El deshielo de la enfermedad

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Querido Daniel:

—Hoy no he tenido un buen día. Prefiero borrarlo. Ahora solo existe el pasado. Me acuerdo de tus abrazos y no sé qué hacer con ellos. Espero que la memoria no me traicione. Espero que la soledad de las calles de esta gran ciudad, los ruidos artificiales que desaparecen y no los ves, porque si duran más, se convierten en monstruos, me ayuden a calmar la necesidad de quererte porque no estás. Si puedo, si tengo fuerzas, cuando regrese a casa, después de tocar el piano, te escribiré algo. Ya sabes que no sé rezar. Aprender a rezar en la era de la técnica es difícil. Pero, a mi manera, te llamo, te escucho, te rezo, te noto, aunque no sé dónde estás. Pero, déjame que te cuente… Déjame que te cuente que, a veces, pienso que la vida es bonita y que merece la pena vivirla. Vivirla por ti y por mí. Te recuerdo, Daniel, en cada foto, en cada libro que leo, en cada sinfonía, en cada sonata, en cada fuga, en cada revolución, en cada caída… Y merece la pena, pensarte, merece la pena recordarte. ¿Sabes? El último sábado por la noche, paseando por Regent Street, llegué hasta Cavendish Square Gardens. Y me encontré con el violinista del parque, el violinista de los jardines. Tocaba aquello de Imagine de Lennon… Se empeñó en quedarse hasta que tú llegaras para tocarla otra vez, como el viejo Sam, pero tuve que decirle la verdad. Decirle que te habías ido para siempre. Y me prometió que todas las noches te dedicaría una pieza.

Qué somos, Daniel. Piezas. Figuras. Funciones. Actores. Lectores. Poetas. Malditos. La transfiguración de la muerte, Daniel, eso es dormir sin ti. Sí, la transfiguración de los muertos. Sin tus abrazos. Sin tu calor. En Londres ya hace frío porque Londres es de cartón. Londres es una obra de Shakespeare inacabada. Una fantasía oriental camuflada en una obra de Liszt. Una sonata para enamorados de Beethoven. Londres es todo y nada. ¿Sabes? Creía que iba a ser un sueño. Creía que nunca ocurriría. A veces el hielo nos hace resbalar y caer en grietas más profundas. Al cabo de mucho tiempo el deshielo puede hacer emerger todo lo sepultado; como los mamuts en las llanuras siberianas en verano, los restos están húmedos y huelen mal. Entonces ya no lo queremos. Pensamos que igualmente no valía la pena. Que era dinero tirado o que ese amor por el otro era inmerecido… 

Puede que nuestros sueños sean más sabios que nosotros porque el sueño es un monstruo egoísta que siempre va a la suya, sin piedad.

Pero lo de esta mañana no ha sido un sueño. Se ha despertado y ya no tenía cabello. No la he visto llorar pero sé que lo ha hecho. A escondidas. No le gusta que la vea. Hay mechones por toda la casa. No sé por qué, —quizá por eso que llaman intuición—, ayer se compró un turbante azul. Antes de partir, ha venido a mi estudio, a decirme adiós y a mostrarme esa belleza que, podemos renacer, de entre toda la enfermedad. Se ha marchado con su turbante. Sé que iba feliz.

