Fred Cabeza de Vaca o la posibilidad del héroe moderno

fred cabeza de vaca vicente luis mora

Antes de empezar, antes de la obra, antes de Fred…

Todos confusos. Todos nosotros. Los miedosos. De momento inmóviles. Expectantes…

Ahora, se abren las páginas. Comienza la lectura, el suspense, la creación, la obra, la aventura, el misterio, el descubrimiento, el diario, los apuntes, las mujeres, el sexo, el arte desdibujado, el arte desmedido, lo involuntario, el poder desgarrador de la palabra, el placer de la falsificación como la invención de un género literario, sí, los esquejes, la materia, el miedo, la provocación, el proyecto, el camino: Fred Cabeza de Vaca.

Se notan los 4 años que Vicente Luis Mora (Córdoba, España, 1970) ha invertido en la creación de «Fred Cabeza de Vaca» (Sexto Piso, Madrid, 2017). [De ahora en adelante, y no por cuestiones de abreviar, sino por la confianza que uno le llega a tomar a Fred Cabeza de Vaca, lo llamaremos Fred, para los amigos].

Digo que se notan porque estamos ante un trabajo narrativo, una novela, un manual de vida / supervivencia / humanidad perfecto en todos sus aspectos. Y me atrevo sí, afirmo y digo que estamos ante una obra maestra se mire por donde se mire. Fred es una de las celebraciones más gloriosas que conozco del arte de narrar y crear y, por ende, una de las ejecuciones más brillantes que he conocido en la nueva narrativa española, lejos de estereotipos post-modernistas. En fin, estamos ante un proyecto culminado en la cumbre más alta de la creación y que bien le ha valido el XXVIII PREMIO TORRENTE BALLESTER. Mientras escribo estas líneas, el autor, seguro que acompañado de un buen reparto del equipo de Sexto Piso, presenta la novela en A Coruña. Casualidad no más. Era por contarlo.

La novela, se caracteriza porque integra en un discurso textual una serie de voces procedentes de varios elementos, perfectamente entrelazados, a través de los cuales, el autor nos va introduciendo en la vida del protagonista en esa suerte de meta-ficción que es la biografía de su vida, la de Fred, que elabora Natalia, ya la conocerán. Cada uno de esos elementos [anotaciones, esquejes, entrevistas, diario, apuntes, números, etc.] expone un modo de ver las cosas y el mundo en general, pero además, cada uno de esos discursos / elementos son el resultado de un plurilingüismo generado por la concurrencia lógica, artística, biográfica y ficcional de la historia y vida de Fred, y por tanto, del espacio o espacios geográficos y sociales donde se produce el discurso que pretende ser desde la primera página un pulso enigmático de pasión y emoción, intriga y descubrimiento de la vida de Fred.

Nos encontraremos con el nacimiento del personaje, con su infancia freudiana, con sus días de formación [permítanme, pero hay también en este personaje una reinvención paralela de la metamorfosis kafkiana] Fred tiene ese componente de insecto y libélula. Pero no voy a dar detalles. Se van al libro y lo descubren. ¿Por dónde iba? Por la formación. Eso. Por su llegada a la capital, por sus idas y venidas, sus miedos, sus vanidades, sus excentricidades, sus amores, pasiones, fobias, filias, creaciones, exposiciones, amigos, amigas, y por ese lenguaje mordaz, desgarrador y acertado con el que construye y define la sociedad distópica o no que le ha tocado vivir. Porque Fred comenta lo que observa, y lo que observa está proyectado, envuelto en arte, el arte social del fraude y el engaño, el arte del contrato social, donde la parte contratante (1) el Estado y la parte contratante (2) el pueblo, elevan a público el desengaño vital del presente y ese futuro más próximo que a todos nos explotará en la cara, como a Fred.

La narrativa de Vicente Luis Mora, la que lleva muchos años trabajando y demostrando [como Lecto-espectador], y que ha alcanzado su cumbre en Fred es una escritura que posee recursos sociológicos insospechados. Su expresión escrita acude a atender las necesidades de esta nueva sociedad y el nuevo tipo de hombre y/o mujer. No busca la poesía transmisora del mito vivo, se adhiere a una prosa que describe y desnuda ferozmente la realidad revestida de un ropaje idealizado y pleno de fantasía.

