AUSENCIA DE TUITS

—Todavía no es momento de levantarse, dijo la voz.

—Pero cuando uno no tiene sueño ni necesidad de dormir lo mejor es escapar de las jaulas de las sábanas, —¿no te parece, voz impostora?

Me desperecé sentado en el borde de la cama. Cómo si no. Miré el reloj y vi que eran las siete de la mañana. Aún no era mi hora de volver a la realidad, pero tampoco la de nadie. El electroestimulador estaba sin batería, para variar. Me puse una vieja camiseta back to the future, un pantalón de chándal y unas viejas zapatillas de deporte naik jfox. Noté que tenía una fuerte erección. (¿?). Abrí la puerta de mi habitación, salí al pasillo principal y un silencio mortuorio me anunció que en casa no había nadie. Menos mal, porque la cosa no bajaba y era difícil de disimular. Tanta ausencia me resultaba extraña para un domingo, cuando normalmente, y siempre a esa hora ya hay alguien levantado, olor a café y tostadas, metales, cables quemados… Habrían salido de excursión, pensé. Aunque mi familia, la verdad, no era muy dada a ese tipo de actividades de ocio retro.

Después de refrescarme la cara en el baño bajé a la calle con la intención de comprar la edición del periódico dominical. No es que fuera asiduo a tal actividad, sino que al acordarme de que esa mañana publicaban el lanzamiento de un coleccionable sobre la III Guerra Mundial me apetecía hacerme con un ejemplar. Rollo pasivo modernista. Así, de paso, actualizaría mis conocimientos sobre una contienda en la que el dictador negro Obas quiso hacerse con el dominio del mundo a través de una única raza negra y desembocó con sus ansias de poder y de unificación colorista en una lucha encarnizada entre países tan pobres como ricos, tan diferentes como iguales. Todo fue una lucha dicotómica por la posesión inequívoca e irracional del oro negro. El fin de la guerra, hombre asincrónico, lo puso una tormenta solar que arrasó con gran parte de las telecomunicaciones, telerrealidades y tuitfelicidades. Ahora, según dicen, hemos migrado a un anterior estado de felicidad individual. Pero no hay muros ni paredes en los que escribir ese estado.

Salí a la calle y un soplo de aire frío y silencioso (verdadero estado) me cortó la cara y las manos, penetró por mi espalda y me hizo sentir un escalofrío que ya podía ser el comienzo de una gripe H, J, K… tantas que ya me perdía. Oddio.

Era una mañana de domingo, creo que ya lo he dicho, y los domingos son siempre dominicales y semanales. Pero todo aquello era diferente, no me había movido ni dos pasos del portal (ya había usado el ascensor, por supuesto) cuando una extraña sensación desembocó en mi abotargada mente de estudiante insomne y crápula.

En la calle no había nadie, ni un solo ruido, ni coches que pasaran, ni putas ni drogatas, ni polis ni kramperos, ni su puta madre, ni sangre ni velas, en fin. Los semáforos estaban apagados, los pasos de cebra pintados de rojo y las persianas de todas las casas cerradas. Como estaba en época de exámenes y tomaba una anfetamina de nueva generación cuyos efectos de excitación tenía luego que mitigar con una buena dosis de somnífero, pensé que estaba bajo los efectos de algún truco alucinógeno consecuencia de la mezcla de fármacos con denominación común internacional.

Enseguida noté como alguien me tocaba por detrás. Me di la vuelta y me encontré con una chica muy guapa a la que conocía de vista de la universidad. Me quiso decir algo, pero agachó la cabeza y desapareció. Cuando me giré para buscarla la vi de nuevo pasar corriendo por una calle más abajo portando la bandera de la Feminización de Estados Independientes de Color. Creo que gritaba algo, o que me hizo un ademán con la mano para que me acercara. Pero ante la duda y lo absurdo de aquella situación preferí antes pasar por el lugar asignado y comprar mi tan deseado ejemplar.

