Verano en serie (o de serie).

Abro el editor de mi blog. Aquí delante lo tengo. Se supone que con la intención de escribir algo. Tener un puto blog te crea el compromiso de mantenerlo, si no lo haces estás muerto en la blogosfera ésta o cómo se llame.

Sinceramente, no sé qué contar. No creo que tenga una de esas crisis creativas. De todas formas le consultaré a mi terapeuta.

Uno acude a los recuerdos cuando no tiene nada que escribir, pero si lo hago les aseguro que me va a salir un bodrio infumable. Y no es plan. Lo más inmediato que puedo rescatar es el verano; y divertido, la verdad, no lo ha sido. Se podría resumir en: caos, pesadez, calor… una puta mierda. Mejor paso de echar la vista atrás que luego me conozco y bueno, aquello del látigo para autoflagelarse de Capote. Éste sí que fue un genio.

Pero, stop, stop, alto… No conozco muy bien los mecanismos del cerebro, sí sé que la memoria es caprichosa, a veces selectiva, ¿no?, y tiende a ocultar lo malo para revivir lo bueno. Qué discordia, oye. ¿Qué dirá de esto Savater? La verdad que no me importa. Él con su ética ya tiene para entretenerse. Que le den.

Ahora voy con un flash-back: (no se me pierdan) Empezaba el mes de agosto y por tanto mis vacaciones. Ni un puto duro para salir de viaje ni plan alguno para escapar de la monotonía. Menudo panorama, ¿no? Pues sí. Y no tiene ninguna gracia.

Un día agarré el teléfono y llamé a mi amiga Ana Santos para hablar de nuestras cosas. Me preguntó qué tenía pensado para el verano. Yo le contesté que aprovecharía para leer, descansar… Stop, stop. Aquí empieza lo bueno. Su respuesta, como editora que es, no solo me sorprendió sino que la seguí a rajatabla.

¿Qué me dijo? Pues esto: —Diego, deja de leer en verano. Eso lo haces el resto del año, descansa de los libros y haz algo diferente. Y mira que está mal que te lo diga yo, que soy editora.

Joder la tía. Siempre acierta.

Después de colgar la llamada dije: La verdad que tiene razón. ¿Pero qué coño puedo hacer? Dinero, nada. La playa, asco me da. Dilema, pues.

Al día siguiente pasé por casa de un amigo y tenía puesto en la TV algo que me llamó la atención.

—Tío, es la serie White Collar. Ladrón de guante blanco. ¿No la has visto?

Pues no, ni idea, pensé. Pero tiene buena pinta.

[No me da la gana contar cómo he conseguido los capítulos de White Collar y lo que viene a continuación. Censura. Censura].

Voilá. Seguí el consejo de Ana y menudo verano. De los mejores.

NO CONTIENE SPOILERS

Primero viajé hasta Manhattan (Nueva York), donde conocí a Neal Caffrey y al agente especial, Peter Burke, responsables de la sección de Guante Blanco del FBI, donde lo pasé en grande resolviendo los crímenes más perfectos relacionados con obras de arte, falsificaciones, fraudes… La aventura no tiene desperdicio. Hacía calor en la Gran Manzana, pero el lujo y el glamour lo tapaban todo.

 

Luego me pase por Miami. Menudo lugar. La hostia. Playas paradisíacas, música, ritmo latino. Un pelín de calor también, mala suerte, ¿qué se le va a hacer? Pero cuidado, ojo avizor en Miami, sobre todo si sales por la noche. Tienes muchas posibilidades de toparte con Dexter… y si conoces a Dexter, Dexter Morgan, ya no pensarás lo mismo de los asesinos en serie. Dexter te enamora, te cautiva, te agarra. Todos quisiéramos tener uno en nuestras vidas. Dexter también limpia lo sucio, eh. No penséis mal. Él no mata porque sí. Tiene sus razones, pero para eso es mejor que escuchéis su mente, sus pensamientos. Dexter es una especie de justiciero moderno y amable.

