«El tambor de hojalata», por Günter Grass

Lectura de verano recomendada 2.0

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—Una de las mayores obras de la literatura universal. Una joya que enamora. Por eso lo recomendamos. El libro comienza así:

Lo reconozco: estoy internado en un establecimiento psiquiátrico y mi enfermero me observa, casi no me quita el ojo de encima; porque en la puerta hay una mirilla, y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que a mí , que soy de ojos azules, no es capaz de colarme.
De modo que mi enfermero no puede ser enemigo mío. Le he tomado afecto y, en cuanto entra en mi cuarto le cuento a ese mirón sucesos de mi vida, para que, a pesar de ese estorbo de la mirilla, me vaya conociendo. El muy buenazo parece apreciar mis relatos, porque, en cuanto le meto alguna trola, me muestra, para demostrarme su agradecimiento, su última figura hecha de nudos. Si es o no un artista podría discutirse. Sin embargo una exposición de sus creaciones sería bien acogida por la prensa e incluso atraería competidores. Anuda cordeles corrientes, que recoge y desenreda en las habitaciones de sus pacientes después de la hora de visita, convirtiéndolos en en complicados fantasmas cartilaginosos que sumerge después en yeso, deja que se endurezcan y pincha luego en agujas de hacer punto, sujetándolas a pequeñas peanas de madera.
Con frecuencia juega con la idea de dar colora a sus obras. Yo se lo desaconsejo, le señalo mi cama de metal esmaltada de blanco y lo invito a imaginarse esa cama perfectísima pintada de colores. Espantado, se da una palmada con sus manos de enfermero en la cabeza, trata de expresar, con aire un tanto rígido, todos los horrores a un tiempo y abandona sus proyectos policromos.

Fragmento seleccionado de la novela «El tambor de hojalata» Trilogía de Danzig 1, de Günter Grass

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Londres no existe en este cuento

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En Londres hace frío. Los hombre de negro son siluetas de papel. Los coches nos persiguen en cada madrugada. Salimos por la noche buscando el miedo. Buscando la forma de esconder nuestras pesadillas. En Londres los tejados son de cartón. Un cartón especial porque podemos saltar de unos a otros. Los guardianes de los cementerios han muerto. Ya nadie nos vigilan. Asistimos a su entierro. En Londres hace frío. Un frío pervertido que roza lo artificial. Me gusta contarte todo esto. La distancia nos convierte en marionetas sin calle en la que representar nuestros recuerdos. Hoy te he comprado una caja en la que podrás guardar esos recuerdos cuando regrese. Los aviones rugen cada mañana. Los pasajeros son una suerte de terapia. Equilibristas de día y noche que portan emociones en maletas de mil colores. Aeropuertos. Unos vienen y otros se van. Y yo sigo sin tener ni ciudad ni metrópoli donde alojarme en paz. Todos duermen ya. Nunca sabré dónde estás. Nunca sabré dónde dejé el último cuaderno de notas ni la última sonata de piano que compuse. En la madrugada todo es posible. Lo real. Lo irreal. La lluvia que nos enseña el camino hacia el mar. Y todos sueñan y duermen ya. Tú estarás esperando la llamada que nunca llega. Porque el sonido del teclado será un volver a empezar. Un vendaval de sexo, humo y alcohol. Maldita dulzura que ya no probamos. Londres es una ruina. Una herida que no cicatriza. No tengo nadie con quien hablar. Solo el hombre del sombrero de copa. Aunque ahora solo me visita su sombra. Será cosa de la metáfora. Maldita dulzura que separan las millas. Maldita dulzura el sonido de los aviones que despegan. Maldita dulzura de nuestro ayer. Espera. Reposa. Calma. Despierta. No me iré de esta dimensión ni ahogaré mis miedos en alcohol. Londres es malvada. Londres es apacible. Londres es esta foto que he tomado para ti. Londres no es nada. Ni yo tampoco. No soy nada cuando escribo. Porque escribir es proyectar el vacío que construyes cada día. Ganas de inventar. Hoy para cenar tengo lágrimas y celos. Y para soñar fantasmas y el imaginario que me persigue. Solo queda Londres vacía y sucia. Solo quedamos tú y yo. No te asustes. Ya encontraré un mercadillo en el que comprar la eternidad.

