Los muertos de Jorge Carrión

 

EL NUEVO Y EL VIEJO

Nueva York, 1995. Un barrio en las estribaciones de la parte alta de Manhattan; ocho manzanas de edificios, cuatro; dos; una; en su lateral izquierdo: un callejón sin salida y, en él, un charco.

El Nuevo abre los ojos y siente el agua. En posición fetal, el perfil del cuerpo incrustado en el charco. Desnudo. Por la bocacalle pasa gente. Está solo, tirita. Sus retinas vibran, como si estuvieran en fase REM todavía. Tres figuras se detienen, al fondo. Una lo señala, pero el nuevo no se da cuenta. Las tres figuras se convierten en sendos jóvenes: la cabeza rapada, cazadoras color caqui con cremalleras abiertas, botas negras. Uno sonríe. Otro aprieta un puño americano. El tercero enciende la videocámara y dirige el objetivo hacia la víctima. La patada inicial le arranca al Nuevo un diente y detiene el parpadeo veloz de las retinas. Convergen golpes en sus carnes. «Bienvenido», le dicen; «bienvenido», repiten al ritmo de los puñetazos, de los puntapiés, de los pisotones. «Bienvenido, cabronazo, bienvenido.» Le escupen, a modo de despedida. El Nuevo es ahora un cuerpo amoratado, cuya sangre mancha el asfalto y se mezcla con el agua sucia. Pasan cuatro segundos y dos convulsiones. Se abre una puerta, en el extremo del callejón opuesto a la bocacalle. Sale el Viejo y se lleva al Nuevo a rastras. (…)

 

Así abre Jorge Carrión  su novela experimental “Los muertos”, publicada por Mondadori. Entre una estética Blade Runner y futurista el texto de este joven escritor nacido en 1976, se presenta como un manifiesto experimental de las nuevas formas literarias. Alejado de formalismos y métodos manidos Carrión hace de la narrativa un juego donde el lector es un elemento ímplicito con el que juega de acuerdo a los parámetros ficcionales que él marca. No pretende, ni avisa, solo va allanando terrenos, fijando un panorama elemental donde la tensión y la ficción luchan por impresionar. Y lo consigue: Impresiona, fija, vapulea, sorprende, marca, alinea… Es una novela diferente, brutal. Gusta por su maravillosa y bien cuidada estética de ciencia ficción, por los personajes al límite y por ese giro sorpresa (nunca leído) avisándonos que la narrativa (fragmentaria o no) dentro de poco tendrá que aliarse con elementos visuales ahora algo despreciados para evolucionar en formas, contenidos y, claro está, en sí misma.

http://jorgecarrion.com/

Ficha:

Los muertos de Carrión, Jorge.

Editorial Mondadori
Colección LITERATURA MONDADORI
Nº páginas 176 pp.
ISBN 978-84-397-2232-8
Dimensiones 230 x 136 mm.
Fecha publicación 02-01-2010

 

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PAISAJE URBANO

Para Florín, siempre estará Nueva York.

Conocí a Rubén cuando estábamos en el último año de carrera. Los dos estudiábamos Ciencias Exactas. No supe su nombre hasta que una tarde, después de unas jornadas científicas, se presentó. Rubén es una de esas personas a las que nunca te atreves a acercarte y no sabes por qué. Pero me llamaba la atención la capacidad que tenía de estar siempre en todos lados y, a la vez, pasar desapercibido. Que yo supiera, salvo por un día, que algo extraño le pasó, nunca faltó a una sola clase; por muy mala o aburrida que fuera la asignatura o por muy penco que fuera el profesor él siempre estaba allí, con su pelo desaliñado, su siempre camiseta blanca en primavera, unos vaqueros gastados y un par de libros forrados de los que nadie supo nunca el título y que Rubén consultaba continuamente en una especie de distracción atenta que a mí me consternaba. Acabó de los primeros de la promoción. Era callado e inteligente. Molestaba lo justo.

Salí a fumarme un cigarrillo a la puerta. El siguiente ponente era un profesor de Lógica con el que había discutido en un par de ocasiones y no tenía gana de verle la cara. Las jornadas se celebraban en el Paraninfo de la Universidad de mi ciudad. Deambulaban por la entrada algunos estudiantes despistados, profesores apurados que llegaban tarde y algún que otro antisistema cabreado con no sé qué visita de no sé qué puto organismo de la Unión Europea. Siempre pasaba de esas cosas. Eso sí, me gustaba contemplarlos a través del humo de mi cigarro, imaginándolos en batallas campales, con las capuchas cubriendo sus cabezas, rompiendo cristales, escaparates, lanzando molotovs, corriendo, agitando, provocando (hay que tener huevos). ¿Servirá de algo? De nada. También fracasó Mayo del 68. Por mucho que queramos recordar la libertad que quedó aplastada por los mismos adoquines que lanzaban los reclamantes, decía mi tía Pilar, la hippie arrepentida, que siempre defensora de las libertades humanas, la tolerancia y la dignidad acabó echando de su casa a su único hijo porque era gay, y del que nunca supo quién fue su padre. Tuvo para elegir entre tres en un fin de semana que pasó con las comunas de jóvenes alternativos que solían frecuentar la zona de Cabo de Gata en Almería. Ironías de la vida. Pero que moderna de pacotilla eres, le soltó mi madre el día que nos enteramos de lo de mi primo Carlitos. Estaba sumergido en mis evacuaciones mentales, con el cigarrillo a punto de terminar cuando alguien me tocó por la espalda. Noté una leve pulsación y enseguida un saludo tímido. Era Rubén. El corazón me dio un vuelco (no porque me gustara) sino porque no me esperaba su acercamiento (fantasmal), de momento.

