Suicidando un cuento.

Están los que tienen miedo a volar. Pero yo no soy de esos, se lo prometo. Lo mío —para que me entiendan ya que nos vamos conociendo— es más bien miedo a las personas que vuelan conmigo. Subirme a un avión me produce un alterado estado de misantropía que ni el peor de mis enemigos. En todo trayecto aeronáutico suelo comunicarme con monosílabos o simples gestos (ensayados) de asentimiento o negación. Eso sí, solo con la tripulación. Con el resto de mortales que se congregan en la aeronave de turno, ni palabra. Ya se imaginan. Resumiendo: que no soporto estar pegado a tanta gente que a saber qué mierdas echan por la boca, que quizá no se hayan lavado en una semana, que apestan, que rezuman,  que gritan, que comen como cerdos…

De camino al aeropuerto ese presuntuoso odio hacia los que serán mis (compañeros), —por llamarlos de algún modo—, de vuelo, empieza a relucir en mi mente con una efervescencia insuperable al son de algún tema cañero pescado de los modernillos de las redes que se escapa por la conexión virtual a Songfy. Esta vez tocaba ir a Manhattan. El taxista que me acercó a la terminal del aeropuerto de Barajas resultó ser parco en palabras, cosa que agradecí, ya que no me apetecía retirar de mis orejas los auriculares del Ipod para escuchar las burlescas y variopintas hazañas que sólo conseguirían acentuar aún más mi predisposición a odiar a doscientasynosécuántas personas durante las siete horas de vuelo que me esperaban por delante.

Tuve suerte, la lotería de las probabilidades se alió con mi estado de ánimo y me tocaron como compañeros un sordomudo y otro jovenzuelo con un Ipod más grande que el mío, lo que le proporcionaría más horas de música que a mí y por tanto menos probabilidades de intentar alguna forma de comunicación posible. Me quedé con las ganas de preguntarle dónde se había comprado las zapatillas que calzaba el colega. Bastó una foto con el móvil y una búsqueda por imagen en Google para hacerme con el modelo, puesto que la marca saltaba a la vista. Ni puta palabra nos cruzamos en todo el vuelo. Por si las moscas y, asqueado por el olor a comida putrefacta y plastificada, que a las dos horas de trayecto empezó a salir de la parte de atrás del maldito aparato, decidí pedir un vaso de agua al que siguieron un par de somníferos que me dejaron en un estado de sedación tan gratificante que creí estar en una especie de sillón mullido de revista de decoración para adornar mesas de salón. (Azafata, agua) Esas fueron las dos únicas palabras que salieron de mi asqueada bocaza.

La más fea de todas las tripulantes abordo se encargó mediante enérgicos golpes en mi hombro de proporcionarme un despertar tan inesperado como abrupto. Habíamos llegado al JFK y ni enterarme, la verdad. La química es la hostia. Cuando regresé al espacio/tiempo regular los demás estúpidos pasajeros ya se habían bajado de aquel trasto infernal. Me encanta hacerme el VIP. Con gesto parsimonioso, todavía bajo los efectos residuales de la mierda que me había tomado, agarré mi bolsa de mano que encontré en el compartimento superior (qué nombre más espantoso) —¿había dejado mi mochila allí?— y salí echando pestes de aquella máquina infernal dirigido por la (inercia) de la recogida de equipaje. [¿Llevaba maleta?] Después de media hora esperando el bulto —parece que sí facturé 1— salí a la zona de llegadas donde ya me esperaba F embutido en un horroroso abrigo y saludándome con una efusividad algo exagerada para no habernos visto en nuestras puñeteras vidas. Nos abrazamos con cierto protocolo disciplinario. Era la primera vez, como decía, que me encontraba con este mamarracho neoyorquino. No sabría muy bien cómo definirlo, pero algo así como una mezcla entre hipster(ignorante) o intelectual(sobreactuado) no quedaría mal para anotarlo en el cuaderno. F era el enlace que me habían asignado los de la revista Single para el apestado reportaje que se me había metido entre ceja y ceja.

Un famoso activista/hacker humanoide había sido encontrado muerto en su apartamento. Como cada mañana un elemento de mantenimiento acudía a su domicilio para ponerlo a punto. Se trataba de un prototipo en fase de pruebas y necesitaba de retoques a diario. El día 11, el elemento reparador F98, se lo encontró muerto en actitud de presunto suicidio. Eso pudimos saber por la información que los confabulados mass media publicaron.

