«La libre producción del conocimiento».

 

 

Hackear es expresar conocimiento en cualquiera de sus formas. El conocimiento hacker implica, en su práctica, una política de información libre, de aprendizaje libre, el regalo del resultado en una red punto a punto. El conocimiento hacker también implica una ética del conocimiento abierta a los deseos de las clases productivas y libre de la subordinación a la producción de mercancias. El conocimiento hacker es un conocimiento que expresa la virtualidad de la naturaleza transformándola, completamente consciente de su munificencia y de sus peligros. Cuando el conocimiento queda libre de la escasez, la producción libre de conocimiento se convierte en el conocimiento de los productores libres. Esto puede parecer una utopía, pero los informes de zonas de libertad hacker temporal que han existido en la realidad son legión. Stallman: «Fue algo así como el jardín del Edén. No se nos había ocurrido no cooperar».

[...]

Mediante la aplicación de formas de abstracción siempre nuevas, la clase hacker produce la posibilidad de producción, la posibilidad de hacer algo con el mundo… y de vivir del excedente producido mediante la aplicación de la abstracción a la naturaleza, a cualquier naturaleza. La abstracción, una vez empieza a ser aplicada, puede parecer extraña, «antinatural», y puede conllevar cambios drásticos. Si persiste, no tarda en darse por supuesta. Se convierte en una segunda naturaleza. Mediante la producción de nuevas formas de abstracción, la clase hacker produce la posibilidad del futuro. Por supuesto, no toda nueva abstracción reporta una aplicación productiva para el mundo. En la práctica hay pocas innovaciones que lo consigan. No obstante, rara vez puede saberse a priori qué abstracciones se engranarán con la naturaleza de una manera productiva.

Fragmentos seleccionados de «Un manifiesto hacker», por McKenzie Wark. Alpha Decay.

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LA LIBERTAD DE ELLOS

Ken Kesey, autor de la novela homónima en la que se basa la película «Alguien voló sobre el nido del cuco», se ofreció en su época de estudiante como voluntario para un proyecto experimental sobre drogas psicodélicas (LSD, peyote, mescalina…). El estudio, dirigido y supervisado por el Gobierno de los Estados Unidos, fue realizado en un hospital por un grupo de psiquiatras de Menlo Park (California).

De las experiencias vividas como cobaya humana por Kesey nació uno de los mayores libros de culto entre los universitarios del momento (principios años 60): «One Flew Over the Cuckoo’s Nest».

En un intento de hacer comprender el conjunto de libertades individualistas, reclamadas por las manifestaciones y modus vivendi de la juventud americana sesentera, Kesey se hace responsable (ficticio) y espejo reflectante (sic) de las conductas promanipulación y control del Gobierno americano.

Puesto que el mundo pertenece a la policía, como injusticia poética observemos que, a fin de cuentas, fueron agentes de la CIA quienes primeramente introdujeron al escritor al LSD. La revelación inicial del ácido lisérgico que recibió Kesey en ese primer “viaje” fue no confiar en el hombre que administraba la droga en el consultorio –pagaba 25 dólares a cada voluntario que se sometía a la prueba– y dio las respuestas más vagas posible a sus preguntas. Al poco tiempo solicitó y obtuvo empleo en ese mismo hospital, donde concibió y escribió One Flew over the Cuckoo’s Nest, una de cuyas claves es el encuentro con los estados mentales alterados del autor.

Se creó, de esta forma, una especia de Contracultura, un alegato insubordinado de cohesión social donde la apología (necesaria) del consumo se resguardaba bajo la doble moral americana y el reclamo in situ del siempre anacrónico desarrollo espiritual como fuente de vida.

Kesey, auténtico representante del Underground más experimental, instauró una nueva forma de paz, libertad y autoinsubordinación de la que nacieron The Merry Pranksters o Los Ángeles Bromistas, una agrupación formada por él y sus amigos donde la praxis del consumo inducido y experimental tuvo su toque de queda y basement. Aún así, Kesey sintió en cuerpo y alma la derrota de la revolución social de los años sesenta.

Un artículo de The New York Times señalaba que Kesey debe su fama principalmente a un libro que no escribió y a una película que no vio. En efecto, Tom Wolfe publicó en 1968 “The Electric Kool-Aid Acid Test”, un largo reportaje del género new journalism centrado en la tripulación y los pasajeros del autobús Furthur conducido por Neal Cassady y capitaneado por Kesey, que lo volvió celebridad contracultural como líder público de los Merry Pranksters, quizá la pandilla de hippies más articulada de la historia. Prankster significa bromista, pero también bufón y fingidor, y los miembros de la tribu seguían el modelo del payaso de los indios estadunidenses, algo así como el huehuenche de los pueblos de México.

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La Libertad del exceso de páginas

Libertad tiene muchos aspectos narratológicos que la convierten y sitúan en una obra cumbre de la narrativa contemporánea norteamericana. Su extensión, quizá demasiada, planea sobre el tejido espiritual del americano medio comprometido y neurótico consiguiendo así un retrato fotográfico y diseccionado de la América actual. Una sociedad con ciertos retos, compromisos e intenciones que se ven difuminados, como un espectro que acecha y queremos destruir. Lo peor de todo es que esa destrucción al no ser culminada con el proyecto final se volverá contra el yo posible y desmoralizado del americano actual, creando así unos mecanismos de defensa para con todos los que tiene a su alrededor. En Libertad se manifiesta el miedo, el asco, el hastío, la violencia, el adulterio, la envidia, los descomunales desprecios entre republicanos y demócratas.