Cuando llegué al punto de intercambio de papel y sin dejar de vigilar con el rabillo del ojo aquella situación tan esperpéntica comprobé que estaba cerrado. Pero en este territorio/estado siempre hay soluciones (utópicas) para todo. Un terminal automático para los más madrugadores te deja comprar un ejemplar previo de cualquier periódico previo pago del importe correspondiente. Y en la pantalla, suerte para mí, en flamantes letras de neón ponía: Funciona y debajo un listado de todos los diarios disponibles. Metí la moneda y saqué el periódico que venía muy bien empaquetado junto a su flamante coleccionable. Enseguida comencé a despojarlos de su papel, pero cual fue mi sorpresa que aquellas hojas, todas ellas, estaban en blanco.

Me quedaban pocas monedas, las suficientes para coger otro ejemplar que después de una pequeña lucha entre máquina y estudiante vino a salir en el mismo estado de edición. En blanco. Por detrás del cacharro vi que se había quedado sin batería.

Me fui de allí con mis dos ejemplares en la mano intentando buscar una explicación, o encontrarme con alguien que también lo hubiese comprado para comprobar cómo lo tenía. Pero no divisaba a nadie, no me encontraba con ningún vecino o parroquiano, ni siquiera con aquella chica que bandera en mano había reclamado mi atención unos minutos antes.

Al girar la calle observé que no muy lejos venía una pareja cogida de la mano y besándose. Él levaba una kipá en la cabeza y ella un velo islámico que le cubría toda la cara. Cuando se acercaron a mí, viendo que iban a pasar de largo les di el alto y les pregunté:

—Hola, perdonen que les moleste.

—¿Si? —contestó el chico con una abierta sonrisa mientras ella se arropaba en su hombro buscando un instante de calor o qué se yo. Tenían pinta de venir de un recién orgasmo.

—¿Han visto a alguien por aquí? —les pregunté.

—Lo siento señor, somos nuevos, acabamos de llegar de muy lejos, de muchos años atrás.

—¿De dónde son? —quise saber, para calmar mi curiosidad, ahora mucho más hambrienta después de comprar dos ejemplares en blanco

—Venimos del estado IP de la nueva paz y el territorio unificado.

—Ah, vale —contesté sin entender muy bien de dónde venían.

Continúe mi marcha. Ellos se alejaron unos pasos y desaparecieron por la siguiente esquina, la que parecía un espejismo de sí misma y por donde los había visto aparecer hacía unos minutos.

Las calles continuaban vacías a mi paso, ni coches ni gente, ni adolescentes en buques de éxtasis y anfetaminas, ni nada que tuviese que ver con la vida, excepto aquella chica a la que siempre buscaba, y aquella pareja de amantes empedernidos. Alrededor sentí una especie de vacío cósmico, que no solo me preocupaba, sino que además me causaba cierto miedo e inquietud.

Al lado de mi casa había un gran cine que cerraron y convirtieron en una tienda de electrodomésticos que ahora, y sin previo aviso en mi vida, también habían remodelado. Ya no estaba la tienda tan famosa a donde todas las madres del lugar iban a comprar y a hacerse con alguna ganga infame de las aún más infames rebajas de todos los años. Ahora había un cartel a todo color que decía: Audiocine. Mi sorpresa aún fue mayor cuando leí el programa del día: Lectura del Diario “El Momento de hoy” y en segundo acto lectura del primer ejemplar del “Coleccionable La III Guerra Mundial”. Aquel número que había comprado en dos ocasiones y que estaba en blanco iba a ser leído en una sala de audiciones. No podía comprender aquella situación. Intenté pasar al interior, pero la puerta estaba cerrada. La hora programada era para las seis de la tarde y el precio un disparate para mi bolsillo. Me fui de allí como alma que lleva el diablo y apresurado por la congestión de una situación que más allá de lo irreal me resultaba hasta cómica.

Deambulé sin rumbo por unas cuantas calles hasta que llegué a la Gran Avenida de La Victoria Universal. También desierta. Demasiado raro a estas horas porque esta gran calle de diez carriles, cinco para cada sentido, era la arteria principal de una ciudad donde nací y que me estaba costando demasiado trabajo comprender. ¿Qué desafío o extraño ajuste de la realidad era este? Recordé que a mitad de la calle había una inmensa librería con una sala de lectura donde te dejaban leer lo que quisieras y el tiempo que hiciera falta. Decidí acercarme para buscar algún libro interesante y pasar el rato leyendo, a ver si con la desidia del tiempo, la vida o lo que fuera aquello que me había encontrado esa mañana de domingo recuperaba su normalidad natural, si es que había algo de natural en la vida, en todo aquello (imaginario real).

