Velocidad, Jardines, Eloy, el cuento, el relato, la vida…

14852802419788483932124_04_hNo lo voy a negar. Tengo desde hace muchos años la edición de Anagrama de «Velocidad de los jardines» de Eloy Tizón, en concreto la edición de bolsillo en Compactos de septiembre de 2008. Es un libro inolvidable. Un tesoro que uno guarda como oro en paño. Allá donde voy, me acompaña porque es una composición de relatos a la que muchas veces acudo, en momentos de desesperación, para buscar esa velocidad de la paz, de lo balsámico, esa pureza cierta y enigmática que tienen los cuentos de Eloy Tizón, y que tantas veces habré leído. Pero, reitero, tengo la edición de Anagrama, ya descatalogada. Pero no me he podido resistir a esta nueva edición en Páginas de espuma, con esa preciosa portada, con un prólogo de Eloy Tizón. Acabo de hacer la reserva del mismo, que sale a la venta el próximo 8 de febrero. Su belleza y la emoción de saber que el libro sigue vivo, y poder transmitir / compartir por aquí su existencia y recomendación es un motivo de felicidad para este humilde lector. Gracias, maestro y enhorabuena. No se pierdan esta maravilla de la narrativa española. En la historia del relato español hay un antes y un después de «Velocidad de los jardines». 25 años hacen ya de su creación. Feliz aniversario. Amigos: Lean y verán que estoy en lo cierto.

«En verdad os digo que la vida era perfecta, y existía sólo para que ellos dos la consumieran, y ella era Sonia y él era Víctor, vírgenes ambos, qué nervios, y nada de lo que existe puede ser más perfecto de lo que es en este momento en que lo digo: si soy más feliz me desintegro».

Tizón, Eloy, “Velocidad de los jardines». Madrid: Páginas de espuma, 2017

Más información aquí: «Velocidad de los jardines», Eloy Tizón, Páginas de Espuma, 2017

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El deshielo de la enfermedad

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Querido Daniel:

—Hoy no he tenido un buen día. Prefiero borrarlo. Ahora solo existe el pasado. Me acuerdo de tus abrazos y no sé qué hacer con ellos. Espero que la memoria no me traicione. Espero que la soledad de las calles de esta gran ciudad, los ruidos artificiales que desaparecen y no los ves, porque si duran más, se convierten en monstruos, me ayuden a calmar la necesidad de quererte porque no estás. Si puedo, si tengo fuerzas, cuando regrese a casa, después de tocar el piano, te escribiré algo. Ya sabes que no sé rezar. Aprender a rezar en la era de la técnica es difícil. Pero, a mi manera, te llamo, te escucho, te rezo, te noto, aunque no sé dónde estás. Pero, déjame que te cuente… Déjame que te cuente que, a veces, pienso que la vida es bonita y que merece la pena vivirla. Vivirla por ti y por mí. Te recuerdo, Daniel, en cada foto, en cada libro que leo, en cada sinfonía, en cada sonata, en cada fuga, en cada revolución, en cada caída… Y merece la pena, pensarte, merece la pena recordarte. ¿Sabes? El último sábado por la noche, paseando por Regent Street, llegué hasta Cavendish Square Gardens. Y me encontré con el violinista del parque, el violinista de los jardines. Tocaba aquello de Imagine de Lennon… Se empeñó en quedarse hasta que tú llegaras para tocarla otra vez, como el viejo Sam, pero tuve que decirle la verdad. Decirle que te habías ido para siempre. Y me prometió que todas las noches te dedicaría una pieza.

Qué somos, Daniel. Piezas. Figuras. Funciones. Actores. Lectores. Poetas. Malditos. La transfiguración de la muerte, Daniel, eso es dormir sin ti. Sí, la transfiguración de los muertos. Sin tus abrazos. Sin tu calor. En Londres ya hace frío porque Londres es de cartón. Londres es una obra de Shakespeare inacabada. Una fantasía oriental camuflada en una obra de Liszt. Una sonata para enamorados de Beethoven. Londres es todo y nada. ¿Sabes? Creía que iba a ser un sueño. Creía que nunca ocurriría. A veces el hielo nos hace resbalar y caer en grietas más profundas. Al cabo de mucho tiempo el deshielo puede hacer emerger todo lo sepultado; como los mamuts en las llanuras siberianas en verano, los restos están húmedos y huelen mal. Entonces ya no lo queremos. Pensamos que igualmente no valía la pena. Que era dinero tirado o que ese amor por el otro era inmerecido… 

Puede que nuestros sueños sean más sabios que nosotros porque el sueño es un monstruo egoísta que siempre va a la suya, sin piedad.

