«La isla de los condenados», por Stig Dagerman

la isla de los condenados

—Cuando abres un libro, en este caso «La isla de los condenados», de Stig Dagerman (Ed. Sexto Piso) y ya solo el título de la primera parte te impacta, —pocas veces subrayo títulos—, quiere decir, pues, que estás delante del recorrido magistral de una obra maestra, soberbia y desgarradora.

—Primera parte: (título)

«LOS NÁUFRAGOS. Dos cosas me llenan de espanto: Dentro de mí, el verdugo; y sobre mí, el hacha».

—Y cuando empiezas a leer, todavía con el sabor de esa letra que anticipa todo, y en las primeras páginas te encuentras con frases y fragmentos que te hacen pensar, detenerte, meditar, uno solo puede hacer la mejor de las reverencias, y por tanto, recomendaciones:

«Estratos de aire atravesados de luz, con los ribetes verdes, estelas lila, llamas rojo intenso que cruzaban como el rayo y que clavaban uñas cual colmillos de elefante hasta el centro mismo de nuestro núcleo tembloroso, que, camaleónicamente, cambiaba de color según los cambios de los pasajes».

Esta novela está publicada por la editorial Sexto Piso. La podéis comprar en la Feria del Libro de Madrid 2016. Casetas 252-254. No se lo pierdan.

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Saúl. Punto y aparte

El-hijo-de-SaulParece que, después de tantos años y tantas horas de cine sobre el holocausto judío, una película más, pueda entenderse como algo repetitivo. Pero éste no es el caso. Por supuesto que no. «El hijo de Saúl» es otra historia, pertenece a otra esfera. Esta prodigiosa cinta dirigida por László Nemes y rodada magistralmente en una suerte de planos secuencia encadenados a través de una hipérbole mayúscula consiguen la recreación de una catarsis plena del cine judío, sobre los judíos, la muerte, la vida y el holocausto. Es brutal, diferente, revisionista, metafórica, seductora, dura, real, categórica y perfecta, rotundamente perfecta. El debutante László Nemes consigue lo imposible; esto es, evitar los clichés sobre el cine de la Solución Final sumergiéndonos en una experiencia inédita. La película lo atrapa [al espectador] y no lo deja escapar hasta el final.
«Un rabino no te quitará el miedo», dice uno de los protagonistas secundarios. Pero el miedo, ese del que habla, es todo lo contrario al miedo natural, es un terror primario, visual, magnético, el miedo de lo eternamente recordado y secuenciado.
Deslumbra, pues, su fotografía, sus primeros planos, que son planos de la mirada; sus desenfoques, sus encuadres, sus rupturas, sus elogios, su curso, su velocidad. 
La trama va más allá de la supervivencia, dignifica la muerte, la naturaleza del ser humano, la soportable humanidad de la vida, el imaginario del horror. No es otra película, insisto. Es la película del holocausto. László Nemes, con su extraordinario debut, lleva a un lugar insólito la representación cinematográfica de la Shoah. Una obra maestra. Para cualquier espectador, la experiencia debería ser irrenunciable, pues. Estremecedora. De los miles de infiernos que ha vivido la humanidad este está narrado directamente desde el poder abrasador de las llamas. La cámara desenfocada nos lleva al centro del horror de forma no explícita. Nemes apuesta a un desenfoque sistemático del segundo y primer plano. De modo que todo aquello que Saúl ve, el espectador apenas intuye. El fuera de campo sonoro [está] trabajado con un grado de minucia y precisión que reconoce pocos antecedentes en el cine, sinceramente. Cuenta tanto en la película lo que vemos como lo que no, y la atmósfera opresiva encerrada en los primeros planos. Parece impensable que seres humanos puedan ser tan crueles que seres de su misma especie. Una poética trágica ilumina la historia moral de su protagonista y nos presta una tabla de salvación para poder contemplar, sin quemarnos, las cenizas calientes del holocausto. El sonido y la sobria fotografía, imprescindibles. Un director sin duda, con una mirada nueva para enfocar las zonas más oscuras de la vida.

Reseña/crítica de la película «El hijo de Saúl», dirigida por László Nemes.

Sinopsis:

En el año 1944, durante el horror del campo de concentración de Auschwitz, un prisionero judío húngaro llamado Saul, miembro de los ‘Sonderkommando’ -encargados de quemar los cadáveres de los prisioneros gaseados nada más llegar al campo y limpiar las cámaras de gas-, encuentra cierta supervivencia moral tratando de salvar de los hornos crematorios el cuerpo de un niño que toma como su hijo.

