«Strangeland» o el placer de ser uno mismo

big_185A la inversa de los místicos, que hacían de su cuerpo el instrumento de salvación de su alma, los libertinos, insumisos y rebeldes, ambicionaban vivir como dioses y en consecuencia liberarse de la ley religiosa, tanto a través de la blasfemia como de las prácticas voluptuosas de la sexualidad. Oponían al orden divino el poder soberano de un orden natural de las cosas. Según esta teoría individualista, la experiencia puede, quizá, prevalecer sobre el dogma y la pasión sobre la razón.

Si he decidido empezar la reseña de la novela autobiográfica «Strangeland», de la escritora y artista Tracey Emin, publicada en España por la editorial Alpha Decay en su colección “Héroes Modernos”, con el primer párrafo arriba citado, no ha sido por capricho, ni mucho menos. Es un párrafo bienintencionado porque en él se resume un poco la trayectoria que vamos a leer en las páginas del libro, y porque de todo lo que cuento en él, hay mucho en el texto / vida / obra / experiencia de Tracey Emin.

Bienintencionado porque en la novela hay mística (Tracey super—yo), hay instrumentos (…), salvación (su escalada hacia ella), hay libertinos, insumisos, rebeldes (personajes secundarios). También hay dioses, o mejor dicho el dios de Tracey, un dios personal, creado como un icono sintomático y necesario, como una vela que ella apaga y enciende cuando lo necesita o lo presume. Hay blasfemia (…). Y, por supuesto, hay, y mucha: práctica de sexualidad. El adjetivo voluptuoso, quizá no sea el más adecuado. En la novela, en la vida de Tracey el sexo es un deseo errático, a veces, hasta destructivo, es una fantasía de lo rocambolesco, una proyección de su yo herido, tan herido de soledad, que busca —en un intento de consumar, a la vez, sus fantasías— un sexo tan compulsivo que roza la adicción, lo visceral, pero también lo dulce y lo vaporoso.

El orden natural de las cosas, escribo en el primer párrafo. Sí, por qué no. Tracey Emin hace de cirujana de sí misma, y sin miedo a contar pero sí con miedo a vivir, se abre en canal con una precisión que roza lo milimétrico para confesar su vida, sus días, sus temores, sus borracheras, sus depresiones, su naturaleza autodestructiva, su fe, sus perdidas, sus hadas, sus musas, sus amantes. Y por eso el orden, porque aunque parezca que Emin es una promiscua, cuando lean la novela verán que no tiene nada que ver con esa calificación. Tracey Emin es una persona, persona / herida, que necesita desnudarse ante el lector como terapia, y es en esa desnudez donde se desarrollan las autoterapias que durante su vida, ella, se inflige, en una suerte de autoflagelación, para buscar la compañía, el amor, la maternidad, la música, los lugares, la vida y la muerte. Las metáforas del hombre mayor como padre / amante. Los desafíos de la mente que la inducen a continuos altibajos y momentos de bipolaridad son una verdadera genialidad, no solo por la forma de contarlos, sin tapujos, sin escondrijos, sin juegos de palabras, sino también por la rectitud enérgica que transmite la fuerza de su feminismo. Tracey Emin niña / mujer / adulta se autoflagela durante el recorrido de su particular via crucis como una búsqueda de lo robado, una búsqueda de la identidad proyectada en la pantalla de su creación, en la dicotomía del doble yo, o quizá el super-yo.

Tracey Emin nos demuestra que la felicidad como tal, esa absurda y malsonante palabra, no existe. Quizá haya algo cósmico o místico o sexual, que se le aproxime. Pero en cualquier caso serían millonésimas partes de un segundo que casi ni apreciamos, como tampoco apreciamos los microseísmos que son nuestras vidas, nuestras macromiserias, nuestros oscuros y libertinos lugares de la memoria que pocos nos atrevemos a contar por aquello del qué dirán. Pero Emin, va más allá de toda serenidad, y en el movimiento tectónico de sus yoes, de de su persona/s, se desgarra para conseguir un minuto de paz, mientras su Strange(land) tiembla, mientras tú estás tranquilamente echando un polvo fingido con alguien que te asquea o aguantando las estupideces banales que la gente, esa gente de la letra y la ignorancia, escupen por sus operadas y asquerosas bocas.

