«L´enfant terrible» del ballet londinense

bailarin ruso

Sergei Polunin (Kershon, 1989) creció en un barrio pobre de una ciudad situada al sur de Ucrania. Pocos podían creer que un niño de escasos recursos y enormes ojos verdes podría convertirse en un prodigio del ballet, pero su talento innato y la perfección de su técnica le llevó a convertirse en una superestrella, a la altura del gran Rudolf Nureyev. Sin embargo, cuando llegó a la cima, tocó fondo a nivel personal y decidió colgar las zapatillas, hastiado por la continua presión que le exigía su trabajo y el peso de la fama.

Bajo el sencillo y apropiado título de Dancer, el cineasta estadounidense Steven Cantor analiza con detalle la trayectoria personal y artística del bailarín ucraniano, desde que era un crío hasta el año 2015. El documental, que estrenará Filmin el próximo 19 de septiembre, se basa en las declaraciones en primera persona del protagonista, sus padres, abuelas, amigos y profesores junto a material fílmico íntimo grabado por él y su familia cuando empezó en el baile. De pequeño, Polunin ya apuntaba maneras. “Nació con una gran flexibilidad en las piernas”, afirma a la cámara su madre, la persona que se encargó de construirle un futuro mejor alejado de Kiev. O al menos, eso creía.

Hasta los nueve años creció rodeado del cariño de sus padres. Amaba la gimnasia, mover con libertad su cuerpo, y sus padres decidieron sacrificarse en beneficio de su hijo. Su abuela materna se fue a trabajar a Grecia y su progenitor enviaba dinero para la manutención desde Portugal. Fueron tiempos difíciles.Todo lo hicieron por brindarle una oportunidad única al pequeño Sergei, pero no se dieron cuenta de que en vez de apoyarle emocionalmente, se alejaban cada vez más de él y sus sueños de tener a la familia unida. Así, esta propuesta se convierte en una reflexión íntima sobre un joven ambicioso y carismático, a la vez que complejo y enigmático en una encrucijada vulnerable.

Dancer refleja la ambición personal de una madre que tomó una decisión importante y viajó hasta Londres sin hablar inglés para que su hijo se formara en la elitista British Royal Ballet School. Allí fue donde el chico explotó todo su potencial desde los 13 años y acabó con 19 erigiéndose en el primer bailarín más joven de la compañía. La disciplina férrea, las reglas de la danza y una vida dedicada completamente al baile estaba dando sus frutos. Los perfectos saltos de Polunin hipnotizaban al público, la pasión con la que interpretaba sus personajes dejaba a todo el mundo sin habla, incluso la gente compraba entradas para verle a dos años vista. Todos se rendían ante el poder de seducción de esa ‘bestia elegante’, como le apodaban sus compañeros en Londres.

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Mientras tanto, la cara más oscura de la fama iba haciendo acto de presencia. Primero fue el shock por el divorcio de sus padres. Luego, la bebida, el consumo de cocaína y los malos hábitos le jugaron una mala pasada. Polunin llegó a utilizar las redes sociales para dejar constancia de sus juergas nocturnas y su fibrado cuerpo se llenó de tatuajes. En su brazo izquierdo tiene dibujado el rostro de Heath Ledger como Joker. Actuó ‘colocado’ y la prensa se llenó de titulares sobre el ‘chico malo’ del ballet.

Corría el año 2012 cuando el joven de solo 22 años anunció que abandonaba el Royal Ballet. Llegó a declarar que se sentía tan desgraciado que “el artista que llevo dentro estaba muriendo”. Y lo cierto es que en él hizo mella la depresión y la autodestrucción, tal y como recuerda para el documental. No solo Polunin desnuda su alma y deja que el público sea testigo de esa dura etapa de su vida, los ojos llorosos de su madre y la mirada silenciosa de su padre son una clara evidencia de la culpabilidad que sienten por no haber sabido manejar mejor la situación.

La cámara de Cantor se detiene entonces en la nueva etapa que se le abría al bailarín en Rusia, donde tuvo que intervenir en programas de televisión y empezar de cero hasta que conoció al popular director artístico Igor Zelensky, que le convirtió en bailarín principal en el Teatro Musical Académico de Stanislavski y Nemiróvich-Dánchenko de Moscú y en el Teatro de Ópera y Ballet de Novosibirsk. Pero de alguna forma la relación de amor y odio con el ballet no le dejaba recuperar el esplendor de antaño y decide entonces cerrar página con una actuación muy especial con la ayuda de un amigo en la coreografía, la dirección de David LaChapelle y el tema Take me to church, de Hozier, sonando de fondo.