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«Del color de la leche», por Nell Leyshon, Sexto Piso

Lectura de verano recomendada 1.0

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«estoy sentada al lado de la ventana y estoy escribiendo esto con mi propia mano, y tengo que escribir en las horas de sol porque hay luz y la luna no da suficiente luz, porque por la noche está oscuro y cuando está oscuro no puedo escribir.
me acuerdo de aquel día y sé que fue el día en que todo cambió».

Fragmento de la novela «Del color de la leche», por Nell Leyshon, Sexto Piso

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Heroína: Conspira y mata

Eduardo Haro I

“Nos matan con heroína”, clamaba Eduardo Haro Ibars en octubre de 1978 desde las páginas de la revista Ozono. El escritor con vocación de maldito, que en ese momento se hallaba en plena sintonía con el anarquismo emergente en España, y años más tarde desembocaría en la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), era tajante al respecto: “La heroína está aquí, fácil de conseguir, atractiva precisamente por esa leyenda de «fruto prohibido» fomentada en torno a ella. La heroína se puede comprar sin muchas dificultades y a un precio relativamente bajo: por quinientas pesetas es fácil conseguir una dosis, y hasta dos, en cualquier plaza, en cualquier bar de las zonas underground de Madrid”. Eduardo Haro denunciaba un hostigamiento o exceso de celo policial contra los camellos y usuarios de hachís y hablaba de “ignorancia”, “confusión” y directamente “estupidez” por parte de los jóvenes drogados, pero sobre todo acusaba a “sociólogos, psiquiatras y periodistas” de ser responsables indirectos del envenenamiento masivo al “hacer creer que todas las drogas son iguales”, es decir, al no establecer distinciones entre el hachís ―“prácticamente inocuo” en su opinión― y los poderosos polvos blancos.
Unos días antes el periodista y guionista de cine Gonzalo Goicoechea Luquín, conocido por su sensibilidad ante determinados temas sociales y por su valentía a la hora de destapar aspectos oscuros de sucesos aparentemente vulgares, ya había denunciado en prensa (Triunfo, 02.09.1978 y 23.09.1978) las redadas selectivas practicadas por la policía en Madrid y la deliberada ceremonia de la confusión creada por los medios de comunicación en torno a las drogas. Pero, ¿qué sabían los jóvenes españoles sobre la heroína en aquel momento? 
En realidad, pocas cosas, y casi todas a partir de experiencias indirectas. Los que tuvieron la oportunidad de asistir al concierto de Lou Reed celebrado el 18 de marzo de 1975 en el Palacio Municipal de Deportes de Barcelona ―primera y única actuación de la gira en España― vieron cómo el icono del underground neoyorquino ―cuya adicción al opiáceo era sobradamente conocida― deambulaba por el escenario dando tumbos y casi se desvanecía sobre el piano de cola, sin apenas atinar a pulsar las teclas, mientras desafinaba con una voz quebrada. A muchos les pareció que Lou Reed iba a morirse en escena. ¿O sólo se trataba de una pose, una artimaña más del show business? Imposible saberlo, porque el uso de heroína estaba considerado como una práctica contracultural y transgresora absolutamente extrema, lo cual le confería cierto glamour. 

Heroina

Heroína. Conspiración. Corazón. MkUltra. Los 80. Los 90. Eduardo Haro Ibars. Planificación. Control Mental. Maldad. Poder. CIA. KGB. Stasi. Muros. Vergüenza. Anagrama. Ensayos. Frialdad. El ángel caído. Sus poemas. Contracultura. Hierro. El pico. La aguja. Sangre. Frío. Elena. Los transeúntes. Los commuters. Evening Standard. Jóvenes. Jóvenes Zombies. Comando contra. Ismael. Metrocard. Tube. UnderGround. Té. Movida Madrileña. Aeropuertos. Gays. Sexo. Refugio. Frío. Antártida. Lugar. Creación. Sida. Aids. Made in Lab. Muerte. Eduardo. Robar. Vivir. Consumir. Consumidos. Accidentes. Engaños. Muertos. Talentos. Canciones. Nacho. Tú. Volveré. Espérame. Vuelve a tocar esa guitarra. Ironía. Ser o no ser. Londres es luto. Llueve, Héctor, llueve, justo cuando te apagaste, Londres se encendió en lágrimas. No sé cómo tengo fuerzas para escribir esto, pero te lo mereces. Tristeza. Rabia. Dolor. Ira. Lluvia en los zapatos. En medio de la nada. Locura. Poemas. Canciones. Sangre. Cuando esté cerca de los aviones le pondré un mensaje al cielo para estar más cerca de ti. Héctor, descansa, que ya no merece luchar más. Deja de sufrir. Recuerdo cuando te encontré. Recuerdo cuando te miré. Pero esta vida es una mierda. No tenemos nada. Nada nos pertenece. Ni siquiera la eternidad. Voy a cambiar mis respuestas. Te quedaba más de media vida. Pero la vida es una ladrona. Siempre se lleva el lado bueno de las cosas. Ahora iré a buscarte a Hyde Park… Mi cama esta noche estará más fría que nunca. Tu cuerpo. Tus manos. Tu rostro. Y ya nadie abrirá esas puertas. Y bajo la lluvia todos somos igual de pequeños, de diminutos, de insignificantes. Tengo el alma rota y el fantasma del miedo en mis ojos. Y no tengo nada. Nada. Porque ya no estás.