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DERRUMBANDO PALACIOS

caminando la haya

La noche es muy bella cuando apagamos la luz de lectura y decidimos dormir. Sin embargo, el insomnio lo arroja todo por la ventana y nos propone otro plan… Por un instante, al contemplar las estrellas y escuchar el sonido del mar, toda preocupación parece olvidarse. Los cuadernos a medio terminar, los argumentos guardados en el cajón, la miseria posible y la grandeza, el fulgor de tiempos remotos, la simple existencia merecida de un porvenir. Todo. Absolutamente todo. La vida es una y una es la respuesta. Esta noche Louis y yo, caminaremos por estas calles mojadas de La Haya, mientras inventamos canciones, cogidos de la mano, por si el frío nos asalta, sin miedos, con coraje, a tu lado, porque ya no hay nada que esconder, ya no hay nada clandestino y el amor no se elige, te arropa. Ya nos hemos desnudado de vergüenza, de temores y miradas furtivas. Ya sé que te voy a amar, porque aunque mi corazón esté de vuelta, necesita una transfusión de urgencia, aunque no me preguntes mi grupo sanguíneo, porque no me lo sé. No creo que haga falta. Seguimos paseando mientras se apagan las bombillas y el blanco y negro se vuelve color, y ya probarte ni vernos, es un acto suicida. Todo nos espera, al otro lado del tablero… Y es que no puedo cambiar lo que siento. Ya me hirieron en el pasado efímero. ¿Y qué? ¿Y qué si te quiero? Pero ya empiezo a notar que te tengo y vuelvo a sentir el miedo de navegar en tus brazos. ¿Qué le voy a hacer? Soy humano, tan imperfecto o más, que cuando nací, creo. Mantén, Loius, tu alma así, pegada a mi pecho, mientras nos quedamos quietos y alardeamos del amor. Hoy ya he perdido la cuenta de tus caricias. Nos hemos dejado llevar por la ternura. La piel, nuestras pieles, poco a poco cumplirán esos deseos manuscritos en bancos, árboles, paredes y aquellos cuadernos que dejé a buen recaudo en mi habitación de hotel, ahora deshabitada, partida por el frío, rota por los sabores de nuestra sal. Ahora que te encuentro, ya no dormiré de un tirón, y el insomnio será un rumor. Pero, ahora que te tengo, ya me he sacado muchas astillas. Aunque sé que te debo muchas palabras. Y aunque ya no tengo edad, grito tu nombre en la calle, y noto como la mentira se vuelve verdad y se derrumban los palacios, porque haces que este invierno ilumine mi oscuridad y el reloj vuelva a marchar para quitarme, ya por fin, la armadura del miedo. Empieza el kilómetro cero y eso que no estamos en Madrid, pero ahora rezo por quedarme atrapado contigo buscando tantas cosas que dejé atrás, por eso lo llamo kilómetro cero. Y ya no habrá rincón en que tu nombre no se pronuncie. Y si hay una despedida, nos partiremos en dos, para hacerlo, si cabe, más bello, todavía, porque ahora todo empieza y acaba en ti, y ya, aunque algunos no sepan del amor, no tenemos que pedir perdón ni escondernos detrás de los visillos.

Foto y texto: Diego Moya. Modelo: Louis Burckhardt ©
(Todos los derechos quedan reservados)

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principios (in)activos

KONICA MINOLTA DIGITAL CAMERA

Para ti, Louis, por tantas cosas.

despertar cada mañana
intuir tus miradas entre el blanco mortecino de la infidelidad de tus sábanas
la camisa sucia
los zapatos limpios
el agua contaminada
donde muere el despertador
la bañera, ahora, con restos de arena…
y el resto del día nos abrazaremos al silencio
donde agonizan las mentiras que cada noche nos sirven en bandeja
porque olvidar es una forma de mentir
y el mar hace siempre retornar nuestros cuerpos
y seguiremos muriendo en cada crucigrama de domingo
en cada rancio suplemento dominical
y seguiremos muriendo al abrazo de un puñado de cajas
llenas de principios inactivos
porque está permitido equivocarnos
y hoy, ya lunes, me he despertado pensando en tus abrazos
buscando una sonrisa inventada
para que nadie me reproche que nunca lo he intentado
que blanco es el ayer
que triste el porvenir…
…ventanas de colores
canciones virtuales
espejos de paso
demonios con bombones
globos que estallan en silencio
intercambio de horas
regalo de vidas
pasaportes sin fechas de caducidad
verdades en la cara
verdades como ojos,
y te regalo imposibles mientras te enfoco con mi cámara de la timidez,
e invento estas palabras mientras se vela una foto en blanco y negro
donde nunca nos reconoceremos, donde nadie verá la fugacidad de lo quieto,
porque somos verdad y hoy, por el tiempo y los días…
… te regalo estas falsas o quizá ciertas (¿quién sabe?) palabras entre teclados…
mientras sigo buscando la privada sustancia de nuestro amor clandestino porque apenas sé nada de la vida
y ahora que te encuentro… te pido, te grito y me pierdo en los acantilados de mi memoria ignota

Diego Moya ©

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Fin de miradas (y despedidas)

