Los mejores ensayos de 2012.

Ya sabéis, una vez reunidos… (bla, bla, bla), según los que hacemos este blog… (bla, bla, bla)… (locos, cuerdos, mediolocos y casicuerdos —bla, bla, bla—)  los mejores ensayos publicados en 2012 son:

Henry Kissinger: «China», Debate, 2012

Vicente Luis Mora: «El lectoespectador», Seix Barral, 2012

Fredric Jameson: «Representing capital», Lengua de trapo, 2012

E.P. Thompson, «La formación de la clase obrera en Inglaterra», Capitán Swing, 2012

Upton Sinclair: «La jungla», Capitán Swing, 2012

Blake Butler: «Nada. Retrato de un insomne», Alpha Decay, 2012

Olga Rodríguez: «Yo muero hoy. Las revueltas en el mundo árabe», Debate, 2012

Misha Glenny: «El lado oscuro de la red», Destino, 2012

Owen Jones: «Chavs. La demonización de la clase obrera», Capitán Swing, 2012

Gabriel Josipovici: «¿Qué fue de la modernidad?, Turner, 2012

Leticia Garcia y Carlos Primo: «Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo», Capitan Swing, 2012

Lila Azam Zanganeh: «El encantador. Nabokov y la felicidad», Duomo Ediciones, 2012

Yanis Varoufakis, «El minotauro global», Capitán Swing, 2012

Meredith Haaf: «Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos», Alpha Decay, 2012

Joan Didion: «Los que sueñan el sueño dorado», Literatura Mondadori, 2012

Eloy Fernández Porta: «Emociónese así. Anatomía de la alegría», Anagrama, 2012

Jonathan Franzen: «Más afuera», Salamandra, 2012

Stephen J. Burn (Ed.): «Conversaciones con David Foster Wallace», Pálido fuego, 2012

Terry Southern: «A la rica marihuana y otras especias…», Capitán Swing, 2012

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Capitán (General) Swing del Ensayo.

A fecha de hoy, 22 de noviembre de 2012, casi a las puertas del 2013, si los Mayas nos dejan pasar página, uno empieza ya a hacer balance de lo leído durante el año con el propósito, claro está, de ir elaborando las tan esperadas listas de… (por ejemplo: mejores libros de ensayo 2012). Más o menos ya se tiene claro lo que gustó y lo que no, lo que cabe destacar y lo que mejor será dejar en el olvido de la segunda fila de la estantería. Quizá pequeñas dudas pendientes de revisión o una segunda lectura rápida diagonal puedan suscitar modificaciones de última hora. ¿Quién sabe?

¿Y a qué viene todo este rollo? Muy sencillo.

A nivel antropológico existen clases, estatus, grupos, tribus… marcadores sociales que justifican la diferencia entre unos y otros, entre tú y yo, entre éste y aquél. Desde los primeros pobladores y el origen de los tiempos esta imposición es una suerte de arquetipo que nos sirve para configurarnos y (marginarnos) dentro del orden y el desorden sociológico que involuntariamente nos domina y estigmatiza.

Y ahí voy: al orden y al desorden, a la necesidad de comprender una época postmodernizada y abominable donde conviven los elementos de información y clasificación que todos creemos saber pero que muchos olvidan y otros manipulan.

¡Soldados! ¡A formar! Y en este escenario, donde los soldados son la metáfora de todos nosotros (pasado y presente, clase y estatus, expresión y engranaje) aparece el Capitán, sí, el Capitán Swing, con paso firme, mirada altiva y enérgico discurso. Los reclutas observan, callados, mientras el jefe revisa y edita a su tropa.

Si durante el 2012 una editorial ha sabido conjugar y (conjurar) los elementos necesarios para ayudarnos a comprender qué ocurre en esta inusual y permanente química social donde el ser humano se ha (psico)hipotecado y (cosmo)configurado como un individuo anárquico y alquímico, esa es, sin duda, Capitán Swing, a.k.a (por lo menos en este blog, y en esta casa) Capitán General Swing del Ensayo.