Drugs

Construcción de una teoría conspirativa

La denominada “contrarrevolución del caballo”, que ya había sido esbozada en algunos textos, como Capitalism plus dope equals genocide (1970), de Michael “Cetewayo” Tabor, y Los hombres se drogan, el Estado se fortalece (1977), de Jules Henry y Leon Léger, fue uno de los temas troncales tratados en un seminario del movimiento autónomo italiano, celebrado en la primavera de 1979 en la ciudad de Bolonia. Allí se denunció una situación que supuestamente había venido repitiéndose durante los últimos años: la utilización estratégica de la heroína por parte del Estado para desactivar la amenaza potencial de las vanguardias contestatarias. Tanto en el caso de contracultura californiana en general y del Free Speech Movement de Berkeley en particular, como en el caso del Black Panther Party, de los provos holandeses, del mayo francés, del Autunno Caldo italiano… el ciclo había sido el mismo:

1º) Escasean el hachís y la marihuana; 
2º) Prolifera la circulación de heroína; 
3º) Se producen continuas detenciones de pequeños camellos, así como se acosa social y policialmente a los consumidores de drogas “blandas” y 
4º) Aparecen “nuevos” camellos especialmente en círculos contestatarios.

Según los autónomos italianos reunidos en el seminario, las consecuencias inevitables habían sido las siguientes:

a) La falta de hachís y marihuana contribuye a extender el hábito de la heroína; 
b) Dado el precio, mucho más caro de la heroína, muchos adictos se ven abocados a “hacer de todo” para costearse sus tomas; 
c) “Cualquier cosa” para conseguir dinero es, por ejemplo, traficar o cobrar por delatar, como confidentes sociopolíticos (en ocasiones se combinan ambos “trabajos”, implicando a organizaciones contestatarias y cuyo desprestigio se encargan de orquestar los medios de comunicación de masas) y 
d) La adicción a la droga heroína margina e inhibe.

Cabía preguntarse por qué no se había producido un intento de rechazo en los colectivos más afectados, ni por qué en países como Chile, Uruguay y Argentina se había apostado por soluciones militares, y no por la introducción de heroína, para frenar la subversión, pero a esas alturas nadie parecía dispuesto a cuestionar la lógica de una explicación que resultaba bastante más congruente y verosímil que el discurso establecido. De tal manera, aquellos que estaban dispuestos a creer en el objetivo por parte de los poderes públicos de promover la abulia, el desinterés, el sopor, el distanciamiento, la desconfianza, etc., incentivando la renuncia de las vanguardias contestatarias a participar en el proceso transicional en España, contaban con un marco teórico atractivo, bastante desarrollado y con un gran potencial dramático.

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La versión ácrata del asunto