Y una mierda, que este tío no se ha suicidado, le dije a mi compañero de piso cuando estábamos recibiendo los (misiles) que fuiterostuibukes empezaron a lanzar por las redes minutos después de hacerse publica la noticia. Me obsesioné tanto con el tema que decidí ponerme en contacto con los editores de la revista Single, cuya sede principal estaba en Nueva York. Con fama de ser una suerte de panfleto neoliberal fue el único soporte informativo que había dejado una puerta abierta a la posibilidad de una conspiración. ¿Suicidio o suicidado? Ese fue el titular con el que levantaron algunas llagas de las que todavía, hoy, se están curando y por el que me lancé al terreno. El caso es que el humanoide en cuestion se había metido en algunos asuntos de asaltos iperianos que hicieron peligrar la integridad y dignidad política del último Premio Pacífico: el Presidente Babama de las RR.UU.

Cierro comillas (imaginarias).

—Perdonen, pero yo no soy éste, a ver, me explico, el que escribe esto no es el que ustedes piensan, en realidad yo soy mi compañero de piso. El otro, el de los aviones, los somníferos, Manhattan y todo ese lisérgico montaje conspiranoico fue reventado por un Predator antes de que pudiera regresar a este piso. ¿El Predator? Supuestamente fue una acción gubernamental de castigo realizada por la Agencia AIC, supuestamente ordenada por el pacifista, quien a la vez, supuestamente o presuntamente, no era tal cosa. En fin, que se lo cargaron. Por listillo. Esto no debería escribirlo.

—Estuvo más de dos semanas recopilando datos acerca del humanoide, entrevistándose con allegados, amigos, secuaces, seguidores y quién coño sabe qué más cosas. Escribió el artículo (un bombazo, se metió con el Babama, le acusó de… mejor me contengo, desmontó toda la trama, habló de los escuadrones de la muerte que visitaron al genial humanoide, del arte de convertir lo natural en accidental (y mortal), los viandantes se lo creyeron, pues), los de la revista se lo publicaron, claro, y antes de regresar los discipulos del premiado le dieron el pasaporte demócrata con destino a la república del soldado fustigado. Y eso que todo era un supuesto. Pero un supuesto peligro, mi amigo. Ahora le llamamos el TNT.

—Si les relato los hechos es porque alguien me lo pidió y porque otro alguien me hizo llegar un cuaderno donde T iba anotando todos sus movimientos. Claro está, yo mismo he asumido el papel de personaje en primera persona y a la vez de censor ensayando una especie de realismo y/o suplantamiento falso de carácter. No quiero acabar empalado por un puto Predator, como él. Por eso he omitido información, datos, lugares, nombres… Como siempre prefiero la eventualidad del disparate a la asfixia de la realidad empírica.

—Lo dicho, suicidar el cuento (o lo que les cuento) antes de que me suiciden a mí.

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Me Gusta Tao Lin #1

 

Tao Lin

 

Arremeter contra un  joven escritor importado de USA (Tao Lin, por ejemplo) es muy fácil. Lo puede hacer cualquiera. No hace falta carrera, ni Ser Filólogo, ni haberse leído toda la obra de Barthes. Soltar estupideces por boca y teclados sin ningún tipo de fundamento crítico y/o analítico también, y además, por desgracia, todo esto se ha convertido en deporte bloguero sin precedente con aplausos enlatados incluidos.

Casi siempre ocurre porque (el) llamémosle educadamente (individuo) que se pone, muy sabihondo y altanero [él], delante de su editor de texto y se hace una impotente paja mental que estalla en chorradas, para después dárselas de hipermegaculto honorario entre su cohorte de seguidores (profanos, pues), no sabe qué decir sobre el autor o libro en cuestión o no tiene, seguro, la capacidad de descubrir qué nos quiere trasmitir el autor. Vamos, lo que se dice:

leer entre líneas. ¹

¹ Descifrar códigos linguísticos no está a la altura de cualquiera (y que nadie se ofenda).

Porque para tal hay que pensar, discernir, leer, releer, anotar, analizar…. Uuuuuf, mucho.

Respetables son todos los lectores que pueden opinar y decidir si algo les gusta o no. No discuto este asunto. Pero, tío, si tienes la oportunidad de hacer públicas tus opiniones, ya sea en blogs, webs, diarios… y sabes que te va a leer la peña, joder, ten un poco de dignidad e intenta sacar lo positivo. Sé que es difícil y que algunas mentes calenturientas no dan para más y solo saben insultar y hacer diarreicas manifestaciones y vomitivos insultos chabacaneros de patio de marujas. Ordinariez, en resumen. Y lo peor de todo es que al personal le hace mucha gracia y vitorean y gritan por las ventanas y se mofan sin ni siquiera haber leído la novela y se convierten en ignorantes ecos de su mesiánico profanador de textos. Horror vacui. (¡Ja!).