Palmarés:

2015: Premios Oscar: Mejor película de habla no inglesa
2015: Festival de Cannes: Gran Premio del Jurado y Premio FIPRESCI
2015: Premios César: Nominada a mejor película extranjera
2015: Globos de Oro: Mejor película de habla no inglesa
2015: Premios David di Donatello: Mejor film de la Unión Europea
2015: Independent Spirit Awards: Mejor película extranjera
2015: National Board Review (NBR): Mejor film extranjero
2015: Satellite Awards: Mejor película de habla no inglesa
2015: Sindicato de Directores (DGA): Nominado a mejor nuevo director
2015: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor ópera prima
2015: Critics Choice Awards: Mejor película de habla no inglesa
2015: Críticos de Los Angeles: Mejor película extranjera
2015: Asociación de Críticos de Chicago: Mejor película extranjera. 3 nominaciones

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«La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori. Fragmento y visión.

la muerte de mi hermano abel 2

«Noches negras, nubes errantes a través de las cuales se insinúa la hoz de la luna. Cadáveres de ciudades en la leche plateada de la luz estelar… (…) rectángulos que se comprimen para formar cuadrados, cuadrados que se deforman y crean trapecios, que se constriñen en sus diagonales para formar triángulos isósceles que se abren de piernas como bailarinas, se desgarran y se vierten cual hipérbolas hacia la infinitud de la noche…».

Hemos seleccionado este fragmento, correspondiente a las páginas, 126-127 de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, por su abrumadora belleza. Es corto, pero lo breve, si breve, dos veces bueno. Por el libro desfilan cientos de párrafos gloriosos, brillantes y soberbios como éste. «La muerte de mi hermano Abel» es la novela de los tiempos, la cúspide literaria de una visión que define la Europa que fuimos y somos, de forma tan magistral, que te hace saborear cada sílaba, y cada palabra, y cada mirada, porque este libro, en su totalidad, es un aprendizaje de la mirada para todo lector que lo disfrute.

«Lo que más me gusta de este párrafo es la manera en que la cadencia de las frases se corresponde con el avance del tren saliendo de una estación: primero en staccato, más lento, luego con esos estira y afloja del tren que gana velocidad, y la aceleración final…», nos comenta José Aníbal Campos, quien ha realizado un excelente trabajo de traducción de tan magna obra.

«Las capacidades descriptivas de Rezzori son de lo mejor en toda su obra. Esa capacidad de síntesis, la mirada del excelente caricaturista que era, hacen de él el escritor capaz de trazar rasgos esenciales en apenas unas líneas. Ello mismo, en cambio, llena sus páginas de ciertos criterios esencialistas muy discutibles…», afirma José Aníbal.

«Y esa aceleración final se abre “hacia la infinitud de la noche…” se termina el juego de luces, y se sumerge, tanto el tren como el observador, en la más absoluta oscuridad. Cualquiera que haya viajado en tren de noche conoce esa sensación…», son las magníficas impresiones que hemos podido compartir con el traductor de «La muerte de mi hermano Abel», publicada en España, por Editorial Sexto Piso.

Desde este blog queremos hacer un alegato a favor de los traductores, una preciosa y dura profesión, que va más allá de la artesanía de la palabra. Gracias a ellos podemos leer semejantes obras cumbres y maestras de la mejor literatura que se precie, pues.

Gracias, también a David M. Copé, por descubrirme esta maravilla. Su gusto es tan exquisito que te contagia el amor por la buena literatura.

Y cómo no, nuestra más sincera enhorabuena, a los editores de Sexto Piso, por habernos traído a España esta deliciosa masterpiece.

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El síndrome de Rezzori

Es por todos conocido el famoso Síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia). Se trata, pues de una suerte de trastorno psicosomático que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, obras maestras, especialmente cuando éstas son particularmente bellas.