Sea como sea, lo cierto es que la teoría conspirativa serviría para explicar el impacto de la heroína en el pujante movimiento libertario surgido tras la muerte de Franco en Barcelona y su área de influencia inmediata, que aspiró a renovar el viejo anarcosindicalismo desde los ateneos de los barrios, atrayendo a personas de distintas generaciones con el denominador común del espíritu crítico. Efectivamente, su labor cultural, lúdica y social, que ―según Pepe Ribas― “suscitaba temor al Ayuntamiento y al President Tarradellas”, se fue diluyendo a medida que muchos jóvenes militantes libertarios se apartaban de la causa, hundiéndose en una especie de autoinmolación calculada. En poco tiempo, el censo de heroinómanos en Cataluña elevó hasta 10.000-12.000 el número de afectados, y para conservar memoria de aquella amarga lección que supuso la sensación de inutilidad de la revuelta colectiva, combinada con el fracaso de la experiencia individual, contamos con la conmovedora novela de David Castillo El cel de l’infern (1999).
José Ribas siempre se ha mostrado contundente a la hora de explicar el fenómeno: “Desde el poder se aniquiló aquella posibilidad. No fue difícil acabar con la fiesta barcelonesa ácrata y alternativa, solidaria con España, faro cultural de toda la península. Barcelona entró en una crisis profunda y se encerró en sí misma. Las Ramblas y el [Barrio] Chino se llenaron de partidos fantasmas que incendiaban autobuses y rompían escaparates. Se cerró el Saló Diana y Zeleste se impregnó de disseny” (Ajoblanco, 00.04.1993). “Hubo un complot para acabar con el movimiento libertario y dejar Barcelona preparada para la oligarquía de los partidos y la falsa democracia que actualmente tenemos. Ahí se fraguó la generación sumisa que pronto será barrida […] a los libertarios ya no hay quien los resucite: los mató la policía infiltrándose en los ateneos y repartiendo heroína” (El País, 15.04.1994). En su citada crónica personal de los 70, Pepe Ribas se hace eco de un comentario que hizo “alguien del Ateneo de Sants” durante la celebración de las Jornadas Libertarias de julio de 1977 en el sentido de que “alguien estaba pasando heroína de mala calidad”, aunque entonces, en plena euforia ácrata, no se le dio importancia. “Nueve meses más tarde, la epidemia orquestada era masiva”, y pudo comprobarse cómo “el viejo sueño de la libertad, hilvanado ahora con la droga dura, promovía pasividad y muerte”, apostilla Ribas. En el mismo libro da crédito a la historia que le contó un “joven gitano” en 1978 para explicar la introducción de la heroína en Barcelona: “Años atrás, cuadrillas de poca monta que trapicheaban con hachís merodeaban los domingos por el campo del Barça y robaban los radiocasetes de algunos de los miles de coches aparcados. Muchos de ellos acabaron en reformatorios o en la cárcel. Otros intimaron con carceleros y policías. Convenientemente formados, los soltaron en plena ola libertaria a cambio de cumplir ciertos servicios. Un día les llegó el encargo de cambiar de mercancía y dirigirla a determinados ambientes. Aquellos camellos de poca monta que trapicheaban con chocolate, polen, marihuana y ácidos adulterados se pasaron a la nueva sustancia. Las primeras partidas no fueron grandes y tampoco tenían precio”. No deja de ser significativo que este testigo excepcional de la época también se apunte a la plot theory. “Eran las mismas tácticas que habían patentado los servicios secretos norteamericanos como arma de destrucción contra los Black Panthers y demás grupos radicales. Luego las extendieron por todo occidente”, asegura Ribas. Por lo que respecta a la respuesta de los usuarios ante la supuesta trama tóxica, es decir, a la demanda, Pepe Ribas se limita a reconocer que había muchos “alternativos pasados de revoluciones” que “se apuntaban a la heroína y otras drogas sin ton ni son”.

Muchas veces las conspiraciones se ocultan bajo problemas sociales y son difíciles de detectar. Pero no para visionarios como Eduardo Haro Ibars. A finales de los setenta, este periodista comenzó a ver algo más allá del simple aumento de heroinómanos en España. Él vio una correlación directa entre la droga, la manipulación y el poder. Para Haro Ibars, la conspiración de la Heroína tenía un objetivo claro: facilitar el conformismo y la disolución de las revueltas sociales

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«La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori

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—Si este párrafo que les voy a transcribir a continuación no es una obra maestra y el summum de la literatura de los dos últimos siglos, que me aspen. Si este párrafo no sirve para demostrar que «La muerte de mi hermano Abel» es el cenit de la perfección, que me aspen también.

Porque da igual que recemos o nos matemos los unos a los otros, da igual que discutamos bromeemos regateemos nos pateemos, da igual que amasemos enormes ideas o barro húmedo para crear nuestros fetiches, que riamos lloremos nos doblemos de dolor o gritemos de placer, que despertemos o soñemos, que bailemos o durmamos: todo apunta a eso único, se refiere a eso único, tiene en cuenta eso único, conduce a eso único: procrear para procrear futuros procreadores. Todo tiene un solo propósito: preservar la vida. Todo tiene una sola realidad: ser procreado para procrear vida que devora vida y para ser devorado por la vida. Es un juego encerrado en sí mismo y lleno de sentido, destinado a crear una duración en sí misma privada de sentido: la duración de la vida hasta la eternidad. Y ello se consigue con un gasto enorme, con el continuo y desmedido desgaste de miríadas y miríadas de vidas individuales. Un despilfarro delirante de decenas de miles de especies, subespecies y razas: el juego de un demiurgo enloquecido.

