El milagro de «Devoradores de flores»

Sí, en literatura también existen los milagros. Son posibles y palpables. En narrativa lo que supera al texto ignoto es «per se» un verdadero milagro, un descenso hacía las profundidades del abismo imaginativo, una cascada de sensaciones sensoriales que te provocan ese estallido de adrenalina y explosión química / orgásmica —plenitud absoluta del trance de la lectura y el cruce entre comprensión y percepción— que roza el escalofrío. Roza la perfección. Y en este caso puedo dar fe de que el milagro está, es cierto, ha llegado, el milagro es y lo alcanza la novela, el libro, la obra, el descubrimiento, el canto, el mosaico, el lienzo, el escenario, el drama, la escena, el país, la revolución, la guerra, el amor, el deseo, la pasión, los colores, los aromas, los húngaros, la magia, la soberbia, la mirada, los vivos que parecen muertos, los muertos que parecen vivos, la canción, la brizna, los tulipanes, el río, los revolucionarios, los gitanos, los espacios, la sinceridad, la perfección, el summun y los personajes más exquisitos e inimaginables que hayas podido imaginar y que es «Devoradores de flores», novela publicada por la editorial Sexto Piso este año, 2017, escrita por László Darvasi, considerado uno de los mejores narradores de húngaros de su generación, y genialmente traducida por Eszter Orbán.

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Devoradores de flores, László Darvasi, Sexto Piso, 2017

Escribo estas líneas mientras espero, sí, espero con emoción e impaciencia a que mi editorial de cabecera, Sexto Piso, cuyos libros, —puedo citar muchos, me han desbordado de pasión, culminado de placeres, cubierto de emociones y experiencias. Espero, como decía, —mientras escribo estas líneas—, con esa mimética, generosa y placentera ansiedad del que sabe que va a descubrir algo bello, que le insuflará puro oxígeno literario, la publicación del catálogo de novedades para el último cuatrimestre de 2017. Catálogo de placeres mayúsculos. Catálogo seguro que repleto de obras de culto. Sexto Piso nunca defrauda. Sexto Piso es magia, perfección, vitalidad, maestría y genialidad. Un grupo de editores y profesionales excelsos, encabezado por Raquel Vicedo y David M. Copé, artesanos de primera fila, con humanidad, sí, y además, lo más importante: gozan y pueden presumir, claro que sí, de un gran criterio literario para seleccionar textos y adaptarlos a sus precisos traductores consiguiendo así verdaderas obras de artesanía, verdaderas «arquitecturas» y perfectas geometrías literarias y narrativas allá donde las haya. Más allá del algoritmo de lo infinito.

En el panorama literario español, tal y como corren los tiempos, lo importantes es permanacer, estar y destacarse. La clave del éxito de una editorial de primera fila como de la talla de Sexto Piso ha sido y es, y será la elegancia y la exquisita sabiduría de conseguir lo imposible y perseverar y deslumbrar al lector con cada publicación. Sí, porque cada libro de Sexto Piso es un acontecimiento que muchos celebramos y esperamos con la mejor de nuestras sonrisas. Porque las palabras y Sexto Piso son poderosas. Y hoy, por lo menos, un servidor necesita héroes y heroínas literarias.

Supongo que a estas alturas cualquier lector que se precie tiene que conocer la editorial Sexto Piso. En caso contrario, no lo duden, palabra de lector orgullosamente enganchado: subanse al Sexto Piso, que nunca se bajarán de él. Prometido queda

Y ya que estamos con «Devoradores de flores», aquí no vale eso de una imagen vale más que mil palabras. Aquí valen las palabras para demostrar que lo que he escrito anteriormente de la novela es asaz cierto, asaz demostrable y asaz palpable.

Por aquí os dejo, hay muchos, pero este es, creo, en mi humilde opinión, uno de los mejores fragmentos. El libro, el mío, esta repleto de subrayados y anotaciones, de recuerdos. Ha sido un libro para mí muy importante, porque me concedió la capacidad de seguir adelante cuando más lo necesitaba. Por eso me devoró de emociones y fuerzas divinas. Y dicho sea de paso, es de esas piezas que nunca deseas que terminen… Cuando terminas de leer, pasas la última página, lentamente, como buscando más letras, más vida… solo te queda el placer de abrazarlo, y por qué no, releerlo. Y te das cuenta que el Sexto Piso al que me subí hace años es eterno y roza los altares de la edición en España.

