Papel de fumar

london night

Anochecía en Londres. Aún quedaban unos minutos para que Daniel saliera de la boca del metro. La mitad de la espera. Apagué mi cigarrillo y observé como la criatura londinense se iba apagando, alejando entre flores y papeles desahuciados, como el cartón que se incendia, como el fuego que inundaba mis tardes… Es como una flor pensé, el fuego realmente es como una flor. Y apareció Daniel. Surgió de la nada, como un muchacho campesino que lo miraba todo con su sonrisa sardónica desde el fondo de la calle. No tenemos demasiado tiempo para morir, le dije. Démonos prisa. Llévame a todos los rincones secretos de la ciudad, a los lugares que conocimos cuando el pasado nos aullaba en los oídos. Sitios donde nos juntábamos para follar o fumar porros, donde íbamos a beber y decidir en qué momento habíamos perdido el control de nuestras vidas. Porque siempre hay un momento en el que la vida descarrila. El mío fue el día que moriste, le dije a Daniel. Y nunca más supe de mí.

Texto y foto: Diego Klattenhoff ©
Todos los derechos quedan reservados

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Londres no existe en este cuento

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En Londres hace frío. Los hombre de negro son siluetas de papel. Los coches nos persiguen en cada madrugada. Salimos por la noche buscando el miedo. Buscando la forma de esconder nuestras pesadillas. En Londres los tejados son de cartón. Un cartón especial porque podemos saltar de unos a otros. Los guardianes de los cementerios han muerto. Ya nadie nos vigilan. Asistimos a su entierro. En Londres hace frío. Un frío pervertido que roza lo artificial. Me gusta contarte todo esto. La distancia nos convierte en marionetas sin calle en la que representar nuestros recuerdos. Hoy te he comprado una caja en la que podrás guardar esos recuerdos cuando regrese. Los aviones rugen cada mañana. Los pasajeros son una suerte de terapia. Equilibristas de día y noche que portan emociones en maletas de mil colores. Aeropuertos. Unos vienen y otros se van. Y yo sigo sin tener ni ciudad ni metrópoli donde alojarme en paz. Todos duermen ya. Nunca sabré dónde estás. Nunca sabré dónde dejé el último cuaderno de notas ni la última sonata de piano que compuse. En la madrugada todo es posible. Lo real. Lo irreal. La lluvia que nos enseña el camino hacia el mar. Y todos sueñan y duermen ya. Tú estarás esperando la llamada que nunca llega. Porque el sonido del teclado será un volver a empezar. Un vendaval de sexo, humo y alcohol. Maldita dulzura que ya no probamos. Londres es una ruina. Una herida que no cicatriza. No tengo nadie con quien hablar. Solo el hombre del sombrero de copa. Aunque ahora solo me visita su sombra. Será cosa de la metáfora. Maldita dulzura que separan las millas. Maldita dulzura el sonido de los aviones que despegan. Maldita dulzura de nuestro ayer. Espera. Reposa. Calma. Despierta. No me iré de esta dimensión ni ahogaré mis miedos en alcohol. Londres es malvada. Londres es apacible. Londres es esta foto que he tomado para ti. Londres no es nada. Ni yo tampoco. No soy nada cuando escribo. Porque escribir es proyectar el vacío que construyes cada día. Ganas de inventar. Hoy para cenar tengo lágrimas y celos. Y para soñar fantasmas y el imaginario que me persigue. Solo queda Londres vacía y sucia. Solo quedamos tú y yo. No te asustes. Ya encontraré un mercadillo en el que comprar la eternidad.

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