Espacio aéreo

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Para mi madre,

María Engracia Klattenhoff Álamo (7 agosto de 1951 – 11 de junio de 2017),

In memoriam

Demasiados coches en Londres. Demasiados locos en París. Demasiados extraños en Belgrado. Demasiados ilusos en Roma. Demasiados camaradas en Bucarest. Desde Moscú a Madrid, con dos escalas y un par de maletas. Dos hombres. Una mujer. Quizá se crucen en lo que llamamos el espacio aéreo. Todo es una casualidad improvisada al amanecer. Porque somos hombres en el cosmos. Reducidos e itinerantes. Porque somos viajeros, siempre huyendo. De un lado para otro. Ahora en tierra, luego en río, luego en mar. Devastadas las ciudades. Derrocados los dictadores. Desquiciados los revolucionarios. Enloquecidos los mamíferos. Empleados de papel. Ciudades re-diseñadas. Demasiados planos sin final. Ahora el hombre y la mujer atrapados en un aeródromo. Atrapados por una tormenta que nadie predijo intentan buscar una salida. Ya no existe el perdón. Ni el miedo. Solo el motivo, el impulso. Nos movemos por el magnetismo nuclear. Somos desechos de un ciclo de quimioterapia. Infrahumanos sin permiso para soñar. Mitómanos sin batuta… Atraviesan, ahora, los puedo ver, en este instante, que me han dado un permiso de residencia, un visado de libertad, ahora, los contemplo en esa prisión, consumida por la niebla de la metrópoli, te digo, de verdad, que observo a esos hombres de blanco en el aeropuerto donde los retienen, a la espera de un destino, que nadie les asignará porque los intrusos y las moléculas han derrotado a los algoritmos. Ellos no los saben. Su felicidad ya no es un contrato sino una autopsia manipulada, un fármaco experimental. Salgo a la calle. Llego al albergue. ¿O es un hospital? Ahora entiendo todo: demasiada gente sin comida, demasiada gente sola, sin casa, sin nadie. Y los aeropuertos atestados de humanidad. ¿Quién ha sembrado todo el caos? ¿Este caos? No, mamá. No. Yo lo hice. Condenado y absuelto. Sigue descansando. No merece la pena que regreses a este lugar. Ya te lo he descrito. Aunque los mensajes, las palabras que estallan en mil pedazos se pierdan en agujeros negros, habrá un meteorito al alcance de nuestras manos. Lo dijo el hombre de blanco en el último parte médico. Lo habrá. Aunque no te cure, pero lo habrá. Será el último estertor de todos porque en el espacio aéreo no hay abrazos ni besos ni flores ni duelos solo hombres de blanco con mentiras de laboratorio.

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Papel de fumar

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Anochecía en Londres. Aún quedaban unos minutos para que Daniel saliera de la boca del metro. La mitad de la espera. Apagué mi cigarrillo y observé como la criatura londinense se iba apagando, alejando entre flores y papeles desahuciados, como el cartón que se incendia, como el fuego que inundaba mis tardes… Es como una flor pensé, el fuego realmente es como una flor. Y apareció Daniel. Surgió de la nada, como un muchacho campesino que lo miraba todo con su sonrisa sardónica desde el fondo de la calle. No tenemos demasiado tiempo para morir, le dije. Démonos prisa. Llévame a todos los rincones secretos de la ciudad, a los lugares que conocimos cuando el pasado nos aullaba en los oídos. Sitios donde nos juntábamos para follar o fumar porros, donde íbamos a beber y decidir en qué momento habíamos perdido el control de nuestras vidas. Porque siempre hay un momento en el que la vida descarrila. El mío fue el día que moriste, le dije a Daniel. Y nunca más supe de mí.

Texto y foto: Diego Klattenhoff ©
Todos los derechos quedan reservados

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Velocidad, Jardines, Eloy, el cuento, el relato, la vida…

14852802419788483932124_04_hNo lo voy a negar. Tengo desde hace muchos años la edición de Anagrama de «Velocidad de los jardines» de Eloy Tizón, en concreto la edición de bolsillo en Compactos de septiembre de 2008. Es un libro inolvidable. Un tesoro que uno guarda como oro en paño. Allá donde voy, me acompaña porque es una composición de relatos a la que muchas veces acudo, en momentos de desesperación, para buscar esa velocidad de la paz, de lo balsámico, esa pureza cierta y enigmática que tienen los cuentos de Eloy Tizón, y que tantas veces habré leído. Pero, reitero, tengo la edición de Anagrama, ya descatalogada. Pero no me he podido resistir a esta nueva edición en Páginas de espuma, con esa preciosa portada, con un prólogo de Eloy Tizón. Acabo de hacer la reserva del mismo, que sale a la venta el próximo 8 de febrero. Su belleza y la emoción de saber que el libro sigue vivo, y poder transmitir / compartir por aquí su existencia y recomendación es un motivo de felicidad para este humilde lector. Gracias, maestro y enhorabuena. No se pierdan esta maravilla de la narrativa española. En la historia del relato español hay un antes y un después de «Velocidad de los jardines». 25 años hacen ya de su creación. Feliz aniversario. Amigos: Lean y verán que estoy en lo cierto.

«En verdad os digo que la vida era perfecta, y existía sólo para que ellos dos la consumieran, y ella era Sonia y él era Víctor, vírgenes ambos, qué nervios, y nada de lo que existe puede ser más perfecto de lo que es en este momento en que lo digo: si soy más feliz me desintegro».

