Londres no existe en este cuento

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En Londres hace frío. Los hombre de negro son siluetas de papel. Los coches nos persiguen en cada madrugada. Salimos por la noche buscando el miedo. Buscando la forma de esconder nuestras pesadillas. En Londres los tejados son de cartón. Un cartón especial porque podemos saltar de unos a otros. Los guardianes de los cementerios han muerto. Ya nadie nos vigilan. Asistimos a su entierro. En Londres hace frío. Un frío pervertido que roza lo artificial. Me gusta contarte todo esto. La distancia nos convierte en marionetas sin calle en la que representar nuestros recuerdos. Hoy te he comprado una caja en la que podrás guardar esos recuerdos cuando regrese. Los aviones rugen cada mañana. Los pasajeros son una suerte de terapia. Equilibristas de día y noche que portan emociones en maletas de mil colores. Aeropuertos. Unos vienen y otros se van. Y yo sigo sin tener ni ciudad ni metrópoli donde alojarme en paz. Todos duermen ya. Nunca sabré dónde estás. Nunca sabré dónde dejé el último cuaderno de notas ni la última sonata de piano que compuse. En la madrugada todo es posible. Lo real. Lo irreal. La lluvia que nos enseña el camino hacia el mar. Y todos sueñan y duermen ya. Tú estarás esperando la llamada que nunca llega. Porque el sonido del teclado será un volver a empezar. Un vendaval de sexo, humo y alcohol. Maldita dulzura que ya no probamos. Londres es una ruina. Una herida que no cicatriza. No tengo nadie con quien hablar. Solo el hombre del sombrero de copa. Aunque ahora solo me visita su sombra. Será cosa de la metáfora. Maldita dulzura que separan las millas. Maldita dulzura el sonido de los aviones que despegan. Maldita dulzura de nuestro ayer. Espera. Reposa. Calma. Despierta. No me iré de esta dimensión ni ahogaré mis miedos en alcohol. Londres es malvada. Londres es apacible. Londres es esta foto que he tomado para ti. Londres no es nada. Ni yo tampoco. No soy nada cuando escribo. Porque escribir es proyectar el vacío que construyes cada día. Ganas de inventar. Hoy para cenar tengo lágrimas y celos. Y para soñar fantasmas y el imaginario que me persigue. Solo queda Londres vacía y sucia. Solo quedamos tú y yo. No te asustes. Ya encontraré un mercadillo en el que comprar la eternidad.

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Recomendaciones cinéfilas de la semana

El equipo de el cuento del loco inaugura esta nueva sección con algunas de las recomendaciones del cine que más nos gusta, en fin recomendaciones y sugerencias cinéfilas que esperamos que os gusten. Porque en este blog no solo se habla de libros también se habla de cine. Más cine, por favor. No os vamos a dar la lata con mucho texto. Tan solo os vamos a poner una selección de tráilers. Ahí van: ¡Luces, cámaras, acción!

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«El hijo de Saúl»

«Corazón gigante»

«Café Society»

«El hombre que conocía el infinito»

«El hombre perfecto»

«Dos buenos tipos»

«Toro»

«El rey tuerto»

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Meta[personas] #2.

Lucía tiene una de esas que llaman enfermedades raras. Apuntó el nombre de la misma en un post-it y lo pegó en la puerta de su frigorífico de diseño comprado en una subasta amañada. Todas las mañanas lo lee, intenta memorizarlo, lo repite para sí misma como si de una multiplicación se tratara, pero al salir a la calle lo olvida por completo. Ella es feliz porque ha perdido la capacidad de recordar.

Alberto acude todas las mañanas a un mercado digital emergente (y en expansión). En la entrevista post mortem sus amigos nos recuerdan que lo poseía todo. Una especie de filántropo en estado de descomposición espiritual, comentó X. Una noche, la señalada como origen del futuro de la llamada era de la involución magnética, lo encontraron muerto en una carretera para coches uniformes (sic). Presentaba síntomas de envejecimiento prematuro. Unos 30 años tendría el día de su fallecimiento, dijo M. Después de comprobar los movimientos de sus cuentas supieron que Alberto compraba tiempo, gastaba tiempo, lo despilfarraba, lo agotaba… Insatisfecho buscaba la felicidad en las horas artificiales de la muerte.



Vera. Alguien apuntó en su libreta de notas: posible trastorno de personalidad multiple. Al principio me costó entenderla. Mezclaba diferentes idiomas, era como ver una película en varias lenguas y, además, con subtítulos. Después de una semana contraté un humanoide multi[traductor] y conseguimos descifrar algo… No era una cinéfila. Vera iba cada viernes del año a un estreno cinematográfico cuidadosamente seleccionado. Nunca la acompañó nadie. Su favorita era la primera sesión. Compraba la entrada, una botella de agua y se sentaba siempre en la primera fila. Anotaba compulsivamente aspectos relacionados con uno de los personajes. Hasta el viernes siguiente se convertía en aquél o aquella. Imitaba su voz, sus gestos, movimientos, costumbres… Concentración individualista de la humanidad. Disfrutaba de 54 vidas diferentes al año, todo un logro. No tenemos datos de su grado de felicidad a día de hoy.

