«Hijo de Jesús», por Denis Johnson, Literatura Mondadori.

No iba a respirar muchas veces más. Yo lo sabía pero él no, y fue así como pude vislumbrar algo dentro de esa gran lástima que acaba siendo la vida de cualquier persona sobre esta tierra. No me refiero al hecho de que todos acabemos muriendo, esa no es la gran lástima. Me refiero a que él ya no podía contarme lo que estaba soñando y yo ya no podía decirle lo que era real.

Fragmento de «Hijo de Jesús», por Denis Johnson, Literatura Mondadori.

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Lajdar, la vida y sus (Ladrones).

«Calle de los Ladrones», la última novela de Mathias Énard publicada por Literatura Mondadori, nunca dejará de ser una obra maestra, nunca. Hay muchas razones para ello. No voy a detallar todas, no. Ni tampoco puede que las justifique. Prefiero, recién acabada su lectura, dejarme llevar por la sinapsis eléctrica que ahora, y espero que por mucho tiempo, embarga mi mente. Causa y efecto. Novela y poder. Lajdar y todo. Lajdar. Ese nombre, poderoso y cautivo. Niño, adolescente, hombre, adulto. Lajdar, más que un protagonista, que al uso llamaríamos principal, es una fuerza genuina, una vívida casualidad de la naturaleza que la ficción de Énard ha querido regalarnos. Ambientada en Tánger, ciudad de lo clandestino y lo etéreo, lugar literario donde los haya, remanso de paz para unos y paraíso mortal para otros, la historia nos sumerge en la vida cotidiana de un auténtico héroe, un rebelde, un apasionado, un soñador, un amante, un repudiado, un amigo/enemigo: el joven Lajdar, el extranjero, el turista, el visitante, el polizón… En plena efervescencia de aquella Primavera Árabe, que al amparo de lo clandestino desencadenó toda una serie de acontecimientos inverosímiles en otro tiempo/lugar, el espacio/cuerpo de la narración nos conducirá, a través de Lajdar, a la bella miseria de la soledad, a la necesidad de la literatura (sus novelas negras) como fuente de evasión, a la imposibilidad del amor, al amargor de la derrota, al desengaño, al desarraigo, pero sobre todo a la pasión, a la poderosa fuerza del vencedor, porque aunque durante toda la novela, y sin que nada tenga que ver con el final, Lajdar pueda verse o presumirse como un perdedor, no lo es, no, Lajdar es la victoria que lo subliminal invade, la premisa del compromiso con uno mismo, la vida, y nunca la muerte. El triunfo del rebelde sobre los argumentos arcaicos y deshilvanados, que para otros, los que serán amigos y compañeros, jefes o imágenes, suponen un modus vivendi, y por ende un modus operandi. Novela épica, novela de pasajes, salvoconductos y condenas. Novela rotunda en todo, en ritmo, estructura, diálogos… Lajdar, sumiso de sí mismo y nunca de textos sagrados, viajará hasta el final, hasta esa Calle de los Ladrones, donde nadie roba pero todos velan a los malditos, donde el silencio busca a los desaparecidos y los gritos reúnen a los desterrados… La poesía, como argumento pasado y presente, se encadena con el sentimiento y convertirá el amor en algo tan exquisito que solo las lágrimas, las suyas, podrán violar. La inocencia, como un estigma, como un castigo; el sexo, como el miedo, como el vacío provocativo del pasado. Lajdar se enamorará, y buscará el lugar que le corresponde, pero para ello tendrá que arrancarse de la vida y descubrirá que todo o todos siempre tienen tatuado el invisible destino como argumento, como un velo que se descorre para admirar la belleza corrompida por la distancia, los amigos, los fracasos, los poemas, los libros, el fuego, las bombas. Y Lajdar no se olvida. Ni en Tánger, ni en Túnez, ni en Barcelona ni en tantos lugares o ciudades que soñó, porque es poderoso, como esta novela, como Énard, como lo que fuimos o lo que algún día, seremos.

«Las ciudades se domestican, o más bien nos domestican; nos enseñan a comportarnos bien, poco a poco nos hacen perder nuestro caparazón de extranjero; nos arrancan nuestra corteza de cateto, nos funden en ellas, nos modelan a su imagen; no tardamos en abandonar nuestra conducta, dejamos de mirar hacia arriba, de vacilar al entrar en una estación de metro, tenemos la cadencia adecuada, avanzamos a buen ritmo, y por más que uno sea marroquí, paquistaní, inglés, francés, andaluz, catalán o filipino, al final Barcelona, Londres o París nos adiestran como perros».

Reseña de la novela «Calle de los Ladrones», de Mathias Énard, Literatura Mondadori.

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La nieve también arde.

