Heroína: Conspira y mata

Eduardo Haro I

“Nos matan con heroína”, clamaba Eduardo Haro Ibars en octubre de 1978 desde las páginas de la revista Ozono. El escritor con vocación de maldito, que en ese momento se hallaba en plena sintonía con el anarquismo emergente en España, y años más tarde desembocaría en la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), era tajante al respecto: “La heroína está aquí, fácil de conseguir, atractiva precisamente por esa leyenda de «fruto prohibido» fomentada en torno a ella. La heroína se puede comprar sin muchas dificultades y a un precio relativamente bajo: por quinientas pesetas es fácil conseguir una dosis, y hasta dos, en cualquier plaza, en cualquier bar de las zonas underground de Madrid”. Eduardo Haro denunciaba un hostigamiento o exceso de celo policial contra los camellos y usuarios de hachís y hablaba de “ignorancia”, “confusión” y directamente “estupidez” por parte de los jóvenes drogados, pero sobre todo acusaba a “sociólogos, psiquiatras y periodistas” de ser responsables indirectos del envenenamiento masivo al “hacer creer que todas las drogas son iguales”, es decir, al no establecer distinciones entre el hachís ―“prácticamente inocuo” en su opinión― y los poderosos polvos blancos.
Unos días antes el periodista y guionista de cine Gonzalo Goicoechea Luquín, conocido por su sensibilidad ante determinados temas sociales y por su valentía a la hora de destapar aspectos oscuros de sucesos aparentemente vulgares, ya había denunciado en prensa (Triunfo, 02.09.1978 y 23.09.1978) las redadas selectivas practicadas por la policía en Madrid y la deliberada ceremonia de la confusión creada por los medios de comunicación en torno a las drogas. Pero, ¿qué sabían los jóvenes españoles sobre la heroína en aquel momento? 
En realidad, pocas cosas, y casi todas a partir de experiencias indirectas. Los que tuvieron la oportunidad de asistir al concierto de Lou Reed celebrado el 18 de marzo de 1975 en el Palacio Municipal de Deportes de Barcelona ―primera y única actuación de la gira en España― vieron cómo el icono del underground neoyorquino ―cuya adicción al opiáceo era sobradamente conocida― deambulaba por el escenario dando tumbos y casi se desvanecía sobre el piano de cola, sin apenas atinar a pulsar las teclas, mientras desafinaba con una voz quebrada. A muchos les pareció que Lou Reed iba a morirse en escena. ¿O sólo se trataba de una pose, una artimaña más del show business? Imposible saberlo, porque el uso de heroína estaba considerado como una práctica contracultural y transgresora absolutamente extrema, lo cual le confería cierto glamour. 

Heroina

Heroína. Conspiración. Corazón. MkUltra. Los 80. Los 90. Eduardo Haro Ibars. Planificación. Control Mental. Maldad. Poder. CIA. KGB. Stasi. Muros. Vergüenza. Anagrama. Ensayos. Frialdad. El ángel caído. Sus poemas. Contracultura. Hierro. El pico. La aguja. Sangre. Frío. Elena. Los transeúntes. Los commuters. Evening Standard. Jóvenes. Jóvenes Zombies. Comando contra. Ismael. Metrocard. Tube. UnderGround. Té. Movida Madrileña. Aeropuertos. Gays. Sexo. Refugio. Frío. Antártida. Lugar. Creación. Sida. Aids. Made in Lab. Muerte. Eduardo. Robar. Vivir. Consumir. Consumidos. Accidentes. Engaños. Muertos. Talentos. Canciones. Nacho. Tú. Volveré. Espérame. Vuelve a tocar esa guitarra. Ironía. Ser o no ser. Londres es luto. Llueve, Héctor, llueve, justo cuando te apagaste, Londres se encendió en lágrimas. No sé cómo tengo fuerzas para escribir esto, pero te lo mereces. Tristeza. Rabia. Dolor. Ira. Lluvia en los zapatos. En medio de la nada. Locura. Poemas. Canciones. Sangre. Cuando esté cerca de los aviones le pondré un mensaje al cielo para estar más cerca de ti. Héctor, descansa, que ya no merece luchar más. Deja de sufrir. Recuerdo cuando te encontré. Recuerdo cuando te miré. Pero esta vida es una mierda. No tenemos nada. Nada nos pertenece. Ni siquiera la eternidad. Voy a cambiar mis respuestas. Te quedaba más de media vida. Pero la vida es una ladrona. Siempre se lleva el lado bueno de las cosas. Ahora iré a buscarte a Hyde Park… Mi cama esta noche estará más fría que nunca. Tu cuerpo. Tus manos. Tu rostro. Y ya nadie abrirá esas puertas. Y bajo la lluvia todos somos igual de pequeños, de diminutos, de insignificantes. Tengo el alma rota y el fantasma del miedo en mis ojos. Y no tengo nada. Nada. Porque ya no estás.