—Parece que, después de tantos años y tantas horas de narrativa de ficción sobre la historia de nuestra Europa, una novela más, pueda entenderse como algo repetitivo. Pero éste no es el caso. Por supuesto que no. «La muerte de mi hermano Abel» es otra historia, pertenece a otra esfera. Esta prodigiosa novela escrita por Gregor von Rezzori en el año 1976, cuyo título original es «Der Tod meines Bruders Abel, y que artesanal y magníficamente ha traducido el maestro José Aníbal Campos, es una hipérbole mayúscula que consigue la recreación narrativa de una catarsis plena de nuestra historia europea más reciente. Desde la WWI hasta la WWII, pasando por el holocausto judío, las postguerras, el hambre, la pasión, las horas, los días, los paisajes, que se van conformando en la voz del Aristides Subicz, en una composición metaliteraria, en un libro / novela, que consigue, además, componer con cada palabra y cada argumento escrito el adelanto majestuoso de lo que pudo ser y será la gran belleza del aprendizaje de la mirada de nuestros días pasados de vino, gloria, destrucción, muerte, sabores y sonidos… La narrativa de Gregor von Rezzori es brutal, diferente, revisionista, metafórica, seductora, dura, real, categórica y perfecta, rotundamente perfecta. Consigue, pues, lo imposible; esto es, evitar los clichés narratológicos, para así sumergirnos en una experiencia inédita. La novela te atrapa, te abraza, te vapulea, te transporta, te hace gozar…

Es una novela realista a corazón abierto. Su realismo parte del compromiso con lo visual, con lo experimentado, pero también tiene un componente de actuación don diferentes disociaciones del yo y la empatía más universal. Los personajes se muestran como personajes (reales) muy por encima de todo prejuicio moral. Todos ellos toman como marco de referencia su persona, sin olvidarse de su implicación psicológica inherente en todo el desarrollo de la narración, que se desnuda frente al lector como una segunda lectura hiperbólica.

En «La muerte de mi hermano Abel» se habla del miedo porque sus épocas así lo quisieron, pero el miedo, ese del que habla, es todo lo contrario al miedo natural, es un terror primario, visual, magnético, el miedo de lo eternamente recordado y secuenciado.
Deslumbra, pues, su fotografía, sus primeros planos, que son planos de la mirada; sus desenfoques, sus encuadres, sus rupturas, sus elogios, su curso, su velocidad. Y digo esto porque aunque la novela no tenga para-textos «per se», el lector los irá creando en su mente como una máquina de la cinematografía, como un ejercicio de placer literario y sublime. La trama va más allá de la supervivencia, dignifica la muerte, la naturaleza del ser humano, la soportable humanidad de la vida, el imaginario del horror. No es otra película, insisto. Es la novela del sigloUna obra maestra. Para cualquier espectador, la experiencia debería ser irrenunciable, pues. Estremecedora. De los miles de infiernos que ha vivido la humanidad este está narrado directamente desde el poder abrasador de las llamas. La pluma ágil y soberbia nos lleva al centro del horror de forma no explícita. Rezzori apuesta a un desenfoque sistemático del segundo y primer plano. De modo que todo aquello que Aristides ve, el lector apenas intuye. El fuera de campo narrativo trabajado con un grado de minucia y precisión hace de esta obra un conjunto de placeres, amores y desvanes tan impredecibles como magistrales. Parece impensable que los seres humanos puedan ser tan crueles y a la vez tan dadivosos. Una poética trágica ilumina la historia moral de su protagonista y nos presta una tabla de salvación para poder contemplar, sin quemarnos, las cenizas calientes del horror de las guerras. El sonido musical de su prosa y la sobria fotografía de los planos que nuestro cerebro va componiendo convierten a esta novela en un elemento indispensable en la biblioteca de cualquier bibliófilo que se precie. Un autor, sin duda, con una mirada nueva para enfocar las zonas más oscuras de la vida. Ese fue y será Gregor von Rezzori. Es una novela moral, comprometida, sincera, fascinante, apacible, necesaria, histórica, valiente, codiciosa. Una rotunda obra maestra. No se la pierdan.

Reseña de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, Sexto Piso, 2015

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