Hay un 11-S. Un caos que pasa de puntillas, causando ciertas miradas de recelo ante los posibles sospechosos. Es un pequeño ingrediente que puesto en boca de algunos personajes hará saltar su ira hacia supuestas teorías de poder y/o conspiratorias para con la sociedad norteamericana.

El miedo al recuerdo, a la evocación lo convierten en un suceso casi anodino que no va más allá de un par de llamadas telefónicas.

Hay sexo, envidias, masturbaciones compulsivas, alcohol, exhibicionistas empalmados. En fin: lo que cada uno en su casa haga. América no es una película ni una novela con personajes perfectos. América es Libre y por eso se desahoga con la misma porquería que cualquier mortal.

Cagan, mean, follan, chatean, se corren delante de la pantalla…

El autor narra la vida de una familia que aparentemente puede ser la imagen perfecta que antes comentaba: casa con porche, maravillosos hijos, marido ideal. Pero no, en Libertad, todo eso son débiles castillos que se descomponen en una tragedia de diálogos y pensamientos que desembocan en la destrucción cotidiana de la [anterior] perfección manipulada.

En paralelo a esta familia aparece otra que la complementa: amigos que se acercan y emiten juicios de valor, presumiendo así la capacidad de aprovecharse de esa decadencia para su beneficio.

América odia, es racista, autosuficiente y vil consigo misma y los demás. América no es toda ella católica como muchos piensan. Hay ciudadanos que odian a la Iglesia.

América no sabe adónde va. Los jóvenes se han acomodado en una psicodelia hiperrealista de comodidad al abrigo de un futuro incierto contra el que se vuelven y refugia a través de la música, el sexo, las drogas y la violencia. Sus rumbos dudan entre controvertidas ideas y banales comportamientos. Mientras unos siguen haciendo su vida y olvidando la realidad, otros se esconden en la miseria de su soledad amparados por los vicios manifiestos del ciudadano medio.

El compromiso americano para con la imagen proyectada va llegando a su fin. Ese dulce estilo (irreal, por supuesto y fabricado en los laboratorios de ideas) para proteger sus miserias tiene un vencimiento muy cercano. Nos iluminaron con la prefabricada perfección del American way of life. Todos queríamos ser como ellos, como el estereotipo planeado a través de un cine/relato/novela persuasivo y convincente que nos dejaba la mente cargada de maravillosas instantáneas, haciéndonos dudar de nosotros mismos (destrucción del yo) a través del superhéroe de ficción, del héroe familiar, del perfecto estudiante en maravillosas high school, del brooker que nunca duerme ni come, alimentándose del dinero de los demás (capitalismo funeral de Marina) como se vería más tarde, de la maravillosa ciudad donde todo es amor, de los finales felices… El superhéroe americano con camiseta, vaqueros y deportivas.

Ahora parece que interesa más el medioambiente, pero el capitalismo lo interviene.

El acusado aumento de población es motivo de eslogan y campaña.

Franzen en plena Libertad apunta y dispara contra todo aquello que va más allá de las miserias y los desmanes.

 

Estos dos fragmentos seleccionados definen muy bien el compromiso (depresivo) de la novela:

En las dos semanas y media transcurridas desde su encuentro con Richard en Manhattan, la población mundial había aumentado en siete millones de personas. Un aumento neto de siete millones de seres humanos —el equivalente a la población de Nueva York— destinados a deforestar montes y contaminar arroyos y cubrir prados de asfalto y tirar basura plástica al océano Pacífico y quemar gasolina y carbón y exterminar otras especies y obedecer al puto Papa y producir familias de doce miembros. Desde el punto de vista de Walter no existía en el mundo mayor fuerza del mal que la Iglesia católica, ni causa más perentoria para la desesperanza respecto al futuro de la humanidad y del asombroso planeta que se le había concedido, aunque cabía reconocer que en esos tiempos la seguían muy de cerca los fundamentalismos siameses de Bush y Bin Laden. Walter no podía ver una Iglesia ni el letrero LOS HOMBRES DE VERDAD AMAN A JESÚS ni un símbolo de un pez en un coche sin notar una opresión de ira en el pecho.

(pag. 379)

Los chavales irrumpían en la pista desde todos los accesos con sus ojos brillantes (como el nombre del grupo, Bright Eyes, menudo nombrecito irritante y condescendiente con los jóvenes pensó Katz) y sus pubis afeitados. Su sensación de haberse desmoronado no se debía a la envidia exactamente, ni siquiera del todo al hecho de haberse sobrevivido a sí mismo. El país libraba sucias guerras terrestres  en dos países, el planeta estaba calentándose como un gratinador, y allí en el 9:30 en torno a él, había centenares de chicos cortados por el mismo patrón que Sarah, la del plan de plátano, alimentando todo a sus dulces anhelos, sintiéndose inocente con derecho con derecho a… ¿a qué? A la emoción.

(pag. 443)



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