Hostias qué tío, cuanto sabe, joder, se ha cargado al niñato este… Blablablablablablabla.

Lo siento pero este rollo no me hace puta gracia.

Entremos en materia:

Tao Lin está bendecido en nuestro país por la editorial Alpha Decay. Hasta la fecha han publicado estos títulos:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muevo ficha. Mi turno. Respondiendo al título de este post:

Me gusta (Tao Lin) porque es un forense ™, sí, como suena, y por esto (luego lo explico), claro está, no le gusta a otros muchos. (Algoritmo, por tanto).

Forense de la sociedad, que nadie se lie. ¿Queda claro? Vale. Pues entonces sigo.

Explico:

Pensar en un señor de bata blanca delante de una mesa aséptica en un búnker hospitalario abriendo cuerpos y sacando vísceras produce, por lo menos, asco. Pero imaginen que esas vísceras se las lanzara a sus caras, sí, contra usted. ¡Zas! Vomitarían, les repugnaría, ¿verdad? Qué asco. Pues no, no debería provocarnos rechazo creo vamos, si todos tenemos lo mismo por dentro, al fin y al cabo. Fuera escrúpulos. Me dan más asco las hamburguesas del MacPato.

Ahora doy un giro brutal. No se pierdan. De aquí a NiuYork. Hala.

Cámara. Plano general.

Partiendo de aquella premisa (la del forense), vemos ahora a Tao Lin, en su apartamento de Manhattan, recién acabado su kimchi, vistiendo su bata (me da igual el color), se sienta delante de su Macbook y empieza a escribir, escribir, dialogar, observar… teclea… y teclea… bebe líquidos… piensa, fuma, habla, chatea, se deprime, se agota, se exprime, es-cri-be (la vida y la muerte, ¿se dan cuenta?) y mientras hace todo esto, arranca las vísceras, eso es, sí, las mismas que carcomen a la juventud y sociedad americana (y por extrapolación a la nuestra) y tiene el arresto de lanzárnoslas al papel y decirnos la puta verdad, lo que somos, hacemos, pensamos, comemos… Seres vulnerables, débiles, adictos, miedosos, depresivos, neuróticos, bipolares, contradictorios, solitarios, atormentados… Humanos, pues.

Su lenguaje es sencillo, sí, ¿qué queréis?, ¿otro En busca del tiempo perdido? (Qué rollazo el Proust). Tan sencillo como las formas que usamos para comunicarnos, tan sencillo como la posibilidad de ocultarnos detrás de las pantallas, las fobias y las filias y las miserias con las que vivimos. Diálogos rápidos, fugaces, condicionados por la premura y el vértigo al que estamos sometidos habitan su particular conjunto de códigos. Su literatura es experimental. Y gracias, Tao, porque si no hay experimentación esto aburre, y si aburre, se hunde. No se enteran, hostias.

Lo que nos ARROJA, duele, jode, revienta, molesta… porque a determinados individuos no les gusta verse (retratados ni reflejados), ¿verdad? Muchos (y yo el primero) somos como los personajes de sus novelas, pero oye, para escondernos TENEMOS el cinismo, que lo tapa todo, ¿verdad? El cinismo de los demás, por supuesto, aquí no me incluyo. Por eso No Os Gusta, porque os dice la puta verdad en la cara. Y por eso le insultáis, la manera más fácil y vulgar de defenderse. Volvemos al patio de las vecinas.

En fin, qué duda cabe, somos supervivientes extremos de la asfixia social.

Y lo percibes cuando lees a este autor. Con con una sencillez extrema (condicionada por una reacción per se postmodernista) Tao Lin revienta el sueño americano (todavía metafórico), configurando así el desánimo globalizado de todos—todos; todas—todas.

Puede que no cuente una historia, pero sí diagnostica con precisión y firmeza. Y me da miedo, y por eso me flipa. Psicoterapia narrativa, pues.

Refleja esa anhedonia in extremis que se extiende como una Peste implacable por todos nuestros conductos y neurotransmisores. Peste que nos han fabricado, y a posteriori, industrializado para hacer de nosotros un proyecto autómata mercantil. (Manipulación capitalista para entendernos).

