«La casa de hojas», de Mark Z. Danielewski, Alpha Decay, Pálido Fuego.

la casa de hojas

 

—Si una novela comienza así, sólo puede ser una obra maestra.

Todavía tengo pesadillas. De hecho, las tengo tan a menudo que ya debería haberme acostumbrado. Pero no. La verdad es que nadie se acostumbra a las pesadillas.

Durante una temporada probé todas las pastillas imaginables. Cualquier cosa con tal de refrenar el miedo. Excedrin PM, melatonina, L-Triptófano, Valium, Vicodin y bastantes miembros de la familia del barbital. Una lista bastante extensa, frecuentemente mezclada —y a menudo ahogada— con tragos cortos de bourbon, unas cuantas caladas a la pipa de agua de esas que te escuecen en los pulmones y a veces el efímero subidón de confianza de la cocaína. Nada me sirvió. Creo que puedo dar por sentado sin miedo a equivocarme que todavía no existe ningún laboratorio lo bastante sofisticado como para sintetizar la clase de fármacos que yo necesito. Premio Nobel para el que invente a esa criatura.

Fragmento de la novela «La casa de hojas», de Mark Z. Danielewski, Publican Alpha Decay y Pálido Fuego.

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¡PERO QUÉ ZORRA ERES!

 

Para ellos dos.

 

Antes de empezar: Es evidente que en este relato todos los personajes son de ficción. Pero huelga decir que cualquier parecido con la realidad “no” sería pura coincidencia.

 

«Todos usamos máscaras.» (Yukio Mishima)

 

Pedro invitó a su amigo Marcos a la cena de Nochebuena. Cuando Marcos llegó a la casa de éste se hicieron un par de rayas en el baño. Marcos le dijo que estaba muy buena y Pedro le contestó que era del mismo camello al que le pillaba su madre. Joder con la tía, contestó Pedro. El anfitrión le enseñó donde guardaba su madre los viales de coca. Guárdate uno tío. Mira, ahí los tiene, en ese neceser rosa. Para luego. ¿Qué dices?, paso. Qué te la guardes hostias. Qué ésta no se entera. Trinca el vial y se lo mete en el bolsillo. Existe la posibilidad de un posible acercamiento, pero de momento salen del baño. Nadie se entera de nada.

 

En la cena: familia, comida, amigos, amor y ¿paz? ¿Es Navidad? Parece que sí. Sentados todos en la mesa, muy compuestos, erguidos, servilletas en su sitio, diplomaticas ellas, el servicio preparado, la comida a punto, primer plato (segunda raya). Clink, clink, Sí, Oh, que bien. De verdad, me hago cargo. No me lo puedo creer. Pues yo no he ido este año a esquiar. (Qué gorda estás este año. ¿Qué comes? ¿Panceta?). (Si supieras los lametones que me da en el coño tu marido. Qué hambriento lo tienes). En el baño: coca y más coca. Entran y salen, no comen, lo intentan. Mueven los tenedores. Parecen, son de buena familia. La nieve desciende por las ventanas y penetra por los agujeros hasta las habitaciones más cerradas e íntimas.

 

En los pensamientos de la madre de Pedro: vete a la puta mierda, zorra asquerosa. No te folles más a mi marido. Tú te crees que no lo sé. Querida amiga (también pensado): la cena está buenísima, tanto como el culo de tu esposo que me como todos los viernes por la tarde cuando te dice que tiene reunión semanal. Sólo lo piensa, no lo dice: La amiga de la madre del personaje que aparece en primer lugar. A estas alturas del cuento ya creo que sabéis de quién hablo.

 

Esta gente es políticamente correcta, por eso solo se dicen las verdades con la mente. Se miran, se sonríen, quedan bien… y todo el rollo ese maniqueísta de la gente aparentemente feliz. Pero también se meten por el culo y la nariz, y ponen velas, adornos y servilletas con motivos navideños en nochebuena (las mismas con las que luego se suenan las narices por las que salen los truños sanguilonientos mezclados y bien cortados), y van bien vestidos y se besan y sonríen mostrando sus dentaduras arregladas y sus caras hinchadas por el botox que luego chuparan con sus bocas pastosas y secas por el efecto de los polvitos. (Aclaro: por el culo se meten pollas y por la nariz farlopa. Qué nadie se confunda).

 

Cenas copiosas y ansiosas. Regalos con deseos infames. Una nochebuena perfecta y normal. No todo va ser como parece que es. Desde luego que no. Hay nochesbuenas como regalos y amores.

 

Pedro y Marcos ya se han ido. La comida no les pasaba por la garganta. Estarán en cualquier garito poniéndose hasta arriba. Hoy es noche de (vicio). Oh, blanca Navidad.

 

De nuevo estamos en el salón navideño. Un gran salón pensado y seleccionado de las últimas y supermodernas revistas de interiorismo y finalmente decorado por Roche Bobuas o como coño se llame. La madre de Pedro lleva una guirnalda al cuello mientras su marido se la está follando por detrás. Marta, la amiga, se quita la ropa en el cuarto de baño. Se mira al espejo, vigila que no le hayan quedado restos de coca en la camisa. Su marido, Felipe, duerme la mona en la misma sala de estar en la que ahora aparece ella con la nariz manchada, el maquillaje corrido y las ganas de sexo estallando en sus pupilas grandes y vidriosas. Otra que tampoco se entera de nada.