Drugs

Construcción de una teoría conspirativa

La denominada “contrarrevolución del caballo”, que ya había sido esbozada en algunos textos, como Capitalism plus dope equals genocide (1970), de Michael “Cetewayo” Tabor, y Los hombres se drogan, el Estado se fortalece (1977), de Jules Henry y Leon Léger, fue uno de los temas troncales tratados en un seminario del movimiento autónomo italiano, celebrado en la primavera de 1979 en la ciudad de Bolonia. Allí se denunció una situación que supuestamente había venido repitiéndose durante los últimos años: la utilización estratégica de la heroína por parte del Estado para desactivar la amenaza potencial de las vanguardias contestatarias. Tanto en el caso de contracultura californiana en general y del Free Speech Movement de Berkeley en particular, como en el caso del Black Panther Party, de los provos holandeses, del mayo francés, del Autunno Caldo italiano… el ciclo había sido el mismo:

1º) Escasean el hachís y la marihuana; 
2º) Prolifera la circulación de heroína; 
3º) Se producen continuas detenciones de pequeños camellos, así como se acosa social y policialmente a los consumidores de drogas “blandas” y 
4º) Aparecen “nuevos” camellos especialmente en círculos contestatarios.

Según los autónomos italianos reunidos en el seminario, las consecuencias inevitables habían sido las siguientes:

a) La falta de hachís y marihuana contribuye a extender el hábito de la heroína; 
b) Dado el precio, mucho más caro de la heroína, muchos adictos se ven abocados a “hacer de todo” para costearse sus tomas; 
c) “Cualquier cosa” para conseguir dinero es, por ejemplo, traficar o cobrar por delatar, como confidentes sociopolíticos (en ocasiones se combinan ambos “trabajos”, implicando a organizaciones contestatarias y cuyo desprestigio se encargan de orquestar los medios de comunicación de masas) y 
d) La adicción a la droga heroína margina e inhibe.

Cabía preguntarse por qué no se había producido un intento de rechazo en los colectivos más afectados, ni por qué en países como Chile, Uruguay y Argentina se había apostado por soluciones militares, y no por la introducción de heroína, para frenar la subversión, pero a esas alturas nadie parecía dispuesto a cuestionar la lógica de una explicación que resultaba bastante más congruente y verosímil que el discurso establecido. De tal manera, aquellos que estaban dispuestos a creer en el objetivo por parte de los poderes públicos de promover la abulia, el desinterés, el sopor, el distanciamiento, la desconfianza, etc., incentivando la renuncia de las vanguardias contestatarias a participar en el proceso transicional en España, contaban con un marco teórico atractivo, bastante desarrollado y con un gran potencial dramático.

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La versión ácrata del asunto

Sea como sea, lo cierto es que la teoría conspirativa serviría para explicar el impacto de la heroína en el pujante movimiento libertario surgido tras la muerte de Franco en Barcelona y su área de influencia inmediata, que aspiró a renovar el viejo anarcosindicalismo desde los ateneos de los barrios, atrayendo a personas de distintas generaciones con el denominador común del espíritu crítico. Efectivamente, su labor cultural, lúdica y social, que ―según Pepe Ribas― “suscitaba temor al Ayuntamiento y al President Tarradellas”, se fue diluyendo a medida que muchos jóvenes militantes libertarios se apartaban de la causa, hundiéndose en una especie de autoinmolación calculada. En poco tiempo, el censo de heroinómanos en Cataluña elevó hasta 10.000-12.000 el número de afectados, y para conservar memoria de aquella amarga lección que supuso la sensación de inutilidad de la revuelta colectiva, combinada con el fracaso de la experiencia individual, contamos con la conmovedora novela de David Castillo El cel de l’infern (1999).
José Ribas siempre se ha mostrado contundente a la hora de explicar el fenómeno: “Desde el poder se aniquiló aquella posibilidad. No fue difícil acabar con la fiesta barcelonesa ácrata y alternativa, solidaria con España, faro cultural de toda la península. Barcelona entró en una crisis profunda y se encerró en sí misma. Las Ramblas y el [Barrio] Chino se llenaron de partidos fantasmas que incendiaban autobuses y rompían escaparates. Se cerró el Saló Diana y Zeleste se impregnó de disseny” (Ajoblanco, 00.04.1993). “Hubo un complot para acabar con el movimiento libertario y dejar Barcelona preparada para la oligarquía de los partidos y la falsa democracia que actualmente tenemos. Ahí se fraguó la generación sumisa que pronto será barrida […] a los libertarios ya no hay quien los resucite: los mató la policía infiltrándose en los ateneos y repartiendo heroína” (El País, 15.04.1994). En su citada crónica personal de los 70, Pepe Ribas se hace eco de un comentario que hizo “alguien del Ateneo de Sants” durante la celebración de las Jornadas Libertarias de julio de 1977 en el sentido de que “alguien estaba pasando heroína de mala calidad”, aunque entonces, en plena euforia ácrata, no se le dio importancia. “Nueve meses más tarde, la epidemia orquestada era masiva”, y pudo comprobarse cómo “el viejo sueño de la libertad, hilvanado ahora con la droga dura, promovía pasividad y muerte”, apostilla Ribas. En el mismo libro da crédito a la historia que le contó un “joven gitano” en 1978 para explicar la introducción de la heroína en Barcelona: “Años atrás, cuadrillas de poca monta que trapicheaban con hachís merodeaban los domingos por el campo del Barça y robaban los radiocasetes de algunos de los miles de coches aparcados. Muchos de ellos acabaron en reformatorios o en la cárcel. Otros intimaron con carceleros y policías. Convenientemente formados, los soltaron en plena ola libertaria a cambio de cumplir ciertos servicios. Un día les llegó el encargo de cambiar de mercancía y dirigirla a determinados ambientes. Aquellos camellos de poca monta que trapicheaban con chocolate, polen, marihuana y ácidos adulterados se pasaron a la nueva sustancia. Las primeras partidas no fueron grandes y tampoco tenían precio”. No deja de ser significativo que este testigo excepcional de la época también se apunte a la plot theory. “Eran las mismas tácticas que habían patentado los servicios secretos norteamericanos como arma de destrucción contra los Black Panthers y demás grupos radicales. Luego las extendieron por todo occidente”, asegura Ribas. Por lo que respecta a la respuesta de los usuarios ante la supuesta trama tóxica, es decir, a la demanda, Pepe Ribas se limita a reconocer que había muchos “alternativos pasados de revoluciones” que “se apuntaban a la heroína y otras drogas sin ton ni son”.