Hoy, supervivir es levantarse por la mañana e ir a comprar el pan con los bolsillos vacíos. Joder, y en la puta tienda de la esquina nunca tienen pilas para mi radio portátil.
Protesto por ello y me dicen que alguien las roba todos los días.

En el chat de Gmail:

Yo: Tao, h u doin’, can I have some batteries?
Tao: Sure, i gotta go now but come home in 1 hour.

La sociedad tiene muchos males, está clinicamente enferma. Lo dice Tao Lin, forense especializado en nosotros mismos. Y al que no le guste, pues eso. Me controlo, que luego dicen que suelto muchos «que se joda».

«La masturbación es una vía de escape a la literatura», dijo Luis y le envió a Sam la foto de un stripper.
«Está sudando», dijo Sam.

«Creo que la han embadurnado con aceite», dijo Luis.
«Eso es gracioso, creo», dijo Sam.
«Llevamos toda la noche aquí sentados como imbéciles y todavía no sabemos qué hacer», dijo Luis.
«Me voy a masturbar, luego haré cualquier otra mierda y luego intentaré dormir unas veinte horas», dijo Sam. «Que pases una buena noche.»
«Que pases una buena noche, qué risa», dijo Luis.

Tao Lin: «Robar en American Apparel»
Alpha Decay. Héroes Modernos

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La Libertad del exceso de páginas

Libertad tiene muchos aspectos narratológicos que la convierten y sitúan en una obra cumbre de la narrativa contemporánea norteamericana. Su extensión, quizá demasiada, planea sobre el tejido espiritual del americano medio comprometido y neurótico consiguiendo así un retrato fotográfico y diseccionado de la América actual. Una sociedad con ciertos retos, compromisos e intenciones que se ven difuminados, como un espectro que acecha y queremos destruir. Lo peor de todo es que esa destrucción al no ser culminada con el proyecto final se volverá contra el yo posible y desmoralizado del americano actual, creando así unos mecanismos de defensa para con todos los que tiene a su alrededor. En Libertad se manifiesta el miedo, el asco, el hastío, la violencia, el adulterio, la envidia, los descomunales desprecios entre republicanos y demócratas.

Hay un 11-S. Un caos que pasa de puntillas, causando ciertas miradas de recelo ante los posibles sospechosos. Es un pequeño ingrediente que puesto en boca de algunos personajes hará saltar su ira hacia supuestas teorías de poder y/o conspiratorias para con la sociedad norteamericana.

El miedo al recuerdo, a la evocación lo convierten en un suceso casi anodino que no va más allá de un par de llamadas telefónicas.

Hay sexo, envidias, masturbaciones compulsivas, alcohol, exhibicionistas empalmados. En fin: lo que cada uno en su casa haga. América no es una película ni una novela con personajes perfectos. América es Libre y por eso se desahoga con la misma porquería que cualquier mortal.

Cagan, mean, follan, chatean, se corren delante de la pantalla…

El autor narra la vida de una familia que aparentemente puede ser la imagen perfecta que antes comentaba: casa con porche, maravillosos hijos, marido ideal. Pero no, en Libertad, todo eso son débiles castillos que se descomponen en una tragedia de diálogos y pensamientos que desembocan en la destrucción cotidiana de la [anterior] perfección manipulada.

En paralelo a esta familia aparece otra que la complementa: amigos que se acercan y emiten juicios de valor, presumiendo así la capacidad de aprovecharse de esa decadencia para su beneficio.

América odia, es racista, autosuficiente y vil consigo misma y los demás. América no es toda ella católica como muchos piensan. Hay ciudadanos que odian a la Iglesia.

América no sabe adónde va. Los jóvenes se han acomodado en una psicodelia hiperrealista de comodidad al abrigo de un futuro incierto contra el que se vuelven y refugia a través de la música, el sexo, las drogas y la violencia. Sus rumbos dudan entre controvertidas ideas y banales comportamientos. Mientras unos siguen haciendo su vida y olvidando la realidad, otros se esconden en la miseria de su soledad amparados por los vicios manifiestos del ciudadano medio.

El compromiso americano para con la imagen proyectada va llegando a su fin. Ese dulce estilo (irreal, por supuesto y fabricado en los laboratorios de ideas) para proteger sus miserias tiene un vencimiento muy cercano. Nos iluminaron con la prefabricada perfección del American way of life. Todos queríamos ser como ellos, como el estereotipo planeado a través de un cine/relato/novela persuasivo y convincente que nos dejaba la mente cargada de maravillosas instantáneas, haciéndonos dudar de nosotros mismos (destrucción del yo) a través del superhéroe de ficción, del héroe familiar, del perfecto estudiante en maravillosas high school, del brooker que nunca duerme ni come, alimentándose del dinero de los demás (capitalismo funeral de Marina) como se vería más tarde, de la maravillosa ciudad donde todo es amor, de los finales felices… El superhéroe americano con camiseta, vaqueros y deportivas.

