SENDEROS (imposibles)

Hoy caminé con el loco.

Como siempre: él delante, yo detrás.

Soy un simple compañero.

El loco, ella, Clara, Tomás… (todos los demás se marcharon).

Clara dibuja ciudades en un viejo cuaderno.

Tomás busca estrellas para sus noches.

Paula sigue bailando en la pista del after.

El loco la observa.

Paula es ritmo.

Todos fuimos ella durante muchas noches.

Luego la soledad, el silencio, la música que retumba ácida y libertina…

mientras nuestros ojos brillantes y agotados buscan el rumor del sexo.

Nos tiene prisioneros de su baile: Paula (luz y secuencias)

Danza, Paula, danza, mientras el loco me lleva

por un camino que no voy a olvidar

(nunca)… mientras tú y yo seguimos inventando

un mundo sin cuerdos (con cuerdas en las que colgarnos)

para nunca volver a decirnos nada que no sea un lamento:

contra la almohada, los ojos bien abiertos…amanece

(qué lugar)

llora el loco, corre hacia la casa, abre la puerta, entra,

—Ven, ven, me dice.

Y me enseña su cuaderno: la ciudad ya tiene colores,

pintada sobre el viejo cuaderno.

Tomás llora, ha destrozado el telescopio.

La rabia (llamada bipolar) lo disfraza de enemigo.

Y todos, somos ya muertos de lo más romántico:

luces, y bolsas de plástico, y El Gran J., del que nunca más supe.

(porta coeli)

El loco dice la verdad. No necesita cuentos, ni palabras, solo mentiras.

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R. (56°57′N 24°6′E)

 

Pumuki (creo) se ha marchado de vacaciones con el equipo de investigación del doctor Lem.

O al menos eso cuenta en las postales que me envía desde R.

 

Querido A.,

Hace dos días que llegué a R. Es una ciudad extraña. Demasiado oscura.

Estamos siguiendo una de las pistas del cuaderno. Yo creo que es falsa, pero el doctor tuvo una especie de premonición y nos obligó a venir.

Mañana tenemos una entrevista con P. Él nos confirmará la veracidad del supuesto elemento que buscamos.

Hemos venido parte del equipo. Después del desayuno, como hoy no me dejaban participar, he deambulado por la zona vieja. Anoto todo lo que observo (y que a mi vuelta leerás).

Me gusta R. Y sé también por qué te gusta a ti. Tú no has estado en este lugar, pero sí en sitios parecidos que permanecen aferrados a tu memoria y que se revelan en las imágenes que siempre detectamos en tus fotogramas mentales. Ahora puedo constatar que tus análisis back- foto son reales. Estoy delante de todo lo que almacenas. De todo aquello que recuerdas en fase +.

Desde R. me despido.

Sin  más.

 

A veces pienso que todo esto se ha convertido en una especie de serial de ciencia ficción.

Es demasiado tarde para hacer nada. Lo sé. Los días transcurren en un trance entre lo creíble y lo imposible.

Voy camino de la casa de mi hermana. Ayer me escribió un email en el que me decía que tenía algo que enseñarme sobre nuestro último viaje a una playa de Phuket.

En realidad no recuerdo muy bien a qué fuimos allí: ¿turismo?, ¿paz?, ¿meditación?, ¿búsqueda de algo?

¿Qué más da?

En el email me habla de algo que ha recibido. Una carta, dice. Una carta de la playa. De alguien de la playa. Estoy intrigado porque no conocimos a nadie.

Así que decidí que lo mejor para matar el aburrimiento vespertino de los días de agosto era ir a su casa a descifrar el enigma.

Eran más o menos las 19 horas cuando llegué. Recuerdo que estaba leyendo un manual de psicología conductiva. Tengo esa imagen archivada porque fue con él a abrirme la puerta.

Me ofreció té helado que acababa de hacer.

Mira esto, me dijo. Cogí el papel doblado, que en realidad era una carta con una foto de la persona que la escribía.

—Joder, el surfista. ¿Qué quiere este?

—Tú lee.

No voy a reproducir el contenido de la carta aquí. Basta indicar qué quería el surfista enviándonos aquella misiva.