Pero lo de esta mañana no ha sido un sueño. Se ha despertado y ya no tenía cabello. No la he visto llorar pero sé que lo ha hecho. A escondidas. No le gusta que la vea. Hay mechones por toda la casa. No sé por qué, —quizá por eso que llaman intuición—, ayer se compró un turbante azul. Antes de partir, ha venido a mi estudio, a decirme adiós y a mostrarme esa belleza que, podemos renacer, de entre toda la enfermedad. Se ha marchado con su turbante. Sé que iba feliz.

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Londres no existe en este cuento

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En Londres hace frío. Los hombre de negro son siluetas de papel. Los coches nos persiguen en cada madrugada. Salimos por la noche buscando el miedo. Buscando la forma de esconder nuestras pesadillas. En Londres los tejados son de cartón. Un cartón especial porque podemos saltar de unos a otros. Los guardianes de los cementerios han muerto. Ya nadie nos vigilan. Asistimos a su entierro. En Londres hace frío. Un frío pervertido que roza lo artificial. Me gusta contarte todo esto. La distancia nos convierte en marionetas sin calle en la que representar nuestros recuerdos. Hoy te he comprado una caja en la que podrás guardar esos recuerdos cuando regrese. Los aviones rugen cada mañana. Los pasajeros son una suerte de terapia. Equilibristas de día y noche que portan emociones en maletas de mil colores. Aeropuertos. Unos vienen y otros se van. Y yo sigo sin tener ni ciudad ni metrópoli donde alojarme en paz. Todos duermen ya. Nunca sabré dónde estás. Nunca sabré dónde dejé el último cuaderno de notas ni la última sonata de piano que compuse. En la madrugada todo es posible. Lo real. Lo irreal. La lluvia que nos enseña el camino hacia el mar. Y todos sueñan y duermen ya. Tú estarás esperando la llamada que nunca llega. Porque el sonido del teclado será un volver a empezar. Un vendaval de sexo, humo y alcohol. Maldita dulzura que ya no probamos. Londres es una ruina. Una herida que no cicatriza. No tengo nadie con quien hablar. Solo el hombre del sombrero de copa. Aunque ahora solo me visita su sombra. Será cosa de la metáfora. Maldita dulzura que separan las millas. Maldita dulzura el sonido de los aviones que despegan. Maldita dulzura de nuestro ayer. Espera. Reposa. Calma. Despierta. No me iré de esta dimensión ni ahogaré mis miedos en alcohol. Londres es malvada. Londres es apacible. Londres es esta foto que he tomado para ti. Londres no es nada. Ni yo tampoco. No soy nada cuando escribo. Porque escribir es proyectar el vacío que construyes cada día. Ganas de inventar. Hoy para cenar tengo lágrimas y celos. Y para soñar fantasmas y el imaginario que me persigue. Solo queda Londres vacía y sucia. Solo quedamos tú y yo. No te asustes. Ya encontraré un mercadillo en el que comprar la eternidad.

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DERRUMBANDO PALACIOS

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La noche es muy bella cuando apagamos la luz de lectura y decidimos dormir. Sin embargo, el insomnio lo arroja todo por la ventana y nos propone otro plan… Por un instante, al contemplar las estrellas y escuchar el sonido del mar, toda preocupación parece olvidarse. Los cuadernos a medio terminar, los argumentos guardados en el cajón, la miseria posible y la grandeza, el fulgor de tiempos remotos, la simple existencia merecida de un porvenir. Todo. Absolutamente todo. La vida es una y una es la respuesta. Esta noche Louis y yo, caminaremos por estas calles mojadas de La Haya, mientras inventamos canciones, cogidos de la mano, por si el frío nos asalta, sin miedos, con coraje, a tu lado, porque ya no hay nada que esconder, ya no hay nada clandestino y el amor no se elige, te arropa. Ya nos hemos desnudado de vergüenza, de temores y miradas furtivas. Ya sé que te voy a amar, porque aunque mi corazón esté de vuelta, necesita una transfusión de urgencia, aunque no me preguntes mi grupo sanguíneo, porque no me lo sé. No creo que haga falta. Seguimos paseando mientras se apagan las bombillas y el blanco y negro se vuelve color, y ya probarte ni vernos, es un acto suicida. Todo nos espera, al otro lado del tablero… Y es que no puedo cambiar lo que siento. Ya me hirieron en el pasado efímero. ¿Y qué? ¿Y qué si te quiero? Pero ya empiezo a notar que te tengo y vuelvo a sentir el miedo de navegar en tus brazos. ¿Qué le voy a hacer? Soy humano, tan imperfecto o más, que cuando nací, creo. Mantén, Loius, tu alma así, pegada a mi pecho, mientras nos quedamos quietos y alardeamos del amor. Hoy ya he perdido la cuenta de tus caricias. Nos hemos dejado llevar por la ternura. La piel, nuestras pieles, poco a poco cumplirán esos deseos manuscritos en bancos, árboles, paredes y aquellos cuadernos que dejé a buen recaudo en mi habitación de hotel, ahora deshabitada, partida por el frío, rota por los sabores de nuestra sal. Ahora que te encuentro, ya no dormiré de un tirón, y el insomnio será un rumor. Pero, ahora que te tengo, ya me he sacado muchas astillas. Aunque sé que te debo muchas palabras. Y aunque ya no tengo edad, grito tu nombre en la calle, y noto como la mentira se vuelve verdad y se derrumban los palacios, porque haces que este invierno ilumine mi oscuridad y el reloj vuelva a marchar para quitarme, ya por fin, la armadura del miedo. Empieza el kilómetro cero y eso que no estamos en Madrid, pero ahora rezo por quedarme atrapado contigo buscando tantas cosas que dejé atrás, por eso lo llamo kilómetro cero. Y ya no habrá rincón en que tu nombre no se pronuncie. Y si hay una despedida, nos partiremos en dos, para hacerlo, si cabe, más bello, todavía, porque ahora todo empieza y acaba en ti, y ya, aunque algunos no sepan del amor, no tenemos que pedir perdón ni escondernos detrás de los visillos.