El resultado es un vídeo clip espectacular grabado en Hawái que se hizo viral de inmediato en 2015, con más de diez millones de visitas en Youtube y miles de niños inspirándose en los extraordinarios pasos de baile de Sergei. Unas imágenes que nos ofrecen a un bailarín desatado, expresándose en todo su esplendor, saltando hacia la libertad y buscando la paz que tanto anhela en un momento de sobrecogimiento. Sin duda, cuando una ve sus expresivos ojos en la gran pantalla, no puede evitar notar el dolor de su mirada, la de una niñez y una adolescencia que pasó demasiado deprisa entre escuelas y profesores, con pocos juguetes, escasos amigos y alejado de sus seres queridos. Una opción, la de ser el mejor bailarín, que le vino impuesta disfrazada como vía de escape hacia un mundo con más oportunidades en la que él se volcó, pero que jamás fue su elección… y al final ese talento se convirtió en una carga demasiado pesada, tanto que solo deseaba lesionarse para tener una excusa para abandonar.

En la actualidad, Polunin continúa ejerciendo de bailarín y está felizmente comprometido con la bailarina rusa Natalia Osipova, una relación que no llega a mostrar el documental y que ha transformado la vida de este James Dean de la danza , como ha sido catalogado por algunos medios.

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Los «Espacios» de «Kanada»

Portada_Kanada-1La guerra no se puede contar, pero sí narrar, descifrar, medir, calcular, y en todo caso «clasificar». Quiero dejar un poco en el aire el significado de Kanada, no voy a decir lo que realmente es, quiero que siga siendo ese precioso enigma de la palabra, del delirio, del recuerdo, lo quiero —para que el lector que se adentre en la novela experimente el mismo placer que yo al descubrir y viajar por los lugares y espacios de Kanada—.

Juan Gómez Barcena, en su novela, «Kanada», publicada por la editorial Sexto Piso, Madrid, 2017, consigue un original, perfecto y milimétrico juego del lenguaje y la metáfora como pocas veces he leído. «Kanada» es muchas cosas, y sólo una. «Kanada» es la redención claustrofóbica del arrepentimiento del hombre, y la expiación de los sometidos.

«Kanada» también se puede leer como una poesía, como un ejercicio poético, quirúrgico y reflexivo que va más allá de toda razón ante el horror y la memoria de la guerra, o las guerras. «Kanada» es singular y plural. «Kanada» es poesía porque los versos sí se pueden contar, porque los versos contienen la precisión y el cifrado, la necesidad de la métrica de los espacios, formas y palabras, como auxilio del protagonista y el hombre de «Kanada». Porque este protagonista, un hombre que regresa, vive y deshace, tiene la necesidad de acotar sus recuerdos y contar, contar las cosas, calcular y medir, como si fuera una paciente víctima de un síndrome ignoto, dejando así, las cifras como rituales y sacrificio de las palabras que van descifrando las herramientas necesarias para tener las piezas del puzzle que es esta obra maestra.

Los versos y las palabras de esta novela se pueden contar aunque no rimen con guerra, ni campo, ni comando, ni refugiado, ni cenizas. Las raíces de la estructura de esta novela, donde el comienzo y el final se difuminan en un juego de colores, para pasar del blanco y negro de la confusión al brillo de la culminación y la expiación, surgen del desgarro más íntimo, de la necesidad de crear una acústica perfecta para dejar que su sinfonía desgarre nuestros minutos más preciados: leer.

«Kanada» es una novela excelsa. Necesitamos que las palabras y los escritores nos hablen así. Necesitamos que el recuerdo y la memoria no sean historia sino espacios vivos, imaginados, esculpidos y vívidos. «Kanada» no quiere la muerte pero la rememora.

«Kanada» es una joya indestructible, como los tanques. «Kanada» es una coordenada implícita, que hay que descubrir en el mapa de su propia originalidad, elegancia, precisión y maestría. 

«Kanada» es una suerte de isla en dos planos —principio y final—, llena de preciosos sonidos y dulces melodías que deleitan y no hacen daño, aunque pueda parecer que sí. Para ello, para conseguir esta composición armónica de fragmentos de vida y muerte, lo hermoso se viste de uniforme, el héroe imaginado y desdoblado, el yo pasado y presente se confunden en una suerte de escenarios de cenizas y carne, donde la locura permanece a un paso de renglón, en la cuerda floja del hambre, el dolor, los disparos, los rusos, la ciudad, la casa, el Vecino…

«Kanada», —quién sabe—, puede ser mil cosas, variaciones, pues, del estado psicológico / narrativo de su personaje. Por eso, todas las imágenes que contiene y el sonido de cada palabra, que emite, cuentan.