Cuando llegué a la puerta de la librería observé que estaba vacía de gente, pero no de libros. Todo parecía intacto, no había restos de saqueo o de sabotaje: ¿Quién iba a querer sabotear una librería? Pero no estaba en lo cierto, mis ojos enfrentados a la normalidad de la contemplación de los libros colocados en las estanterías me habían hecho creer que todos ellos  estaban allí sin que nadie los hubiera tocado. Y en efecto era así. La puerta estaba abierta, la empujé y entré, subí hasta la sección de narrativa contemporánea situada en la segunda planta también desierta de vida pero no de libros. Y aquí llegó el momento que más me aterrorizó. El preciso y normal instante  de abrir el primer ejemplar de una novela que me pareció interesante y descubrir que sus páginas estaban en blanco, y así con el segundo, y el tercero y los cientos que pude comprobar en un estado de locura que me hizo ir de un lado a otro de la tienda buscando alguna palabra impresa. Todos vacíos de contenido. Nada ni nadie a quien reclamar, ni siquiera gritar. Salí de allí como alma que lleva el diablo. El mundo o lo que fuera aquello se había quedado sin letras o nos las habían robado para dosificárnoslas. ¿Quién estaba detrás de aquello? ¿A dónde podía ir a exigir una explicación? ¿O la explicación era yo mismo?

Baje a la calle angustiado y abrumado por una situación que cada vez se me iba pintando más irreal e irrevocable. Pensé irme a casa, pero no recordaba bien el camino. Tenía la mente bloqueada cuando al sentarme en el asfalto desierto delante de la librería ausente y muda, mirando hacía la puerta como exigiendo alguna explicación o pidiendo salir de aquel laberinto, me topé con un cartel bien grande que decía: “Curso Internacional de Comunismo General Aplicado. Obligación de asistir toda la población.” Más abajo advertía en letras rojas: “Obligación inexcusable de asistir. En caso de no asistencia se le retirará la asignación alimento-tecnológica” Lo primero que pensé fue que aquello parecía demasiado importante como para no haberme enterado. ¿Estarían todos allí sin mí?

—¿Te ayudo? —me dijo una voz tan cercana como familiar.

Era la chica de mi facultad, la que antes llevaba la bandera y me quiso llamar, quizá advirtiéndome de que tenía que ir a esta cita que anunciaba el cartel y a la que yo no hice caso.

—Lo siento. No sabía nada del curso. Estoy de exámenes en la facultad y ando algo liado con la cabeza en otros sitio, ya sabes. —le dije mientras me daba la mano y me ayudaba a ponerme de pie.

—No te preocupes. —me contestó.

Cuando estuve de pie en frente de ella me di cuenta de lo guapa que era. Siempre me había llamado la atención su belleza tan natural, esa cara de niña angelical. No sé si abrumado por la situación o por el colapso nervioso que tenía y ayudado además por la ausencia de público, se me ocurrió que ese era el mejor momento para darle un beso. Así que mientras le pedía permiso intenté acercar mis labios a los de ella.

—Un beso, ¿eso qué es? No sé de qué me hablas. —me dijo ella mientras apartaba la cara con asco y salía corriendo de allí.

Corría tanto que ni siquiera me dio tiempo a llamarla. Yo me quedé plantado, con cara de tonto en aquella situación sin amo ni casa. Al poco, volvió a aparecer calle arriba, esta vez sin ropa y portando la bandera de antes y gritando una especie de consigna o lema que decía:  “Libres, somos libres, sin guerras ni sexo, sin amor ni besos.”

Harto de contemplar aquel despilfarro de imaginación decidí irme a casa no sin antes hacer un buen ejercicio mental para acordarme del camino de vuelta que cada madrugad tenía que refrescar en mi memoria más inmediata.

Enseguida me fui a mi habitación. Nadie había vuelto aún. Estarían en ese rollo del Congreso Comunista. En cuanto vinieran exigiría una rotunda explicación de por qué nadie me avisó de eso ni de tantas otras cosas. Me senté en la cama y me masturbé.

 

Escuché algo: tuit, tuit… tuiiiiiiiiiiit […]

 

Me dormí un poco más feliz agarrado a mi electroestimulador.

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