Ahora parece que interesa más el medioambiente, pero el capitalismo lo interviene.

El acusado aumento de población es motivo de eslogan y campaña.

Franzen en plena Libertad apunta y dispara contra todo aquello que va más allá de las miserias y los desmanes.

 

Estos dos fragmentos seleccionados definen muy bien el compromiso (depresivo) de la novela:

En las dos semanas y media transcurridas desde su encuentro con Richard en Manhattan, la población mundial había aumentado en siete millones de personas. Un aumento neto de siete millones de seres humanos —el equivalente a la población de Nueva York— destinados a deforestar montes y contaminar arroyos y cubrir prados de asfalto y tirar basura plástica al océano Pacífico y quemar gasolina y carbón y exterminar otras especies y obedecer al puto Papa y producir familias de doce miembros. Desde el punto de vista de Walter no existía en el mundo mayor fuerza del mal que la Iglesia católica, ni causa más perentoria para la desesperanza respecto al futuro de la humanidad y del asombroso planeta que se le había concedido, aunque cabía reconocer que en esos tiempos la seguían muy de cerca los fundamentalismos siameses de Bush y Bin Laden. Walter no podía ver una Iglesia ni el letrero LOS HOMBRES DE VERDAD AMAN A JESÚS ni un símbolo de un pez en un coche sin notar una opresión de ira en el pecho.

(pag. 379)

Los chavales irrumpían en la pista desde todos los accesos con sus ojos brillantes (como el nombre del grupo, Bright Eyes, menudo nombrecito irritante y condescendiente con los jóvenes pensó Katz) y sus pubis afeitados. Su sensación de haberse desmoronado no se debía a la envidia exactamente, ni siquiera del todo al hecho de haberse sobrevivido a sí mismo. El país libraba sucias guerras terrestres  en dos países, el planeta estaba calentándose como un gratinador, y allí en el 9:30 en torno a él, había centenares de chicos cortados por el mismo patrón que Sarah, la del plan de plátano, alimentando todo a sus dulces anhelos, sintiéndose inocente con derecho con derecho a… ¿a qué? A la emoción.

(pag. 443)



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LA HABITACIÓN «S» DEL PISO 11


A todas las víctimas, in memoriam.

 

El vuelo llegó con veinte minutos de retraso sobre la hora prevista.

Señores pasajeros les habla el comandante: en nombre de la compañía aérea quiero pedirles disculpas por el retraso producido (siempre por causas ajenas a toda voluntad).

Como siempre la típica excusa.

Todo, excepto el horario programado, había ido con total normalidad. Ni turbulencias, ni mareos, ni vómitos, ni espasmos. Lo de siempre y como siempre. Un par de azafatas vestidas de rojo impecable se pasean erguidas y tiesas como una verga por el pasillo ofreciendo refrigerios a unos y a otros. Señorita, por favor, me trae un poco de agua. ¿Le sirvo zumo de tomate. ¿Por qué todo el mundo en los aviones siempre toma zumo de tomate? ¿A qué sabe? No creo que a tomate, porque en las compañías (ajenas y desoladas) nada sabe a lo que en realidad debería saber.

Golpetazo contra el suelo y me despierto del letargo. La ciudad. Las luces. El olor diferente de cada sitio. Todos silenciosos, esperando a escapar. Sujetos y tranquilos con las miradas dormidas. Abran rampas. La horrorosa música de fondo. Todo listo. Agarro la maleta y empiezo a impacientarme. Poco a poco voy dando pequeños empujoncitos para acelerar el paso de los pasajeros. Salimos. El frío de la mañana me despeja la cara. Me quedo unos segundos parado, en la parte más alta de la escalera de salida (me siento importante), la gente me mira desde abajo, hasta que algún imbécil me empuja. Vamos, vamos que hay prisa. No caigo rodando. Pero casi, hasta podría haberme roto algo si lo hubiera hecho. Bajo las escaleras, divisando más aviones que entran y salen, que llegan o se van, que vemos y palpamos. Carritos repletos hasta arriba de maletas corren de un lado para otro. Uno de ellos en una curva demasiado cerrada se ladea un poco y hace que un puñado de maletas vayan al suelo y se abran dejando al descubierto las intimidades de los viajeros. El conductor sigue su camino, ahora sin menos maletas. El viento que sopla fuerte está esparciendo por las pistas: camisas, camisetas, blusas, jerseyes, bragas, calzoncillos, calcetines. Creo que alguien ha reconocido que son suyos. Corren, a ver lo que pueden recuperar.