Empezó hablándome de las clases, del fin de la carrera, de proyectos, cuadernos, Nueva York y no sé qué más, pero enseguida fue al grano: Tengo unos cómics dibujados que me gustaría enseñarte, me dijo. Yo, la verdad, no sabía que dibujaba. Intenté mostrar neutralidad. El chaval era simpático y solo quería mi opinión. Accedí. Nos subimos al autobus 155 que nos dejaría cerca de su casa. Al bajar me pidió que esperara en una cafetería entre punk y gótica, una mezcla extraña en la que yo me sentí más extraño todavía cuando entré y todas las miradas se centraron en mí y en los pantalones de pinza y camisa remetida que llevaba. Me senté en la única mesa libre que quedaba. Habían puesto tres velas en el centro que centelleaban y hacían un juego divertido con la mezcla de los cristales. Me entretuve con aquel efecto mientras esperaba. No tardó mucho en volver. Portaba una carpeta de grandes dimensiones, como las que suelen llevar los estudiantes de arte. Vestía una nueva camiseta, blanca también. Olía a jabón de baño y se había peinado. Pidió un café y acto seguido empezó a mostrarme sus ingenios. Los dibujos eran fantásticos: recreaciones siempre con un Nueva York modificado. Era su ciudad utópica, a donde algún día se marcharía para reclamar las posibilidades que aquí decía no tener. Mutantes, ovnis, proyectos arquitectónicos, ucronías históricas, centros comerciales futuristas, recreaciones entre lo Blade Runner y algo que él llamaba la poesía destrozada en formato de réplica alojada en paisajes oscuros y amenazantes. Esos poemas estaban a pie de página, escritos con punta fina negra y letra muy pequeña. Me recitó algunos de memoria mientras yo observaba sus cómics, dibujos e ideas. Me sorprendió todo aquello y lo que fui aprendiendo de Rubén durante muchas tardes que nos estuvimos viendo en el mismo café. Su mente era tan poderosa que siempre pensé que algún día podría con él. Durante las últimas veces que nos vimos lo observé muy apagado. Luego, una vez que leí su legado o testamento literario y por la información que me fue llegando pude más o menos relacionar su estado de ánimo con las experiencias cotidianas que lo atormentaban. La víspera del día a partir del cual no lo volví a ver le pregunté por qué no enviaba su trabajo a alguna editorial. Me contestó: Ellos no me dejan. No quise hacer más preguntas. Al día siguiente yo acudí al bareto pero él no.

Cito textualmente de un cuaderno manuscrito que dejó para mí. Entre los dibujos figura el texto que aparece a continuación. Cuando supe que ya no vivía con su madre me enteré de su dirección y fui a verlo. Una vecina que estaba ojo avizor me dijo que hacía una semana que no paraba por casa. Entra, entra a ver qué encuentras, me dijo. Ya estábamos hartos del trastornado este. La miré con tanto desprecio que no dudó en volver a su guarida.

Comienzo:

# Pumuki y yo (no desdoblado) queremos vivir en una república distópica de acuerdo a la (episteme) previamente establecida en términos holísticos ##falta texto, falta texto## (Ciberpunk(iana) remite).

En el Domino´s Pizza, la chica: rubia, ojos azules, camiseta punk corta, vaquero negro y bambas rojas nos entregó el manifiesto de asociación. Entre otros firmaban: Tao Lin, un representante de Lem, un fantasma de Wallace, Eggers, (nombre ilegible), Safran Foer, Wray y alguno más sin enumeración posible. Lo guardé en el bolsillo de mi chaqueta. En el 148 de la 72 el coche negro sin cristales vino a recogerme. A partir de ahí solo recuerdo un paisaje urbano que más tarde describiré, cuando ordene los elementos inhumanos que lo compo/descomponían. Ahora se detiene. Ocho, no, nueve manzanas más lejos. No sé si en el down o en el up (town).

Desde mi Kindle abierto intento recrear una ficción curativa con mesura, pero no puedo, si cierro los ojos: posible error, si los abro: resumen real. Espero a que ella: la imagino diferente, venga con nuevas fotografías para intentar soslayar el estado caótico que intento estructurar…paisaje urbano o no.

En algún momento salí de la pizzería a la calle, en algún momento el coche llegó, en algún instante me subí a él, puede que en cualquier minuto cifrado ella llegara después de detenerse el coche en un lugar que la brújula no determina ni geográfica ni geopolíticamente hablando. Los antisistema aparecen por las salidas del metro. Ya se cuentan cientos. Llevan antorchas y reclamos de abolición de las emisiones tóxicas.