Los motivos están muy claros: variedad, decisión, compromiso, juicio, valor, ética, política, coraje… pero todo ello, siempre, con una segunda lectura y un fiel e implícito propósito: el ímpetu de reflejar qué somos, pero sin olvidar lo que fuimos, como clases, sin duda, pero también como individuos en todas sus expresiones y conductas posibles. Esa es, creo, la acertada alquimia literaria del Capitán, la capacidad de verse reflejado en los diáfanos espejos del dominante capital y recabar, ensayísticamente hablando, los mejores textos que todo lector exigente pueda soñar (y necesitar) con el objetivo de afrontar un momento que necesita la justificación de una historia que muchos prefieren olvidar, y otros como el Capitán recordar y mostrar. Cuando el caos es un supuesto y a la vez un presupuesto el ser humano necesita (antropológicamente hablando) respuestas, referentes, supuestos, argumentos, teorías… elementos imprescindibles para reordenar su propia estructura vapuleada y acorralada en esa aporía (Varoufakis, dixit) que nos acechó cuando nos creíamos inmunes a todo, pero encarcelados por todos.

Una receta que nace de la mejor estrategia plausible: la necesidad inalienable de hacer que cada publicación sirva para medirnos como orgullosos soldados y placenteros lectores, ávidos de algo que marque la diferencia entre la posibilidad y la inevitabilidad de lo que somos: clase consciente con la capacidad de elegir y discernir entre lo posible y lo imposible, lo fáctico y lo estético, lo humano y lo social, lo mundano y lo privado.

En los cuarteles del Capitán no existe el menor prejuicio, todo lo contrario: conviven la transparencia y la comunicación cultural como una configuración de elementos reprobatorios y analíticos de un mundo que necesita de su pasado para sobrevivir y de su presente para renacer. Su compromiso social con el lector, su genuina idiosincrasia son un ejemplo de ejercicio extático que desemboca en una catársis literaria y evolutiva en aras de acoplar la política con la sociedad, lo global con lo antiglobal, lo económico con lo precario, y cómo no, la voluntad con la cultura, sin dejar atrás conceptos académicos y rigurosos que engalanan cada publicación como un nuevo mundo de estudio y comprensión. Capitán Swing enseña. Abrir cada uno de sus libros es abrir la mente hacia esa premisa antropológica y cultural que necesitamos para seguir avanzando en nuestras íntimas y gregarias parcelas del conocimiento.

Recuperar es editar. Recordar es acertar. Rescatar es analizar. Todo ello y mucho más es: Capitán Swing.

Desde los orígenes más sagrados de la concepción y formación de la clase obrera anglosajona en la biblia de E.P. Thompson; pasando por La Jungla (Sinclariana) de mataderos norteamericanos donde el animal se convierte en una cadena despiadada de producción; desembocando en los Chavs para que el afilado y genial Owen Jones nos de las claves de la demonización de un sector social británico aniquilado por la soberbia de sus dirigentes; alucinando en cualquier momento del día con los ácidos y mordaces relatos de Terry Southern con las mejores sustancias en las mejores y más variopintas familias; viajando hasta Rusia de la mano de Steinbeck y el ojo de Capa; convirtiéndonos en los mejores y prodigiosos dandys literarios tan necesarios y olvidados en la literatura, a la vez que una vuelta de tuerca nos desplaza hasta los convulsos años 60 norteamericanos; para después, darnos de bruces con el nuevo Minotauro global (Amén, Yanis Varoufakis) con el propósito de desmontar los manidos argumentos que los conspiradores han usado para justificar la crisis financiera; sin dejar atrás el ejercicio/arte urbano del grafiti como instrumento visual, de protesta y comunicación (Getting Up), Capitán Swing fluye para hacernos ver, entre otras muchas cosas, que la verdad y el argumento, la historia y la conciencia pueden depurar aún más el escenario social, porque las certezas, si se olvidan y no se repasan, se convierten en un mortal verdugo a cara descubierta (oximorón).