Arde, como Rusia, como Moscú. La nieve arde, y lo esconde todo, lo adormece, lo mutila, lo corroe. Pero también habla, aunque no lo percibas a simple vista, aunque pretendas protegerte o ignorarla, ahí está, agazapada, esperando…Y su voz es fortuita, y a la vez, cautivadora, sedante, culpable, amante, mentirosa, y necesaria. La nieve es la contradicción. La nieve tiene mil formas de vida, unas humanas y otras no tanto; y también es un personaje, sí, un curioso protagonista de «El deshielo», esta fascinante, grandiosa y magnífica novela escrita por A.D. Miller y publicada por Literatura Mondadori. Nick, el personaje principal del libro, en plena crisis de identidad, quizá en el momento más debil de su existencia, acepta una importante oferta de trabajo en Moscú en el bufete de abogados para el que trabaja y decide trasladarse hasta allí, una ciudad en plena ebullición, al abrigo de la explosión soviética del libertinaje y el derroche, el descontrol y el dinero a raudales, la prostitución, los casinos, la construcción, el sexo, la corrupción, las mentiras y el azar. Una ciudad que muchos desconocíamos, y que Miller describe a la perfección llevándonos a lo más oscuro y sórdido de la noche y el lujo moscovita. Tienes pasta, vales. No tienes, eres una puta mierda. Nick no es mucho más, abogado, culto, vulnerable, vitalista, amable… Pero ese azar, tan poderoso y enigmático, ese impulso fortuito, que también la nieve congela, quiere un día cruzarse con él y conoce a dos chicas, Katia y Masha. Dicen ser hermanas. Dicen ser de otro lugar. Dicen que tienen una tía. Dicen lo necesario. Han aprendido el poder de la palabra y la fuerza de los que se dejan querer porque para Nick todo es perfume, mezcla de (perestroika), mezcla de lo (desconocido). La vida contra la supervivencia. El profeta contra el (esteta). Como una suerte de turista/visitante accidental, Nick, que no deja de ser un sentimentalista empedernido con ciertas carencias emocionales y afectivas, se deja llevar… porque necesita lo que ellas le ofrecen, y camina por la nieve, y se desliza por el hielo, todavía resquebrajado por el fantasma del comunismo, y se cubre de afectos, en la noche, y en los días, y, a pesar del frío, se desnuda… Pero Nick es débil, y Rusia/Moscú, la de ellas, es fuerte o mejor dicho, ha renacido fortalecida porque un día estuvo muerta, como el principio y fin de todo, como el escenario y las calles de esta novela, como el vestuario de lo incoherente. Nick es una especie de blini, frágil y suave, pero sus acompañantes, sus compañeras de viaje en esta inquietante y poderosa novela, donde nada es lo que parece y en la que todo es lo que la miseria de la antigua Unión Soviética aún condena, son duras, como el peor vodka de fabricación casera, duras y ardientes, personajes que viven al amparo de ese manto blanco que se extiende como una plaga, como el fuego que asfixia y ahoga detrás de ya no tanto un telón sino más bien una cortina de alguna aleación desconocida; y por eso hay que salir adelante, sea como sea, porque las luces, el neón, los hammers, la opulencia, el derroche y la vida siguen siendo una mentira que la nieve oculta. Y el deshielo llegará, tímido y cauto, y la vida será una campana que alguien escucha a lo lejos, como ese arrepentimiento que Nick derrocha en su confesión, en este cautivador texto que es una carta, pero también un argumento esencial para entender el deseo más inherente del ser humano: sobrevivir.

«Recuerdo que al ver esas arrugas la quise todavía más, porque la hacían real, un ser físico que podía morir, pero no solo morir».

Reseña de la novela El deshielo, de A.D. Miller, Literatura Mondadori, 2013

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«El deshielo», A.D. Miller, Literatura Mondadori.

No había encontrado jamás lo que tenía la gente como mi hermano, lo que mi hermana creyó tener hasta que dejó de tenerlo, eso que tú y yo formalizamos ahora: el contrato, el acuerdo, ser uno y un mismo cuerpo para siempre… y, a cambio de todo eso, el apoyo, los nombres cariñosos y las caricias en el pelo por la noche cuando tienes ganas de llorar. Siempre había creído que no lo deseaba, no para siempre, si he de serte sincero, que podría ser una de esas personas que son más felices sin ello. Es posible que el ejemplo de mis padres me disuadiera: empezaron demasiado jóvenes, trajeron sus hijos al mundo sin pensar realmente en lo que estaban haciendo, se olvidaron de lo que en un principio le gustaba al uno del otro. Por entonces me parecía que mis padres tan solo aguantaban, como dos perros viejos atados en la misma caseta pero demasiado cansados para seguir peleándose. En casa se pasaban el día viendo la televisión para no tener que conversar. Estoy seguro de que, en las raras ocasiones en que comían fuera de casa, eran una de esas penosas parejas a las que a veces se ve masticando juntos en silencio.

Fragmento de la novela «El deshielo», de A.D. Miller, Literatura Mondadori, 2013.

Entrevista con el autor en «Un blog supuestamente divertido» (Literatura Mondadori)

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«Calle de los Ladrones», Mathias Énard, Literatura Mondadori.

Los hombres son perros, se atacan los unos a los otros en la miseria, se revuelcan en la mugre sin poder escapar, se lamen el pelo y se lamen el sexo durante todo el día, tendidos en el polvo, dispuestos a todo por unos despojos o el hueso podrido que nunca puedan echarles, y yo, lo mismo que ellos, soy un ser humano, un detritus vicioso esclavo de sus instintos, un perro, un perro que muerde cuando tiene miedo y que busca las caricias. Lo veo claro en mi niñez; en mi vida de cachorro en Tánger; en mis andanzas de joven chucho, en mi gemidos de perro abatido; emitiendo mi delirio entre las mujeres, que yo tomaba por amor, y entiendo sobre todo la ausencia del maestro, que nos hace vagar tras su rastro en la oscuridad olfateándonos los unos a los otros, perdidos, sin una meta.

Fragmento de la novela «Calle de los Ladrones», de Mathias Énard, Literatura Mondadori.

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