No se lo pierdan.

«En cierto sentido todos vivimos exiliados, señor. La inmensa mayoría de nuestras leyendas se han acabado. Sus protagonistas serán destituidos, y los milagros diseñados y fabricados. Los prodigios se rodearán de muros. Todo fenómeno digno de admirar será objeto de apropiación, se convertirá en propiedad, como si el milagro tuviera una dimensión física. [...] Produciremos milagros que tendrán fecha de caducidad, los reproduciremos. Podría decir que Dios y sus santos son milagros nacidos del espíritu esfuerzo manufactero del espíritu. Por cierto, yo no creo en Dios, aunque si creo en el milagro de Dios. Sin embargo, lo que sigue ya no tiene que ver con el milagro de las manufacturas. Los milagros los compraremos y los tendremos en casa, como las mascotas o como los aparatos domésticos. Usted también tendrá milagros, señor Vogel. Los comprará y serán suyos como un perro o un cerdo».

A la memoria de mi madre, María Engracia Álamo Klattenhoff (17 de agosto de 1951 – 11 de junio 2017), quien no pudo terminar de leer «Devoradores de flores». 

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«Brújula», por Mathias Enard, Literatura Random House

«Brújula» es una novela diferente. Es una novela de amor, de sentimientos, de viajes, de personajes variopintos, de la búsqueda del placer y del hedonismo. «Brújula», de Mathias Enard, publicada en España por Literatura Random House, es un viaje hipnótico y balsámico; una experiencia tan bella como apacible, tan intensa como enigmática. «Brújula» está plagada de rincones llenos de maravillas. Sus personajes occidentales que aman y viven el placer de oriente, desbordan sus experiencias entre los dos mundos que juegan a la suerte de fusionarse como una catarsis de experiencias ya pasadas, que ahora, la retina de la memoria, devuelve en forma de cánticos, sinfonías, vivencias, desiertos, veladas, madrugadas y noches de insomnio plagadas de papeles y manuscritos. Mathias Enard ha creado un texto insuperable, una novela de culto, para disfrutar y experimentar los placeres sensoriales que por ella van deslizándose con la maestría singular de su pluma. Los personajes, las criaturas humanas de «Brújula» se desnudan, se desgarran poco a poco, para con la maestría del lenguaje y la oración, describirnos un paraíso narrativo en el que el lector se sentirá cómodo, en paz, necesitando mirar por esa ventana en un intento de encontrar el espacio lírico de oriente que irá percibiendo en aromas y vivencias. «Brújula» es un camino inolvidable entre dos mundos, Oriente y Occidente, que pretenden unirse con la paz de la poesía, la música, el amor, los sueños, y los recuerdos, porque «Brújula», también es Sarah, ese amor platónico de Franz que abre y cierra ventanas, que te lleva de un lugar a otro, cada vez más armónico y bello, cada vez más perfecto, porque con la elegancia de Enard todo es posible, maravilloso, y soñador. Mil y una veces. Mil y un día. Mil y una noche más volvería a leer esta novela, que me dio la paz que necesitaba mi espíritu, que me dio vida, que me hizo sentir el amor y las miradas, y la nostalgia como si fuera mía, como si pudiera robársela a los personajes, para luego devolvérsela como un deseo pasional. Esta novela también es locura, la locura del desafío, la locura del nómada, del sabio, del hombre. Detrás de cada mirada, detrás de cada palabra, detrás de cada lágrima, detrás de cada ausencia, detrás de cada vida, cada muerte, cada minuto y silencio hay una historia que contar, una imagen retórica que ofrecer, una mano que salva, un destello de poesía, un personaje diferente a todos los demás que te hará pensar, sentir y llorar. Brillante. Perfecta. Rotunda. «Brújula» es una recreación de los sentimientos más profundos del ser humano, sobre la condición de la mujer en sus situaciones más límites, sobre la profundidad y el poder de la palabra escrita y hablada.  «Brújula» es una obra maestra ganadora del premio Goncourt en Francia, que nadie debería perderse.

