Lajdar, la vida y sus (Ladrones).

«Calle de los Ladrones», la última novela de Mathias Énard publicada por Literatura Mondadori, nunca dejará de ser una obra maestra, nunca. Hay muchas razones para ello. No voy a detallar todas, no. Ni tampoco puede que las justifique. Prefiero, recién acabada su lectura, dejarme llevar por la sinapsis eléctrica que ahora, y espero que por mucho tiempo, embarga mi mente. Causa y efecto. Novela y poder. Lajdar y todo. Lajdar. Ese nombre, poderoso y cautivo. Niño, adolescente, hombre, adulto. Lajdar, más que un protagonista, que al uso llamaríamos principal, es una fuerza genuina, una vívida casualidad de la naturaleza que la ficción de Énard ha querido regalarnos. Ambientada en Tánger, ciudad de lo clandestino y lo etéreo, lugar literario donde los haya, remanso de paz para unos y paraíso mortal para otros, la historia nos sumerge en la vida cotidiana de un auténtico héroe, un rebelde, un apasionado, un soñador, un amante, un repudiado, un amigo/enemigo: el joven Lajdar, el extranjero, el turista, el visitante, el polizón… En plena efervescencia de aquella Primavera Árabe, que al amparo de lo clandestino desencadenó toda una serie de acontecimientos inverosímiles en otro tiempo/lugar, el espacio/cuerpo de la narración nos conducirá, a través de Lajdar, a la bella miseria de la soledad, a la necesidad de la literatura (sus novelas negras) como fuente de evasión, a la imposibilidad del amor, al amargor de la derrota, al desengaño, al desarraigo, pero sobre todo a la pasión, a la poderosa fuerza del vencedor, porque aunque durante toda la novela, y sin que nada tenga que ver con el final, Lajdar pueda verse o presumirse como un perdedor, no lo es, no, Lajdar es la victoria que lo subliminal invade, la premisa del compromiso con uno mismo, la vida, y nunca la muerte. El triunfo del rebelde sobre los argumentos arcaicos y deshilvanados, que para otros, los que serán amigos y compañeros, jefes o imágenes, suponen un modus vivendi, y por ende un modus operandi. Novela épica, novela de pasajes, salvoconductos y condenas. Novela rotunda en todo, en ritmo, estructura, diálogos… Lajdar, sumiso de sí mismo y nunca de textos sagrados, viajará hasta el final, hasta esa Calle de los Ladrones, donde nadie roba pero todos velan a los malditos, donde el silencio busca a los desaparecidos y los gritos reúnen a los desterrados… La poesía, como argumento pasado y presente, se encadena con el sentimiento y convertirá el amor en algo tan exquisito que solo las lágrimas, las suyas, podrán violar. La inocencia, como un estigma, como un castigo; el sexo, como el miedo, como el vacío provocativo del pasado. Lajdar se enamorará, y buscará el lugar que le corresponde, pero para ello tendrá que arrancarse de la vida y descubrirá que todo o todos siempre tienen tatuado el invisible destino como argumento, como un velo que se descorre para admirar la belleza corrompida por la distancia, los amigos, los fracasos, los poemas, los libros, el fuego, las bombas. Y Lajdar no se olvida. Ni en Tánger, ni en Túnez, ni en Barcelona ni en tantos lugares o ciudades que soñó, porque es poderoso, como esta novela, como Énard, como lo que fuimos o lo que algún día, seremos.

«Las ciudades se domestican, o más bien nos domestican; nos enseñan a comportarnos bien, poco a poco nos hacen perder nuestro caparazón de extranjero; nos arrancan nuestra corteza de cateto, nos funden en ellas, nos modelan a su imagen; no tardamos en abandonar nuestra conducta, dejamos de mirar hacia arriba, de vacilar al entrar en una estación de metro, tenemos la cadencia adecuada, avanzamos a buen ritmo, y por más que uno sea marroquí, paquistaní, inglés, francés, andaluz, catalán o filipino, al final Barcelona, Londres o París nos adiestran como perros».

Reseña de la novela «Calle de los Ladrones», de Mathias Énard, Literatura Mondadori.

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«Calle de los Ladrones», Mathias Énard, Literatura Mondadori.

Los hombres son perros, se atacan los unos a los otros en la miseria, se revuelcan en la mugre sin poder escapar, se lamen el pelo y se lamen el sexo durante todo el día, tendidos en el polvo, dispuestos a todo por unos despojos o el hueso podrido que nunca puedan echarles, y yo, lo mismo que ellos, soy un ser humano, un detritus vicioso esclavo de sus instintos, un perro, un perro que muerde cuando tiene miedo y que busca las caricias. Lo veo claro en mi niñez; en mi vida de cachorro en Tánger; en mis andanzas de joven chucho, en mi gemidos de perro abatido; emitiendo mi delirio entre las mujeres, que yo tomaba por amor, y entiendo sobre todo la ausencia del maestro, que nos hace vagar tras su rastro en la oscuridad olfateándonos los unos a los otros, perdidos, sin una meta.

Fragmento de la novela «Calle de los Ladrones», de Mathias Énard, Literatura Mondadori.

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