«La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori

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—Si este párrafo que les voy a transcribir a continuación no es una obra maestra y el summum de la literatura de los dos últimos siglos, que me aspen. Si este párrafo no sirve para demostrar que «La muerte de mi hermano Abel» es el cenit de la perfección, que me aspen también.

Porque da igual que recemos o nos matemos los unos a los otros, da igual que discutamos bromeemos regateemos nos pateemos, da igual que amasemos enormes ideas o barro húmedo para crear nuestros fetiches, que riamos lloremos nos doblemos de dolor o gritemos de placer, que despertemos o soñemos, que bailemos o durmamos: todo apunta a eso único, se refiere a eso único, tiene en cuenta eso único, conduce a eso único: procrear para procrear futuros procreadores. Todo tiene un solo propósito: preservar la vida. Todo tiene una sola realidad: ser procreado para procrear vida que devora vida y para ser devorado por la vida. Es un juego encerrado en sí mismo y lleno de sentido, destinado a crear una duración en sí misma privada de sentido: la duración de la vida hasta la eternidad. Y ello se consigue con un gasto enorme, con el continuo y desmedido desgaste de miríadas y miríadas de vidas individuales. Un despilfarro delirante de decenas de miles de especies, subespecies y razas: el juego de un demiurgo enloquecido.

—Parece que, después de tantos años y tantas horas de narrativa de ficción sobre la historia de nuestra Europa, una novela más, pueda entenderse como algo repetitivo. Pero éste no es el caso. Por supuesto que no. «La muerte de mi hermano Abel» es otra historia, pertenece a otra esfera. Esta prodigiosa novela escrita por Gregor von Rezzori en el año 1976, cuyo título original es «Der Tod meines Bruders Abel, y que artesanal y magníficamente ha traducido el maestro José Aníbal Campos, es una hipérbole mayúscula que consigue la recreación narrativa de una catarsis plena de nuestra historia europea más reciente. Desde la WWI hasta la WWII, pasando por el holocausto judío, las postguerras, el hambre, la pasión, las horas, los días, los paisajes, que se van conformando en la voz del Aristides Subicz, en una composición metaliteraria, en un libro / novela, que consigue, además, componer con cada palabra y cada argumento escrito el adelanto majestuoso de lo que pudo ser y será la gran belleza del aprendizaje de la mirada de nuestros días pasados de vino, gloria, destrucción, muerte, sabores y sonidos… La narrativa de Gregor von Rezzori es brutal, diferente, revisionista, metafórica, seductora, dura, real, categórica y perfecta, rotundamente perfecta. Consigue, pues, lo imposible; esto es, evitar los clichés narratológicos, para así sumergirnos en una experiencia inédita. La novela te atrapa, te abraza, te vapulea, te transporta, te hace gozar…

Es una novela realista a corazón abierto. Su realismo parte del compromiso con lo visual, con lo experimentado, pero también tiene un componente de actuación don diferentes disociaciones del yo y la empatía más universal. Los personajes se muestran como personajes (reales) muy por encima de todo prejuicio moral. Todos ellos toman como marco de referencia su persona, sin olvidarse de su implicación psicológica inherente en todo el desarrollo de la narración, que se desnuda frente al lector como una segunda lectura hiperbólica.