Reseña de la novela «Brújula», de Mathias Enard, Literatura Random House, 2016

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Fragmento escogido:

Menuda maldición el insomnio ¿Qué hora es? Ya no recuerdo muy bien las teorías de Schopenhauer sobre el amor. Creo que separa el amor entre la ilusión ligada al deseo sexual por una parte, y el amor universal, la compasión por otra. Me pregunto qué pensaba Wagner al respecto. Debe de haber cientos de páginas escritas sobre Schopenhauer y Wagner y yo no he leído ninguna. A veces la vida es desesperante.
Filtro de amor, poción de muerte, muerto por amor.
Voy a prepararme una infusión, venga.
Adiós al sueño.
Un día compondré una ópera que se titulará El perro de Schopenhauer, sobre amor y compasión, sobre la India védica, el budismo y la gastronomía vegetariana. El perro en cuestión será un labrador melómano al que su dueño lleva a la ópera, un perro wagneriano. ¿Cómo se llamará ese perro? ¿Atma? Günter. He ahí un nombre bonito, Günter. El perro será testigo del fin de Europa, de la ruina de la cultura y del regreso a la barbarie; en el último acto el fantasma de Schopenhauer surgirá de entre las llamas para salvar al perro (solo al perro) de la destrucción. La segunda parte llevará por título «Günter, perro alemán» y contará el viaje del perro a Ibiza y su emoción al descubrir el Mediterráneo. El perro hablará de Chopin, de George Sand y de Walter Benjamin, de todos los exiliados que encontraron el amor o la paz en las Baleares; Günter acabará su vida feliz bajo un olivo en compañía de un poeta al que inspirará hermosos sonetos sobre la naturaleza y la amistad.
Ahí lo tienes, te estás volviendo loco. Te estás volviendo completamente loco. Ve a prepararte una infusión, una bolsita de muselina que te recordará a las flores secas de Damasco y de Alepo, a las rosas de Irán.

Fragmento de la novela «Brújula», de Mathias Enard, Literatura Random House

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Ni pena ni miedo, pero sí Grande

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Fernando Grande-Marlaska es un ejemplo loable, ya que, nunca ocultó su condición de homosexual y tuvo que luchar, —a pesar de que en este país muchos vayan de liberales y progres—, contra muchas trabas.

En España todavía queda mucho trecho para la normalización y el respeto por el colectivo LGTB. Largo trecho para igualarnos con países como Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Francia…

Y miren hasta donde ha llegado: a juez de la AUDIENCIA NACIONAL, (el mejor juez de la historia de la democracia española, incluso mejor que Garzón), instruyendo en su carrera algunos de los mayores casos de narcotráfico y terrorismo que haya tenido este país, y como muy bien dice en el libro «he tenido que pagar muchos peajes en su carrera como juez por su condición de homosexual».

He leído algunos capítulos, y se me saltan las lágrimas. Qué fuerza, qué sensibilidad, qué grande, nunca mejor dicho. Es un verdadero testimonio que muchos heterosexuales y homosexuales también deberían leer. Es una maravilla, una delicia, una joya. No encuentro palabras…

Cuando nos lo leamos entero, publicaremos una reseña, tal y como se merece.

NI PENA NI MIEDO está publicado por Editorial Ariel.

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«Strangeland» o el placer de ser uno mismo

big_185A la inversa de los místicos, que hacían de su cuerpo el instrumento de salvación de su alma, los libertinos, insumisos y rebeldes, ambicionaban vivir como dioses y en consecuencia liberarse de la ley religiosa, tanto a través de la blasfemia como de las prácticas voluptuosas de la sexualidad. Oponían al orden divino el poder soberano de un orden natural de las cosas. Según esta teoría individualista, la experiencia puede, quizá, prevalecer sobre el dogma y la pasión sobre la razón.