En la novela de Tracey Emin hay drogas, sexo, alcohol, promiscuidad, inocencia, paz y locura. Sus desnudos, su sexo se transforma en el poder de la palabra, en el mimetismo extremo del coraje de contar su vida. Emin transmite armonía y paz. Lo hace, a través, de su infierno particular. Un infierno que muchas veces ha podido ser el de nosotros mismos, hombre o mujer, sí, aquí no se salva nadie. El infierno es para todos por mucho dios que quieras o inventes…

La forma de narrar de Tracey Emin es de un realismo, que va directo al estómago; de un realismo visceral. nos convierte en testigos de la muralla inexpugnable de nuestra mente, de nuestra memoria, de la vida y la muerte… Terminas el libro, cierras los ojos y tu corazón sigue latiendo, y entonces te das cuenta, sí, caes en la cuenta de que los dioses se desentienden de la cosa humana, y es este regalo de Tracey Emin el que nos hace sentirnos dentro de todo… Todos llevamos Fantasmas a nuestras espaldas, y sin ellos andamos perdidos, ciegos… Por eso leer a Emin es luz. Y es, por encima de todas las cosas, un perfecto aprendizaje de la mirada, de esa mirada al pasado que casi nunca nos atrevemos a echar.

El mayor miedo de Tracey, y como el resto de todos los mortales, es la soledad. Pero por no saber controlarla y dejarla que respire por ella, en una suerte de desdoblamiento, busca refugio en lo sórdido, lo peligroso, y a la vez, bello. Rozando siempre los límites entre la vida y la muerte. Pero siempre deseando vivir, a su manera, sí, pero con el deseo vestido de arte manufacturado. El miedo, los temores de la autora son los pilares fundamentales de esta desgarradora autobiografía.

Veremos toda una vida. Veremos amor, belleza, sangre, sentimientos, pudor, arrepentimiento, errores, aciertos, virtudes, defectos, anhelos, miedos, temores, ansiedad, felicidad… ¿Y qué es la vida? Todo esto y algo más. Ese algo más lo dejo en la incógnita que se despejará cuando lean semejante maravilla. Una novela que muchos hombres deberían leer.

Tracey Emin es ella, a pesar de sí misma. Es ella. Es un ejemplo.

No tienes que nacer con huevos para tener huevos. Los cojones te pueden colgar entre las piernas pero también puedes demostrar que los tienes con tu actitud; es esto último lo que me ayuda a levantarme por las mañanas, lo que me inspira a cambiar mi vida, lo que mueve el mundo.

                                                                                     Tracey Emin

Reseña de la novela «Strangeland», de Tracey Emin, publicada por Alpha Decay

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Los fantasmas de «Fantasma»

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Querido Directordecine, te llamo así porque así firmas tu repugnante reseña que has escrito sobre la película «Fantasma», de David Navarro en FilmAffinity. Dices que no puedes firmar con tu nombre porque conoces a David Navarro, y claro está después de toda la sarta de mentiras e idioteces que has escrito, cualquiera, por lo menos yo, te pegaría dos voces. Quizá por eso, y por más cosas, te escondas. Mira, Directordecine, si de verdad eres amigo de David, leerás esto, porque supongo que estarás en su listado de amigos de Facebook. En primer lugar, ocultarse es de cobardes, de ignorantes, de mezquinos… En segundo lugar, ya que te jactas de ser guionista y director, ten el coraje o el arresto de identificarte para que podamos admirar tu miserable trabajo. Y en tercer lugar, te digo, que de cine no tienes ni puñetera idea, vamos, que no diferencias una de Walt Disney de la Nouvelle Vague. No vas a dar la cara, no, no vas a darla porque eres un cobarde. Tíos como tú conozco a montones. Os gusta el daño gratuito. Despotricar sin fundamento ni argumento. No vas a dar la cara porque lo que has escrito es para hacer daño. No tienes idea de nada. Ni conoces a David, ni conoces su trabajo, ni su mérito, y mucho menos su humildad y grandeza. Pero que te quede claro, Di-rec-tor-ci-llo-de-ci-ne, que los que apoyamos Fantasma y el trabajo de David, y el mérito de sacar una película adelante sin los fondos ICO, somos muchos. Y lo seguiremos apoyando incondicionalmente, porque David Navarro, tiene talento para escribir, dirigir, grabar y / o rodar lo que le venga en gana. Y Cristina Soria es una actriz de armas tomar. Una gran persona repleta de talento y registros. Hacer una película como «Fantasma» no es fácil. Lo que es fácil es esconderse detrás de un seudónimo y criticar. Así que un respecto, un poco de dignidad y cuando quieras te recomiendo algún libro de cine. Mira se me ocurre «Historia del cine», de Roman Gubern. Además lo tienes en edición de bolsillo, reeditado por Anagrama. Y para más info, este libro es manual de texto en la carrera de periodismo, rama imagen y sonido. Fíjate cuantas cosas sé. Tanto que me da que eres un fantasma detrás del verdadero «Fantasma».