weekendEsta noche me iré pronto a la cama. Necesito el abrigo de las sábanas enrolladas en la manta que me dan calor en esta solitaria habitación de hotel de La Haya, donde ya la noche se frena, se reduce a cenizas, a locuras, amantes que se miran, encuentros furtivos, caminos que se cruzan… No tengo muchas fuerzas, pues la emoción me embarga. Y la culpa, de nuevo es del cine. Hoy he visto «Weekend», una cinta británica de culto realizada por Andrew Haigh y protagonizada por Tom Cullen y Chris New, que también me ha hecho llorar. Durante la hora y media que dura la cinta, una pequeña sonrisa a modo de mueca no se ha separado de mi rostro, pero luego, esos recuerdos, que te asaltan, y los sentimientos, que afloran, maquillan mi rostro de agua salada. «Weekend» es sencilla: Un viernes por la noche, tras pasar un rato con sus amigos heterosexuales, Russel se dirige a una discoteca, solo y con ganas de ligar. Justo antes del cierre se liga a Glen. Y así empieza un fin de semana –en bares y habitaciones, emborrachándose y drogándose, contándose anécdotas y practicando sexo– que resonará durante el resto de sus vidas. «Weekend» es un trabajo perfecto, una emotiva, actual e intensa exploración del ser humano y de sus emociones; del sexo entre hombres, su intimidad y amor. «Weekend» te deja helado de frío, como un chute de heroína porque es conmovedora, preciosa, elegante. Una de las mejores películas de temática gay que he visto en muchos años. La exploración visual de los sentimientos es grandiosa. Un lujo de cinta para todos, lejos de etiquetas, lejos de prejuicios, la belleza del amor no tiene límites porque como decía David Leavitt en su novela «Mientras Inglaterra duerme»: el amor no es entre sexos sino entre personas. Por eso he decidido guardarme esta película entre mis cosas. Por si tú, amigo, Daniel, compañero ausente, vuelves, saliendo del paso y haciendo que por un momento me pueda asomar a la ventana del piso número catorce, el mismo en el que vive el protagonista, fumándome un pitillo, y viendo el diminuto mundo, buscando, otra vez más, el momento de ponerle final, a lo que el destino nos arrebató. De tu lenguaje, del lenguaje de esta película nada olvidaré. Pero no me rindo, aunque la vida y sus formas caduquen. «Weekend» es una catarsis de palabras y silencios, aunque todos estemos ya cada uno por nuestro lado y el juego de antes quedase guardado en el misterio de tu voz… Algún día, a pesar del dolor, podré recordar las despedidas, como las de «Weekend». Se cierra el telón y se encienden las luces, hay poco público en la sala, unas cincuenta personas. Pero todos, a la vez, nos levantamos y le damos una merecida ovación a esta película. Observo al salir, que no soy el único que lloro… Buenas noches y buena suerte. Ya es noche cerrada en La Haya y desde la pequeña ventana que puebla la habitación de mi hotel, me asomo y huelo al color de tus palabras, al aroma de tu pelo desmarañado, a ti, que ya no estás. Miro al cielo. ¿Estás allí? Llevo un rato esperando y nadie contesta. El efecto de los somníferos ya disminuye mi actividad cerebral. No siento dolor. Ahora hay paz. Quizá me haya dormido sin darme cuenta… No lo he visto, pero me lo han contado: por la noche, en La Haya la temperatura cae en picado, y al amanecer, las rosas todavía florecidas muestran un encaje de escarcha y cuando el sol aparece, inclinan sus cabezas y lloran durante una hora.

Reseña/crítica de la película británica «Weekend»

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La mirada de «La chica danesa»

La_chica_danesa-635017188-largeAnoche fui al cine, sigo en La Haya. Necesitaba un paseo, aire fresco, respirar… Deambulaba por sus calles, ya casi desiertas, observando escaparates, mirando a los transeúntes, seguro ya de vuelta a sus casas después de la monotonía de la jornada, sintiendo el frío en mi cara, aguantando la pequeña llovizna que caía, mientras intentaba frenar el miedo, calmar la ansiedad, buscar una luz, un banco donde sentarme, un pequeño restaurante, una voz desconocida, quizá… cuando me topé con un cine a pie de calle, un cine modesto, sí, como los que había antes en todas las ciudades de provincia, un cine pequeño, con el encanto de su aroma a butaca, a tabaco, a celuloide… Un cine como los que destronaron los puñeteros centros comerciales. En fin, como solo tenían una sala, no tuve que molestarme en qué película ver. Ponían en V.O. «La chica danesa». Compré mi ticket y entré, claro. Estaba medio vacío. Pero me sentí feliz, sentado en aquellas butacas como las de antaño, incómodas, pero de verdad. Sólo puedo decir, que al salir de aquel cine, aquella sala, que me trajo tantos recuerdos del pasado, que ya creía perdidos en algún compartimento estanco de mi memoria, donde vi una película majestuosa, seguí deambulando por las calles de La Haya, más desiertas todavía que antes de entrar al cine, sólo que ahora me acompañaban las lágrimas provocadas, exaltadas por los personajes, la trama, las imágenes, la belleza, la sensualidad, el erotismo, el colorido, las palabras y la elegancia de «La chica danesa». Es una película inolvidable. Una lección de amor. No se la pierdan. Yo mientras, seguiré caminando al encuentro de tantos lugares…

(Reseña de la película «La chica danesa»)

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