Metáfora urbana.

 

 

Después de cuatro días salgo de nuevo. Busco a Pumuki. Desde hace dos semanas no sé nada de él. (Anoto en el diario). En la tienda de la esquina compro una Metáfora. Para ello intercambio algunos céntimos con el bigotudo dependiente. Rechazo lo que se supone que es un manual de uso. No tengo ni idea para que sirve esto que me llevo, le digo. Ni quiero saberlo, susurro, mientras cruzo una puerta verde con un estúpido colgante arriba que emite sonidos advirtiendo de mi salida. No lo escuché cuando entré, pienso mientras salgo de allí. Una vez fuera me acerco al escaparate, echo una ojeada, espero a que salgan unas mujeres y vuelvo a entrar. No hay nada encima de la puerta, ni objeto ni sonidos. El comerciante, ahora de espaldas, no se entera de mi presencia. La abro de nuevo para salir y vuelven los tilin, tilin. Esto parece un cuento para niños. Buah! Me vienen viejos recuerdos de  las añejas tiendas del barrio, maldito lugar. ¿Habrá ido Pumuki allí? ¿A esconderse en la buhardilla? La camarilla, sí. Él la llamaba así. Fulmino esos caprichos recurrentes de la memoria.

Hoy estoy triste. Me llaman estúpidas personas pidiéndome cosas que no entiendo. Ya no quiero saber de nada ni de nadie. Hago como que escucho, asiento y les doy la razón mientras pienso en aniquilación.

Pienso en malditismo, en comer y versos, en dibujos y cabezas sesgadas. Pienso en gordas gritando, en viejos amargados, en comida basura, en botellas de alcohol rotas. Pienso en salas asépticas, en legajos ilegibles, en despachos claustrofóbicos, en injusticias, en madres que no quieren a sus hijas, en cínicas obreras del franquismo, en cavernas, tubos, gases, noches, voces infantiles, muñecos de trapo, tardes de amoníaco, dolores menstruales, cartillas de ortografía, autobuses escolares. Mamá, no te veo. ¿Dónde estás? El sonido de las tijeras me corta los tímpanos. Más tarde alguien barrerá los pelos muertos y las señoras gordas comerán pasteles hasta reventar. Pienso en fuego, incendios, cabezas ardiendo, tartas de cumpleaños estrelladas, globos de colores. Pienso en vísceras inertes, formol, llanteras, lutos eternos, televisiones cubiertas… El teléfono suena para avisar de que han visto su espíritu por la carretera. Ella nunca pudo verlo. Olvida todo. Tu vida fue moneda de cambio para el resto. Mueran ya. Quiero volver y acabar con todos. No son más que mentira industrial. Hipócritas de barrio. Donde queda la calle homónima.

No soporto que me saluden por la calle pero corro ese riesgo, por este paseo y por mi exposición a la luz, claro. No soporto que me toquen por la espalda y me digan:

—Oye, oye.

Joder, me doy la vuelta y es el pirado de mi vecino. Me vuelve a contar la historia de que su madre quiere matar al bebé. Su bebé es de importación y también, claro está, su hijo. Un producto milenario de entrega inmediata y fabricación nipona. Es tan real como la muerte porque a pesar de su textura y arrugas, sus ojitos y movimientos de ternura, el bebé (para mí) parece un despojo sideral. Muerto.

Mi vecino también es soltero. Tiene 42 años y vive con su madre.

—No, no lo va a matar porque ya está muerto, le digo.

Sus ojos vidriosos me radiografían de forma salvaje. Percibo sus malas vibraciones electromagnéticas.

—¿Estás seguro?, me pregunta.

—Sí, vete ya. Vete con ellos.

El pirado huye. Sale corriendo y desaparece entre los coches que atestan la Avenida Imperial. Empieza a oscurecer. En menos de un minuto han adelantado la llegada de la noche. Maniobras de supervivencia inmediata, le llaman. Recortes ambientales. Todo está oscuro. Me palpo los bolsillos en busca de las llaves cuando me doy cuenta que ya no tengo la Metáfora. O la he perdido o me la han robado. A la mierda la Metáfora.

Después de negociar con un road-light el precio de tarifa en tales condiciones de oscuridad llego a casa. Antes, por supuesto, aborté la búsqueda de Pumuki. En la entrada del edificio brick, se amontonan cientos de personas. El vecino está tumbado en la calle. Un par de operarios le ajustan una camisa de fuerza. Pregunto qué ocurre…  Me contestan dos personas, dos versiones diferentes. Sólo me quedo con unas palabras: casa, atentado, Pu-mu-ki, meta(no sé qué) y bebé. Me bloqueo. Percibo ansiedad, me sudan las manos, la frente, cierro los ojos…

Rompo el cordón policial y entro en la casa. Me impiden el paso, claro, pero me invento algo para suplantar. Sirve. Me creen. Pumuki está dentro de la casa del pirado sentado en un sillón. Se le ve abatido. Levanta la cabeza cuando me escucha.

—El bebé ha resucitado. La abuela intentó vivirlo pero le di tu Metáfora para que luchara contra ella y ahora ya es un vivo. Ha ganado.

Pumuki, ven. Conozco a ese señor, el policía que estaba a tu lado en la casa de los Must. Esta mañana me vendió la Metáfora.

Por lo menos hoy hemos aprendido para qué sirve aquello.

¿El qué?

Nada.

Por cierto, ¿dónde estabas?

Vigilándote.

Share and Enjoy

  • Facebook
  • Twitter
  • Email

MUJERES Y MARIDOS

Hay una mujer llorando en mi casa. No la conozco. No la he visto nunca. Sólo sé que llora y que está encerrada en el desván. La oigo por todos lados. Sus gemidos son la banda sonora de mis pabellones auditivos. No me deja leer, no me deja descansar. Esta tarde hace demasiado frío para salir y ella sigue aquí. ¿Quién será?

—Señorita o señora, ¿se encuentra usted bien? —le pregunto al otro lado de la puerta del desván, del que ya ni siquiera me acordaba que existiera.

Ella sigue llorando, aumenta su volumen como respuesta a mis palabras. Grita, gime, balbucea, por el sonido que emite parece que se retuerce. Me gustaría ayudarla, pero si no consigo abrir la puerta lo veo difícil. No puedo soportarlo. Qué estúpido lamento. Me marcho al piso de abajo y la dejo que siga con su exigente plegaria. En la mesita de la sala de estar he dejado un libro abierto por la pagina noventa y seis. Me siento y sigo leyendo. No puedo pasar a la página cien. Este maldito ruido infernal. Si tuviera la llave, abriría la puerta y le taparía la boca con un esparadrapo o le pegaría un tiro como hace el protagonista de la novela que ahora leo en el segundo capítulo. Pero no me gusta la violencia. Esta feo matar así por así. Lo que pensaba era ficción. Lo que me ocurre: es realidad, tan real como que he intentado llamar a un médico y nadie me contestó, tan real como que el desván no existe, tan real como que ella y yo estamos muertos y los muertos ni se aman ni se odian.

—¿La puerta se abre desde dentro? —me pregunta ella angustiada.

La mujer se llama Olga y está casada conmigo.

Yo continúo leyendo mi libro. Ya voy por la página cien y todavía no ha muerto nadie, pero la mujer oculta en el desván no deja de gritar.

Y un ruido de disparo destroza mis oidos.

 

Share and Enjoy

  • Facebook
  • Twitter
  • Email