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«Fantasma» o la nueva concepción del cine español

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«Fantasma», del director español David Navarro, es una de las mejores películas españolas de los últimos 20 años. Todo un descubrimiento. Brutal, desgarradora, increíble, buena, sí, buena pero con mayúsculas. La película que todo cinéfilo debería soñar. Un trabajo excelente. Una historia que te agarra por dentro, te coge desde las entrañas y no te suelta hasta el final. Una película inteligente y perfecta. Una trama que juega con tu mente, te vapulea, te deja sin respiración. Una experiencia única y sobrecogedora.

Tenía ganas de ver algo diferente, una película que conceptualmente me aportara algo nuevo y «Fantasma», en su condición de obra rotunda y portentosa, rebosando maestría en cada plano, lo ha conseguido. Uuuuuuf. Termina y respiras. Es un cine que nos mantiene a salvo porque es diferente y culto en esencia. En este trabajo impecable del realizador David Navarro, podemos descubrir a través de la imagen un tratamiento correcto de la violencia y/o el mal a través de sus límites simbólicos, es decir, los que forman la propia identidad del personaje.

Uno se desidentifica totalmente, se olvida de sí mismo, prescinde del entorno, cada personaje es un ente independiente y propio que desarrolla su personalidad en un espacio tiempo en el que llega a abolir al otro, en un universo codificado en una serie de segundas lecturas visuales, que se consagra en un mimetismo visual integral aboliendo así todos los límites, tanto espaciales como temporales. Son también límites físicos y mentales los de los personajes de «Fantasma»: la capacidad de aguante del cuerpo, de la mente, su posibilidad de alcanzar y traspasar nuestro umbral de tolerancia y generar una suerte de secuencias sorprendentes, catársicas.

La protagonista principal de la película, Cristina Soria, en el papel de Marta (cuyo trabajo le valió para obtener el premio a la mejor actriz en el festival Abycine de Albacete), consigue un nivel exponencial de interpretación soberbio. Su especial «via crucis», su desgarradora mirada frente a la adversidad en ese tablero de ajedrez incomprensible en el que se encuentra, y sus palabras, son una perfecta comunión creadora de un personaje difícil, no apto para cualquier actriz. No la conocía, sinceramente y me ha sorprendido. Sorprendido y convencido porque Cristina Soria se adentra en el objetivo de tu mente, te sostiene firmemente en cada secuencia y comparte con el espectador esa angustia, ese dolor, ese deambular perdida por la ciudad como un fantasma de verdad, no de los que aparecen de noche en tu dormitorio (que son un poco, bastante, de mentira), éste, el fantasma de la mujer herida es de carne y hueso y da miedo de verdad. La elegancia de su saber estar delante de la cámara consigue una perfecta simbiosis entre director, guión y actriz como pocas veces he visto. Su ausencia implícita es su presencia explícita, y su presencia es su particular y soberbio arte para interpretar un papel complicado consiguiendo así una complicidad con el espectador única.

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Y es que hay algo en los fotogramas de esta película, no voy a decir qué, claro, —para eso hay que verla—, capaz de perturbar a cualquiera. Algo que va más allá de la locura: una iconostasis imparable e incomparable. La vida y la muerte, son, aunque estemos hartos de verlos los dos elementos más difíciles de tratar con la imagen. Una cosa es exponerlos de forma gratuita (como suele hacer el cine comercial yankee de serie), que no es el caso de «Fantasma», ni de la maestría de David Navarro, pero, otra, la complicada, como antes decía es TRATARLOS, de forma que en la trama, todo (la vida / la muerte) estén sucediendo constantemente creando un universo cósmico donde convergen con precisión milimétrica: sujeto, objeto, artista, arte e imagen en continua retrocomunicación con el espectador espectante… Y esto es lo que hace de «Fantasma» una obra maestra, un nuevo concepto de hacer cine en España.

El arte de contar, a través de la imagen, llevado a su extremo nos hace pasar a un estado de descontrol, que da un sentimiento de omnipotencia, de superación de lo contingente, y establece una familiaridad con el accidente que nos acerca más a la salida fatal que al control del riesgo, estableciendo así un pacto simbólico / metafórico con la muerte que se puede romper en cualquier momento siendo éste, el riesgo de muerte, el medio para darle forma a los actores, una manera, magistral, pues, de de conjurar el miedo y la tensión al porvenir, simulando de esta forma otro miedo, el miedo a la catástrofe, que es lo mismo que el miedo de volver a la vida. La fascinación ejercida por esta película tiene un efecto doble: uno, el orden de lo sintagmático en cuanto al relato, y otra la segunda; la emoción / realidad del sujeto / actor que fascina porque va más allá de todo límite del contexto de producción del acontecimiento: amor, sexo, muerte, azar, tiempo, finalidad