Muchas veces las conspiraciones se ocultan bajo problemas sociales y son difíciles de detectar. Pero no para visionarios como Eduardo Haro Ibars. A finales de los setenta, este periodista comenzó a ver algo más allá del simple aumento de heroinómanos en España. Él vio una correlación directa entre la droga, la manipulación y el poder. Para Haro Ibars, la conspiración de la Heroína tenía un objetivo claro: facilitar el conformismo y la disolución de las revueltas sociales

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Suicidando un cuento.

Están los que tienen miedo a volar. Pero yo no soy de esos, se lo prometo. Lo mío —para que me entiendan ya que nos vamos conociendo— es más bien miedo a las personas que vuelan conmigo. Subirme a un avión me produce un alterado estado de misantropía que ni el peor de mis enemigos. En todo trayecto aeronáutico suelo comunicarme con monosílabos o simples gestos (ensayados) de asentimiento o negación. Eso sí, solo con la tripulación. Con el resto de mortales que se congregan en la aeronave de turno, ni palabra. Ya se imaginan. Resumiendo: que no soporto estar pegado a tanta gente que a saber qué mierdas echan por la boca, que quizá no se hayan lavado en una semana, que apestan, que rezuman,  que gritan, que comen como cerdos…

De camino al aeropuerto ese presuntuoso odio hacia los que serán mis (compañeros), —por llamarlos de algún modo—, de vuelo, empieza a relucir en mi mente con una efervescencia insuperable al son de algún tema cañero pescado de los modernillos de las redes que se escapa por la conexión virtual a Songfy. Esta vez tocaba ir a Manhattan. El taxista que me acercó a la terminal del aeropuerto de Barajas resultó ser parco en palabras, cosa que agradecí, ya que no me apetecía retirar de mis orejas los auriculares del Ipod para escuchar las burlescas y variopintas hazañas que sólo conseguirían acentuar aún más mi predisposición a odiar a doscientasynosécuántas personas durante las siete horas de vuelo que me esperaban por delante.

Tuve suerte, la lotería de las probabilidades se alió con mi estado de ánimo y me tocaron como compañeros un sordomudo y otro jovenzuelo con un Ipod más grande que el mío, lo que le proporcionaría más horas de música que a mí y por tanto menos probabilidades de intentar alguna forma de comunicación posible. Me quedé con las ganas de preguntarle dónde se había comprado las zapatillas que calzaba el colega. Bastó una foto con el móvil y una búsqueda por imagen en Google para hacerme con el modelo, puesto que la marca saltaba a la vista. Ni puta palabra nos cruzamos en todo el vuelo. Por si las moscas y, asqueado por el olor a comida putrefacta y plastificada, que a las dos horas de trayecto empezó a salir de la parte de atrás del maldito aparato, decidí pedir un vaso de agua al que siguieron un par de somníferos que me dejaron en un estado de sedación tan gratificante que creí estar en una especie de sillón mullido de revista de decoración para adornar mesas de salón. (Azafata, agua) Esas fueron las dos únicas palabras que salieron de mi asqueada bocaza.