 

Desde Miami me llamaron de la redacción del periódico en el que estaba trabajando. Estados Unidos acababa de atacar Iraq y necesitaban algún todoterreno (¿yo?) que se uniera a uno de los destacamentos de Marines y contara, tiempo después, lo malo y lo bueno. La llamarían Generation Kill. Menudo rollo. A tomar por culo las vacaciones. El caso es que en 24 horas tenía mi trasero sentado en un puto carro de combate. Me asignaron al destacamento del sargento Brad Iceman Colbert. No les voy a engañar: vi sangre, violencia, vi morir a su (¿nuestro?) enemigo, masacrar a civiles; me cagué en los pantalones, sí joder, no todos los días va uno al frente. Pero si me queda un buen recuerdo de aquella experiencia es que después de convivir con los hijos de la patria durante algo más de una semana una cosa tengo clara: tienen alma. El testimonio ya lo tienen disponible. Ustedes verán.

En fin, un gran verano, y todo esto sin gastarme un solo céntimo.

Y éste que les he contado ha sido el bueno. El otro, el que les dije al principio, a la papelera, pues.

Ustedes verán.

Ah, y para más información sobre las rutas turísticas aquí detalladas consulten la Wikipedia.

Gracias, Ana.

Créditos: Ana Santos es editora de El Gaviero Ediciones.

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…a propósito de…

Quizá todo esto de:

bichear

bloggear

facebokear

kindleamazonear

tuitear

retuitear

leer

contar

imaginar

pensar

crear

escuchar

esperar

mirar

hacer listas

y pocas cosas más

sirva como terapia para que nos olvidemos un poco de la puta mierda que nos rodea y nos rodeará, si cabe, aún más.

A propósito de: muchas gracias a los que ,de cualquier manera, hacéis posible todo lo enumerado.

Sino fuera por estás pequeñas cosas (más o menos como cantaba Serrat)

¿qué sería de nosotros? (tan pequeños e inofensivos).


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VERANO, ¡VETE!

Odio el verano.

No soporto el calor, ni sudar, ni tanta gente por todos lados. El sol te irrita y se hace inclemente a cualquier hora del día. Hasta por la noche quedan restos del astro rey impregnados en el suelo, las paredes, el asfalto, los cuerpos…

Supongo que no seré el único al que no le gusta esta impertinente estación.

Además, y como consecuencia de estar ocioso, pienso demasiado en cosas que no debería y eso me turba y me consume.

Intento mantenerme ocupado proponiéndome miles de tareas que luego, invadido por la pereza, no cumplo.

En fin, agosto es: tedioso, agotador, silencioso, solitario, neurótico, caótico…

Además en este puñetero mes siempre suceden noticias malas: este año Londres en llamas y bajo los disturbios; Estados Unidos al borde de la quiebra…

No quiero ver más noticiarios. No quiero ver más televisión.

Y para colmo casi me mato en la carretera un domingo. Error mío, pero también quizá como consecuencia de todo ese sopor veraniego y amargo del que hablo y, a la vez, me martiriza.

Lo único bueno que le veo a estos días es que tengo más tiempo para leer.

Y todo esto para contaros mis grandes lecturas del letargo (lecturas insomnes, vespertinas y diurnas):

 

Ahí van:

 

«Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco», (grandioso) poemario de Iñaki Echarte Vidarte. Hacía mucho tiempo, de verdad, que no me emocionaba ni sentía tanto leyendo poesía.

He flipado con el arremetimiento de Chuck Palahniuk en «Pigmeo» contra los Estados Unidos.

«Once maneras de sentirse solo» de Richard Yates. Solo él puede ser tan infame describiendo la soledad.

«Un beso» de Iván Cotroneo. Una gran novela contra la homofobia hecha de silencios. Silencios que hablan más que cualquier palabra.

«Recuerdos de un callejón sin salida» de Banana Yoshimoto.

«Flores de verano» de Tamiki Hara. Una dura y bella historia sobre una familia superviviente al desastre de Hiroshima.

«La bailarina» de Ogai Mori.

«Leviatán o la ballena» de Philip Hoare. Le tenía muchas ganas a este libro. Es un gran ensayo/novela sobre el maravilloso y fascinante mundo de las ballenas.

 

Me acuerdo ahora de aquella frase de Vargas Llosa:

«La literatura es la mejor defensa contra la infelicidad.»

A mí por lo menos me sirve, y añado: contra el verano también.

 

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