La gran novela española del siglo XXI

Sin duda, «Antes del huracán», la última novela de Kiko Amat publicada por Anagrama este mes de abril está convocada a convertirse en la gran novela española del siglo XXI. Aunque su trama se desarrolla en los finales del siglo anterior, sin duda estamos ante un ejercicio narrativo desgarrador, perfecto, hipnótico, satírico, divertido, original, donde la locura y la cordura conjugan un vocabulario y un lenguaje como nunca se había escrito en la narrativa post-moderna española. Kiko Amat ha conseguido una historia donde estamos todos aquellos de la generación de los 80-90. Donde residen nuestros recuerdos más felices, cuando no éramos esclavos de la tecnología, cuando jugábamos en el patio de recreo, cuando ETA, Las Malvinas, Felipe González, cuando todavía podíamos llamar locos a los cuerdos y cuerdos a los locos, y cuando todavía existía el placer de recordar el pasado sin prejuicios, el episodio de cada día como un ejercicio de valor, el instante de vivir, la aventura de ser niño, feliz, curioso, desconcertado, inocente… A través de Curro y Plácido, dos personajes que escribirán un antes y un después en la narración actual, sentiremos el placer de la locura, el desgarro interior de la inocencia y visitaremos un manicomio, que es más el palacio donde reside la verdad, la ironía y el espejo de lo que fuimos, somos y seremos. «Antes del huracán» es sincera, es un electrocardiograma de la nostalgia, una cirugía de la mente. Nunca se había tratado con tanta dignidad, solvencia, claridad y respeto el tema de la locura en una novela española. Y Kiko Amat lo hace. Lo hace para que saborear el placer y el ritmo de una lectura llena de vértigos, emociones y placeres. Es una hazaña. Un portento. Un prodigio. Todo eso es Kiko Amat y su huracán.

Por aquí os dejo un fragmento de la novela. No se la pierdan.

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[...] y recordé que aquellos libros me proporcionaban algo parecido a la paz, no era exactamente placidez de alma pero era el sucedáneo más cercano, un medicamento de la misma familia, y me vi a mí mismo en un cuarto solitario, uno de los muchos que habité de joven, tras la muerte de mi madre, a lo largo de diez años, antes de que me ingresaran por el incidente, me vi con los ojos enrojecidos por el insomnio y el alcohol y la rabia, un nudillo aplastado de haberle estado arreando puñetazos a la pared, y me vi también entrecerrando un solo ojo para poder seguir leyendo uno de aquellos libros, si no lo hacía las letras se desdoblaban, parecían estar vivas dentro de la página, pero si conseguía leer lo suficiente, aunque fuesen unas pocas páginas, me sentía mejor, aquellos libros eran un mundo seguro, un lugar donde no podía suceder nada malo, máxime el enfado de una tía antipática, una hilarante confusión de identidades en una casa de campo, la desaparición de un valioso jarrón (al final es solo un encantador malentendido), las cómicas gamberradas de un sobrino, y yo quería estar allí, yo me sumergía allí y me evadía de mi vida y por unos instantes estaba tranquilo y con suerte lograba dormir unas horas.

Reseña y fragmento de la novela «Antes del huracán», Kiko Amat, Anagrama, 2018

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Locura cotidiana.

 

“Creemos que nadie se aventuraría, sobre todo en los tiempos que corren, a considerarse como mentalmente sano ni a afirmar estar total y plenamente equilibrado”.

José Carlos Fuertes Rocañín.
Psiquiatra.

 

locura transitoria juan clemente

 

Los 29 relatos que componen la obra «Locura transitoria», escrita por Juan Clemente (Ed. Círculo Rojo) son un recorrido por lo más profundo y enigmático del ser humano: la mente.

El autor, lejos de toda moraleja, hace un recorrido por la urbana sombra cotidiana, por todo aquello que cada mañana nos asalta a golpe de alarma. La locura como tal, como viajera que viene y va, de acá para allá, es compañera de fatigas e indiscutible protagonista. Se desnuda, pues, de estigmas y se viste de tolerancia, para mostrarnos que en todo síntoma existe el dominio de la normalidad.

reloj insomnioDesde el vacío más ahogado, pasando por el insomnio, describiendo caminos, yendo al trabajo, en el sueño y la vigília, repasando imágenes virtuales, acercándonos a los otros mundos, el Apocalipsis y muchos más escenarios, su narrativa nos asalta como un bestiario de placeres llevados al síntoma necesario del justo desequilibrio mental donde el ser humano se dirime en una fina y delgada línea y eleva su fuerza hasta el paraíso necesario para sobrevivir. Hay más locos/cuerdos que cuerdos pululando a nuestro alrededor.