Pero no se preocupen, que el estratega del Capitán siempre estará para hacernos ver lo que otros no quisieron (o no pudieron). Quien quiera que se conceda el beneficio de la duda. Aquí por lo menos, y hasta la fecha, nos hemos concedido el orgasmo de la lectura de un material poderoso y apabullante. Y no hay mayor verdad que ésta. Dudar, creo, es de cobardes. Publicar como lo hace y lo que hace el Capitán, y en consecuencia, leerlo, es de valientes. Valientes soldados, guerreros sociales. Feedback multiorgásmico literario.

A sus ordenes, mi Capitán.

Capitán Swing Libros es el mejor referente geopolítico literario actual para entender este inusual estado social que nos ha tocado vivir en suerte (o desgracia). Duda (meta)sociológica —lo de la suerte o la desgracia—, claro.

Capitán Swing es un estado emergente de literatura/compromiso que indexa y computa un hábitat plagado de referentes necesarios para invalidar, ya de una vez por todas, las carpetovetónicas falacias y compulsar una episteme estructural cuya base reside en la objetividad comprometida con los sectores y estamentos más afectados, dando sentido y respuesta a los interrogantes más comunes entre todos los mortales.

Nota: Tendré que confeccionar una sola lista para el Capitán Swing con los mejores ensayos de 2012. Soberbios títulos hay, para ello. Doy fe. Creo que ha quedado claro.

Por orden de aparición:

THOMPSON, E.P.: La formación de la clase obrera en Inglaterra, Capitán Swing, 2012
SINCLAIR, Upton: La jungla, Capitán Swing, 2012
JONES, Owen: Chavs: La demonización de la clase obrera, Capitán Swing, 2012
SOUTHERN, Terry: A la rica marihuana y otras especias, Capitán Swing, 2012
STEINBECK, John: Diario de Rusia, Capitán Swing, 2012
GARCÍA, L.; PRIMO, C. (Coords.): Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo, Capitán Swing, 2012
MAILER, Norman: Miami y el sitio de Chicago, Capitán Swing, 2012
VAROUFAKIS, Yanis: El Minotauro global, Capitán Swing, 2012
CASTLEMAN, Craig: Getting up/Hacerse ver. El grafiti metropolitano en Nueva York, Capitán Swing, 2012

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Hipster [junky] bip.

a la rica marihuana y otras especias

Fragmento del relato «Eres demasiado hip, tío»

Tiene que ser un hipster —dijo el Doctor Warner inclinándose hacia ellos desde la abultada piel oscura mientras desde atrás, una estudiada lámpara descomponía suavemente el humo de los cigarrillos en mi hebras de color pálido, y bailaban emparejados el ámbar refractado de los cristalinos cubos de hielo en las manos de sus dos amigos sentados enfrente; bailaban, parecía, sobre una pantalla opaca que medía lo disparatado del pensamiento y tedio de la conversación.

—Un hipster muy bip —continúo genialmente, y se retiró ligeramente, para enfatizar—, si no claro está, algo más.

El doctor Ralph Warner tenía cincuenta y cinco años, pelo gris y aire distinguido, un hombre de notable vigor y personalidad. No era un médico, sino un erudito hombre de música, que había recibido muchos homenajes públicos e institucionales. Un reconocido autor y crítico, antiguo director de las orquestas sinfónicas de San Francisco, Boston y Denver, se había convertido, a causa de sus innovaciones progresivas, populares, en sistema repertorio, en uno de los más admirados y respetados hombres en la historia musical del país.

—¿Algo más? —dijo el Profresor Thomas acentuado su sorpresa fingida con una sonrisa forzada. Aborrecía la extraña jerga—. ¡No me digas que hay algo más que ser un hipster, Ralph!

—Es cierto —dijo el más joven, George Drew, con impaciencia—, ¿como podría ser algo más hip que un hipster? —Se recreaba en ello—.En tout cas, no semánticamente.—Pareció reprimir un espasmo de placer, como si la  perspectiva de una argumentación animada pudiese ponerle la carne de gallina.

El Dr. Warner permitió que su mirada pareciese sombría y formulativa, mirando fijamente hacia abajo, a la copa de su mano.

—Sí —dijo sin alterarse, puede decirse que un junky es algo más que un hipster. El Profesor Thomas resopló educadamente.

—Santo Dios, ¿de dónde se ha sacado ese término?

