Meta[personas]#6

Debilidad-económica1-e1428595913285Nacido en 1978. Soltero sin hijos. Entrevistas (de terapia) centradas en experiencias traumáticas durante la infancia. Primera infancia: hija única de B. T., entre otras cosas inspector de la agencia de Seguridad Nacional para el Control Mental y la Cooperación Internacional, y de su madre, L. P., ama de casa. Anoto que sus primeros recuerdos son el olor de la transpiración del padre y los veranos en Alicante.
Infancia: se cría en D. Expediente muy brillante (conservo copia manuscrita). Clases particulares a partir de los 9 años. Empezó la escuela con un año de adelanto y en el colegio, se saltó segundo de secundaria. Viajó muchos con sus padres. Víctima desde muy joven de abusos sexuales (¿el padre?, ¿otros hombres?). Anoto con bolígrafo rojo en mi cuaderno: Recuerdos fragmentarios, explicados mediante acciones incoherentes.
Adolescencia: comportamientos de riesgos, ideación autolítica (¿desde los catorce o quince años?). Describe sus primeros años de adolescencia como «débiles». En ese caso, también, recuerdos fragmentarios. Bachillerato en un internado Suizo. No se especifica el nombre del mismo. Actos autodestructivos reiterados.
Vida adulta: los éxitos profesionales se describen como «sin importancia». Vida social limitada. Pocos centros de interés.
Tema central/preguntas: el trauma. ¿Qué le ocurrió a P.? ¿Qué relación tuvo con el padre? Recuerdos fragmentarios. ¿Problemática disociativa?

¿Qué significa la debilidad?

Quizá: Dormir sin soñar y sin descansar verdaderamente. Una interrupción en el movimiento sin fin. Un respiro en ese perpetuo desplazamiento de su cuerpo.

Sísifo, pensó.

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(Sub)titulado.

Suciedad, dinero, mentiras, vanidad, corrupción, cadáveres, anarquía, notas de suicidio, viandas, pobreza, caminos, finales, caos, autodestrucción, ideación, acción…odio, miedo, y miedo, y miedo, y terror, y recuerdos… (todo explota, tarde o temprano, todo tiene un final).

Recuerdo, como una película desfragmentada, aquellas oscuras habitaciones, espacios microcósmicos invadidos por seres prisioneros, que éramos (y somos). Queríamos escapar, salir, pero cuando la vida te ha estallado en las manos sólo puedes ser una expiación de ti mismo. Y eso es un regalo y, a la vez un castigo, un látigo serigrafiado en tu espalda aunque no tengas cuerpo y tus miembros hayan perdido toda sensibilidad. No somos.

En aquel lugar, en este momento, en aquella memoria, en el pasado, en el presente, en lo que llaman futuro, en todo esto, en el ya imposible ejercicio de vivir, alguien ha cortado las correas de las persianas y las ha utilizado para atarnos a su antojo, y ya no hay luz y todo es odio, y nada es azul (los colores de la trilogía se disuelven), y su perfume, que se cuela por algún resquicio desconocido de esta celda le da asco, porque le devuelve a su falsa infancia, a circos con payasos de luto, equilibristas desnucados y elefantes moribundos; a salones con ceniceros rotos, sillas de tres patas, donde todo es impar y la lógica es un algoritmo de fantásticos números primos (13).

Pero ya es tarde, la premura, el abismo; él, ahora herido de muerte, fantasea con conocer a su propio yo, al muerto que no ignora.

Dibuja acantilados, precipicios y también principes, principes imaginarios que recuperan algo de vida en esos antiguos cuadernos robados donde también dibuja fractales y combinaciones aleatorias de números y anagramas. Dibuja el caos para colorear la vida.

Papeles blancos para notas, amarillos para divorcios, negros para curar, verdes para mentir, azules para hacer poemas.

Papel blanco para el llanto, rojo para los culpables, sepia para los mentirosos, azul añil para los verdugos y morado para el penitente, porque la muerte es violeta.

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