Juan Clemente hace de la locura un placer cotidiano, una mano a la que aferrarse, pues. Su planteamiento es una fantasía ficcional que se hace posible en cada relato, vida, voz, personaje y cerebro. No hay que tenerle miedo a la locura, nos dice el autor. El ser humano la necesita para vivir. En ella reside el conflicto residual de nuestras almas, el tormento que estalla en creatividad, utopía, éxtasis y complicidad.

La dualidad del ser humano, su fragilidad para ser o no una copia de sí mismo no es más que un invento de la sociedad, un supuesto paraíso (imperio de lo efímero) en el que nos insertan desde que nacemos. Los parámetros que nos fijan son mandamientos para manejarnos como marionetas desde una superficie abstracta. En los relatos de «Locura transitoria» podemos ver como la capacidad de superar ese (control supremo) reside en el propio ser humano cuando mueve ficha y se muestra antagónico ante la norma mediante la transgresión mental. Estúpida norma. Individualismo manifiesto, pues.

Necesitamos locura para vivir. La locura es imaginar la posibilidad de estar vivos en otra dimensión donde nadie nos imponga su ley. Libertad de pensamiento, por tanto. Mente y cuerpo, dos laberintos enfrentados entre sí que luchan por convivir en un plano formal, definen la hipérbole más angustiosa del individuo descrito.

Quizá haya mucho de ajedrez y disciplina en los relatos de Juan Clemente, también de universos, ciencia ficción, casualidades… Pero lo más importante es su capacidad envolvente de jugar con la mente en espacios donde la locura se hace mayor de edad y firma un contrato con nuestra voluntad.

Transitoria, voluntaria, capaz, urbana, diaria, bella y placentera. Eso es estar en el límite del placer, transitorio o no, qué mas da.

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Realidad onírica.

 

locura transitoria

COMPRAR LIBRO

Hoy he tenido un sueño muy raro, no suelo recordar mis sueños, pero este se me ha grabado a fuego como ningún otro.

Estaba conduciendo por una autovía de dos carriles de un solo sentido, sin letreros luminosos, sin señales, sin carteles, sin coches.

Miro el asiento del copiloto y lo que encuentro es un crash dummie, uno de estos muñecos que utilizan en los test de seguridad de los coches.

Me mira y sonríe, yo le devuelvo la sonrisa.

Sigo conduciendo tranquilo, se podría decir que soy feliz conduciendo, cosa rara ya que a mi no me gusta conducir.

Por el retrovisor observo que en el asiento de atrás van sentados otros dos crash dummies. Uno de ellos más pequeño, como si fuera un niño y el otro con coletas, como si fuera una mujer.

Los dos al unísono me miran y sonríen, a lo que yo levanto el brazo para saludarles.

Al mirarme el brazo, me doy cuenta que llevo el mismo mono que mis acompañantes, todo exactamente igual.

Busco con inquietud mi reflejo en el retrovisor para observar que también soy un crash dummie.

 

Fragmento del relato “Sueño” de «Locura transitoria», escrito por Juan Clemente y publicado por Ed. Círculo Rojo.

(Hoy, todos somos un crash dummie). Con su permiso.

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ES ELLA

Para todos los enfermos mentales que sufren en silencio, y en especial para Alberto, quien me enseñó la belleza de su locura.

 —Por favor que me traigan una nueva grabadora. Esta no funciona. Mi sargento, el botón rojo, solo tiene que pulsar el botón… De acuerdo, pero que traigan otra.

Voy a documentar la grabación:

—¿Se escucha? Uno, dos tres… bien…sí, uno, dos, tres.
Comenzamos: Uno de enero de 2009. En presencia del brigada Antonio Martínez y como encargado de la investigación del asesinato de la súbdita inglesa Mary Quant, yo, como sargento de la unidad de operaciones especiales del Cuerpo Nacional de Policía doy cuenta de los presentes añadiendo además al detenido Antonio Ventana Podrido. Grabación, uno, barra dos-mil-nueve. ¿O ésto tenía que haberlo dicho al principio? Da igual.

