Ni pena ni miedo, pero sí Grande

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Fernando Grande-Marlaska es un ejemplo loable, ya que, nunca ocultó su condición de homosexual y tuvo que luchar, —a pesar de que en este país muchos vayan de liberales y progres—, contra muchas trabas.

En España todavía queda mucho trecho para la normalización y el respeto por el colectivo LGTB. Largo trecho para igualarnos con países como Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Francia…

Y miren hasta donde ha llegado: a juez de la AUDIENCIA NACIONAL, (el mejor juez de la historia de la democracia española, incluso mejor que Garzón), instruyendo en su carrera algunos de los mayores casos de narcotráfico y terrorismo que haya tenido este país, y como muy bien dice en el libro «he tenido que pagar muchos peajes en su carrera como juez por su condición de homosexual».

He leído algunos capítulos, y se me saltan las lágrimas. Qué fuerza, qué sensibilidad, qué grande, nunca mejor dicho. Es un verdadero testimonio que muchos heterosexuales y homosexuales también deberían leer. Es una maravilla, una delicia, una joya. No encuentro palabras…

Cuando nos lo leamos entero, publicaremos una reseña, tal y como se merece.

NI PENA NI MIEDO está publicado por Editorial Ariel.

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«El tambor de hojalata», por Günter Grass

Lectura de verano recomendada 2.0

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—Una de las mayores obras de la literatura universal. Una joya que enamora. Por eso lo recomendamos. El libro comienza así:

Lo reconozco: estoy internado en un establecimiento psiquiátrico y mi enfermero me observa, casi no me quita el ojo de encima; porque en la puerta hay una mirilla, y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que a mí , que soy de ojos azules, no es capaz de colarme.
De modo que mi enfermero no puede ser enemigo mío. Le he tomado afecto y, en cuanto entra en mi cuarto le cuento a ese mirón sucesos de mi vida, para que, a pesar de ese estorbo de la mirilla, me vaya conociendo. El muy buenazo parece apreciar mis relatos, porque, en cuanto le meto alguna trola, me muestra, para demostrarme su agradecimiento, su última figura hecha de nudos. Si es o no un artista podría discutirse. Sin embargo una exposición de sus creaciones sería bien acogida por la prensa e incluso atraería competidores. Anuda cordeles corrientes, que recoge y desenreda en las habitaciones de sus pacientes después de la hora de visita, convirtiéndolos en en complicados fantasmas cartilaginosos que sumerge después en yeso, deja que se endurezcan y pincha luego en agujas de hacer punto, sujetándolas a pequeñas peanas de madera.
Con frecuencia juega con la idea de dar colora a sus obras. Yo se lo desaconsejo, le señalo mi cama de metal esmaltada de blanco y lo invito a imaginarse esa cama perfectísima pintada de colores. Espantado, se da una palmada con sus manos de enfermero en la cabeza, trata de expresar, con aire un tanto rígido, todos los horrores a un tiempo y abandona sus proyectos policromos.

Fragmento seleccionado de la novela «El tambor de hojalata» Trilogía de Danzig 1, de Günter Grass

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«La isla de los condenados», por Stig Dagerman

la isla de los condenados

—Cuando abres un libro, en este caso «La isla de los condenados», de Stig Dagerman (Ed. Sexto Piso) y ya solo el título de la primera parte te impacta, —pocas veces subrayo títulos—, quiere decir, pues, que estás delante del recorrido magistral de una obra maestra, soberbia y desgarradora.

—Primera parte: (título)

«LOS NÁUFRAGOS. Dos cosas me llenan de espanto: Dentro de mí, el verdugo; y sobre mí, el hacha».

—Y cuando empiezas a leer, todavía con el sabor de esa letra que anticipa todo, y en las primeras páginas te encuentras con frases y fragmentos que te hacen pensar, detenerte, meditar, uno solo puede hacer la mejor de las reverencias, y por tanto, recomendaciones:

«Estratos de aire atravesados de luz, con los ribetes verdes, estelas lila, llamas rojo intenso que cruzaban como el rayo y que clavaban uñas cual colmillos de elefante hasta el centro mismo de nuestro núcleo tembloroso, que, camaleónicamente, cambiaba de color según los cambios de los pasajes».

Esta novela está publicada por la editorial Sexto Piso. La podéis comprar en la Feria del Libro de Madrid 2016. Casetas 252-254. No se lo pierdan.

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«La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori. Fragmento y visión.

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«Noches negras, nubes errantes a través de las cuales se insinúa la hoz de la luna. Cadáveres de ciudades en la leche plateada de la luz estelar… (…) rectángulos que se comprimen para formar cuadrados, cuadrados que se deforman y crean trapecios, que se constriñen en sus diagonales para formar triángulos isósceles que se abren de piernas como bailarinas, se desgarran y se vierten cual hipérbolas hacia la infinitud de la noche…».