Amplia espera por delante y temeroso de la estampa caminé unos pasos hasta llegar a una librería (lo único coherente en este caos improvisado), pregunté por algo de Eggers, en el idioma que fuera, qué más da, (Kindle trabajaría), pero la encargada me dijo que no le quedaba ningún ejemplar. Si regresaba en tres o cuatro días (triste espera) igual localizaba alguno en el cementerio bibliófilo. Me indicó las señas para llegar a él. Al final de la 177. Cuando salgas del suburbio, lo verás. Intentálo tú. Vale.
Le digo: Me vuelvo a mi punto de orientación. Me dice: Lo siento. Le digo: No te preocupes. Me dice: Cuidado con los monstruos. Le digo: ¿Qué monstruos? Me dice (cerrados los ojos): Da igual. Estás anticipándote. No leíste lo último. Era un proyecto esquizofrénico.
Me voy, digo.

Me situo en el centro estratégico del (downtown) y relato EL PAISAJE URBANO de acuerdo a una estructura lógico craneal: (he llegado al cementerio) (no hay libros pero sí miedo):

se vende se vende se alquila en venta se vende se alquila alquilo traspaso arriendo se vende se alquila en liquidación cierro cierre reformas (mentira) vende particular en alquiler fobia ella mira mira perdida el grita ellos gritan ellos discuten denegado lo sentimos no podemos cola parados inem colas cifras cifras eres eres eres gritos humo y se vende vendo alquilo grandes descuentos ansiedad cola tristeza miedo peligro [...] mentiras telementira telengaño teleirrealidad cortinas de humo y alguien dice adios y huye… silencio, calles vacías, cristales empapelados, fantasmas moda moda no no no no y rotura de stock…grita, corre, piensa, espera.
No más. Hasta aquí. No vendemos no se alquila cierro no espero me cago en tó y farmacias y recetas y noches y ansionoséqué y miligramos y suma y sigue…

Y nos asociamos a la república distópica que no era nada más que una estúpida fiesta de disfraces que unos “colgaos” de Manhattan habían organizado para cuatro postmodernos recurrentes y anacrónicos que deambulaban entre los baretos “Hinsonianos.” Esto es un entorno hipster, gritaban. Los demás fuera de aquí. Una rubia salida de una revista dominical lloraba apoyada en un semáforo con las luces fundidas. Yo quiero a mi hijo, decía. Lo quiero, no quise decirle eso.

Al fin y al cabo por muy antiguos, modernos o post lo que sea qué queramos ser, mi amigo Klaus, me dijo aquello de que: necesitamos héroes para sobrevivir a la misma vida. Y ya quedan pocos y si nos aferramos a ellos al final se esfuman porque somos así de “sssstupid”, decía Klaus con la ese así muy líquida, precisando lo justo, pero midiendo igual que medimos la necesidad, improvisaba este, mi amigo, mientras escuchábamos “The Nothing” de Micah P. Hinson (héroe moderno):

“Nothing can change without yourself
and why I can’t go on no matter what they all say
Nothing can change without yourself
and why I can’t go on no matter what they all say”

The Nothing by Hinson. (En este enlace puedes escuchar la canción que tanto le gustaba a Rubén).

(Yourself, fuck friend)

Por favor lo que pone en la receta: (tenía escrito de su puño y letra):

15 mg. de paroxetina.
20 mg. de diazepam, y (pam).
5 mg. de Percocet (ni idea). (despáchese). Ilegible la firma del doctor. Número de colegiado: se omite por intuición deontológica.

Y, al menos, seguimos con Hinson. ¿Te acuerdas? #

Le encantaba Hinson. Creo que buscaba en su música una especie de evasión atormentada y autoflagelante.

La madre de Rubén murió de cancer dos años después de terminar la carrera. Les embargaron la casa donde vivían. Su padre también había desaparecido. Me dijeron que a él le habían diagnosticado alguna deficiencia mental. Supe por un profesor con el que solía encontrarme en una discoteca que lo habían enviado a una casa de acogida, y que colaboraba con alguna Oenege. No me contó más. Siempre iba muy colocado.

Una de esas noches entre copa y copa, Marcos, el profesor, intentó meterme mano. Le di el alto. Me pidió disculpas y me invitó a un par de rayas de coca. Salimos de aquel antro y fuímos a un cerro a pillar más.

Antes de llegar al punto de contacto vimos a lo lejos a un grupo de mendigos alrededor de un fuego que salía de un bidón metálico. Ya estábamos muy cerca cuando reconocí su voz. Recitaba aquellos poemas y aquellos versos a los que tanta atención había prestado en decenas de tardes y horas horas. Rubén fue una especie de héroe moderno para mí. Una ayuda improvisada y efímera que me hizo entender que nadie esta a salvo de nada. En una especie de pizarra había colgado sus dibujos. Algunos los reconocí, otros no. Me acerqué hasta el grupo. Me sonrió y me hizo un gesto con la mano. Se calló unos segundos. Se bajó del montón de palets sobre el que se alzaba  y vino hacia mí.

Ellos, ellos ya me han dejado, pronunció.

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