«Calle de los Ladrones», Mathias Énard, Literatura Mondadori.

Los hombres son perros, se atacan los unos a los otros en la miseria, se revuelcan en la mugre sin poder escapar, se lamen el pelo y se lamen el sexo durante todo el día, tendidos en el polvo, dispuestos a todo por unos despojos o el hueso podrido que nunca puedan echarles, y yo, lo mismo que ellos, soy un ser humano, un detritus vicioso esclavo de sus instintos, un perro, un perro que muerde cuando tiene miedo y que busca las caricias. Lo veo claro en mi niñez; en mi vida de cachorro en Tánger; en mis andanzas de joven chucho, en mi gemidos de perro abatido; emitiendo mi delirio entre las mujeres, que yo tomaba por amor, y entiendo sobre todo la ausencia del maestro, que nos hace vagar tras su rastro en la oscuridad olfateándonos los unos a los otros, perdidos, sin una meta.

Fragmento de la novela «Calle de los Ladrones», de Mathias Énard, Literatura Mondadori.

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La genética de lo digital.

 

Primero lean con atención este párrafo:

«Esto conduce a menudo a una especie de bipolaridad digital y analógica, a una escisión de la persona en in y offline. El derecho medieval reconocía dos cuerpos del rey, como describe Emil Kantorowicz: un cuerpo físico y otro legal, este último inmortal. En consonancia, la modernidad técnica reconoce dos cuerpos del usuario: el físico y el digital. El cuerpo físico está formado por células, microorganismos, agua. El digital se compone de mensajes, perfiles, fotos. El usuario conforma y perfila tanto el uno como el otro y se mueve por las calles como a través de las redes. Sin embargo, a menudo, el cuerpo digital adopta un modelo de conducta distinto al que posee su contraparte física: el mayor pelmazo en Facebook apenas consigue abrir la boca en persona. El payaso que siempre está en el centro de todas las fiestas considera a su vez que es absolutamente vergonzoso escribir estados en Facebook».

¿Les suena, verdad?

Pertenece a «Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos» (Alpha Decay, 2012), un manual/tratado/sociológico-evolutivo-genético-generacional, escrito por la joven Meredith Haaf. Aunque lean eso de «superfluo», no se confundan. Insisto, nunca juzguen un libro por su portada y mucho menos por su título, entonces el superfluo será usted, el lector pasivo. (Sí, sí). Toda pretensión de llegar a un paradigma, y por ende, resultado final escrito (de lo que se quiera) necesita una plataforma de campo sobre la que detenerse. Cuando uno pretende evaluar, analizar y por lo tanto, escribir (sobre lo que nos rodea: ahora, antes, más tarde… (¿pasado?, presente, ¿futu-qué?), no tiene más remedio que partir de lo visible, de lo palpable, en fin de la superflua realidad. (Pero, ¿qué hacemos con ella? ¿la dejamos en una simple fantasía dostoievskiana y nos echamos a dormir después de tomarnos unas birras…?) Habrá quien acepte estos parámetros, seguro; la diversidad y la fauna social pueden ser ya el arca de Noé de la putrefacción. A estas alturas, ¿todo vale? Creo que no.

Y Meredith Haaf, creo que también. Esta analítica autora se deja de rollos y estereotipos, y va más allá de lo palpalble, —y esa realidad de la que les hablaba—, la eleva a sublimes estados, a nuevas formas de convivencia, comunicación, interacción, consumo, comportamientos, evolución, genética… Ve lo que muchos no queremos ver, lo que nos detiene, los miedos generacionales que nos bloquean y en los que nos amparamos como inocentes víctimas de un sistema que nos ha fallado a todos, sí, de algo en lo que ya no podemos confiar, sí, de este societario vertedero cainita que ya Goya, tiempo atrás, vislumbró entre tinieblas. Pues (—wag the dog), la autora revienta esa cortina de humo y aborrece de las banalidades como excusas para considerar la pereza y la compasión como armas desechables y arquetipos a los que nos sometemos como peleles con camisa de fuerza. Los ve, los posee y les planta cara. La juventud (su generación) siente compasión de sí misma y se ahoga entre puñeteros estados y tweets, volátiles e inofensivos, ellos. Nos han construido una suerte de universo paralelo (enredo social) en el que nos han dejado caer, si miedo al vértigo, y en el que nos creemos ser abanderados de opiniones que no van más allá de un simple vistazo de sobremesa. Y ese enredo genetico digital, no es ni más ni menos que una presuntuosa maniobra, una tramoya sin actores, una especie de atajo que no lleva a ninguna parte. Nos han manipulado digitalmente, pero nosotros podemos hacerlo a la inversa, geneticamente hablando, claro.

