Suicidando un cuento.

Están los que tienen miedo a volar. Pero yo no soy de esos, se lo prometo. Lo mío —para que me entiendan ya que nos vamos conociendo— es más bien miedo a las personas que vuelan conmigo. Subirme a un avión me produce un alterado estado de misantropía que ni el peor de mis enemigos. En todo trayecto aeronáutico suelo comunicarme con monosílabos o simples gestos (ensayados) de asentimiento o negación. Eso sí, solo con la tripulación. Con el resto de mortales que se congregan en la aeronave de turno, ni palabra. Ya se imaginan. Resumiendo: que no soporto estar pegado a tanta gente que a saber qué mierdas echan por la boca, que quizá no se hayan lavado en una semana, que apestan, que rezuman,  que gritan, que comen como cerdos…

De camino al aeropuerto ese presuntuoso odio hacia los que serán mis (compañeros), —por llamarlos de algún modo—, de vuelo, empieza a relucir en mi mente con una efervescencia insuperable al son de algún tema cañero pescado de los modernillos de las redes que se escapa por la conexión virtual a Songfy. Esta vez tocaba ir a Manhattan. El taxista que me acercó a la terminal del aeropuerto de Barajas resultó ser parco en palabras, cosa que agradecí, ya que no me apetecía retirar de mis orejas los auriculares del Ipod para escuchar las burlescas y variopintas hazañas que sólo conseguirían acentuar aún más mi predisposición a odiar a doscientasynosécuántas personas durante las siete horas de vuelo que me esperaban por delante.

Tuve suerte, la lotería de las probabilidades se alió con mi estado de ánimo y me tocaron como compañeros un sordomudo y otro jovenzuelo con un Ipod más grande que el mío, lo que le proporcionaría más horas de música que a mí y por tanto menos probabilidades de intentar alguna forma de comunicación posible. Me quedé con las ganas de preguntarle dónde se había comprado las zapatillas que calzaba el colega. Bastó una foto con el móvil y una búsqueda por imagen en Google para hacerme con el modelo, puesto que la marca saltaba a la vista. Ni puta palabra nos cruzamos en todo el vuelo. Por si las moscas y, asqueado por el olor a comida putrefacta y plastificada, que a las dos horas de trayecto empezó a salir de la parte de atrás del maldito aparato, decidí pedir un vaso de agua al que siguieron un par de somníferos que me dejaron en un estado de sedación tan gratificante que creí estar en una especie de sillón mullido de revista de decoración para adornar mesas de salón. (Azafata, agua) Esas fueron las dos únicas palabras que salieron de mi asqueada bocaza.

La más fea de todas las tripulantes abordo se encargó mediante enérgicos golpes en mi hombro de proporcionarme un despertar tan inesperado como abrupto. Habíamos llegado al JFK y ni enterarme, la verdad. La química es la hostia. Cuando regresé al espacio/tiempo regular los demás estúpidos pasajeros ya se habían bajado de aquel trasto infernal. Me encanta hacerme el VIP. Con gesto parsimonioso, todavía bajo los efectos residuales de la mierda que me había tomado, agarré mi bolsa de mano que encontré en el compartimento superior (qué nombre más espantoso) —¿había dejado mi mochila allí?— y salí echando pestes de aquella máquina infernal dirigido por la (inercia) de la recogida de equipaje. [¿Llevaba maleta?] Después de media hora esperando el bulto —parece que sí facturé 1— salí a la zona de llegadas donde ya me esperaba F embutido en un horroroso abrigo y saludándome con una efusividad algo exagerada para no habernos visto en nuestras puñeteras vidas. Nos abrazamos con cierto protocolo disciplinario. Era la primera vez, como decía, que me encontraba con este mamarracho neoyorquino. No sabría muy bien cómo definirlo, pero algo así como una mezcla entre hipster(ignorante) o intelectual(sobreactuado) no quedaría mal para anotarlo en el cuaderno. F era el enlace que me habían asignado los de la revista Single para el apestado reportaje que se me había metido entre ceja y ceja.

Un famoso activista/hacker humanoide había sido encontrado muerto en su apartamento. Como cada mañana un elemento de mantenimiento acudía a su domicilio para ponerlo a punto. Se trataba de un prototipo en fase de pruebas y necesitaba de retoques a diario. El día 11, el elemento reparador F98, se lo encontró muerto en actitud de presunto suicidio. Eso pudimos saber por la información que los confabulados mass media publicaron.

Y una mierda, que este tío no se ha suicidado, le dije a mi compañero de piso cuando estábamos recibiendo los (misiles) que fuiterostuibukes empezaron a lanzar por las redes minutos después de hacerse publica la noticia. Me obsesioné tanto con el tema que decidí ponerme en contacto con los editores de la revista Single, cuya sede principal estaba en Nueva York. Con fama de ser una suerte de panfleto neoliberal fue el único soporte informativo que había dejado una puerta abierta a la posibilidad de una conspiración. ¿Suicidio o suicidado? Ese fue el titular con el que levantaron algunas llagas de las que todavía, hoy, se están curando y por el que me lancé al terreno. El caso es que el humanoide en cuestion se había metido en algunos asuntos de asaltos iperianos que hicieron peligrar la integridad y dignidad política del último Premio Pacífico: el Presidente Babama de las RR.UU.

Cierro comillas (imaginarias).

—Perdonen, pero yo no soy éste, a ver, me explico, el que escribe esto no es el que ustedes piensan, en realidad yo soy mi compañero de piso. El otro, el de los aviones, los somníferos, Manhattan y todo ese lisérgico montaje conspiranoico fue reventado por un Predator antes de que pudiera regresar a este piso. ¿El Predator? Supuestamente fue una acción gubernamental de castigo realizada por la Agencia AIC, supuestamente ordenada por el pacifista, quien a la vez, supuestamente o presuntamente, no era tal cosa. En fin, que se lo cargaron. Por listillo. Esto no debería escribirlo.

—Estuvo más de dos semanas recopilando datos acerca del humanoide, entrevistándose con allegados, amigos, secuaces, seguidores y quién coño sabe qué más cosas. Escribió el artículo (un bombazo, se metió con el Babama, le acusó de… mejor me contengo, desmontó toda la trama, habló de los escuadrones de la muerte que visitaron al genial humanoide, del arte de convertir lo natural en accidental (y mortal), los viandantes se lo creyeron, pues), los de la revista se lo publicaron, claro, y antes de regresar los discipulos del premiado le dieron el pasaporte demócrata con destino a la república del soldado fustigado. Y eso que todo era un supuesto. Pero un supuesto peligro, mi amigo. Ahora le llamamos el TNT.

—Si les relato los hechos es porque alguien me lo pidió y porque otro alguien me hizo llegar un cuaderno donde T iba anotando todos sus movimientos. Claro está, yo mismo he asumido el papel de personaje en primera persona y a la vez de censor ensayando una especie de realismo y/o suplantamiento falso de carácter. No quiero acabar empalado por un puto Predator, como él. Por eso he omitido información, datos, lugares, nombres… Como siempre prefiero la eventualidad del disparate a la asfixia de la realidad empírica.

—Lo dicho, suicidar el cuento (o lo que les cuento) antes de que me suiciden a mí.

Share and Enjoy

  • Facebook
  • Twitter
  • Email