BLANCO

Dejadme entrar, apestáis. ¿Nadie me indica el camino? No puedo ver entre tanta gente. Si os apartáis mejor. Yo por lo menos puedo hablar. Vosotros, ocultos detrás de un cigarro y una copa, no tenéis nada que decirme.
Llevo toda la noche detrás de ti. Al fin te encuentro. Me dijeron que quizá estarías en este lugar. Hoy no tienes a nadie que te pague la cuenta. Solo yo. Pero no pienso pagar. No he venido a eso. Estoy aquí porque soy tú.
¿Qué haces? Dibujada entre el humo y el calor ficticio. Abarrotada de palabras. Emergida de las sábanas de algún mortal recluido en el olvido. Sola entre tantas mujeres. ¿Quién te ha dado esta mierda?
Veo que te has quedado sin guardián y buscas refugio entre los malditos. No puedes abrir los ojos que te estallan. Veo que has vuelto a encontrarte con ellos. Con los dueños del amanecer y enfermeros de las desgracias ajenas.
Llevo toda la noche detrás de ti. Es difícil reptar por estos laberintos. Me dijeron que me darías la mano. Pero primero tenía que encontrarte. ¿Me la das?
Estás oculta, has perdido la sonrisa y pareces un mimo sin calle en la que detenerte. Aquí hay demasiado humo para que nos miremos a la cara, para que me cuentes que crueles son los baños en los que descansas y buscas el papel y las mentiras que te prometen silencio. No te escondas, te he visto salir. La puerta ha gritado, te ha vomitado de aquel baño repleto de falsa vanidad, del baño donde la felicidad es un trozo de papel pintado de blanco.
Llevo toda la noche detrás de ti. Alguien me dijo que no tenías dinero para saldar la cuenta de tus lamentos.
¿Cuántos días llevas aquí? No me importa. Ya he vuelto. Ahora necesito que te olvides de los suicidas de ilusiones, de los fabricantes de saldo, y de los infames valientes que te consumen en el blanco de un baño a cambio de nada.
Malditos, dejadla. Dejadla que vuelva a ser el blanco de otras miradas. Esta noche se viene conmigo. Necesita descansar. Me la llevo a pesar de vuestras plegarias olvidadas. Me la llevo para siempre. Si mañana vuelve no la conoceréis. Irá toda vestida de blanco (quizá a juego con la muerte, o con la vida)
No existirán planetas desolados ni conspiraciones estelares.
Dejadme salir.

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NEGRO

 

Allá donde haya monstruos…la chica marginada pensó que era un vecino normal: correcto, educado, “bien parido” decía ella.

Su estrecha timidez le impedía mirarle a los ojos cuando coincidían en aquel ascensor de piso antiguo de la ciudad muerta. Allá. Lo saludaba y él le dejaba salir cortesmente de los espacios compartidos. ¿Cuándo?

El reloj dejó de marcar en ese preciso momento ingrávido. Activó la monstruosidad y la sangre empapó las cadenas de la maquina mientras ella quiso buscarle la mirada atrapada en un grito que no despertó a nadie. Brutalmente asesinada. ¿Allá donde haya humanos, humanoides o monstruos?

 

Quizá si lo escribes en el diario de tu cerebro des-ce-re-bra-do dejará de ocurrir.

 

Nada más que unos guantes usó, unos guantes de látex, muy parecidos a los que usan ahora para recoger trozos, fibras, pelos,

 

miedos,

 

verdades, gritos, mentiras, promesas, sueños,

 

vacíos…

 

Ni en la puñetera mitología encontrarás: ¿respuesta?

 

A nada. Una puta mierda.

Allá donde haya monstruos es en todos lados. Allá cuando cierras los ojos y todo es blanco.

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