Lo digital es manipulable, censurable, abominable… Pero lo humano, no. Si caemos en la inacción nos deshumanizamos. (El off y el on) A eso va la autora. La acción (rebelión, furia, ira, reclamación…) como voluntad humana es el recurso más poderoso que tenemos las nuevas generaciones para alejarnos de la redención a la que el capitalismo voraz y el dominante poder nos quieren desterrar. El destierro es como la muerte. La vida es lo pragmático. Analiza y piensa. Resuelve y consigue. Quizá estas cuatro palabras sean el perfecto algoritmo que recorre las páginas de este fascinante manual de acción social, reivindicación y lucha, donde también hay mucho de filosofía, sí, pero con estructuras entendibles y moldeables, conformadas como el espacio de batalla en el que ahora nos toca mover ficha sino queremos que los últimos peldaños (de esta escalera social) se desmoronen.

Hay una distancia enorme entre el poderoso (allá en su olimpo) y el resto de mortales (los que por aquí danzamos); pero esa distancia no es insalvable, no está supeditada a la fugaz e incontrolable carrera de un disparo, no. A pesar del hastío, de la desconfianza, de ese miedo que nos quieren inocular, no nos queda más remedio que plantarle cara, pero para ello, como bien asume, Meredith Haaf, tenemos que desnudarnos de comodidad y embadurnarnos de reacción. Olvida todo lo que te han contado. No tengas miedo a lo desconocido. Estas premisas invaden el genial ensayo de esta joven autora alemana nacida en Múnich en 1983. El virus de la gripe se combate con reposo pero el virus de nuestra era necesita que lo ataquen desde la lucha generacional. Y no voy a lo ilícito, no. Ni tampoco la autora, claro. Existe la legítima, la inalienable capacidad del ser humano, de sobreponerse a toda adversidad con sus armas más personales. Pero dejad los pañuelos, las lágrimas… Dejad y haced. En fin, despierta y comportate, pero sin conformarte.

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«Lección de anatomía», por Danilo Kiš, Acantilado.

LA PIEDRA DE TOQUE
DE LOS HECHOS

ESQUIZOPSICOLOGÍA

«La forma moderna de lo fantástico es la erudición», se ha dicho a propósito de Borges, si no me equivoco. Esta constatación breve contiene, sin embargo, toda una poética de la literatura moderna y diría incluso que esta fórmula es, en realidad, la base de toda la literatura moderna. ¿Qué se quiere decir con ello? Que el tiempo de la invención ha pasado, que el lector ya no se cree en las fantasías, porque en la constelación de una «aldea global» que multiplica hechos extraños de la realidad, el tiempo moderno ha mostrado que la famosa frase de Dostoievski de que «no hay nada más fantástico que la realidad» no es sólo la ocurrencia hábil de un escritor, sino que ese carácter fantástico de la realidad se ha mostrado al hombre moderno como una realidad fantástica; la imagen escalofriante de una ciudad parecida a la superficie lunar, con doscientos mil muertos y cuerpos humanos desfigurados hasta proporciones monstruosas, es una escena que la imaginación de un poeta medieval podía concebir unicamente con la fuerza de la fantasía más atrevida, situándola sólo en algún sitio fuera de este mundo, en los espacios lejanos del castigo y de la expiación eternos. Hiroshima es el punto central de aquel mundo fantástico cuyos contornos se empiezan a vislumbrar con la primera guerra mundial, cuando el horror de las sociedades secretas comienza a realizarse como la ofrenda masiva de sacrificios rituales en el altar de la ideología, del Becerro de Oro, de la religión… Digo «sociedades secretas», porque se trata de ocultismo: la cantidad de maldad acumulada y la brutal realidad fantástica no pueden explicarse exclusivamente con hechos históricos y psicológicos, sino más bien con aquello que MacLean, junto con Koestler, basándose en el comportamiento paranóico del homo sapiens, denomina esquizofisiología, y cuya consecuencia lógica es la esquizopsicología.

