Siempre volveremos al hogar eterno

La última entrada que publiqué en este blog fue en julio de 2018. Después de un año del fallecimiento de mi madre. Quizá por el duelo, quizá por la angustia, el ciclo y la desesperación por la pérdida, qué sé yo, por muchos quizás que escriba, nunca hay una respuesta acertada para explicar una ausencia ya sea materia o inmaterial, física o fantasmal. El alma, pues. No voy a justificarme. Vayamos al grano, ¿verdad?

Existen, y doy fe, eso que en psiquiatría se llama detonante o estimulante, estabilizadores del animo o del sistema dopaminérgico. Y si existen es porque algo los provoca, algo los estimula…

—¿Qué? ¿Qué ha sido? Pues, en un blog de locos, de locos por la literatura, claro está un libro, una novela.

—¿Qué novela? «El hogar eterno», de William Gay, Dirty Works, 2019.

No he terminado de leerla. No os voy a engañar. Voy por la mitad de su camino. Pero sí estoy ya en plenas facultades de emitir el juicio y la sentencia de que estamos ante uno de los textos más fascinantes, poderosos, hipnóticos y brillantes que he leído en mucho tiempo. El ritmo y la descripción de los personajes hace que te quieras meter dentro de ella, de su trama, de sus lugares, de sus abismos, de sus desgracias…

«El hogar eterno» tiene fuerza, garra, te secuestra desde la primera página, te lleva desde la tierra al infierno, te vapulea, te asalta, te da paz, te desgarra, y justifica el por qué de la grandeza de la literatura y el gran trabajo que la editorial Dirty Works está realizando por recuperar y traducir excelsas ediciones del género negro, western, policíaco, gótico, etc. Porque lo dirty si se hace bien es mucho más que dirty.

En fin, siempre volveremos al hogar para ser eternos. A mí me hubiera gustado ser uno de los malos o de los buenos. Eternamente.

Y no me enrollo más. Como prueba fehaciente de lo anteriormente dicho os dejo por aquí un fragmento de las páginas 70 y 71, que a mí me ha puesto los pelos de punta.

Palabra de jueves y de todos los días de gloria: No se pierdan esta novela.

el hogar eterno blog

La guerra supuso una fuente aparentemente inagotable de soldados sedientos en compañía de mujeres. En aquellos años las luces permanecían encendidas toda la noche en Mormon Springs, la gramola que compró en Memphis interpretaba canciones tristes para los que bailaban pegados, mujeres abandonadas o solitarias, hombres tocados por la sombra de la guerra, la sombra de algo pavoroso que se arrastraba a hurtadillas hacia ellos.

Tonos cambiantes de neones rojos, blancos y azules disipaban aquellas sombras, bañaban a los bailarines con las tonalidades románticas de lo irreal. Las canciones, las luces y el pulso acelerado de sus vidas les hacían sentirse impotentes y podían verse a sí mismos como figuras míticas o héroes de tragedia. Granjeros en ropa sucia de faena junto a soldados del ejército estadounidense de permiso o con síndrome de estrés postraumático, vírgenes por no mucho tiempo procedentes de agujeros dejados de la mano de Dios en los que los búhos acechaban desde los árboles sombríos, viejas pintarrajeadas expulsadas como refugiadas de los billares, de las paradas de taxis que abrían toda la noche y de las largas barracas iluminadas con luz de queroseno. Viejas fibrosas de boca procaz y ojos coléricos, como si la vida les hubiese hecho una grave afrenta.

Gracias a Dirty después de un año, he recuperado las ganas de volver a escribir. El hogar eterno me ha hecho renacer, resurgir, resucitar estas páginas, entradas, post o como queramos llamarlas. Lo importante es volver porque todo es casa, hogar, eterno y abismo…

Gay, William. “El hogar eterno”. Traducción del inglés por Javier Lucini. Barcelona: Dirty Works Ed., 2019

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