Si he decidido empezar la reseña de la novela autobiográfica «Strangeland», de la escritora y artista Tracey Emin, publicada en España por la editorial Alpha Decay en su colección “Héroes Modernos”, con el primer párrafo arriba citado, no ha sido por capricho, ni mucho menos. Es un párrafo bienintencionado porque en él se resume un poco la trayectoria que vamos a leer en las páginas del libro, y porque de todo lo que cuento en él, hay mucho en el texto / vida / obra / experiencia de Tracey Emin.

Bienintencionado porque en la novela hay mística (Tracey super—yo), hay instrumentos (…), salvación (su escalada hacia ella), hay libertinos, insumisos, rebeldes (personajes secundarios). También hay dioses, o mejor dicho el dios de Tracey, un dios personal, creado como un icono sintomático y necesario, como una vela que ella apaga y enciende cuando lo necesita o lo presume. Hay blasfemia (…). Y, por supuesto, hay, y mucha: práctica de sexualidad. El adjetivo voluptuoso, quizá no sea el más adecuado. En la novela, en la vida de Tracey el sexo es un deseo errático, a veces, hasta destructivo, es una fantasía de lo rocambolesco, una proyección de su yo herido, tan herido de soledad, que busca —en un intento de consumar, a la vez, sus fantasías— un sexo tan compulsivo que roza la adicción, lo visceral, pero también lo dulce y lo vaporoso.

El orden natural de las cosas, escribo en el primer párrafo. Sí, por qué no. Tracey Emin hace de cirujana de sí misma, y sin miedo a contar pero sí con miedo a vivir, se abre en canal con una precisión que roza lo milimétrico para confesar su vida, sus días, sus temores, sus borracheras, sus depresiones, su naturaleza autodestructiva, su fe, sus perdidas, sus hadas, sus musas, sus amantes. Y por eso el orden, porque aunque parezca que Emin es una promiscua, cuando lean la novela verán que no tiene nada que ver con esa calificación. Tracey Emin es una persona, persona / herida, que necesita desnudarse ante el lector como terapia, y es en esa desnudez donde se desarrollan las autoterapias que durante su vida, ella, se inflige, en una suerte de autoflagelación, para buscar la compañía, el amor, la maternidad, la música, los lugares, la vida y la muerte. Las metáforas del hombre mayor como padre / amante. Los desafíos de la mente que la inducen a continuos altibajos y momentos de bipolaridad son una verdadera genialidad, no solo por la forma de contarlos, sin tapujos, sin escondrijos, sin juegos de palabras, sino también por la rectitud enérgica que transmite la fuerza de su feminismo. Tracey Emin niña / mujer / adulta se autoflagela durante el recorrido de su particular via crucis como una búsqueda de lo robado, una búsqueda de la identidad proyectada en la pantalla de su creación, en la dicotomía del doble yo, o quizá el super-yo.

Tracey Emin nos demuestra que la felicidad como tal, esa absurda y malsonante palabra, no existe. Quizá haya algo cósmico o místico o sexual, que se le aproxime. Pero en cualquier caso serían millonésimas partes de un segundo que casi ni apreciamos, como tampoco apreciamos los microseísmos que son nuestras vidas, nuestras macromiserias, nuestros oscuros y libertinos lugares de la memoria que pocos nos atrevemos a contar por aquello del qué dirán. Pero Emin, va más allá de toda serenidad, y en el movimiento tectónico de sus yoes, de de su persona/s, se desgarra para conseguir un minuto de paz, mientras su Strange(land) tiembla, mientras tú estás tranquilamente echando un polvo fingido con alguien que te asquea o aguantando las estupideces banales que la gente, esa gente de la letra y la ignorancia, escupen por sus operadas y asquerosas bocas.