En «La muerte de mi hermano Abel» se habla del miedo porque sus épocas así lo quisieron, pero el miedo, ese del que habla, es todo lo contrario al miedo natural, es un terror primario, visual, magnético, el miedo de lo eternamente recordado y secuenciado.
Deslumbra, pues, su fotografía, sus primeros planos, que son planos de la mirada; sus desenfoques, sus encuadres, sus rupturas, sus elogios, su curso, su velocidad. Y digo esto porque aunque la novela no tenga para-textos «per se», el lector los irá creando en su mente como una máquina de la cinematografía, como un ejercicio de placer literario y sublime. La trama va más allá de la supervivencia, dignifica la muerte, la naturaleza del ser humano, la soportable humanidad de la vida, el imaginario del horror. No es otra película, insisto. Es la novela del sigloUna obra maestra. Para cualquier espectador, la experiencia debería ser irrenunciable, pues. Estremecedora. De los miles de infiernos que ha vivido la humanidad este está narrado directamente desde el poder abrasador de las llamas. La pluma ágil y soberbia nos lleva al centro del horror de forma no explícita. Rezzori apuesta a un desenfoque sistemático del segundo y primer plano. De modo que todo aquello que Aristides ve, el lector apenas intuye. El fuera de campo narrativo trabajado con un grado de minucia y precisión hace de esta obra un conjunto de placeres, amores y desvanes tan impredecibles como magistrales. Parece impensable que los seres humanos puedan ser tan crueles y a la vez tan dadivosos. Una poética trágica ilumina la historia moral de su protagonista y nos presta una tabla de salvación para poder contemplar, sin quemarnos, las cenizas calientes del horror de las guerras. El sonido musical de su prosa y la sobria fotografía de los planos que nuestro cerebro va componiendo convierten a esta novela en un elemento indispensable en la biblioteca de cualquier bibliófilo que se precie. Un autor, sin duda, con una mirada nueva para enfocar las zonas más oscuras de la vida. Ese fue y será Gregor von Rezzori. Es una novela moral, comprometida, sincera, fascinante, apacible, necesaria, histórica, valiente, codiciosa. Una rotunda obra maestra. No se la pierdan.

Reseña de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, Sexto Piso, 2015

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«La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori. Fragmento y visión.

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«Noches negras, nubes errantes a través de las cuales se insinúa la hoz de la luna. Cadáveres de ciudades en la leche plateada de la luz estelar… (…) rectángulos que se comprimen para formar cuadrados, cuadrados que se deforman y crean trapecios, que se constriñen en sus diagonales para formar triángulos isósceles que se abren de piernas como bailarinas, se desgarran y se vierten cual hipérbolas hacia la infinitud de la noche…».

Hemos seleccionado este fragmento, correspondiente a las páginas, 126-127 de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, por su abrumadora belleza. Es corto, pero lo breve, si breve, dos veces bueno. Por el libro desfilan cientos de párrafos gloriosos, brillantes y soberbios como éste. «La muerte de mi hermano Abel» es la novela de los tiempos, la cúspide literaria de una visión que define la Europa que fuimos y somos, de forma tan magistral, que te hace saborear cada sílaba, y cada palabra, y cada mirada, porque este libro, en su totalidad, es un aprendizaje de la mirada para todo lector que lo disfrute.

«Lo que más me gusta de este párrafo es la manera en que la cadencia de las frases se corresponde con el avance del tren saliendo de una estación: primero en staccato, más lento, luego con esos estira y afloja del tren que gana velocidad, y la aceleración final…», nos comenta José Aníbal Campos, quien ha realizado un excelente trabajo de traducción de tan magna obra.

«Las capacidades descriptivas de Rezzori son de lo mejor en toda su obra. Esa capacidad de síntesis, la mirada del excelente caricaturista que era, hacen de él el escritor capaz de trazar rasgos esenciales en apenas unas líneas. Ello mismo, en cambio, llena sus páginas de ciertos criterios esencialistas muy discutibles…», afirma José Aníbal.

«Y esa aceleración final se abre “hacia la infinitud de la noche…” se termina el juego de luces, y se sumerge, tanto el tren como el observador, en la más absoluta oscuridad. Cualquiera que haya viajado en tren de noche conoce esa sensación…», son las magníficas impresiones que hemos podido compartir con el traductor de «La muerte de mi hermano Abel», publicada en España, por Editorial Sexto Piso.

Desde este blog queremos hacer un alegato a favor de los traductores, una preciosa y dura profesión, que va más allá de la artesanía de la palabra. Gracias a ellos podemos leer semejantes obras cumbres y maestras de la mejor literatura que se precie, pues.

Gracias, también a David M. Copé, por descubrirme esta maravilla. Su gusto es tan exquisito que te contagia el amor por la buena literatura.