—Según relata usted, y me mira a la cara cuando le hablo, la noche de autos, conoció a la chica en el bar donde ella trabajaba.
—Sí. Fui allí a tomar una copa.
—¿Iba solo?
—Al principio entré con un amigo que me encontré de camino, pero luego se marchó.
—¿Adónde?
—No lo sé. Supongo que de copas o de putas. Y yo qué sé.
—Entonces usted se quedó allí.
—¿Dónde?
…en el bar, en el puto bar al que me dejan ir. Pero ella fue la trampa. No quieren que siga con mis cosas.
—¿Cuándo viene mi abogado?
—Está de camino.
—¿Por qué se quedó usted y no se fue con su colega?
—Ya se lo dije al otro madero.
—Cuidado con lo que habla.
—Al otro policía, joder, ya se lo dije: La camarera esa, la inglesa, no hacía más que mirarme e insinuarse. Me puso un poco burro y pensé que podíamos tomar algo. Le pregunté a qué hora salía. Me dijo que en un par de horas terminaba el turno, pero que si no había faena saldría antes. La muy cabrona no paraba de reírse y de pasarse por mi mesa. A veces se sentaba a mi lado hasta que su jefe le pegaba un grito desde la barra. Y ésta saltaba como un resorte mecánico. Me cargó mucho de alcohol, me ponía las copas gratis la inglesa esa.
—¿Le preguntó su edad?
—No me acuerdo.
—Hemos comprobado su versión con la de otros testigos. Según nos han dicho usted llegó solo y luego se fue con la camarera a eso de las tres de la madrugada. La persona a la que describe como su amigo y que supuestamente le acompañaba en ese momento, dice que no le conoce de nada y que tampoco entró con usted en el bar. Lleva un par de días en la ciudad y no ha tenido tiempo de hacer amistades.
—Eso es mentira.
—¿Por qué nos miente?

—Yo no miento. Es la voz la que dice mentiras.

—¿Qué voz?
—¿No la oye? Es él. Escuchen lo que dice. ¿No lo están grabando?
—No necesitamos nada más. Tenemos su declaración firmada de que asesinó a la chica inglesa de catorce puñaladas en su domicilio.
—La muy cerda no quería follar. Me pillé cinco gramos y me puse hasta arriba, yo estaba que reventaba. Me desnudó y luego me dijo que tenía mal cuerpo y que no quería follar, así que la relajé a golpes. Estábamos los tres solos. Yo tenía miedo y lloré, pero él me dijo esas cosas.

—¿Han llamado a mi madre? Ella me escucha. Ella sabe la verdad.

………………………………………….

—Ahora vamos a pasar a una rueda de reconocimientos. Cuando se abran las cortinas, detrás del cristal verá un grupo de personas mirándole de frente. Ellos no pueden verle. Cada uno lleva un número sujeto. Tómese el tiempo que necesite para observarlos. Queremos que nos diga si conoce a alguno de ellos. Sólo tiene que decir el número de la persona de la que esté seguro conocer.
—¿Entendido?

No contesta. Se pregunta quién será. Los lamentos regresan. Se tapa la cara. Suda. El policia le dice que mire, que se fije, que abra bien los ojos…
Tiene la mirada fija. Ahora las voces llegan como notas musicales impactantes. Alguien le canta la canción de los marineros…la canción del disco roto.
La cortina abierta. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.
Rubio, moreno, atlético, yonqui, policía camuflado, ella.

—¿Reconoce a alguien?

—Sí, la número seis. La número seis.

—¿Qué pasa con la número seis?

—Esa es la mujer a la que maté.

—¿Cómo ha dicho?

—Esa maldita zorra me rompió mi disco de canciones. Por eso la maté. Es ella. Rompió mi disco y él ya no me puede cantar por las noches.

—Por favor, la número seis que dé un paso al frente.

++++++++++++++++++++++++++++++

Antonio Ventana Podrido. Deje sobre la bandeja todas sus pertenencias.
Tiene asignada la celda 24509.
Bienvenido.

Voces, voces, voces, siempre voces, las mismas. Y nadie me escucha.

Nota: El protagonista real de esta historia, que mezcla ficción con apuntes de lucidez, permanece hoy en día ingresado por voluntad propia en un centro de salud mental de Alicante. Lo que acabo de relatar me lo contó una tarde que fui a visitarlo mientras dábamos un paseo por el jardín. No se llama ni Alberto ni Antonio y en realidad a nadie le importa cómo, porque si decidió ingresarse fue por el rechazo de la sociedad, sus amigos, sus familiares, su novia y otros muchos, que atrincherados en la ignorancia lo estigmatizaron para siempre. Ahora recibe cuidados especiales. No es un enfermo peligroso. De vez en cuando voy a visitarlo y seguimos paseando por el jardín.

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Alamedas y psicotrópicos

Hay un frío, un viento,
una locura concedida,
la tierra ha puesto nombre a mis manos
dejando que tus palabras me surquen,
como equilibrista al borde del hilo
escucho mi temblor de adolescencia mal construida,

hay gente que nació sin nombre
y le pusieron la estaca
en un corazón de niño adormecido,

gente que caminamos soñando verdades,
calculando lagos en los que pudimos ser felices,
calles que siempre se llamarían
unas aire, otras nunca,

gente que balancea el cuerpo sin retorno
al par de miedos, fuegos, lagunas blanquiazules.

Hay ojos que son ciegos viéndolo todo,
luego existen ojos que lo ven todo y acaban cegándose.

 

(Cristina Martín: La Princesa Inca)

 

 

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