablemente ser discriminada a la hora de conseguir trabajo, un seguro, o un amigo, aumentando así todavía más el componente de riesgo de la ya totalmente desequilibrada relación riesgo-beneficio.

En psiquiatría, y sobre todo en estos casos mayores, el proceso diagnóstico es una película, no una foto. Realizar un diagnóstico no debería ser nunca un proceso estático congelado en el tiempo por la primera impresión. (Muchos de los diagnósticos se realizan por los médicos de cabecera, la mayoría sin la adecuada formación psiquiátrica, en ambulatorios y en visitas de cinco o seis minutos). Es el psiquiatra especializado el que debe hacerse una hipótesis que tiene que probarse y cuestionarse en función de la experiencia acumulada. Tener en cuenta la evolución de los síntomas es una parte muy importante del proceso diagnóstico y a menudo, la evolución solo se manifiesta plenamente con el paso del tiempo. Así que hay que tener la mente abierta y una actitud vigilante por parte del médico y los familiares. Actitud también introspectiva ante la progresión de los síntomas y lo que ésta indica.

El peor diagnóstico psiquiátrico conduce al peor tratamiento, y esa combinación, por desgracia, es un billete de ida directo al desastre. Las víctimas constituyen un reproche viviente muy necesario al ámbito de la psiquiatría y sirven de inspiración al importante movimiento de la antipsiquiatría. La psiquiatría debería aprender de sus errores y tomarse muy en serio los ataques, en ocasiones, muy merecidos, de sus críticos.

Bibliografía: FRANCES, Allen, «¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la Psiquiatría», Editorial Ariel, 2015

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El síndrome de Rezzori

Es por todos conocido el famoso Síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia). Se trata, pues de una suerte de trastorno psicosomático que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, obras maestras, especialmente cuando éstas son particularmente bellas.

Aplicando, pues, un algoritmo lógico matemático-narratológico, acabo de acuñar el SÍNDROME DE REZZORI, como consecuencia de la lectura en la que me encuentro inmerso, «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, sublime y grandiosa obra de la narrativa más pura, que mi yo haya leído en muchos años, y ya peino canas. Este colosal texto es todo un alegato de ingenio, pasión, talento, perversión, vanidad y virtuosismo literario. No sé si los señores académicos me dejarán registar el SÍNDROME DE REZZORI. De momento, y debido a los placeres carnales y emocionales que estoy sintiendo con su lectura, he aquí un fragmento que da fe a mis palabras y nuevo síndrome. Disfruten, lean y si quieren más, pues a comprársela. Merece la pena. Qué-placer-de-lectura.

la muerte de mi hermano abel 2»Recuerdo a una joven que estaba sentada una vez en el Fiore en una mesa contigua a la mía. Yo ya la había visto desde hacía un buen rato, no sólo porque su perfil me recordaba un poco el de Stella (una judía argelina, probablemente), sino porque todo su ser —su expresión, su postura, su mirada— gritaba a voz en cuello su soledad. Estaba allí sentada, encogida y sumida en sí misma, llevando encima todo el peso de la espantosa condición humana, la de estar condenados a vivir en una dualidad eternamente inconciliable: animales de rebaño, por un lado, incapaces de arreglárnoslas los unos sin los otros, siempre infelices cuando estamos solos, pero —por otra parte— enjaulados en el propio yo, prisioneros incapaces de salirse de sí mismos y liberarse de ese prisión… 

(…) »Con la misma inmediatez misteriosa con la que una primera estrella aparece de pronto en el cielo, se habían encendido las farolas, que ahora punteaban, con su pálida luz, el azul torcal que se diluía oscuramente en el anochecer. Con él desapareció también muy pronto el torrente de coches en el bulevar, y de repente todo quedó en calma. Yo estaba solo en un mundo vacío.

»Y puede creerme o no, pero aquello me pareció tan hermoso que se me saltaron las lágrimas. Me sentía como el hijo pródigo que ha encontrado el camino de regreso. Comprendí en qué medida somos hijos de este mundo, de este pétreo mundo de termitas: hijos de un desierto artificial de piedra, de la penumbra que la caída definitiva de la noche… ¡Ah! El angustioso valor de las pálidas farolas de la calle…

Fragmento de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, Editorial Sexto Piso. Traducción de José Aníbal Campos.

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Recomendaciones para el Día del Libro

El equipo de redacción de este blog os ha seleccionado algunos títulos recomendados para vuestras compras en el Día del Libro. Aquí los tenéis. Felices compras. Felices lecturas.

Nota: el orden de las portadas es aleatorio. No infiere ninguna jerarquía.

strangeland

apuntes sobre el suicidio

petronile

la amiga estupenda

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«Satin Island», de Tom McCarthy, Pálido fuego

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«La gente necesita mitos fundacionales, algún tipo de huella del año cero, un perno que asegure el andamiaje que a su vez sujeta la arquitectura de la realidad, del tiempo: cámaras de memoria y sótanos de olvido, muros entre eras, pasillos que nos arrastren hacia los días del fin y lo que sea que venga después. Vemos las cosas como envueltas en un sudario, a través de un velo, sobre una pantalla sobrecargada de píxeles. (…) Recordar ahora la maniobra reproducía —en la terminal abarrotada, en mi cabeza y mi estómago— la misma sensación incómoda de que las cosas estaban desincronizadas, dislocadas».

Fragmento novela «Satin Island», de Tom McCarthy, Pálido fuego.

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