Meta[personas] #2.

Lucía tiene una de esas que llaman enfermedades raras. Apuntó el nombre de la misma en un post-it y lo pegó en la puerta de su frigorífico de diseño comprado en una subasta amañada. Todas las mañanas lo lee, intenta memorizarlo, lo repite para sí misma como si de una multiplicación se tratara, pero al salir a la calle lo olvida por completo. Ella es feliz porque ha perdido la capacidad de recordar.

Alberto acude todas las mañanas a un mercado digital emergente (y en expansión). En la entrevista post mortem sus amigos nos recuerdan que lo poseía todo. Una especie de filántropo en estado de descomposición espiritual, comentó X. Una noche, la señalada como origen del futuro de la llamada era de la involución magnética, lo encontraron muerto en una carretera para coches uniformes (sic). Presentaba síntomas de envejecimiento prematuro. Unos 30 años tendría el día de su fallecimiento, dijo M. Después de comprobar los movimientos de sus cuentas supieron que Alberto compraba tiempo, gastaba tiempo, lo despilfarraba, lo agotaba… Insatisfecho buscaba la felicidad en las horas artificiales de la muerte.



Vera. Alguien apuntó en su libreta de notas: posible trastorno de personalidad multiple. Al principio me costó entenderla. Mezclaba diferentes idiomas, era como ver una película en varias lenguas y, además, con subtítulos. Después de una semana contraté un humanoide multi[traductor] y conseguimos descifrar algo… No era una cinéfila. Vera iba cada viernes del año a un estreno cinematográfico cuidadosamente seleccionado. Nunca la acompañó nadie. Su favorita era la primera sesión. Compraba la entrada, una botella de agua y se sentaba siempre en la primera fila. Anotaba compulsivamente aspectos relacionados con uno de los personajes. Hasta el viernes siguiente se convertía en aquél o aquella. Imitaba su voz, sus gestos, movimientos, costumbres… Concentración individualista de la humanidad. Disfrutaba de 54 vidas diferentes al año, todo un logro. No tenemos datos de su grado de felicidad a día de hoy.

Ismael tiene cientos de libros en su biblioteca. Son tomos de cien páginas cada uno. Todos iguales. Numerados del 001 al 159. Trabajó durante 15 años en un departamento del gobierno de su país relacionado con la manipulación genética. Nadie sabe por qué un día se despidió. Desde entonces es una especie de autista voluntario entregado en la recuperación absoluta del genoma humano. Escribe, en las hojas en blanco de los tomos, secuencias genéticas de forma desesperada. Alguien, un posible científico aburrido, habló de la carrera por la salvación de la especie (eugenesia de regresión, acusó). Ismael muy enfadado por este comentario vertido en algún medio no informativo solicitó una entrevista con el más afamado presentador del momento. Solo dijo una cosa: —El ser humano es como el SIDA, un retrovirus. Se esconde después de infectarse y destruirse a sí mismo. Por eso nunca lograremos salvar la raza humana. Su contagio es invisible e infranqueable.

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