Ver aquí película Fantasma on line en plataforma Filmin

Reseña de la película «Fantasma», dirigida por David Navarro

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«El tambor de hojalata», por Günter Grass

Lectura de verano recomendada 2.0

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—Una de las mayores obras de la literatura universal. Una joya que enamora. Por eso lo recomendamos. El libro comienza así:

Lo reconozco: estoy internado en un establecimiento psiquiátrico y mi enfermero me observa, casi no me quita el ojo de encima; porque en la puerta hay una mirilla, y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que a mí , que soy de ojos azules, no es capaz de colarme.
De modo que mi enfermero no puede ser enemigo mío. Le he tomado afecto y, en cuanto entra en mi cuarto le cuento a ese mirón sucesos de mi vida, para que, a pesar de ese estorbo de la mirilla, me vaya conociendo. El muy buenazo parece apreciar mis relatos, porque, en cuanto le meto alguna trola, me muestra, para demostrarme su agradecimiento, su última figura hecha de nudos. Si es o no un artista podría discutirse. Sin embargo una exposición de sus creaciones sería bien acogida por la prensa e incluso atraería competidores. Anuda cordeles corrientes, que recoge y desenreda en las habitaciones de sus pacientes después de la hora de visita, convirtiéndolos en en complicados fantasmas cartilaginosos que sumerge después en yeso, deja que se endurezcan y pincha luego en agujas de hacer punto, sujetándolas a pequeñas peanas de madera.
Con frecuencia juega con la idea de dar colora a sus obras. Yo se lo desaconsejo, le señalo mi cama de metal esmaltada de blanco y lo invito a imaginarse esa cama perfectísima pintada de colores. Espantado, se da una palmada con sus manos de enfermero en la cabeza, trata de expresar, con aire un tanto rígido, todos los horrores a un tiempo y abandona sus proyectos policromos.

Fragmento seleccionado de la novela «El tambor de hojalata» Trilogía de Danzig 1, de Günter Grass

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Londres no existe en este cuento

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En Londres hace frío. Los hombre de negro son siluetas de papel. Los coches nos persiguen en cada madrugada. Salimos por la noche buscando el miedo. Buscando la forma de esconder nuestras pesadillas. En Londres los tejados son de cartón. Un cartón especial porque podemos saltar de unos a otros. Los guardianes de los cementerios han muerto. Ya nadie nos vigilan. Asistimos a su entierro. En Londres hace frío. Un frío pervertido que roza lo artificial. Me gusta contarte todo esto. La distancia nos convierte en marionetas sin calle en la que representar nuestros recuerdos. Hoy te he comprado una caja en la que podrás guardar esos recuerdos cuando regrese. Los aviones rugen cada mañana. Los pasajeros son una suerte de terapia. Equilibristas de día y noche que portan emociones en maletas de mil colores. Aeropuertos. Unos vienen y otros se van. Y yo sigo sin tener ni ciudad ni metrópoli donde alojarme en paz. Todos duermen ya. Nunca sabré dónde estás. Nunca sabré dónde dejé el último cuaderno de notas ni la última sonata de piano que compuse. En la madrugada todo es posible. Lo real. Lo irreal. La lluvia que nos enseña el camino hacia el mar. Y todos sueñan y duermen ya. Tú estarás esperando la llamada que nunca llega. Porque el sonido del teclado será un volver a empezar. Un vendaval de sexo, humo y alcohol. Maldita dulzura que ya no probamos. Londres es una ruina. Una herida que no cicatriza. No tengo nadie con quien hablar. Solo el hombre del sombrero de copa. Aunque ahora solo me visita su sombra. Será cosa de la metáfora. Maldita dulzura que separan las millas. Maldita dulzura el sonido de los aviones que despegan. Maldita dulzura de nuestro ayer. Espera. Reposa. Calma. Despierta. No me iré de esta dimensión ni ahogaré mis miedos en alcohol. Londres es malvada. Londres es apacible. Londres es esta foto que he tomado para ti. Londres no es nada. Ni yo tampoco. No soy nada cuando escribo. Porque escribir es proyectar el vacío que construyes cada día. Ganas de inventar. Hoy para cenar tengo lágrimas y celos. Y para soñar fantasmas y el imaginario que me persigue. Solo queda Londres vacía y sucia. Solo quedamos tú y yo. No te asustes. Ya encontraré un mercadillo en el que comprar la eternidad.

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