Las mejores novelas de 2012.

Debido a la excelente calidad de los trabajos publicados durante este año nos vemos obligados a ampliar a 15 los títulos que componen nuestra lista con las mejores novelas de 2012.

Después de una larga reunión (con brainstorming incluido; presentes: locos, cuerdos, mediolocos y casicuerdos), el equipo de redacción de este blog —una vez revisadas notas, reseñas, apuntes, memorias, citas, lecturas, relecturas y cuadernos— ha decidido que las mejores novelas publicadas en 2012 son:

Stewart Home: «Memphis Underground», Alpha Decay, 2012

Antonio J. Rodríguez: «Fresy cool», Mondadori, 2012

Andrew Kaufman: «La esposa diminuta», Capitán Swing, 2012

Anna Starobinets: «El vivo», Nevsky Prospects, 2012

Pablo Gutiérrez: «Democracia», Seix Barral, 2012

Juan Soto Ivars: «Siberia», El olivo azul, 2012

Nikolai Grozni: «Jóvenes talentos», Libros del Asteroide, 2012

Gonçalo M. Tavares: «Aprender a rezar en la era de la técnica», Mondadori, 2012

Justin Taylor: «Aquí todo es mejor», Alpha Decay, 2012

Mircea Cărtărescu: «Nostalgia», Impedimenta, 2012

Antoni Casas Ros: «Crónicas de la última revolución», Seix Barral, 2012

Juan Francisco Ferre: «Karnaval», Anagrama, 2012

Javier Gutiérrez: «Un buen chico», Mondadori, 2012

Vladimir Nabokov: «Cosas transparentes», Anagrama, 2012

Donald Ray Pollock: «El diablo a todas horas», Libros del silencio, 2012

 

—Nota: En una reunión de urgencia celebrada esta madrugada (presentes los arriba citados) el equipo de redactores de este blog ha decidido ampliar la lista a dos títulos más con mención especial para los mismos. Estos son:

Miqui Otero: «La cápsula del tiempo», Blackie Books

Yuri Andrujovich: «Perverzión», Acantilado

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«Aquí todo es mejor», por Justin Taylor. Alpha Decay.

Lo siento, pero, Raymond Carver, uno de mis dioses literarios (y soy ateo), uno de mis (héroes) malditos y, a la vez, referente del realismo sucio con el que tanto disfruto, porque la vida es más o menos eso —lo que pasa es que nos agarramos bien la máscara para escupirnos a la cara y hacer como que no vemos—ha quedado desbancado, anulado. Sí.

Ocupa su lugar: Justin Taylor. Les aseguro que Aquí, todo es mejor, sin duda, mucho mejor que con Carver.

Justin Taylor

Leyendo a Taylor he sentido como algo implacable me sujetaba y me decía: —Observa, recuerda, piensa, somos y seremos, eres (esa generación Lost), esa víctima del eufemismo social que nos montaron como una especie de marketing para convertir(nos) en superhéroes de la vida. (Los que rondan los 40 años saben bien de qué hablo). Algo así como muñecos en serie que pasarían por una cinta de manipulado de la que saldríamos reencarnados en una suerte de (mainstreams), o lo que es lo mismo, casi nada. Efímeras víctimas.

¿Os acordáis de los JASP? Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados. Ahora casi que me provoca risa, pero cortinas de humo por todos lados nos impedían ver lo que hoy —en el mejor de los casos— podría ser una realidad ficticia. Todo quedó en CRASH. No sé si algún día aprenderemos a base de hostias o de lo que sea. Pero nada de aquello nos pertenece.

Ahora, con el permiso de los listos que crearon el chiste… JASP es:  Jóvenes Asqueados Sin Porvenir.

Y también: Justin Alpha Sois Perfectos.

Por tanto, doy fe y levanto acta. La escritura publica al alcance de cualquiera:

Justin Taylor: «Aquí todo es mejor», Alpha Decay, 2012.

( y sin pasar por el notario), pero sí por la librería, pues.

aquí todo es mejor justin taylor alpha decay

«Ni siquiera sabe que existo», decía él refiriéndose a Cass, lo que era una gilipollez, obviamente, porque en el instituto todo el mundo se conoce, y además en los puebluchos de mala muerte como el nuestro los desconocidos no existen. En realidad, ella lo conocía bastante bien y no lo soportaba. El amor que él le tenía, lo débil que se volvía en su presencia, a Cass todo eso le daba asco. Ella suponía que él terminaría fortaleciéndose o muriendo víctima de su ridículo desconsuelo, y sólo manifestaba una ligerísima curiosidad sobre lo que iba a suceder, aunque no parecía tener preferencia alguna.

Sabiéndolo todo de él y de ella, sólo había una cosa que yo pudiera hacer: describirle a Joe Brown con el más insoportable de los detalles cada instante de cada uno de mis coitos con Gass. Lo hacía mientras conducíamos alrededor del lago bebiendo cerveza. Oir esas cosas le rompía el corazón, el deseo le provocaba náuseas, pero cuando yo dejaba de contárselas me suplicaba, pedía más y más. Yo quería que aprendiera a las duras, a las durísimas, que es como mejor se aprende, aunque eso él no lo sabía, y tampoco es que mi sistema fuera muy efectivo. Quería que lo superara, que no pasara el resto de sus días como esos tíos sudorosos que respiran por la boca y ante los que las chicas se ríen incómodas, menean la cabeza y se van.

Fragmento del relato «Lo que fue tuyo».

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