El hombre de la calle no recuerda los grandes héroes del mito y del pasado, sino que se siente vinculado a estos protagonistas de novelas, hombres como él, que van a recorrer una serie de aventuras sociales exóticas y maravillosas para desdoblarse como un yo disociativo de sí mismo, donde al final la bondad del dios de cada uno les procurará una suerte de destino dichoso para siempre.

Fred admite la variedad de la forma en toda su expresión: el relato del autor y el de los personajes y testigos e indagadores; incluye descripciones del país, de la naturaleza, de las ciudades, pinta las curiosidades y las obras de arte [destrozándolas, alabándolas, odiándolas]; reflexiona sobre temas científicos, filosóficos, históricos, religiosos, intercala relatos breves y discursos retóricos y eróticos, cartas, entrevistas y diálogos, etc, consiguiendo así un todo, un relato, una historia, una vida, que podría ser universal o acotada en los extremos de una sociedad recubierta de arte, propaganda y un pizca de nihilismo sobrenatural, que a todos, en mayor o menor medida, nos salpica.

Esta novela es un exuberante manual existencialista sobre la capacidad del ser humano para manejar la peor de sus pesadillas. Fobias encadenadas por esposas sin una llave aparente con la que abrir y conseguir la más preciada de todas las libertades. Son las fobias de Fred, pero también lo son sus arrogancias.

Esta obra maestra es un ejemplo de lo que el ser humano puede hacer cuando ve materializadas todas sus fobias. Ver, sentir, tocar, follar… sencillos actos que más allá de lo cotidiano se alían en una atmósfera ataviada con la mejor de las fábulas posibles para llevarnos al fantástico viaje del humano poder contra todo.

Fred deambula por simples y llanas escenas que convierte en (parábolas) cargadas de simbología urbana para diseccionar una sociedad dominada por los temores más fácticos posibles.

Un complejo de personajes difuminados en el rostro del (monstruo) cruzan una peligrosa y mágica linea donde el equilibrio entre la voluntad y el azar juegan una arriesgada (batalla) anclada en nuestras siempre resbaladizas acciones.

Tan sencillo es temer como vivir, ¿verdad, amigo Fred?

Aunque morir aquí es lo de menos. La muerte es tan segura que nos da toda una vida de ventaja. No nos exige nada, tan sólo estar. Lo demás, no. Todo muere. Todo, hasta la más inmensa obra de arte. Todo es efímero. Claro que sí, Fred.

Vivir con miedo es doloroso, nos invade y paraliza.

Pero si alguien lo comprime, y nos lo sirve en pequeñas dosis, es la mejor de las curas posibles. Y ese alguien, por si todavía no se han dado cuenta es Fred Cabeza de Vaca, Fred para los amigos. Pero insisto, para hacerse amigo de Fred, hay que leérselo. Es como el cortejo de los enamorados. Los preliminares para llegar al orgasmo cósmico de su natural paradigma / vida / ficción, de Fred.

Por eso Fred es un héroe, y como todo héroe debe ser conocido. Y en este caso, mejor dicho: deber ser leído. Seguro, que acabarán haciéndose amigos de él. Inténtenlo. Merece la pena, y mucho.

Porque tiene esta obra mucho de dignidad, de valentía, de coraje y originalidad. Porque hay un antes y un después en la narrativa española con Fred Cabeza de Vaca. Porque hay un vitalismo existencial y exponencial en cada elemento fragmentario que subyace en la parábola final, en el resultado de una ficción que solo es posible como consecuencia genial del trabajo y dedicación de cuatro intensos años de exploración para demostrarnos que otra narrativa es posible, y, por lo tanto: la posibilidad de ese héroe [moderno].

Fred Cabeza de Vaca es un manual de vida, un compendio filosófico y psico-analítico, una novela [súmmun], un elemento artístico contra el arte contemporáneo, un libro de auto-vida, y también, por qué no de auto-salvación, que no confundir con auto-ayuda.