Entro al autobús que nos lleva a la terminal. No miro a nadie, por si  me encuentro algún conocido con él que no me apetece hablar. Nunca me gusta hablar con gente en los aeropuertos ni en los autobuses de tránsito. Toses. Llamadas. La ejecutiva narcotizada: Ya hemos llegado, muy bien, ¿vosotros que tal? ¿Has preparado los informes? En un momento estamos allí. El tipo con chaqueta verde, camisa roja y foulard de muchos colores al cuello:  la verdad que el vuelo un poco cansado pero en un par de horas cojo el enlace a Neeew Yooooork, qué ganas tengo chico. ¿Iremos a esa fiesta del Upper East Side? Aparto la cara de semejante esperpento aeroportuario y pienso: te podías haber ahorrado el nombre de la ciudad y la puta fiesta a la que quieres ir y a la que seguro no te dejarán entrar con semejante indumentaria. La verdad que decir el destino adónde ibas sobraba y mucho más pronunciarlo con ese inglés de provincia aceitunera. ¿Querías que los demás nos diéramos por enterados? Pues lo has conseguido. ¿Por qué la gente cambia de carácter y se pone siempre tan interesante en los aeropuertos? Hay hasta quien elige modelo de ropa para subirse al avión, quien tiene poses de aeropuerto, y hasta libros de lectura específicos (best-sellers de quiosco de aeropuerto) que siempre se dejan abandonados en los asientos para goce de azafatas y otro personal cualificado.

El autobús frena. Un poco brusco, la verdad. La rubia con traje de chaqueta de marca no se entera del frenazo y se rompe un tacón. Uno, dos, tres, creo que hasta cuatro periódicos se han dejado olvidados. El ejecutivo del traje marrón y corbata negra intenta enviar un mensaje mientras va camino de la terminal. Todos en desbandada (grandes y mayores) se adentran en el edificio. Corro, corro, a ver si los alcanzo y los dejo atrás. ¿La maleta? ¿Dónde esta la maleta? Todo recto. Después baje las escaleras, gire a la derecha, luego el segundo pasillo a la izquierda. Todo está indicado. Cuidado de no perderse, me dice el chaqueta verde, esto no es del lugar de dónde usted viene. Pero me pierdo. Esta no es mi cinta. ¿Usted también va a Manhattan?, me pregunta un operario de Iberia. Sí, le contesto. ¿Mi vuelo cancelado? ¿Cómo dice? ¿Me puede repetir?

Gracias, gracias. He tenido bastante. Señor la compañía dispone de autobuses… Subo a un taxi, prefiero pasar del informante de turno. El taxista muy educado y con fuerte acento catalán, me pregunta la dirección. Le digo que a cualquier hotel. Él que usted prefiera. No se me ocurre ninguno, me contesta con la mirada fija en el retrovisor. A mí tampoco, señor . Ya estamos en la autovía. Solo voy a estar una noche, cualquier cosa sirve. Déjeme pensar. ¿Le gusta Barcelona? Me gustaba. Necesito un catre para dormir, una repisa para poner mis cosas (de baño), un lavabo y una taza (no para beber). Creo que conozco algunos. El hombre piensa, supongo que en catalán. Se lo permito. Así razonará mejor y me llevará a un buen sitio.

Ya hemos llegado. Son unos cuantos euros. Este sitio me suena. Es de lo mejor de Barcelona. Pero, ¿qué Barcelona? ¿La de antes o la de ahora? El taxista me deja con la palabra en la boca. Me he quedado con la matricula. Luego, después de cenar te denunciaré. Entro en recepción. No está mal. Pero, algo me resulta demasiado familiar. O esto lo he vivido antes o lo he soñado. ¿Cómo lo llaman? ¿Deja vu? O lo he leído o lo he escuchado. No me acuerdo bien. Hace ya muchos años que no sueño. Al lado de la recepción hay un muchacho llorando. Da pena verlo. Pobre muchacho, llora desconsolado. Lo reconozco enseguida. Creo que por su ropa. No. Por su pañuelo. Es el mismo de esta mañana.  Aquél del autobús que debía coger un enlace a Nueva York. ¿Por qué? ¿Por qué? Esto no puede estar pasando, decía con los ojos desorbitados. Como llora el pobre. No se le entiende lo que dice entre tanto balbuceo. ¿Qué le pasa? Perdone que le moleste, ¿se encuentra bien? ¿Ha perdido algo? Un par de azafatas, con dos libros cada una debajo del brazo, que se han dejado olvidado (seguro los pasajeros) intentan consolarlo. No presto demasiado atención a lo que ocurre. Supongo que le habrán cancelado el vuelo. No se acaba el mundo. O quizá sí.

