American Obra Maestra

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Parecía imposible acumular tanto dolor, tanto sufrimiento y, al mismo tiempo, tantas reflexiones éticas y morales, tantas preguntas sin respuesta. Pero la segunda temporada de American Crime lo ha hecho. Más incluso que en su primera entrega. Cantidades ingentes de angustia llenan los diez capítulos de un drama que hace honor a todas las letras de tal etiqueta. Tanto dolor y tantos puñetazos directos a la conciencia del espectador (“¿qué harías tú en esa situación?”, parece preguntar una y otra vez).

Para ponernos en situación esta segunda temporada tiene lugar en Indianápolis, Indiana, donde un estudiante de la escuela pública acusa a varios miembros del equipo de baloncesto del campeonato de una escuela privada de haberle agredido sexualmente y de sacar fotos del incidente publicándolas después en internet. Sí, están leyendo bien. Una violación a un adolescente (hombre) por parte de otro adolescente (hombre, ¿machito?, capitán del equipo de baloncesto de la High School de turno).

No se ha contentado, el guionista, con plantear conflictos derivados de las diferencias económicas y sociales. O la homofobia en la adolescencia. Ha querido ir más allá. Ir a la raíz. A los problemas en el sistema educativo estadounidense. Al racismo del día a día. A los prejuicios y la hipocresía que reina en la sociedad. Incluso ataca a las ideas preconcebidas de los espectadores. No tiene compasión ni de sus personajes ni de los sufridos televidentes. Y entonces te dispara al estómago, da un triple salto mortal, rompe con la narración habitual y en un capítulo se transforma en una mezcla de ficción y documental con testimonios de personas que vivieron acontecimientos similares a los que están reflejando. Desnuda la homofobia, defiende los derechos, reclama valor, recuerda que nadie es más que nadie, y el silencioso sufrimiento de muchos adolescentes que no pueden decirle al mundo, a esta asquerosa sociedad: soy gay.

Como termómetro de la evolución de las mentalidades, la cuestión gay se ha convertido en un valioso criterio para juzgar el estado de una democracia y la modernidad de un país

Las  interpretaciones de los adolescentes son majestuosas, brillantes, puras y emocionantes. Te llegan tan dentro que no sólo consigues identificar estereotipos sino diseccionar puras vidas en carne y hueso, vidas sufridas, amor y verdad. Amor que no debería estar oculto. Pero se intuye. Se deja ver. Procesiona y hace su penitencia para vapulear al espectador, al sistema, al homófobo y a todo el que se ponga por delante.

El provocador drama de la ABC de John Ridley gana solidez en su segunda temporada, que se enfrenta a la violencia sexual, la desigualdad económica y al sistema educativo en Estados Unidos y el de nuestro país, dicho sea de paso, donde el bullying, es el pan nuestro de cada día y el pan que dejan de comer muchos chavales y adolescentes que desgraciadamente se ven tan encerrados que recurren al suicidio como única salida. Y esto no lo cuentan los medios de comunicación. Qué triste, pues.

Hay algo casi revolucionario en los adolescentes complejos y completamente humanos que Ridley ha concebido. Esta temporada va a llegar al alma de los padres que se preocupan demasiado (o no lo suficiente) por sus hijos. Es una historia potente, inteligente y convincente. Una historia que rebosa valor y muestra su enseñanza, con moraleja, pero sin ofender a nadie, con naturalidad, pues. Y con un final que te dejará helado, sin respiración, un final para estudiar, para pensar por qué tanta indiferencia, por qué el amor entre dos hombres todavía es pena de muerte o cárcel en muchos países y objeto de mofa en otros tantos. ¿Por qué?

¿Quién quiere vivir en un mundo en el que siguen pasando estas cosas? Qué asco de mundo. Pero qué buena es American Crime. Y qué bueno sería que lo vieran muchos estudiantes en muchos Institutos de Enseñanza Secundaria. No tiene desperdicio. No se la pierdan. Es simplemente magistral, una obra maestra. De visionado obligatorio, pues, en los ámbitos docentes que procedan.

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