Fred es también un héroe, y si me apuran un anti-héroe. Pero es en esa disparidad, en ese conjunto acotado que les doy donde reside el apego con el lector, donde uno, de alguna forma u otra, se ve reflejado, porque Fred tiene mucho del hombre moderno y / o contemporáneo. Fred es la estrella que da luz a nuestras miserias más oscuras, a nuestros deseos y vicios menos inconfesables, y a los cuartos más oscuros de nuestra consciencia. Fred es lo más. Fred es república y reino, anarquía y cohesión. Fred demuestra que todo cinismo es posible. 

Fred demuestra que puede ejemplificar las cosas de la vida, generar momentos para compartir. La mayoría de novelas caen en el olvido, pero la buena narrativa tiene una fuerza arrolladora, se queda atrapada en nuestras vidas para siempre.

Fred, a pesar de lo malo, nunca abandona la mirada propia. Los peligros son otros: te puedes volver estéril, ser solo manierismo. Puedes, como les ocurre a muchos, perder el contacto con la realidad, volverte inadecuado a tu tiempo y refugiarte en lamentos y rencores hacia el presente, cualquier cosa, sí, cualquiera menos perder la capacidad analítica y crítica, para así montarnos la escena creativa de su personalidad y abrir en canal un país para psicoanalizarlo en la mesa de operaciones, como si de un lienzo se tratara, un lienzo atomizado por el color, la materia, y una suerte de escala de grises…

Durante su lectura nos haremos muchas preguntas, nos cuestionaremos como seres bípedos que somos, nos psicoanalizaremos, pero lo más importante, la pregunta estrella será esa que recorre el texto como un fantasma blanco: ¿Qué es el arte? ¿Lo que vemos o lo que quieren que veamos? ¿Se crea por dinero o el dinero crea el arte? ¿Se puede vivir por amor al arte? ¿Se puede cuantificar el arte? ¿Se puede humanizar el arte? ¿O fue todo aquello un fraude?

Hallarán muchas respuestas. Y se divertirán. Claro que sí.

Les doy mi palabra.

[Reseña / crítica de la novela «Fred Cabeza de Vaca», Vicente Luis Mora, Ed. Sexto Piso, 2017]

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«Del color de la leche», por Nell Leyshon, Sexto Piso

Lectura de verano recomendada 1.0

el color de la leche sexto piso

«estoy sentada al lado de la ventana y estoy escribiendo esto con mi propia mano, y tengo que escribir en las horas de sol porque hay luz y la luna no da suficiente luz, porque por la noche está oscuro y cuando está oscuro no puedo escribir.
me acuerdo de aquel día y sé que fue el día en que todo cambió».

Fragmento de la novela «Del color de la leche», por Nell Leyshon, Sexto Piso

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«La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori

la muerte de mi hermano abel 2

—Si este párrafo que les voy a transcribir a continuación no es una obra maestra y el summum de la literatura de los dos últimos siglos, que me aspen. Si este párrafo no sirve para demostrar que «La muerte de mi hermano Abel» es el cenit de la perfección, que me aspen también.

Porque da igual que recemos o nos matemos los unos a los otros, da igual que discutamos bromeemos regateemos nos pateemos, da igual que amasemos enormes ideas o barro húmedo para crear nuestros fetiches, que riamos lloremos nos doblemos de dolor o gritemos de placer, que despertemos o soñemos, que bailemos o durmamos: todo apunta a eso único, se refiere a eso único, tiene en cuenta eso único, conduce a eso único: procrear para procrear futuros procreadores. Todo tiene un solo propósito: preservar la vida. Todo tiene una sola realidad: ser procreado para procrear vida que devora vida y para ser devorado por la vida. Es un juego encerrado en sí mismo y lleno de sentido, destinado a crear una duración en sí misma privada de sentido: la duración de la vida hasta la eternidad. Y ello se consigue con un gasto enorme, con el continuo y desmedido desgaste de miríadas y miríadas de vidas individuales. Un despilfarro delirante de decenas de miles de especies, subespecies y razas: el juego de un demiurgo enloquecido.

