IDEACIÓN (ACCIÓN) AUTOLÍTICA

Pumuki corre por un pasillo blanco en el que las paredes se muestran desnudas e infinitas, lleva algo en la mano, parece un papel, un fragmento arrancado de una libreta. Llega exhausto a la sala de expedientes donde el equipo de investigación trabaja en recomponer las piezas del puzle (esto no es un puzle, dice un batablanca, es un rompecabezas diabólico, nos faltan datos, fechas, firmas, números…)

Se dirige a la única mujer que hay, el batablanca no, Pumuki, que entra sin tocar a la puerta (cree ver a Tina en primer lugar, pero luego se da cuenta de que no es ella) y le entrega la nota manuscrita que acaba de recoger del buzón exclusivo donde reciben premisas, órdenes, avisos y documentación.

No sé a quien pertenece, pero la letra, esta letra la he visto en algún otro sitio, habla Pumuki, casi sin aliento.

Ella, con el papel entre sus dedos, lo abre, se sienta y empieza a leer: (no comenta nada hasta el final).

La ventana abierta. Mi cuerpo que no conozco pero sí poseo está desnudo frente a mí y mirando al abismo, siento como arde en el deseo preñado de descenso al ritual más infinito. Faltan minutos (manuscrito todo, recuerdo). Alguien me trae un diccionario (nunca sabréis quién es) y busco su último significado. Ahora se va, se lo ordeno. Me deja solo, con el libro y todo parece empequeñecer, disminuir, alejarse… Silencio, el mar abajo, el acantilado, las piedras como cojines mullidos, como parapetos del descanso final. Pienso en faquires, magos, circos, cómicos, malabaristas, domadores, leones…y no entiendo por qué. Sé que tengo tiempo. Tiempo de muerte. La ventana y yo como dos únicos testigos del suicidio. No viene en este maldito diccionario, me invento su significado: y a la mente me vuelven espacios en los que nunca estuve y quise (estar). Mi muerte rellena esos lugares.

Cortinas negras, sangre en las rocas…

Ahora los amaneceres serán ocasos y crepúsculos. La sangre, mi sangre, fluido inquieto llenará sus mejillas ocultas tras la vergüenza. Mis ojos para siempre poseerán sus almas rotas…que se acuestan entre mis placeres.

El abismo me dio la paz. Solo mirar y dejarte ir.

Deja el trozo de papel encima de una bandeja metálica, coge a Pumuki de la mano y salen de la habitación.

Le dice: Llámalo.

 

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