Y cómo no, nuestra más sincera enhorabuena, a los editores de Sexto Piso, por habernos traído a España esta deliciosa masterpiece.

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El síndrome de Rezzori

Es por todos conocido el famoso Síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia). Se trata, pues de una suerte de trastorno psicosomático que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, obras maestras, especialmente cuando éstas son particularmente bellas.

Aplicando, pues, un algoritmo lógico matemático-narratológico, acabo de acuñar el SÍNDROME DE REZZORI, como consecuencia de la lectura en la que me encuentro inmerso, «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, sublime y grandiosa obra de la narrativa más pura, que mi yo haya leído en muchos años, y ya peino canas. Este colosal texto es todo un alegato de ingenio, pasión, talento, perversión, vanidad y virtuosismo literario. No sé si los señores académicos me dejarán registar el SÍNDROME DE REZZORI. De momento, y debido a los placeres carnales y emocionales que estoy sintiendo con su lectura, he aquí un fragmento que da fe a mis palabras y nuevo síndrome. Disfruten, lean y si quieren más, pues a comprársela. Merece la pena. Qué-placer-de-lectura.

la muerte de mi hermano abel 2»Recuerdo a una joven que estaba sentada una vez en el Fiore en una mesa contigua a la mía. Yo ya la había visto desde hacía un buen rato, no sólo porque su perfil me recordaba un poco el de Stella (una judía argelina, probablemente), sino porque todo su ser —su expresión, su postura, su mirada— gritaba a voz en cuello su soledad. Estaba allí sentada, encogida y sumida en sí misma, llevando encima todo el peso de la espantosa condición humana, la de estar condenados a vivir en una dualidad eternamente inconciliable: animales de rebaño, por un lado, incapaces de arreglárnoslas los unos sin los otros, siempre infelices cuando estamos solos, pero —por otra parte— enjaulados en el propio yo, prisioneros incapaces de salirse de sí mismos y liberarse de ese prisión… 

(…) »Con la misma inmediatez misteriosa con la que una primera estrella aparece de pronto en el cielo, se habían encendido las farolas, que ahora punteaban, con su pálida luz, el azul torcal que se diluía oscuramente en el anochecer. Con él desapareció también muy pronto el torrente de coches en el bulevar, y de repente todo quedó en calma. Yo estaba solo en un mundo vacío.

»Y puede creerme o no, pero aquello me pareció tan hermoso que se me saltaron las lágrimas. Me sentía como el hijo pródigo que ha encontrado el camino de regreso. Comprendí en qué medida somos hijos de este mundo, de este pétreo mundo de termitas: hijos de un desierto artificial de piedra, de la penumbra que la caída definitiva de la noche… ¡Ah! El angustioso valor de las pálidas farolas de la calle…

Fragmento de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, Editorial Sexto Piso. Traducción de José Aníbal Campos.

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La última elegancia del suspense: Federico Axat