—Parece que, después de tantos años y tantas horas de narrativa de ficción sobre la historia de nuestra Europa, una novela más, pueda entenderse como algo repetitivo. Pero éste no es el caso. Por supuesto que no. «La muerte de mi hermano Abel» es otra historia, pertenece a otra esfera. Esta prodigiosa novela escrita por Gregor von Rezzori en el año 1976, cuyo título original es «Der Tod meines Bruders Abel, y que artesanal y magníficamente ha traducido el maestro José Aníbal Campos, es una hipérbole mayúscula que consigue la recreación narrativa de una catarsis plena de nuestra historia europea más reciente. Desde la WWI hasta la WWII, pasando por el holocausto judío, las postguerras, el hambre, la pasión, las horas, los días, los paisajes, que se van conformando en la voz del Aristides Subicz, en una composición metaliteraria, en un libro / novela, que consigue, además, componer con cada palabra y cada argumento escrito el adelanto majestuoso de lo que pudo ser y será la gran belleza del aprendizaje de la mirada de nuestros días pasados de vino, gloria, destrucción, muerte, sabores y sonidos… La narrativa de Gregor von Rezzori es brutal, diferente, revisionista, metafórica, seductora, dura, real, categórica y perfecta, rotundamente perfecta. Consigue, pues, lo imposible; esto es, evitar los clichés narratológicos, para así sumergirnos en una experiencia inédita. La novela te atrapa, te abraza, te vapulea, te transporta, te hace gozar…

Es una novela realista a corazón abierto. Su realismo parte del compromiso con lo visual, con lo experimentado, pero también tiene un componente de actuación don diferentes disociaciones del yo y la empatía más universal. Los personajes se muestran como personajes (reales) muy por encima de todo prejuicio moral. Todos ellos toman como marco de referencia su persona, sin olvidarse de su implicación psicológica inherente en todo el desarrollo de la narración, que se desnuda frente al lector como una segunda lectura hiperbólica.

En «La muerte de mi hermano Abel» se habla del miedo porque sus épocas así lo quisieron, pero el miedo, ese del que habla, es todo lo contrario al miedo natural, es un terror primario, visual, magnético, el miedo de lo eternamente recordado y secuenciado.
Deslumbra, pues, su fotografía, sus primeros planos, que son planos de la mirada; sus desenfoques, sus encuadres, sus rupturas, sus elogios, su curso, su velocidad. Y digo esto porque aunque la novela no tenga para-textos «per se», el lector los irá creando en su mente como una máquina de la cinematografía, como un ejercicio de placer literario y sublime. La trama va más allá de la supervivencia, dignifica la muerte, la naturaleza del ser humano, la soportable humanidad de la vida, el imaginario del horror. No es otra película, insisto. Es la novela del sigloUna obra maestra. Para cualquier espectador, la experiencia debería ser irrenunciable, pues. Estremecedora. De los miles de infiernos que ha vivido la humanidad este está narrado directamente desde el poder abrasador de las llamas. La pluma ágil y soberbia nos lleva al centro del horror de forma no explícita. Rezzori apuesta a un desenfoque sistemático del segundo y primer plano. De modo que todo aquello que Aristides ve, el lector apenas intuye. El fuera de campo narrativo trabajado con un grado de minucia y precisión hace de esta obra un conjunto de placeres, amores y desvanes tan impredecibles como magistrales. Parece impensable que los seres humanos puedan ser tan crueles y a la vez tan dadivosos. Una poética trágica ilumina la historia moral de su protagonista y nos presta una tabla de salvación para poder contemplar, sin quemarnos, las cenizas calientes del horror de las guerras. El sonido musical de su prosa y la sobria fotografía de los planos que nuestro cerebro va componiendo convierten a esta novela en un elemento indispensable en la biblioteca de cualquier bibliófilo que se precie. Un autor, sin duda, con una mirada nueva para enfocar las zonas más oscuras de la vida. Ese fue y será Gregor von Rezzori. Es una novela moral, comprometida, sincera, fascinante, apacible, necesaria, histórica, valiente, codiciosa. Una rotunda obra maestra. No se la pierdan.

