Los «Espacios» de «Kanada»

Portada_Kanada-1La guerra no se puede contar, pero sí narrar, descifrar, medir, calcular, y en todo caso «clasificar». Quiero dejar un poco en el aire el significado de Kanada, no voy a decir lo que realmente es, quiero que siga siendo ese precioso enigma de la palabra, del delirio, del recuerdo, lo quiero —para que el lector que se adentre en la novela experimente el mismo placer que yo al descubrir y viajar por los lugares y espacios de Kanada—.

Juan Gómez Barcena, en su novela, «Kanada», publicada por la editorial Sexto Piso, Madrid, 2017, consigue un original, perfecto y milimétrico juego del lenguaje y la metáfora como pocas veces he leído. «Kanada» es muchas cosas, y sólo una. «Kanada» es la redención claustrofóbica del arrepentimiento del hombre, y la expiación de los sometidos.

«Kanada» también se puede leer como una poesía, como un ejercicio poético, quirúrgico y reflexivo que va más allá de toda razón ante el horror y la memoria de la guerra, o las guerras. «Kanada» es singular y plural. «Kanada» es poesía porque los versos sí se pueden contar, porque los versos contienen la precisión y el cifrado, la necesidad de la métrica de los espacios, formas y palabras, como auxilio del protagonista y el hombre de «Kanada». Porque este protagonista, un hombre que regresa, vive y deshace, tiene la necesidad de acotar sus recuerdos y contar, contar las cosas, calcular y medir, como si fuera una paciente víctima de un síndrome ignoto, dejando así, las cifras como rituales y sacrificio de las palabras que van descifrando las herramientas necesarias para tener las piezas del puzzle que es esta obra maestra.

Los versos y las palabras de esta novela se pueden contar aunque no rimen con guerra, ni campo, ni comando, ni refugiado, ni cenizas. Las raíces de la estructura de esta novela, donde el comienzo y el final se difuminan en un juego de colores, para pasar del blanco y negro de la confusión al brillo de la culminación y la expiación, surgen del desgarro más íntimo, de la necesidad de crear una acústica perfecta para dejar que su sinfonía desgarre nuestros minutos más preciados: leer.

«Kanada» es una novela excelsa. Necesitamos que las palabras y los escritores nos hablen así. Necesitamos que el recuerdo y la memoria no sean historia sino espacios vivos, imaginados, esculpidos y vívidos. «Kanada» no quiere la muerte pero la rememora.

«Kanada» es una joya indestructible, como los tanques. «Kanada» es una coordenada implícita, que hay que descubrir en el mapa de su propia originalidad, elegancia, precisión y maestría. 

«Kanada» es una suerte de isla en dos planos —principio y final—, llena de preciosos sonidos y dulces melodías que deleitan y no hacen daño, aunque pueda parecer que sí. Para ello, para conseguir esta composición armónica de fragmentos de vida y muerte, lo hermoso se viste de uniforme, el héroe imaginado y desdoblado, el yo pasado y presente se confunden en una suerte de escenarios de cenizas y carne, donde la locura permanece a un paso de renglón, en la cuerda floja del hambre, el dolor, los disparos, los rusos, la ciudad, la casa, el Vecino…

«Kanada», —quién sabe—, puede ser mil cosas, variaciones, pues, del estado psicológico / narrativo de su personaje. Por eso, todas las imágenes que contiene y el sonido de cada palabra, que emite, cuentan.

«Kanada» no pueden perdérsela. «Kanada» es un lugar al que todos siempre debemos volver. La historia está pensada para conquistar al lector, para enamorarte en cada frase, en cada movimiento de ficha, de soldados en filas que se rompen y luego se forman para advertirnos que somos y fuimos hijos de la destrucción.

Reseña de la novela «Kanada» escrita por Juan Gómex Bárcena y publicada por la editorial Sexto Piso, Madrid, 2017

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