Intento hacer el registro de entrada. El recepcionista muy amable (pero nervioso) comienza a hablarme algo en un inglés que no entiendo. ¿Cómo dice? No consigo cogerle el hilo. ¿Me lo puede repetir? Me entrega la llave magnética de la habitación. Por favor, firme aquí en su idioma. Me escribe el número en un papel. Qué pena, toda esta gente iba a Nueva York, oigo detrás de mí. La ese, la  habitación número ese y me indica también en inglés (ahora llorando) dónde están los ascensores. ¿Me puede repetir el número de habitación? ¿Qué hay aquí que todo me resulta tan cercano? Creo que ya sé lo qué puede ser. En este hotel estamos todos los que veníamos en el avión. Los han debido alojar aquí. Aunque no sé por qué. Veo que todos lloran. Algunos se tiran de los pelos. Otros culpan a la compañía. Otros le chillan a las azafatas que siguen con sus libros. ¿Qué ha ocurrido? Enseguida se habilitará un mostrador de reclamaciones dice un chico tímido al que casi no se le oye y viste un arrugado uniforme de la compañía. Hay un señor gordo con una gorra de los Yankees de Nueva York con la intención de pegarle a alguien. Está muy alterado. Dice algo de un partido que se va a perder mañana. Otra señora habla por teléfono algo de unas compras que tenía que hacer y que ya no podrá. Un hombre intenta cancelar una reserva en un restaurante de una calle numerada. ¿La 47? Cuanto desconsuelo. Dos pijas esmirriadas están haciendo llamadas al 112 y al 911. Por sus trajes puedo deducir que vienen de una boda o algún tipo de  celebración.

Prefiero alejarme de todo esto. Es demasiado para mí. Subo a la habitación. No tengo problemas en encontrar el ascensor. Ahora creo que entiendo el inglés del recepcionista. Abro la puerta con la estúpida llave magnética que casi nunca funciona. La habitación no está mal. Limpia y aséptica. Como todas. Dejo la maleta en el suelo. Me tumbo en la cama. Pongo la tele. Anuncios, telenovelas, animales, humanos, más anuncios, felicidad (¿existe?). Cierro los ojos. Algunos tertulianos hablan sobre el último libro de Martin Amis. Creo que en la tertulia participan Paul Auster y Don de Lillo. Los distingo por las voces. Abro los ojos, y sí, efectivamente, son ellos. Tengo los ojos abiertos y estoy mirando por la ventana por donde veo un gran edificio de oficinas y reconozco al ejecutivo del avión, cuando oigo mucho ruido de sirenas y de voces. Gente que llora, que grita. Salen corriendo. No quiero mirar. Me voy al baño. Oigo que lo que acabo dejar en el aparato son las noticias. Pero, ¿qué hora es? Más de las cuatro. Qué raro. ¿Noticias ahora?

Salgo del baño. Me planto delante de la tele y veo que dos edificios enormes (y que me resultan familiares) están ardiendo. Salen llamas. Humo, fuego. Ahora cambian la imagen. Un avión se estrella contra la torre norte, luego otro contra la torre sur. Humo, ruidos, lamentos, gritos, alguien me llama, la chica corre desesperada. Huid todos. No parece un accidente, es algo más. Y algo más ¿Pero? La voz del presentador informa de que dos aviones se han estrellado contra las torres gemelas de Nueva York. Una de ellas se hunde, la gente corre despavorida. Humo, cascotes, hierro, fuego, papeles, trozos de madera, más trozos de metal. Acciones que bajan y suben. Héroes que se anuncian muertos. ¿Qué acaba aquí? La gente corre y grita, se paran y lloran; se abrazan y sienten. No saben qué hacer. Nada. Nadie. La vida termina en este episodio del que nunca sabremos salir.