Esto:

SABER EL NOMBRE DE LA CREMA QUE ME PUSISTE CUANDO ME DI EL GOLPE. (Así en el original. El resto del manuscrito en inglés).

El día antes de venirnos para España fuimos a una playa que nos habían recomendado. No es que tuviera algo especial. Era un sitio tranquilo y, la verdad, nos venía bien. La noche anterior habíamos estado bebiendo hasta tarde y no soportaba la idea de que en mi cabeza resonaran los gritos de chiquillos y turistas embravecidos con los juegos de mar.

Nada más tumbarme en la toalla noté como mi cuerpo se iba relajando con el murmullo de las olas hasta que quedé sumergido en un sueño estúpido (que ya borré de la memoria).

Mi hermana abrió una pequeña sombrilla que alquilamos a un hippie de la zona y se puso a leer unas revistas.

Ya dormíamos los dos cuando nos despertaron unos gritos. Entre el sopor del sueño, la confusión y la gente que se arremolinaba pudimos suponer que alguien había tenido un accidente.

Mi hermana, como buena enfermera, agarró su botiquín de primeros auxilios y se fue corriendo hasta el grupo de gente.

Un surfista de la zona haciendo el imbécil se había contusionado la espalda.

Yo ni me acerqué.

Mi hermana me contó, después, que no era nada grave y que le aplicó una crema analgésica y antiinflamatoria.

No volvimos a ver al surfista hasta hoy que tengo una carta suya en mi mano con una foto de él en la que dice que quiere saber el nombre de la crema.

Por lo que leemos ha tenido algún que otro percance y nada le ha hecho tanto efecto como aquel ungüento.

Qué cosas más curiosas y/o absurdas ocurren a veces, pienso.

—¿Sabes lo que más extraña de todo esto?, me pregunta mi hermana.

—Cómo ha podido conseguir mi dirección.

—No te extrañes, esto es un cuento y tú, él y yo somos pura ficción. Pues imagina el resto.

Vuelvo a casa. No puedo resistir. No deja de darme vueltas en la cabeza. Abro el cajón donde guardo los expedientes, abro la carpeta (Pg Chezk) y observo los fotogramas de los que Pumuki hablaba en su postal. Me asusta que lo que veo esté en ruinas.

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RECUERDO IMAGINARIO

«Cualquiera que despierto se comportase como lo hiciera en sueños sería tomado por loco.» (Sigmund Freud)

Lo intenté con todo: psicólogos, psiquiatras, terapia (de grupo y choque), pastillas, somníferos, visitas al Ikea indiscriminadas, recolocación de muebles, compra compulsiva de estúpidos objetos aún sin desempaquetar, hipnósis, hipnóticos, sexo, sexo en grupo, lecturas entreveradas con mortíferos clásicos, estudio de nuevos idiomas, chillouts… y nada de esto me sirvió. (Apunto la posibilidad de electroshock controlado y facultado para futuros neuropsicoencuentros).

Rubén no salía de mi cabeza. Después de la última vez que nos vimos vagó por mi fantástica vida como alma en pena. Me eché a la noche y a los malos tragos. Lo busqué por tabernas, bares, putiferios, antros, ciberantros, cibertiendas, barracas, poblados, supermercados de unas cosas y otras…y ni rastro de él. Me obsesioné con la idea de su ausencia. Apareció en mí un sentimiento autodestructivo de culpa que no acabaría hasta que lo encontrara. Él no es una de esas personas que necesitan escuhar oye tío lo siento, perdóname. Menuda gilipollez. No se trataba de eso. Mi rollo neurótico era un comportamiento obsesivo compulsivo que se autoalimentaba de mis actos para convertir lo que ya no era vida en un cementerio de su desaparición (aún por determinar). Yo sabía que no estaba muerto porque él representaba la supervivencia de la materia moderna, la creación más matemática y exacta de lo que yo siempre quise ser: un ser diferente. (Pero en realidad era una mierda y por una vez que había encontrado mi reflejo lo había perdido). Soñé con espejos, espejos rotos, negros, sin reflejos, con reflejos, de los que manaba sangre, espejos dentro y fuera de mi casa, en medio de la calle, espejos de donde salían hombres vestidos con túnicas negras… Espejo de terror, sin más. Pero lo dejé huir.