Aplicando, pues, un algoritmo lógico matemático-narratológico, acabo de acuñar el SÍNDROME DE REZZORI, como consecuencia de la lectura en la que me encuentro inmerso, «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, sublime y grandiosa obra de la narrativa más pura, que mi yo haya leído en muchos años, y ya peino canas. Este colosal texto es todo un alegato de ingenio, pasión, talento, perversión, vanidad y virtuosismo literario. No sé si los señores académicos me dejarán registar el SÍNDROME DE REZZORI. De momento, y debido a los placeres carnales y emocionales que estoy sintiendo con su lectura, he aquí un fragmento que da fe a mis palabras y nuevo síndrome. Disfruten, lean y si quieren más, pues a comprársela. Merece la pena. Qué-placer-de-lectura.

la muerte de mi hermano abel 2»Recuerdo a una joven que estaba sentada una vez en el Fiore en una mesa contigua a la mía. Yo ya la había visto desde hacía un buen rato, no sólo porque su perfil me recordaba un poco el de Stella (una judía argelina, probablemente), sino porque todo su ser —su expresión, su postura, su mirada— gritaba a voz en cuello su soledad. Estaba allí sentada, encogida y sumida en sí misma, llevando encima todo el peso de la espantosa condición humana, la de estar condenados a vivir en una dualidad eternamente inconciliable: animales de rebaño, por un lado, incapaces de arreglárnoslas los unos sin los otros, siempre infelices cuando estamos solos, pero —por otra parte— enjaulados en el propio yo, prisioneros incapaces de salirse de sí mismos y liberarse de ese prisión… 

(…) »Con la misma inmediatez misteriosa con la que una primera estrella aparece de pronto en el cielo, se habían encendido las farolas, que ahora punteaban, con su pálida luz, el azul torcal que se diluía oscuramente en el anochecer. Con él desapareció también muy pronto el torrente de coches en el bulevar, y de repente todo quedó en calma. Yo estaba solo en un mundo vacío.

»Y puede creerme o no, pero aquello me pareció tan hermoso que se me saltaron las lágrimas. Me sentía como el hijo pródigo que ha encontrado el camino de regreso. Comprendí en qué medida somos hijos de este mundo, de este pétreo mundo de termitas: hijos de un desierto artificial de piedra, de la penumbra que la caída definitiva de la noche… ¡Ah! El angustioso valor de las pálidas farolas de la calle…

Fragmento de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, Editorial Sexto Piso. Traducción de José Aníbal Campos.

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«Ciudad en llamas», por Garth Risk Hallberg, Literatura Random House

9788439731160

«Cuando su madre se marchó, pasó un año hundida, tras el cual más o menos tuvo que reconstruirse desde cero. Lo hizo en secreto, en los confines de su cuarto, a base exclusivamente de revistas y una radio AM y el pegamento que constituía la necesidad de que no volvieran a herirla. El yo que construyó venía a ser una Minerva de barrio residencial: fiera, cosmopolita, independiente. Su cuerpo estaba cambiando —lo ayudó sobreviviendo seis meses a fuerza de Marlboros y nada más, expulsando el humo por el ventilador de la ventana— y cuando emergió, su madre apenas la habría reconocido. Se libró de la virginidad a los catorce años, el primer curso en la escuela privada de la ciudad, con uno de tercero, el máximo anotador del equipo de lacrase y el segundo chico más rico de su clase. Sus padres no estaban nunca en casa y aquel piso vacío de la séptima planta donde podían hacer lo que les apeteciera tenía algo de emocionante y peligroso. Durante un mes pasaron por allí después de clase a drogarse, a mirar las revistas de desnudos del padre de él, que Sam calificó de ordinarias, y a follar. Aquel chico sabía lo que se hacía, pensó entonces Sam. en cualquier caso había aprendido un montón. Había aprendido a comportarse sexualmente, como alguien que sabía lo que hacía.

Y había aprendido que, en realidad, no puedes hacer acopio de nada que importara. Sentimientos, personas, canciones, sexo, fuegos artificiales: existían solo en un tiempo concreto y, cuando este concluía, se acababan. En el instante presente las ramas desnudas de los árboles parecían nudillos, como la letra nudosa de un niño sobre el suave papel vitela púrpura del cielo, y la nieve le calaba los vaqueros y el agua se le pegaba en el rabillo de los ojos, helada, negándose a caer, y el portero se paseaba frente al reducto de piedra caliza, pero en el momento en que acabara esta espera interminable, todo comenzaría a precipitarse hacia el pasado, a devenir irreal. La necesidad de hablar con Keith era algo físico, como si las células de su cuerpo gritaran auxilio, a pesar de que Sam había abierto solo una rendija minúscula la puerta de su interior. Pero aguantaría un minuto más, y otro, porque podía».

Fragmento de la novela «Ciudad en llamas», de Garth Risk Hallberg, Literatura Random House

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