Fragmento de «Lección de anatomía», por Danilo Kiš, Acantilado, 2013

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«Saliendo de la estación de Atocha», por Ben Lerner. Literatura Mondadori.

Una vez seco y vestido, encendía el porro, me servía el resto del café y, si había acabado una traducción en el parque, la pasaba al portátil y se la mandaba por correo electrónico a Cyrus. Aunque en el piso tenía internet, en los e-mails decía que escribía desde un cibercafé y que tenía muy poco tiempo. Intentaba no responder a la mayoría de los correos que recibía para dar la impresión de que estaba desconectado, ocupado acumulando experiencias, cuando en realidad pasaba buena parte de mi tiempo en la red, sobre todo a última hora de la tarde y primera de la noche, viendo vídeos de cosas terribles. Después de escribir a Cyrus, intentaba leer El Quijote en edición bilingüe, comía algo, normalmente chorizo, queso duro, aceitunas y espárragos blancos de bote, abría una botella de vino, abandonaba El Quijote y leía Tolstói en inglés, en la Casa del Libro habían saldado sus principales novelas.

Mi plan consistía en aprender español leyendo las obras maestras de la literatura española y había fantaseado acerca de la naturaleza y el efecto del español aprendido así, sobre cómo su deje arcaico y su retórica formalmente acentuada chocarían con las trivialidades de la vida cotidiana y yo daría la impresión no tanto de venir de un país extranjero como de proceder de otra época; me imaginaba empleando un bello y raro giro junto a la hoguera después de que Jorge sacara la hierba y viendo las caras de los otros cuando comprendieran que no me entendían no por mi ignorancia o por mi acento, sino por su propio distanciamiento del cenit de su idioma.

 

Fragmento de la novela «Saliendo de la estación de Atocha», de Ben Lerner, Literatura Mondadori, 2013.

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«El sueño de Visnu», por David Meza. El Gaviero Ediciones.

 

Un adelanto, un breve fragmento, una exhalación poética, un grito más allá del ejército sublime de las palabras… una breve demostración de por qué éste es el mejor poemario (híbrida construcción, pues) de 2012.

No se lo pierdan…

Fragmento de «El sueño de Visnu», por David Meza, El Gaviero Ediciones, 2012

21:36

Solo me queda escuchar la palabra muerta en los bordes
de tus labios.

21:45

Solo me queda la tinta fluyendo desde mi corazón hasta
la herida de esta pluma.

21:50

Solo me quedan hilillos de lava como guía hacia los
escombros vegetales de la mente, surgiendo por los
dedos rotos de mis versos.

Solo me queda la conciencia fracturada de las calles
lamentándose de las auras de mis ojos.

Solo me queda el curso detenido de estos trenes marcán-
dome la boca con el ardiente pulso de su riel.

Solo me queda caminar y buscar en el horizonte una
mariposa de mercurio verde que me devuelva la mirada
y me destroce la bandera de los hombres.

Solo me queda la certeza que me dan el silencio y el
abandono al estar en medio de una multitud con tapa-
bocas y tapaideas.

Solo me queda la muerte de mi amigo entre los gritos de
un vendedor ambulante.

Solo me queda la sonrisa falsa de una mujer desnuda
que desde el periódico nos mira en la miseria

Solo me queda la luz de unas horas aprisionada en una
lámpara sin cara sobre el techo.

Solo me queda la negación del tiempo y su hermosa
brevedad ya terminó.

21:03 21:04 21:01 21:09 21:25 21:39 21:04 El tiempo
no existe. Y si existe nada quiero saber de él.

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