En la novela de Tracey Emin hay drogas, sexo, alcohol, promiscuidad, inocencia, paz y locura. Sus desnudos, su sexo se transforma en el poder de la palabra, en el mimetismo extremo del coraje de contar su vida. Emin transmite armonía y paz. Lo hace, a través, de su infierno particular. Un infierno que muchas veces ha podido ser el de nosotros mismos, hombre o mujer, sí, aquí no se salva nadie. El infierno es para todos por mucho dios que quieras o inventes…

La forma de narrar de Tracey Emin es de un realismo, que va directo al estómago; de un realismo visceral. nos convierte en testigos de la muralla inexpugnable de nuestra mente, de nuestra memoria, de la vida y la muerte… Terminas el libro, cierras los ojos y tu corazón sigue latiendo, y entonces te das cuenta, sí, caes en la cuenta de que los dioses se desentienden de la cosa humana, y es este regalo de Tracey Emin el que nos hace sentirnos dentro de todo… Todos llevamos Fantasmas a nuestras espaldas, y sin ellos andamos perdidos, ciegos… Por eso leer a Emin es luz. Y es, por encima de todas las cosas, un perfecto aprendizaje de la mirada, de esa mirada al pasado que casi nunca nos atrevemos a echar.

El mayor miedo de Tracey, y como el resto de todos los mortales, es la soledad. Pero por no saber controlarla y dejarla que respire por ella, en una suerte de desdoblamiento, busca refugio en lo sórdido, lo peligroso, y a la vez, bello. Rozando siempre los límites entre la vida y la muerte. Pero siempre deseando vivir, a su manera, sí, pero con el deseo vestido de arte manufacturado. El miedo, los temores de la autora son los pilares fundamentales de esta desgarradora autobiografía.

Veremos toda una vida. Veremos amor, belleza, sangre, sentimientos, pudor, arrepentimiento, errores, aciertos, virtudes, defectos, anhelos, miedos, temores, ansiedad, felicidad… ¿Y qué es la vida? Todo esto y algo más. Ese algo más lo dejo en la incógnita que se despejará cuando lean semejante maravilla. Una novela que muchos hombres deberían leer.

Tracey Emin es ella, a pesar de sí misma. Es ella. Es un ejemplo.

No tienes que nacer con huevos para tener huevos. Los cojones te pueden colgar entre las piernas pero también puedes demostrar que los tienes con tu actitud; es esto último lo que me ayuda a levantarme por las mañanas, lo que me inspira a cambiar mi vida, lo que mueve el mundo.

                                                                                     Tracey Emin

Reseña de la novela «Strangeland», de Tracey Emin, publicada por Alpha Decay

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«El tambor de hojalata», por Günter Grass

Lectura de verano recomendada 2.0

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—Una de las mayores obras de la literatura universal. Una joya que enamora. Por eso lo recomendamos. El libro comienza así:

Lo reconozco: estoy internado en un establecimiento psiquiátrico y mi enfermero me observa, casi no me quita el ojo de encima; porque en la puerta hay una mirilla, y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que a mí , que soy de ojos azules, no es capaz de colarme.
De modo que mi enfermero no puede ser enemigo mío. Le he tomado afecto y, en cuanto entra en mi cuarto le cuento a ese mirón sucesos de mi vida, para que, a pesar de ese estorbo de la mirilla, me vaya conociendo. El muy buenazo parece apreciar mis relatos, porque, en cuanto le meto alguna trola, me muestra, para demostrarme su agradecimiento, su última figura hecha de nudos. Si es o no un artista podría discutirse. Sin embargo una exposición de sus creaciones sería bien acogida por la prensa e incluso atraería competidores. Anuda cordeles corrientes, que recoge y desenreda en las habitaciones de sus pacientes después de la hora de visita, convirtiéndolos en en complicados fantasmas cartilaginosos que sumerge después en yeso, deja que se endurezcan y pincha luego en agujas de hacer punto, sujetándolas a pequeñas peanas de madera.
Con frecuencia juega con la idea de dar colora a sus obras. Yo se lo desaconsejo, le señalo mi cama de metal esmaltada de blanco y lo invito a imaginarse esa cama perfectísima pintada de colores. Espantado, se da una palmada con sus manos de enfermero en la cabeza, trata de expresar, con aire un tanto rígido, todos los horrores a un tiempo y abandona sus proyectos policromos.

Fragmento seleccionado de la novela «El tambor de hojalata» Trilogía de Danzig 1, de Günter Grass

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