 

La madre y el padre siguen. Dale que te pego. Mmmmmmmmmm Asiiiiiiiiiií Sigue sigue así me encanta fóllame como a Marta mmmmm me-te-me-la sá-ca-meeee-la que gusto que me voy que me corro que me folles así ooooooh diiiiioooos que me encanta la navidad necesito el número del camello mi móvil dónde está mi móvil. Sin coca no puedo. ¿Cuánto me quedará? Ya creo que poco. Y en su cabeza visualiza la papela y es mucho y poco, y solo ve polvo, y mierda y se acuerda del camello al que ayer le comió la polla en el salón de su casa y sabe que se correrá si se mete más y quiere seguir pero no puede, y se estremece para sacarse el miembro de su marido mientras se sorbe los mocos y apura una copa de vino que encuentra. Qué coño haces, qué se me baja esto. Cállate pedazo de maricón que necesito mi teléfono y apaga esa mierda de música dice la encantadora madre de P mientras por los altavoces de un antiguo equipo de música suena El Mesías de Haendel. La tele encendida muestra las imágenes del doble del presidente de la tercera República leyendo el mensaje navideño, mientras el verdadero descansa en su humilde morada, ya dormido y borracho en un sillón con grandes orejeras. En su pierna tiene un libro, un ejemplar de cuentos de Nabokov. La bragueta del pantalón bajada. Otro que no se entera de qué va Nabokov.

 

Maldita puta. Ven aquí dice la madre de Pedro. Despatárrate en el sofá del asqueroso éste mientras yo hago una llamada, querida amiga Marta.

 

¿Estás colocada? ¿Colocada yo? Pero tu qué te crees. Calla y come, que ahora vengo. (Zorra piensa). Pe-ro qué zo-rra e-res.

 

Qué bonitas quedan las luces del árbol. Este año son blancas, como el color de la coca. Esto último lo digo yo, que soy el que observa. El (puto) espíritu de la navidad, que dirían en algún cuento ñoño de dos siglos atrás. (lo de navidad en minúscula no es una errata).

 

Feliz navidaaaaaaaaad. (Hacia belén va una burra, rin, rin…daba, me remendé…).

 

¡Feliz Navidad!, gritan los dos amigos por la calle mientras se van encontrado con unos y otros que van y vienen, salen y entran.

 

 

Salen de las iglesias y entran a los bares. No tardo en percatarme de dos chiquillos que vienen corriendo hacia mí. No van vestidos con ropa normal. Cuando ya los tengo cerca observo que visten de monaguillos. La Misa del Gallo ha terminado y ellos corren, corren despavoridos mientras el cura cuelga los hábitos y se lava las manos. Los paro. No tienen aliento, pero sí lágrimas. Les digo que se vayan a su casa.

 

Vuelven otra vez a la carrera. Llegan a un dormitorio. Se acuestan y se abrazan mientras uno le dice al otro que nunca más nadie le hará daño.

 

Vuelven los gritos, el jolgorio, los cantos, las lágrimas, el amor, el odio, las ganas de llorar, las ganas de salir corriendo…es Navidad.

 

Los dos monaguillos se abrazan debajo de la manta de una cama, como Pedro y su amigo, el invitado. Se quieren, se aman, se meten y se sienten, como su madre, que fraternalmente le desea felices fiestas al cabrón de su marido y a la zorra de su amiga que ahora también es parte de la familia.

 

La vista se va alejando de la sala de estar ahora convertida en un aquellare de fluidos, manos, polvos, guirnaldas, comida sin terminar, pollas flácidas y coños hartos ya.

 

Desde un teléfono descolgado se oye una voz ronca que dice: Tía, tía, dónde te metes. ¿Cuánto me has dicho que querías?, ¿dos o tres?

 

Perdón, se me olvidaba algo, mejor dicho: alguien. Antes de terminar y mientras estos deciden cuánto van a pillar quiero que conozcáis al tipo más feliz de esta historia. Volvamos atrás, a la casa. Ahora nos metemos en el dormitorio marital. La decoración no hace falta que os la detalle. Todo muy pijo. Colores pastel. Cama extragrande. Cortinas blancas a juego con lo que tengan que hacerlo. Muchos cojines. Un gran tocador de maderas nobles. Oh, una polla de plástico, de tres velocidades. Alguien se la dejo olvidada por aquí. Vaya. ¿De quién será? Qué barbaridad.

 

Pero lo que nos interesa es cuna que hay debajo de un ventanal donde un pequeño bebé varón, hermano de P (no es que falten letras es que me gusta poner solo las iniciales) está gozando con un trozo de panetone que alguien por descuido o deliberadamente dejó entre sus sabanitas. Como disfruta el jodío. Tú come, que estos ya comieron todo lo que quisieron.

 

Tráeme cuatro. No, cinco, dice la madre, supongo.

 

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