Paciencia, busca otras actividades, sal con amigos, haz nuevas amistades, cómprate una mascota…venga ya: sólo les faltó decirme: Tío mátate a pajas. Harto de oir siempre la misma historia en todos los gabinetes de terapia a los que asistí decidí dejar toda la mierda que me tomaba (miligramos de vómito) y volver como oyente a las clases de la Facultad. Allí conocí a Tina una repetidora histórica que decía haberse follado a Rubén en un after de la carretera META 34 hacía un par de meses. Joder tío, yo iba hasta las trancas, el Rubén este también, me costó mucho ponérsela dura, no folla mal el hijoputa, una vez me la metió tenía ritmo, pero al final me dio mal rollo colega, cuando se corrió, antes de sacarla va y grita el muy cabrón: ¡CAPITÁAAAAAN AMÉRICA!, SOY EL PUTO CAPITÁAAAAAAAN AMÉRIIIIIIIICAAAAAAAAA. Se me cortó el rollo tío, hasta se me bajó todo el colocón. Luego el muy sádico sacó unas cuartillas con dibujos (no sé qué mierda son) se limpió con ellas y me las regaló. Mira, mira. No, le dije. Mejor déjalo, otro día me las enseñas. De todas formas si lo ves, dile que lo estoy buscando. Vaaaaale, colegaaa. ¿Oye?, ¿no te habrá “molestao” lo que te he “contao”?, me preguntó justo cuando le daba la espalda. No, no te preocupes, no pasa nada. Tío, a mí me van los látigos y cueros y toda la mierda esa pero tu amigo está un poco colgao, si me hubiera “avisao yo entro en el papel”, pero así a palo seco…

Dejé a Tina haciéndose un porro y volví a casa. No había nadie. Intenté relajarme un poco pero no hubo forma. Quería dormir, pero sin pastillas iba a ser imposible. Me tomé un Orfidal y al rato desperté en casa de Rubén:

Una especie de personaje visionario/catódico. Un “Neuromante” complicado. L llevaba su barba recién afeitada, vestía un pantalón gris, la camisa muy suelta, cuatro tallas más grande, como las que usaban aquellos negros del pasado. En ese año (indeterminado según mis datos) de la era inferior trabajaba como asesor de producto en un neuromercado. Serían las cinco horas del terciodía cuando me lo encontré entre los pasillos 13 y 14. Me esperaba con el deuvedé en la mano. Hazte cargo, me dijo. Despareció. Allí encontraría todas las instrucciones… En mi cápsula recordé a L en un pasado interruptus cuando era humano y reconocía mis gestos y emociones con solo mirarme. Ahora, cuando necesitaba de las máquinas para comunicarse me producía cierta angustia. Él no sabía que era un experimento de la antigua escuela de psiquiatría para desarrollar parametralmente los nuevos formatos de soledad, angustia y ansiedad en los ámbitos extrasensoriales de los paraísos artificiales traídos desde el siglo XX. Ya he ordenado los medicamentos por colores. En el armario tienes los cuatro que te hacen falta. L vendrá mañana cuando sienta la necesidad de ser lo que era: humano compartido. (Cuaderno R34 de la era postmoderna anterior).

************* blanco **************

#Doctor, en la sala de espera hay cierto alboroto, alguien pregunta por usted. Dice que necesita verle. No encuentra su identidad.#

Gracias Tina, después de Rubén me lo pasas.

La vecina seguía observando detrás de la puerta, mientras yo sigo buscándome en los espejos. Camino, miro, observo, callo, memorizo, fotografío, recuerdo (interrupción), convulsiones…

Enciendo el PC y pido cita para consulta. Es una pena que nunca coincidamos en las salas de espera. (Ni él, ni ella, ni yo, ni ellos).

#¢¢#4qw*******@@@@@@@@@!!!!!!!!!!¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿?¿¿¿¿¿ (compulsive, apparel… I neeeeeeed).

Del diario: (sin clasificar), manuscrito: cualquiera puede existir pero no todos pueden soñar… (memoria sin control).

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