Hemos seleccionado este fragmento, correspondiente a las páginas, 126-127 de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, por su abrumadora belleza. Es corto, pero lo breve, si breve, dos veces bueno. Por el libro desfilan cientos de párrafos gloriosos, brillantes y soberbios como éste. «La muerte de mi hermano Abel» es la novela de los tiempos, la cúspide literaria de una visión que define la Europa que fuimos y somos, de forma tan magistral, que te hace saborear cada sílaba, y cada palabra, y cada mirada, porque este libro, en su totalidad, es un aprendizaje de la mirada para todo lector que lo disfrute.

«Lo que más me gusta de este párrafo es la manera en que la cadencia de las frases se corresponde con el avance del tren saliendo de una estación: primero en staccato, más lento, luego con esos estira y afloja del tren que gana velocidad, y la aceleración final…», nos comenta José Aníbal Campos, quien ha realizado un excelente trabajo de traducción de tan magna obra.

«Las capacidades descriptivas de Rezzori son de lo mejor en toda su obra. Esa capacidad de síntesis, la mirada del excelente caricaturista que era, hacen de él el escritor capaz de trazar rasgos esenciales en apenas unas líneas. Ello mismo, en cambio, llena sus páginas de ciertos criterios esencialistas muy discutibles…», afirma José Aníbal.

«Y esa aceleración final se abre “hacia la infinitud de la noche…” se termina el juego de luces, y se sumerge, tanto el tren como el observador, en la más absoluta oscuridad. Cualquiera que haya viajado en tren de noche conoce esa sensación…», son las magníficas impresiones que hemos podido compartir con el traductor de «La muerte de mi hermano Abel», publicada en España, por Editorial Sexto Piso.

Desde este blog queremos hacer un alegato a favor de los traductores, una preciosa y dura profesión, que va más allá de la artesanía de la palabra. Gracias a ellos podemos leer semejantes obras cumbres y maestras de la mejor literatura que se precie, pues.

Gracias, también a David M. Copé, por descubrirme esta maravilla. Su gusto es tan exquisito que te contagia el amor por la buena literatura.

Y cómo no, nuestra más sincera enhorabuena, a los editores de Sexto Piso, por habernos traído a España esta deliciosa masterpiece.

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El síndrome de Rezzori

Es por todos conocido el famoso Síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia). Se trata, pues de una suerte de trastorno psicosomático que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, obras maestras, especialmente cuando éstas son particularmente bellas.

Aplicando, pues, un algoritmo lógico matemático-narratológico, acabo de acuñar el SÍNDROME DE REZZORI, como consecuencia de la lectura en la que me encuentro inmerso, «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, sublime y grandiosa obra de la narrativa más pura, que mi yo haya leído en muchos años, y ya peino canas. Este colosal texto es todo un alegato de ingenio, pasión, talento, perversión, vanidad y virtuosismo literario. No sé si los señores académicos me dejarán registar el SÍNDROME DE REZZORI. De momento, y debido a los placeres carnales y emocionales que estoy sintiendo con su lectura, he aquí un fragmento que da fe a mis palabras y nuevo síndrome. Disfruten, lean y si quieren más, pues a comprársela. Merece la pena. Qué-placer-de-lectura.

la muerte de mi hermano abel 2»Recuerdo a una joven que estaba sentada una vez en el Fiore en una mesa contigua a la mía. Yo ya la había visto desde hacía un buen rato, no sólo porque su perfil me recordaba un poco el de Stella (una judía argelina, probablemente), sino porque todo su ser —su expresión, su postura, su mirada— gritaba a voz en cuello su soledad. Estaba allí sentada, encogida y sumida en sí misma, llevando encima todo el peso de la espantosa condición humana, la de estar condenados a vivir en una dualidad eternamente inconciliable: animales de rebaño, por un lado, incapaces de arreglárnoslas los unos sin los otros, siempre infelices cuando estamos solos, pero —por otra parte— enjaulados en el propio yo, prisioneros incapaces de salirse de sí mismos y liberarse de ese prisión… 

(…) »Con la misma inmediatez misteriosa con la que una primera estrella aparece de pronto en el cielo, se habían encendido las farolas, que ahora punteaban, con su pálida luz, el azul torcal que se diluía oscuramente en el anochecer. Con él desapareció también muy pronto el torrente de coches en el bulevar, y de repente todo quedó en calma. Yo estaba solo en un mundo vacío.

»Y puede creerme o no, pero aquello me pareció tan hermoso que se me saltaron las lágrimas. Me sentía como el hijo pródigo que ha encontrado el camino de regreso. Comprendí en qué medida somos hijos de este mundo, de este pétreo mundo de termitas: hijos de un desierto artificial de piedra, de la penumbra que la caída definitiva de la noche… ¡Ah! El angustioso valor de las pálidas farolas de la calle…

Fragmento de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, Editorial Sexto Piso. Traducción de José Aníbal Campos.

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