Tizón, Eloy, “Velocidad de los jardines». Madrid: Páginas de espuma, 2017

Más información aquí: «Velocidad de los jardines», Eloy Tizón, Páginas de Espuma, 2017

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El deshielo de la enfermedad

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Querido Daniel:

—Hoy no he tenido un buen día. Prefiero borrarlo. Ahora solo existe el pasado. Me acuerdo de tus abrazos y no sé qué hacer con ellos. Espero que la memoria no me traicione. Espero que la soledad de las calles de esta gran ciudad, los ruidos artificiales que desaparecen y no los ves, porque si duran más, se convierten en monstruos, me ayuden a calmar la necesidad de quererte porque no estás. Si puedo, si tengo fuerzas, cuando regrese a casa, después de tocar el piano, te escribiré algo. Ya sabes que no sé rezar. Aprender a rezar en la era de la técnica es difícil. Pero, a mi manera, te llamo, te escucho, te rezo, te noto, aunque no sé dónde estás. Pero, déjame que te cuente… Déjame que te cuente que, a veces, pienso que la vida es bonita y que merece la pena vivirla. Vivirla por ti y por mí. Te recuerdo, Daniel, en cada foto, en cada libro que leo, en cada sinfonía, en cada sonata, en cada fuga, en cada revolución, en cada caída… Y merece la pena, pensarte, merece la pena recordarte. ¿Sabes? El último sábado por la noche, paseando por Regent Street, llegué hasta Cavendish Square Gardens. Y me encontré con el violinista del parque, el violinista de los jardines. Tocaba aquello de Imagine de Lennon… Se empeñó en quedarse hasta que tú llegaras para tocarla otra vez, como el viejo Sam, pero tuve que decirle la verdad. Decirle que te habías ido para siempre. Y me prometió que todas las noches te dedicaría una pieza.

Qué somos, Daniel. Piezas. Figuras. Funciones. Actores. Lectores. Poetas. Malditos. La transfiguración de la muerte, Daniel, eso es dormir sin ti. Sí, la transfiguración de los muertos. Sin tus abrazos. Sin tu calor. En Londres ya hace frío porque Londres es de cartón. Londres es una obra de Shakespeare inacabada. Una fantasía oriental camuflada en una obra de Liszt. Una sonata para enamorados de Beethoven. Londres es todo y nada. ¿Sabes? Creía que iba a ser un sueño. Creía que nunca ocurriría. A veces el hielo nos hace resbalar y caer en grietas más profundas. Al cabo de mucho tiempo el deshielo puede hacer emerger todo lo sepultado; como los mamuts en las llanuras siberianas en verano, los restos están húmedos y huelen mal. Entonces ya no lo queremos. Pensamos que igualmente no valía la pena. Que era dinero tirado o que ese amor por el otro era inmerecido… 

Puede que nuestros sueños sean más sabios que nosotros porque el sueño es un monstruo egoísta que siempre va a la suya, sin piedad.

Pero lo de esta mañana no ha sido un sueño. Se ha despertado y ya no tenía cabello. No la he visto llorar pero sé que lo ha hecho. A escondidas. No le gusta que la vea. Hay mechones por toda la casa. No sé por qué, —quizá por eso que llaman intuición—, ayer se compró un turbante azul. Antes de partir, ha venido a mi estudio, a decirme adiós y a mostrarme esa belleza que, podemos renacer, de entre toda la enfermedad. Se ha marchado con su turbante. Sé que iba feliz.

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Londres no existe en este cuento

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En Londres hace frío. Los hombre de negro son siluetas de papel. Los coches nos persiguen en cada madrugada. Salimos por la noche buscando el miedo. Buscando la forma de esconder nuestras pesadillas. En Londres los tejados son de cartón. Un cartón especial porque podemos saltar de unos a otros. Los guardianes de los cementerios han muerto. Ya nadie nos vigilan. Asistimos a su entierro. En Londres hace frío. Un frío pervertido que roza lo artificial. Me gusta contarte todo esto. La distancia nos convierte en marionetas sin calle en la que representar nuestros recuerdos. Hoy te he comprado una caja en la que podrás guardar esos recuerdos cuando regrese. Los aviones rugen cada mañana. Los pasajeros son una suerte de terapia. Equilibristas de día y noche que portan emociones en maletas de mil colores. Aeropuertos. Unos vienen y otros se van. Y yo sigo sin tener ni ciudad ni metrópoli donde alojarme en paz. Todos duermen ya. Nunca sabré dónde estás. Nunca sabré dónde dejé el último cuaderno de notas ni la última sonata de piano que compuse. En la madrugada todo es posible. Lo real. Lo irreal. La lluvia que nos enseña el camino hacia el mar. Y todos sueñan y duermen ya. Tú estarás esperando la llamada que nunca llega. Porque el sonido del teclado será un volver a empezar. Un vendaval de sexo, humo y alcohol. Maldita dulzura que ya no probamos. Londres es una ruina. Una herida que no cicatriza. No tengo nadie con quien hablar. Solo el hombre del sombrero de copa. Aunque ahora solo me visita su sombra. Será cosa de la metáfora. Maldita dulzura que separan las millas. Maldita dulzura el sonido de los aviones que despegan. Maldita dulzura de nuestro ayer. Espera. Reposa. Calma. Despierta. No me iré de esta dimensión ni ahogaré mis miedos en alcohol. Londres es malvada. Londres es apacible. Londres es esta foto que he tomado para ti. Londres no es nada. Ni yo tampoco. No soy nada cuando escribo. Porque escribir es proyectar el vacío que construyes cada día. Ganas de inventar. Hoy para cenar tengo lágrimas y celos. Y para soñar fantasmas y el imaginario que me persigue. Solo queda Londres vacía y sucia. Solo quedamos tú y yo. No te asustes. Ya encontraré un mercadillo en el que comprar la eternidad.

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