Reseña de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, Sexto Piso, 2015

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«La isla de los condenados», por Stig Dagerman

la isla de los condenados

—Cuando abres un libro, en este caso «La isla de los condenados», de Stig Dagerman (Ed. Sexto Piso) y ya solo el título de la primera parte te impacta, —pocas veces subrayo títulos—, quiere decir, pues, que estás delante del recorrido magistral de una obra maestra, soberbia y desgarradora.

—Primera parte: (título)

«LOS NÁUFRAGOS. Dos cosas me llenan de espanto: Dentro de mí, el verdugo; y sobre mí, el hacha».

—Y cuando empiezas a leer, todavía con el sabor de esa letra que anticipa todo, y en las primeras páginas te encuentras con frases y fragmentos que te hacen pensar, detenerte, meditar, uno solo puede hacer la mejor de las reverencias, y por tanto, recomendaciones:

«Estratos de aire atravesados de luz, con los ribetes verdes, estelas lila, llamas rojo intenso que cruzaban como el rayo y que clavaban uñas cual colmillos de elefante hasta el centro mismo de nuestro núcleo tembloroso, que, camaleónicamente, cambiaba de color según los cambios de los pasajes».

Esta novela está publicada por la editorial Sexto Piso. La podéis comprar en la Feria del Libro de Madrid 2016. Casetas 252-254. No se lo pierdan.

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«La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori. Fragmento y visión.

la muerte de mi hermano abel 2

«Noches negras, nubes errantes a través de las cuales se insinúa la hoz de la luna. Cadáveres de ciudades en la leche plateada de la luz estelar… (…) rectángulos que se comprimen para formar cuadrados, cuadrados que se deforman y crean trapecios, que se constriñen en sus diagonales para formar triángulos isósceles que se abren de piernas como bailarinas, se desgarran y se vierten cual hipérbolas hacia la infinitud de la noche…».

Hemos seleccionado este fragmento, correspondiente a las páginas, 126-127 de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, por su abrumadora belleza. Es corto, pero lo breve, si breve, dos veces bueno. Por el libro desfilan cientos de párrafos gloriosos, brillantes y soberbios como éste. «La muerte de mi hermano Abel» es la novela de los tiempos, la cúspide literaria de una visión que define la Europa que fuimos y somos, de forma tan magistral, que te hace saborear cada sílaba, y cada palabra, y cada mirada, porque este libro, en su totalidad, es un aprendizaje de la mirada para todo lector que lo disfrute.

«Lo que más me gusta de este párrafo es la manera en que la cadencia de las frases se corresponde con el avance del tren saliendo de una estación: primero en staccato, más lento, luego con esos estira y afloja del tren que gana velocidad, y la aceleración final…», nos comenta José Aníbal Campos, quien ha realizado un excelente trabajo de traducción de tan magna obra.

«Las capacidades descriptivas de Rezzori son de lo mejor en toda su obra. Esa capacidad de síntesis, la mirada del excelente caricaturista que era, hacen de él el escritor capaz de trazar rasgos esenciales en apenas unas líneas. Ello mismo, en cambio, llena sus páginas de ciertos criterios esencialistas muy discutibles…», afirma José Aníbal.

«Y esa aceleración final se abre “hacia la infinitud de la noche…” se termina el juego de luces, y se sumerge, tanto el tren como el observador, en la más absoluta oscuridad. Cualquiera que haya viajado en tren de noche conoce esa sensación…», son las magníficas impresiones que hemos podido compartir con el traductor de «La muerte de mi hermano Abel», publicada en España, por Editorial Sexto Piso.

Desde este blog queremos hacer un alegato a favor de los traductores, una preciosa y dura profesión, que va más allá de la artesanía de la palabra. Gracias a ellos podemos leer semejantes obras cumbres y maestras de la mejor literatura que se precie, pues.

Gracias, también a David M. Copé, por descubrirme esta maravilla. Su gusto es tan exquisito que te contagia el amor por la buena literatura.

Y cómo no, nuestra más sincera enhorabuena, a los editores de Sexto Piso, por habernos traído a España esta deliciosa masterpiece.

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