«Kanada» no pueden perdérsela. «Kanada» es un lugar al que todos siempre debemos volver. La historia está pensada para conquistar al lector, para enamorarte en cada frase, en cada movimiento de ficha, de soldados en filas que se rompen y luego se forman para advertirnos que somos y fuimos hijos de la destrucción.

Reseña de la novela «Kanada» escrita por Juan Gómex Bárcena y publicada por la editorial Sexto Piso, Madrid, 2017

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No debemos olvidar «Vietnam»

Cubierta-ALTA--DisparaA la vista de la cantidad de publicaciones de ficción (1) sobre la guerra de Vietnam que últimamente están apareciendo de la mano de muchas editoriales, me apetece, por si alguno anda «despistao», en términos históricos, recomendar «Dispara a todo lo que se mueva», de Nick Turse (Madrid, Ed. Sexto Piso, 2014). Éste es uno de los mejores ensayos (no-ficción), que se hayan escrito sobre la estúpida e incoherente guerra de Vietnam (otra de las tantas e inacabables paranoias anticomunistas de los Yunaited Esteits), que no podemos olvidar ni dejar nunca de lado. Nick Turse no solo plantea un texto histórico de alto rigor sobre lo acaecido en aquellos años de la «mierdosa guerra», sino que también partiendo de documentos, cartas, etc. consigue relatar las atrocidades más increíbles que los soldados norteamericanos llevaron acabo contra la población civil de Vietnam del Sur, como por ejemplo el asalto a la aldea de My Lai. Un lujo de publicación escrita como elemento ensayístico de entendimiento, comprensión y denuncia de una guerra que nunca debería haber existido. Hay que leerlo, pues, sí o sí.

(1) Publicaciones destacadas de ficción sobre la guerra de Vietnam de reciente edición

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Means, David, “Histopía”, Madrid: Editorial Sexto Piso, 2017

VAUGHN, Stephanie, “Alfa, Bravo, Charlie, Delta”. Barcelona: Sajalín editores, 2017

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Nguyen,Viet Thanh, “El simpatizante”. Barcelona: Ed. Seix Barral, 2017

Y en último lugar, aunque fue publicada por Random House en 2008 no podemos olvidarnos de «Árbol de Humo», novela de culto sobre la guerra de Vietnam, donde las haya

Johnson, Denis, “Árbol de Humo”. Barcelona: Literatura Random House, 2008

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Locura de «Loco»

LOCO SEXTO PISOPerdonen que no me levante, pero voy a desplazar, que no menospreciar, con todo el respeto, las siempre listas de turno, que aparecen todos los años sobre si la novela tal y cual es la mejor leída. Están muy bien, oiga. Su trabajo cuesta. Yo en su momento también las hice, y por lo tanto, estoy libre de pecado. Pero seamos coherentes, sinceros y buenos lectores. Si este, pasado año, 2016, hubo una novela que rompió con todo lo establecido y traducido / publicado en España, narrativamente hablando, esa novela es «Loco», de Rainald Goetz (Sexto Piso, 2016).

¿Por qué?

Por muchas razones: —por su originalidad, por su magistral arquitectura, por sus voces dispares y elocuentes, por su compromiso, por su lirismo, por la naturalidad desmedida ante la locura, y la denuncia social contra la cordura. Sí, por todo esto, —sé de lo que hablo—, porque «Loco», es una novela, pero también es un manual de psiquiatría, un libro de culto, una novela punk, un manifiesto, unas memorias, una suerte de meta-creación como nunca se había publicado en España.
Es un libro comprometido, revolucionario, acido, irreverente, original, voraz, destructivo, colosal. Un imaginario / fragmentario de ideas, que solo una mente (cuerdamente) atormentada puede creer, leer y crear. Una suerte de libro de cabecera. Una suerte de retrato de la desquiciada sociedad en la que vivimos. En fin, pasen y lean. No se lo pierdan. Ésta es mi lista del 2016. Con un poco de retraso, pero apasionadamente desquiciado por colgarla, porque como lector, humilde lector, me ha dolido, y mucho, no haber visto a «Loco» en casi ninguna de esas listas que tanto cuestan confeccionar, oiga. Y, lo dicho, perdonen que no me levante. Estamos, pues, ante un alegato contra el post-modernismo, contra una sociedad bipolarmente desquiciada, contra el yo universal desolado y el nihilismo más explícito entre la fe y lo daimónico. Son los días nuestras prisiones. Son las palabras nuestros espacios. Son las horas nuestra ansiedad. Las mañanas nuestros vértigos. Son los psicofármacos nuestros salvadores, los amigos que nunca nos abandonan. Esta sociedad, la de antes, la que nos acecha, está abocada al manifiesto de «Loco», con todas sus consecuencias epistemológicas, allá dónde las haya. La denuncia y el compromiso social están de moda. Pero hay que hacerse notar. Y la nota, o mejor dicho: la letra, con sangre y locura, entra filosóficamente y psiquiatramente hablando. Porque el concepto de super-yo que Goetz, psiquiatra de profesión, pone de manifiesto en su novela, es una suerte de héroe necesario para irrumpir en nuestras oxidadas mentes, y pelarlas, capa a capa, como si pelaras una cebolla, descifrando así el concepto neurocientífico que nos acecha, el psicoanálisis que nunca nos hicieron; y, por tanto, consiguiendo esa psicopatología de la vida cotidiana que tanto nos hace falta para seguir existiendo en estas ciudades despobladas, deshumanizadas y ahogadas de hormigón.