La más fea de todas las tripulantes abordo se encargó mediante enérgicos golpes en mi hombro de proporcionarme un despertar tan inesperado como abrupto. Habíamos llegado al JFK y ni enterarme, la verdad. La química es la hostia. Cuando regresé al espacio/tiempo regular los demás estúpidos pasajeros ya se habían bajado de aquel trasto infernal. Me encanta hacerme el VIP. Con gesto parsimonioso, todavía bajo los efectos residuales de la mierda que me había tomado, agarré mi bolsa de mano que encontré en el compartimento superior (qué nombre más espantoso) —¿había dejado mi mochila allí?— y salí echando pestes de aquella máquina infernal dirigido por la (inercia) de la recogida de equipaje. [¿Llevaba maleta?] Después de media hora esperando el bulto —parece que sí facturé 1— salí a la zona de llegadas donde ya me esperaba F embutido en un horroroso abrigo y saludándome con una efusividad algo exagerada para no habernos visto en nuestras puñeteras vidas. Nos abrazamos con cierto protocolo disciplinario. Era la primera vez, como decía, que me encontraba con este mamarracho neoyorquino. No sabría muy bien cómo definirlo, pero algo así como una mezcla entre hipster(ignorante) o intelectual(sobreactuado) no quedaría mal para anotarlo en el cuaderno. F era el enlace que me habían asignado los de la revista Single para el apestado reportaje que se me había metido entre ceja y ceja.

Un famoso activista/hacker humanoide había sido encontrado muerto en su apartamento. Como cada mañana un elemento de mantenimiento acudía a su domicilio para ponerlo a punto. Se trataba de un prototipo en fase de pruebas y necesitaba de retoques a diario. El día 11, el elemento reparador F98, se lo encontró muerto en actitud de presunto suicidio. Eso pudimos saber por la información que los confabulados mass media publicaron.

Y una mierda, que este tío no se ha suicidado, le dije a mi compañero de piso cuando estábamos recibiendo los (misiles) que fuiterostuibukes empezaron a lanzar por las redes minutos después de hacerse publica la noticia. Me obsesioné tanto con el tema que decidí ponerme en contacto con los editores de la revista Single, cuya sede principal estaba en Nueva York. Con fama de ser una suerte de panfleto neoliberal fue el único soporte informativo que había dejado una puerta abierta a la posibilidad de una conspiración. ¿Suicidio o suicidado? Ese fue el titular con el que levantaron algunas llagas de las que todavía, hoy, se están curando y por el que me lancé al terreno. El caso es que el humanoide en cuestion se había metido en algunos asuntos de asaltos iperianos que hicieron peligrar la integridad y dignidad política del último Premio Pacífico: el Presidente Babama de las RR.UU.

Cierro comillas (imaginarias).

—Perdonen, pero yo no soy éste, a ver, me explico, el que escribe esto no es el que ustedes piensan, en realidad yo soy mi compañero de piso. El otro, el de los aviones, los somníferos, Manhattan y todo ese lisérgico montaje conspiranoico fue reventado por un Predator antes de que pudiera regresar a este piso. ¿El Predator? Supuestamente fue una acción gubernamental de castigo realizada por la Agencia AIC, supuestamente ordenada por el pacifista, quien a la vez, supuestamente o presuntamente, no era tal cosa. En fin, que se lo cargaron. Por listillo. Esto no debería escribirlo.

—Estuvo más de dos semanas recopilando datos acerca del humanoide, entrevistándose con allegados, amigos, secuaces, seguidores y quién coño sabe qué más cosas. Escribió el artículo (un bombazo, se metió con el Babama, le acusó de… mejor me contengo, desmontó toda la trama, habló de los escuadrones de la muerte que visitaron al genial humanoide, del arte de convertir lo natural en accidental (y mortal), los viandantes se lo creyeron, pues), los de la revista se lo publicaron, claro, y antes de regresar los discipulos del premiado le dieron el pasaporte demócrata con destino a la república del soldado fustigado. Y eso que todo era un supuesto. Pero un supuesto peligro, mi amigo. Ahora le llamamos el TNT.

—Si les relato los hechos es porque alguien me lo pidió y porque otro alguien me hizo llegar un cuaderno donde T iba anotando todos sus movimientos. Claro está, yo mismo he asumido el papel de personaje en primera persona y a la vez de censor ensayando una especie de realismo y/o suplantamiento falso de carácter. No quiero acabar empalado por un puto Predator, como él. Por eso he omitido información, datos, lugares, nombres… Como siempre prefiero la eventualidad del disparate a la asfixia de la realidad empírica.

—Lo dicho, suicidar el cuento (o lo que les cuento) antes de que me suiciden a mí.

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