9788423350667 (1)El último trabajo literario del escritor argentino, Federico Axat, «La última salida», publicada en España por Ediciones Destino es una novela fabulosa y absorbente. Intriga pura con elementos extraordinariamente enigmáticos. Tenía ganas de leer algo diferente, algo que jugara con la mente y te transportara a los límites metafóricos de la ficción y la realidad. Y Federico Axat lo ha conseguido en este perfecto juego arquitectónico, en esta simbiosis, donde magistralmente mueve a sus personajes por los espacios de lo real y lo irreal, de la pesadilla, los sueños, los recuerdos, los acantilados, las metáforas, las trampas de la mente…  Si el punto de partida es inquietante, el cuerpo y desenlace de la novela es estremecedor. Un fascinante thriller psicológico, un laberinto literario (con o sin salida), que leerás en un día, porque engancha, se inyecta en tu cerebro y no puedes esperar hasta la última página, ¿la última salida? Magistral. Brutal. Perfecta. Una increíble catarsis de elementos, sucesos, personajes, actos, verdades y mentiras estallan en la maravillosa novela de Federico Axat, creando, así, un cosmos adictivo, con unos personajes que se van entrelazando en diferentes espacios, creciendo en cada página, moviendo ficha, cada uno a su turno para recrearse en un final perfecto y rotundo. Porque en sus páginas todo ocurre y se sentencia, cuando menos te lo esperas.  He aquí una gran novela, un descubrimiento para saborear. Resulta imposible abandonar su lectura por lo bien dosificado que esta el suspense, la sorprendente estructura de muñecas rusas y lo apasionado, atractivo y diferente que resulta el protagonista de la misma. Perfecto también el dualismo que domina el pensamiento humano de su principal personaje: cuerpo/alma, bien/mal, vida/muerte, día/noche… Una exquisita historia criminal y psicológica contemporánea. Un suspense perfecto e irresistible. Todo un laboratorio narratológico. En definitiva: Una novela indispensable de un autor que está entre los grandes. La muerte es la conclusión de una locura, o de la locura, o de la vida, o de uno mismo. ¿Qué sé yo? Nadie sabe en qué concluye nada, y mucho menos eso que llaman «la muerte». Pero Axat lo expone todo sobre la mesa. Lo disecciona con la máxima y elegante precisión narrativa. No sabemos, ni conocemos, ni siquiera advertimos la lógica de su absoluto conocimiento.  Si os gusta el suspense psicológico y descubrir sorpresas, os la recomiendo. 

Reseña de la novela «La última salida», de Federico Axat, Ediciones Destino

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«El libro negro del Vaticano», por Eric Frattini

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Nota: —Seamos sinceros, normalmente el equipo de redacción de este blog no suele leer los prólogos de los libros, entre otras cosas porque la mayoría no están escritos por los propios autores y, sobre todo, porque son aburridos. Pero en este caso, como era Eric Frattini, el mismo que escribía el prólogo de su último ensayo «El libro negro del Vaticano. Las oscuras relaciones entre la CIA y la Santa Sede», publicado por Espasa, y al que le teníamos muchas ganas y nada más salir a la venta el martes pasado fuimos a por él, pues nos pusimos a leerlo (el prólogo, claro) con mucho entusiasmo. Y nos ha encantado, nos ha fascinado, tanto que, os dejamos por aquí un fragmento con la intención de poneros los dientes la largos, porque si el prólogo es bueno, el ensayo, per se, en el que ya estamos inmersos es fascinante. Como siempre una gran teoría del aprendizaje. Leer a Eric Frattini es enriquecerse la mente y el espíritu.

Ahí va el fragmento:

El nuevo secretario de Estado, Pietro Parolin, describía en una entrevista reciente cómo debía ser la diplomacia vaticana en el siglo XXI:

[...] la razón de ser de una diplomacia de la Santa Sede es la búsqueda de la paz. Y si la diplomacia de la Santa Sede tuvo tanto renombre y tanta aceptación en todo el mundo, en el pasado y en el presente, es precisamente porque se pone más allá de los intereses nacionales, que a veces son intereses muy particulares. Ella se pone en esta visión del bien común de la comunidad. [...] Creo que hoy, obviamente, el objetivo fundamental es lograr la paz en medio de la diversidad que tenemos en un mundo multipolar. Ya no están los bloques como antes. Esto es un análisis de geopolítica común… Hay distintos poderes. Han surgido poderes diferentes, con todos los problemas que estos conllevan. Porque nosotros pensábamos en nuestros deseos de paz y de felicidad, que la caída de los muros tradicionales: el muro de Berlín, entre el bloque de países comunistas y Occidente, iba a traer paz y felicidad al mundo. Y no fue así. Se desató todo el problema del terrorismo. Entonces, yo creo que el muro que se debe derribar es el identificar cómo lograr que  todas estas diferentes realidades logren acordarse y trabajar juntos para el bien de todos. Poner juntas las diferencias para que no sean divisiones, sino que se vuelvan colaboraciones en pro de toda la humanidad.

Fragmento seleccionado del ensayo «El libro negro del Vaticano. Las oscuras relaciones entre la CIA y la Santa Sede», por Eric Frattini, Ed. Espasa-Calpe.

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