Ah, qué se me olvidaba. «Loco» fue publicada originalmente en Alemania en el año 1983. Corrían otros tiempos, no nos vamos a engañar. Pero la denuncia, el compromiso social, la agonía mental y corrosiva con la que está construida está de manifiesto hoy en día. El texto no ha perdido valor, todo lo contrario, lo ha ganado en sí mismo. Y la editorial Sexto Piso, ha acertado con su traducción, acierto inmejorable, acierto de sobresaliente, porque los lectores (locos, cuerdos, medio locos, trastornados, dichosos, revolucionarios y / o caprichosos) necesitábamos un texto como «Loco», nunca mejor dicho, en estos momentos sociales y morales al borde del precipicio o qué sé yo. Y queda en singular.

Así que la mejor standing ovation para la editorial Sexto Piso. Por su artesanal y admirable trabajo de publicación.

Reseña de la novela «Loco», de Rainald Goetz, Madrid: Ed. Sexto Piso, 2016

Más información, fragmento de cortesía de la novela y opción de compra haciendo click sobre esta frase

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Manchester by the sea

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Good morning. Ayer fui al cine. En London ya proyectan la última película, protagonizada por Casey Affleck. La vi en el cinema «Empire», de Leicester Square. Me encanta este cine porque es un antiguo teatro remodelado y convertido, ahora, en una acogedora sala de proyecciones. La peli que vi se titula «Manchester by the sea», traducida al español quedaría como «Manchester frente al mar». No sé qué traducción le habrá dado la productora en España. Bueno, a lo que voy: Sencillamente magistral. Una de las películas más profundas y emocionantes que he visto en muchos años. Casey Affleck está que se sale. Perfecto. Soberbio. Encantador. Emotivo. Qué manera de comerse la cámara en cada plano. «Manchester by the sea» es una película que va creciendo poco a poco, sin prisas, con la pausa medida del buen cine y de los grandes realizadoras, exponiendo sus virtudes en una suerte de relato perfecto y soñado. La cinta se reinventa en cada fotograma, se hace un placer confortable, una excelente muestra de lo que somos y fuimos, de nuestros miedos, de los recuerdos, los rencores, la culpa, el error, los precipicios… Un trabajo 100% recomendable. Kenneth Lonergan, el director y guionista de la misma nos introduce en los terrenos pantanosos de la culpa y la pérdida hasta estallar, cuando menos te lo esperas, en una catarsis perfecta de rabia sorda, rabia que explota, convirtiendo de esta forma a Casey Affleck en uno de los gigantes de la nueva hornada de interpretes. Y como, ya me conocéis, pues no os voy a engañar, pero me pase como media hora llorando después de verla. Insuperable. Fascinante. Una verdadera masterpiece que se merece más de un premio, pues.

La historia en resumen es esta: Lee Chandler (Casey Affleck) es un fontanero que se ve obligado a regresar a su pequeño pueblo natal tras enterarse de que su hermano ha fallecido. Allí se encuentra con su sobrino de 16 años, del que tendrá que hacerse cargo. De pronto, Lee se verá obligado a enfrentarse a un pasado trágico que le llevó a separarse de su esposa Randi (Michelle Williams) y de la comunidad en la que nació y creció.

El argumento da para mucho. Da para contar, narrar, expresar, sentir, vibrar, emocionarse, reír. Está nominada a unos cuantos premios Oscar, entre ellos el de Mejor Película y Director (Kenneth Lonergan).

No sé si ha llegado ya a los cines de España. Si lo ha hecho, no os la perdáis.

Crítica / Reseña de la película «Manchester frente al mar»

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