Intento abrir la ventana de la habitación. No puedo, esta bloqueada, quizá para prevenir suicidios. No soporto estar en un sitio dónde no hay libertad. Decido bajar a la recepción. No uso el ascensor por si acaso. Prefiero las escaleras, aunque si el edificio se derrumba me puede pillar aquí. He llegado al hall. Sano y salvo. Ahora hay más gente que antes.  Algunos lloran, otros protestan. Una chica llega corriendo de la calle. Ha comprado tranquilizantes para todos. Dice que se los han dado sin receta en la farmacia. Sin receta, joder qué suerte. Hoy es un día especial, le digo. Me ofrece uno, es un comprimido de color blanco. Me lo tomo acompañado de un vaso de agua que alguien me trae. De momento no noto nada.

Me acerco al muchacho qué pronunció aquello tan estúpido y frívolo del enlace a Nueva York e intento consolarlo. Lloramos juntos. La tristeza es tan universal, pienso.
Luego será tarde, quizá todos nos vayamos esperar a la misma habitación.
Aquella que nadie quiso ocupar y que nos salvó la vida.

Cuando me despierto, una tenue luz blanca va cobrando brillo. Primero todo es borroso, hay humo, huele a quemado, a cosas que nunca he olido. Los sonidos lejanos de cosas que nunca contaré estallan en mis oídos como pájaros contra los aviones. La voz de un hombre quiere saber cómo me llamo. Hay más gente a mi alrededor. No conozco a nadie. Un bombero me pregunta cómo me encuentro. Señor, me llama. Hacía tiempo que nadie me llamaba así. Quizá sea ese mi nombre, le digo.

No recuerdo nada más.

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Los muertos de Jorge Carrión

 

EL NUEVO Y EL VIEJO

Nueva York, 1995. Un barrio en las estribaciones de la parte alta de Manhattan; ocho manzanas de edificios, cuatro; dos; una; en su lateral izquierdo: un callejón sin salida y, en él, un charco.

El Nuevo abre los ojos y siente el agua. En posición fetal, el perfil del cuerpo incrustado en el charco. Desnudo. Por la bocacalle pasa gente. Está solo, tirita. Sus retinas vibran, como si estuvieran en fase REM todavía. Tres figuras se detienen, al fondo. Una lo señala, pero el nuevo no se da cuenta. Las tres figuras se convierten en sendos jóvenes: la cabeza rapada, cazadoras color caqui con cremalleras abiertas, botas negras. Uno sonríe. Otro aprieta un puño americano. El tercero enciende la videocámara y dirige el objetivo hacia la víctima. La patada inicial le arranca al Nuevo un diente y detiene el parpadeo veloz de las retinas. Convergen golpes en sus carnes. «Bienvenido», le dicen; «bienvenido», repiten al ritmo de los puñetazos, de los puntapiés, de los pisotones. «Bienvenido, cabronazo, bienvenido.» Le escupen, a modo de despedida. El Nuevo es ahora un cuerpo amoratado, cuya sangre mancha el asfalto y se mezcla con el agua sucia. Pasan cuatro segundos y dos convulsiones. Se abre una puerta, en el extremo del callejón opuesto a la bocacalle. Sale el Viejo y se lleva al Nuevo a rastras. (…)

 

Así abre Jorge Carrión  su novela experimental “Los muertos”, publicada por Mondadori. Entre una estética Blade Runner y futurista el texto de este joven escritor nacido en 1976, se presenta como un manifiesto experimental de las nuevas formas literarias. Alejado de formalismos y métodos manidos Carrión hace de la narrativa un juego donde el lector es un elemento ímplicito con el que juega de acuerdo a los parámetros ficcionales que él marca. No pretende, ni avisa, solo va allanando terrenos, fijando un panorama elemental donde la tensión y la ficción luchan por impresionar. Y lo consigue: Impresiona, fija, vapulea, sorprende, marca, alinea… Es una novela diferente, brutal. Gusta por su maravillosa y bien cuidada estética de ciencia ficción, por los personajes al límite y por ese giro sorpresa (nunca leído) avisándonos que la narrativa (fragmentaria o no) dentro de poco tendrá que aliarse con elementos visuales ahora algo despreciados para evolucionar en formas, contenidos y, claro está, en sí misma.

http://jorgecarrion.com/

Ficha:

Los muertos de Carrión, Jorge.

Editorial Mondadori
Colección LITERATURA MONDADORI
Nº páginas 176 pp.
ISBN 978-84-397-2232-8
Dimensiones 230 x 136 mm.
Fecha publicación 02-01-2010

 

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