Hipster [junky] bip.

a la rica marihuana y otras especias

Fragmento del relato «Eres demasiado hip, tío»

Tiene que ser un hipster —dijo el Doctor Warner inclinándose hacia ellos desde la abultada piel oscura mientras desde atrás, una estudiada lámpara descomponía suavemente el humo de los cigarrillos en mi hebras de color pálido, y bailaban emparejados el ámbar refractado de los cristalinos cubos de hielo en las manos de sus dos amigos sentados enfrente; bailaban, parecía, sobre una pantalla opaca que medía lo disparatado del pensamiento y tedio de la conversación.

—Un hipster muy bip —continúo genialmente, y se retiró ligeramente, para enfatizar—, si no claro está, algo más.

El doctor Ralph Warner tenía cincuenta y cinco años, pelo gris y aire distinguido, un hombre de notable vigor y personalidad. No era un médico, sino un erudito hombre de música, que había recibido muchos homenajes públicos e institucionales. Un reconocido autor y crítico, antiguo director de las orquestas sinfónicas de San Francisco, Boston y Denver, se había convertido, a causa de sus innovaciones progresivas, populares, en sistema repertorio, en uno de los más admirados y respetados hombres en la historia musical del país.

—¿Algo más? —dijo el Profresor Thomas acentuado su sorpresa fingida con una sonrisa forzada. Aborrecía la extraña jerga—. ¡No me digas que hay algo más que ser un hipster, Ralph!

—Es cierto —dijo el más joven, George Drew, con impaciencia—, ¿como podría ser algo más hip que un hipster? —Se recreaba en ello—.En tout cas, no semánticamente.—Pareció reprimir un espasmo de placer, como si la  perspectiva de una argumentación animada pudiese ponerle la carne de gallina.

El Dr. Warner permitió que su mirada pareciese sombría y formulativa, mirando fijamente hacia abajo, a la copa de su mano.

—Sí —dijo sin alterarse, puede decirse que un junky es algo más que un hipster. El Profesor Thomas resopló educadamente.

—Santo Dios, ¿de dónde se ha sacado ese término?

—De una tumba no demasiado profunda en el puerto de Hong Kong, apostaría —dijo George Drew fríamente, apurando su copa con un ligero movimiento afeminado de su cabeza.

—Otra vez drogas, me temo, Tom —añadió el Dr. Wagner, a menudo genial moderador—. Opiáceos. Esta vez heroína.



Causa y efecto de la marihuana (literaria).

Y digo yo: —Este libraco [A la rica marihuana y otras especias de Terry Southern] publicado por el Capitán Swing [marinero intrépido y literario de Alta Mar] es una aventura alucinógena, valiente, adecuada y lisergicolaberíntica. Así de claro.

Y sigo: —Un cojonudo trabajo periodístico en torno al mundo de las drogas (fuera estúpidos y cínicos prejuicios) en el que su brutal y dinámica visión coral sobre las mismas (a modo de ensayo, relato, artículo, diálogos…) no deja a casi nadie fuera. Soberbias Esferas Cristalinas se dirimen en el polvillo diabólico de Southern para los amantes de lo más arriesgado y prohibido. Sí, sí.


—Tío, no te lo pongo en duda. Tu discurso es famélico, pero te creo.

—¿Famélico? Qué te jodan. Anda, trae eso.

—De la buena, colega. Pero no me convences.

—¿Tú qué hostias sabrás? Toma, lee y aprende.

El dealer se va, pues.


Todos agachan la cabeza. ¡Ja! Pero hay mucho que averiguar en sus entrañas…

¡Ja! Las de todos. No escondáis la mano. Ahora hasta la CIA puede estar observando. Panda de pazguatos. Cómo os haga una analítica os derivo a la enésima potencia del placer. Renegados, pues.

Termino: —Este libro es un eterno referente, un manual de estilo que renace y eterniza las conductas (voluntaria salud mental) que actúan como un falsario código genético de comportamiento que abandera y encapsula a una sociedad esquizofrénica pero no enferma por eso, ni mucho menos.

Se necesita del experimento individualista para sobrevivir, claro. Se persigue la estimulación neuronal para banalizar lo adaptado ad hoc. Se ve claro, se lee, se sabe, y en caso contrario, para los escéptico(falso)pánicos se abre «A la rica marihuana y otras especias…», y se «flipa» mientras se pasan las páginas en actitud lectora. No confundan, ¡eh!

Nihilistas, cultos, hipsters, maníacos, CIA(cínicos), Masters, Profes, modernos (sic), grandes, pequeños, whiskys, banales, majorettes writers, readers……………………………………………………………………..

Suma y sigue…

“La vida siempre ha sido una lucha”.

Dr. Warner

Quien lucha necesita armas, protegerse, esconderse, camuflarse, colocarse, (viajarse), bajar(se) y subir(se). Quien lucha, lee, ama, folla, vive, siente. Quien lucha, está. Quien se (auto)vanaglorie que lea este prodigio.

Southern admito, es un prodigio, por su diferente y apabullante maestría a la hora de contarnos los mundanales escenarios del íntimo consumidor desde lo más bajo hasta lo más alto. Sin rodeos, su realismo extorsiona, vapulea y convierte su lectura en un placer alucinante donde lo personal aniquila a lo social y donde lo social es un prejuicio hilarante de la cínica comedia que vivimos.

Recordatorio así de que el periodismo (el de Southern) no es una metáfora de nada, ni siquiera un artefacto a tenor de. Su trabajo se asoma, anota, no filtra, claro, y destripa para aterrizar en esa suerte banal de confidente. Nadie quedará indiferente ante este elegantísimo dibujo a todo color del modernismo que muchos no quieren ver, pero que existe en infinitas dosis psicodélicas, si procede.

Un relato soñado es esta sátira y canalla subida narrativa. Un alegato ideológico, también. Un combinado de personajes tan dispares como líricos, tan débiles como feroces consumidores del psiquiatra más visitado.

ADVERTENCIA:
La narrativa de Southern tiene altos efectos secundarios, provoca adicción y tenemos pruebas de posibles estados de sedación y/o estimulación nerviosa.

Share and Enjoy

  • Facebook
  • Twitter
  • Email