—De una tumba no demasiado profunda en el puerto de Hong Kong, apostaría —dijo George Drew fríamente, apurando su copa con un ligero movimiento afeminado de su cabeza.

—Otra vez drogas, me temo, Tom —añadió el Dr. Wagner, a menudo genial moderador—. Opiáceos. Esta vez heroína.



Causa y efecto de la marihuana (literaria).

Y digo yo: —Este libraco [A la rica marihuana y otras especias de Terry Southern] publicado por el Capitán Swing [marinero intrépido y literario de Alta Mar] es una aventura alucinógena, valiente, adecuada y lisergicolaberíntica. Así de claro.

Y sigo: —Un cojonudo trabajo periodístico en torno al mundo de las drogas (fuera estúpidos y cínicos prejuicios) en el que su brutal y dinámica visión coral sobre las mismas (a modo de ensayo, relato, artículo, diálogos…) no deja a casi nadie fuera. Soberbias Esferas Cristalinas se dirimen en el polvillo diabólico de Southern para los amantes de lo más arriesgado y prohibido. Sí, sí.


—Tío, no te lo pongo en duda. Tu discurso es famélico, pero te creo.

—¿Famélico? Qué te jodan. Anda, trae eso.

—De la buena, colega. Pero no me convences.

—¿Tú qué hostias sabrás? Toma, lee y aprende.

El dealer se va, pues.


Todos agachan la cabeza. ¡Ja! Pero hay mucho que averiguar en sus entrañas…

¡Ja! Las de todos. No escondáis la mano. Ahora hasta la CIA puede estar observando. Panda de pazguatos. Cómo os haga una analítica os derivo a la enésima potencia del placer. Renegados, pues.

Termino: —Este libro es un eterno referente, un manual de estilo que renace y eterniza las conductas (voluntaria salud mental) que actúan como un falsario código genético de comportamiento que abandera y encapsula a una sociedad esquizofrénica pero no enferma por eso, ni mucho menos.

Se necesita del experimento individualista para sobrevivir, claro. Se persigue la estimulación neuronal para banalizar lo adaptado ad hoc. Se ve claro, se lee, se sabe, y en caso contrario, para los escéptico(falso)pánicos se abre «A la rica marihuana y otras especias…», y se «flipa» mientras se pasan las páginas en actitud lectora. No confundan, ¡eh!

Nihilistas, cultos, hipsters, maníacos, CIA(cínicos), Masters, Profes, modernos (sic), grandes, pequeños, whiskys, banales, majorettes writers, readers……………………………………………………………………..

Suma y sigue…

“La vida siempre ha sido una lucha”.

Dr. Warner

Quien lucha necesita armas, protegerse, esconderse, camuflarse, colocarse, (viajarse), bajar(se) y subir(se). Quien lucha, lee, ama, folla, vive, siente. Quien lucha, está. Quien se (auto)vanaglorie que lea este prodigio.

Southern admito, es un prodigio, por su diferente y apabullante maestría a la hora de contarnos los mundanales escenarios del íntimo consumidor desde lo más bajo hasta lo más alto. Sin rodeos, su realismo extorsiona, vapulea y convierte su lectura en un placer alucinante donde lo personal aniquila a lo social y donde lo social es un prejuicio hilarante de la cínica comedia que vivimos.

Recordatorio así de que el periodismo (el de Southern) no es una metáfora de nada, ni siquiera un artefacto a tenor de. Su trabajo se asoma, anota, no filtra, claro, y destripa para aterrizar en esa suerte banal de confidente. Nadie quedará indiferente ante este elegantísimo dibujo a todo color del modernismo que muchos no quieren ver, pero que existe en infinitas dosis psicodélicas, si procede.

Un relato soñado es esta sátira y canalla subida narrativa. Un alegato ideológico, también. Un combinado de personajes tan dispares como líricos, tan débiles como feroces consumidores del psiquiatra más visitado.

ADVERTENCIA:
La narrativa de Southern tiene altos efectos secundarios, provoca adicción y tenemos pruebas de posibles estados de sedación y/o estimulación nerviosa.

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