El síndrome de Rezzori

Es por todos conocido el famoso Síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia). Se trata, pues de una suerte de trastorno psicosomático que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, obras maestras, especialmente cuando éstas son particularmente bellas.

Aplicando, pues, un algoritmo lógico matemático-narratológico, acabo de acuñar el SÍNDROME DE REZZORI, como consecuencia de la lectura en la que me encuentro inmerso, «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, sublime y grandiosa obra de la narrativa más pura, que mi yo haya leído en muchos años, y ya peino canas. Este colosal texto es todo un alegato de ingenio, pasión, talento, perversión, vanidad y virtuosismo literario. No sé si los señores académicos me dejarán registar el SÍNDROME DE REZZORI. De momento, y debido a los placeres carnales y emocionales que estoy sintiendo con su lectura, he aquí un fragmento que da fe a mis palabras y nuevo síndrome. Disfruten, lean y si quieren más, pues a comprársela. Merece la pena. Qué-placer-de-lectura.

la muerte de mi hermano abel 2»Recuerdo a una joven que estaba sentada una vez en el Fiore en una mesa contigua a la mía. Yo ya la había visto desde hacía un buen rato, no sólo porque su perfil me recordaba un poco el de Stella (una judía argelina, probablemente), sino porque todo su ser —su expresión, su postura, su mirada— gritaba a voz en cuello su soledad. Estaba allí sentada, encogida y sumida en sí misma, llevando encima todo el peso de la espantosa condición humana, la de estar condenados a vivir en una dualidad eternamente inconciliable: animales de rebaño, por un lado, incapaces de arreglárnoslas los unos sin los otros, siempre infelices cuando estamos solos, pero —por otra parte— enjaulados en el propio yo, prisioneros incapaces de salirse de sí mismos y liberarse de ese prisión… 

(…) »Con la misma inmediatez misteriosa con la que una primera estrella aparece de pronto en el cielo, se habían encendido las farolas, que ahora punteaban, con su pálida luz, el azul torcal que se diluía oscuramente en el anochecer. Con él desapareció también muy pronto el torrente de coches en el bulevar, y de repente todo quedó en calma. Yo estaba solo en un mundo vacío.

»Y puede creerme o no, pero aquello me pareció tan hermoso que se me saltaron las lágrimas. Me sentía como el hijo pródigo que ha encontrado el camino de regreso. Comprendí en qué medida somos hijos de este mundo, de este pétreo mundo de termitas: hijos de un desierto artificial de piedra, de la penumbra que la caída definitiva de la noche… ¡Ah! El angustioso valor de las pálidas farolas de la calle…

Fragmento de la novela «La muerte de mi hermano Abel», de Gregor von Rezzori, Editorial Sexto Piso. Traducción de José Aníbal Campos.

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