Foto y texto: Diego Moya. Modelo: Louis Burckhardt ©
(Todos los derechos quedan reservados)

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Meta[personas] #2.

Lucía tiene una de esas que llaman enfermedades raras. Apuntó el nombre de la misma en un post-it y lo pegó en la puerta de su frigorífico de diseño comprado en una subasta amañada. Todas las mañanas lo lee, intenta memorizarlo, lo repite para sí misma como si de una multiplicación se tratara, pero al salir a la calle lo olvida por completo. Ella es feliz porque ha perdido la capacidad de recordar.

Alberto acude todas las mañanas a un mercado digital emergente (y en expansión). En la entrevista post mortem sus amigos nos recuerdan que lo poseía todo. Una especie de filántropo en estado de descomposición espiritual, comentó X. Una noche, la señalada como origen del futuro de la llamada era de la involución magnética, lo encontraron muerto en una carretera para coches uniformes (sic). Presentaba síntomas de envejecimiento prematuro. Unos 30 años tendría el día de su fallecimiento, dijo M. Después de comprobar los movimientos de sus cuentas supieron que Alberto compraba tiempo, gastaba tiempo, lo despilfarraba, lo agotaba… Insatisfecho buscaba la felicidad en las horas artificiales de la muerte.



Vera. Alguien apuntó en su libreta de notas: posible trastorno de personalidad multiple. Al principio me costó entenderla. Mezclaba diferentes idiomas, era como ver una película en varias lenguas y, además, con subtítulos. Después de una semana contraté un humanoide multi[traductor] y conseguimos descifrar algo… No era una cinéfila. Vera iba cada viernes del año a un estreno cinematográfico cuidadosamente seleccionado. Nunca la acompañó nadie. Su favorita era la primera sesión. Compraba la entrada, una botella de agua y se sentaba siempre en la primera fila. Anotaba compulsivamente aspectos relacionados con uno de los personajes. Hasta el viernes siguiente se convertía en aquél o aquella. Imitaba su voz, sus gestos, movimientos, costumbres… Concentración individualista de la humanidad. Disfrutaba de 54 vidas diferentes al año, todo un logro. No tenemos datos de su grado de felicidad a día de hoy.

Ismael tiene cientos de libros en su biblioteca. Son tomos de cien páginas cada uno. Todos iguales. Numerados del 001 al 159. Trabajó durante 15 años en un departamento del gobierno de su país relacionado con la manipulación genética. Nadie sabe por qué un día se despidió. Desde entonces es una especie de autista voluntario entregado en la recuperación absoluta del genoma humano. Escribe, en las hojas en blanco de los tomos, secuencias genéticas de forma desesperada. Alguien, un posible científico aburrido, habló de la carrera por la salvación de la especie (eugenesia de regresión, acusó). Ismael muy enfadado por este comentario vertido en algún medio no informativo solicitó una entrevista con el más afamado presentador del momento. Solo dijo una cosa: —El ser humano es como el SIDA, un retrovirus. Se esconde después de infectarse y destruirse a sí mismo. Por eso nunca lograremos salvar la raza humana. Su contagio es invisible e infranqueable.

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