Ismael tiene cientos de libros en su biblioteca. Son tomos de cien páginas cada uno. Todos iguales. Numerados del 001 al 159. Trabajó durante 15 años en un departamento del gobierno de su país relacionado con la manipulación genética. Nadie sabe por qué un día se despidió. Desde entonces es una especie de autista voluntario entregado en la recuperación absoluta del genoma humano. Escribe, en las hojas en blanco de los tomos, secuencias genéticas de forma desesperada. Alguien, un posible científico aburrido, habló de la carrera por la salvación de la especie (eugenesia de regresión, acusó). Ismael muy enfadado por este comentario vertido en algún medio no informativo solicitó una entrevista con el más afamado presentador del momento. Solo dijo una cosa: —El ser humano es como el SIDA, un retrovirus. Se esconde después de infectarse y destruirse a sí mismo. Por eso nunca lograremos salvar la raza humana. Su contagio es invisible e infranqueable.

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EL SOBRE

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La tarde anterior habíamos decidido posponer la cita. Yo había tenido una jornada de trabajo, por llamarla de alguna forma agotadora, ya que mi función de espía sobre el escenario era conocida en todo el planeta sólo por 3 personas sin contarme a mí. Ella no se encontraba demasiado bien, me dijo al teléfono. Noté, por el ruido de fondo, por el estruendo del caótico tráfico, que hablaba desde una cabina de una céntrica calle de Mumbai. Sin ser del servicio secreto le habían enseñado a tomar precauciones. Sería la mañana del jueves siguiente cuando por fin nos viésemos, y ella me entregaría la documentación.

Llevaba más  de media hora esperando en la lúgubre cafetería. Me mantenía a base de espressos. El camarero iba y venía. Hora del desayuno, mucha gente, yo en alerta, pero ella no aparecía. Cuando alcé la vista sorprendido por el sonido de la puerta al abrirse con cierta parsimonia, la reconocí enseguida. Y no fue por su elegante y discreto traje, ni su pelo suelto, ni por su pañuelo que le cubría medio rostro, y que dejó caer sobre sus hombros al entrar. Buscó con la mirada y me reconoció por la edición del New York Times que habíamos fijado como clave. Me di cuenta que era ella por su rostro hinchado, por sus párpados medio adormecidos, por sus ojeras incipientes a pesar del maquillaje en el que seguro habría puesto mucho empeño. Todo su rostro delataba un pasado de ansiolíticos, somníferos, gotas, y antidepresivos, que, después, me confesó que controlaba bien con la cafeína.

Tengo lo que me pidieron, no tardó en pronunciar la frase, al verse intimidada por mi presencia y exigente mirada. Ella era la cuarta persona que sabía quién era yo. Enseguida abrió su pequeño bolso y extrajo un sobre que me entrego discretamente deslizándolo sobre la mesa de madera. Lo rasgué. Saqué el papel, lo leí y volví a mirarle. Ya nada volvería a ser lo mismo.

El mensaje decía: «Si uno quiere ser libre, lo único que tiene que hace es soltarse».

Diego Moya ©

7 de noviembre de 2015 ©

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Acto final

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El piano estaba, me acuerdo, al final del salón. Dejó caer su abrigo en la entrada del apartamento y con la mirada fija en la penumbra, que reflectada del exterior, rodeaba la majestuosa obra de madera, se acercó hasta él. Me pidió permiso para sentarse. Sin mirarme a los ojos siquiera. Sí. La tapa estaba abierta. Rozó las teclas como la caricia que nunca inventaría. Me acerqué a ella, sigilosamente, musitando sonidos corporales por debajo de los tonos del piano, los que ella arrojaba como armas inofensivas. Buscando la protección del silencio musitado me aproximé a la figura de la pianista pensando en la muerte, en la vida, en la música, en el dolor, en el final, en que el crimen ya estaba en otra pintura, o en otro lugar o desvaneciéndose ya en lo inacabado de sus movimientos. Tan solo me quité la corbata, y antes de atársela al cuello, la convertí en un puñado de cenizas, de polvo, que alguien limpiaría a la mañana siguiente, después de recoger los restos de una partitura casi quemada… Tan solo pude adivinar los siguientes compases. Pero ella, todavía, me saluda cada mañana, a la misma hora y con el mismo ritmo, al salir del conservatorio, (o me saludaba).

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