La Libertad del exceso de páginas

Libertad tiene muchos aspectos narratológicos que la convierten y sitúan en una obra cumbre de la narrativa contemporánea norteamericana. Su extensión, quizá demasiada, planea sobre el tejido espiritual del americano medio comprometido y neurótico consiguiendo así un retrato fotográfico y diseccionado de la América actual. Una sociedad con ciertos retos, compromisos e intenciones que se ven difuminados, como un espectro que acecha y queremos destruir. Lo peor de todo es que esa destrucción al no ser culminada con el proyecto final se volverá contra el yo posible y desmoralizado del americano actual, creando así unos mecanismos de defensa para con todos los que tiene a su alrededor. En Libertad se manifiesta el miedo, el asco, el hastío, la violencia, el adulterio, la envidia, los descomunales desprecios entre republicanos y demócratas.

Hay un 11-S. Un caos que pasa de puntillas, causando ciertas miradas de recelo ante los posibles sospechosos. Es un pequeño ingrediente que puesto en boca de algunos personajes hará saltar su ira hacia supuestas teorías de poder y/o conspiratorias para con la sociedad norteamericana.

El miedo al recuerdo, a la evocación lo convierten en un suceso casi anodino que no va más allá de un par de llamadas telefónicas.

Hay sexo, envidias, masturbaciones compulsivas, alcohol, exhibicionistas empalmados. En fin: lo que cada uno en su casa haga. América no es una película ni una novela con personajes perfectos. América es Libre y por eso se desahoga con la misma porquería que cualquier mortal.

Cagan, mean, follan, chatean, se corren delante de la pantalla…

El autor narra la vida de una familia que aparentemente puede ser la imagen perfecta que antes comentaba: casa con porche, maravillosos hijos, marido ideal. Pero no, en Libertad, todo eso son débiles castillos que se descomponen en una tragedia de diálogos y pensamientos que desembocan en la destrucción cotidiana de la [anterior] perfección manipulada.

En paralelo a esta familia aparece otra que la complementa: amigos que se acercan y emiten juicios de valor, presumiendo así la capacidad de aprovecharse de esa decadencia para su beneficio.

América odia, es racista, autosuficiente y vil consigo misma y los demás. América no es toda ella católica como muchos piensan. Hay ciudadanos que odian a la Iglesia.

América no sabe adónde va. Los jóvenes se han acomodado en una psicodelia hiperrealista de comodidad al abrigo de un futuro incierto contra el que se vuelven y refugia a través de la música, el sexo, las drogas y la violencia. Sus rumbos dudan entre controvertidas ideas y banales comportamientos. Mientras unos siguen haciendo su vida y olvidando la realidad, otros se esconden en la miseria de su soledad amparados por los vicios manifiestos del ciudadano medio.

El compromiso americano para con la imagen proyectada va llegando a su fin. Ese dulce estilo (irreal, por supuesto y fabricado en los laboratorios de ideas) para proteger sus miserias tiene un vencimiento muy cercano. Nos iluminaron con la prefabricada perfección del American way of life. Todos queríamos ser como ellos, como el estereotipo planeado a través de un cine/relato/novela persuasivo y convincente que nos dejaba la mente cargada de maravillosas instantáneas, haciéndonos dudar de nosotros mismos (destrucción del yo) a través del superhéroe de ficción, del héroe familiar, del perfecto estudiante en maravillosas high school, del brooker que nunca duerme ni come, alimentándose del dinero de los demás (capitalismo funeral de Marina) como se vería más tarde, de la maravillosa ciudad donde todo es amor, de los finales felices… El superhéroe americano con camiseta, vaqueros y deportivas.

Ahora parece que interesa más el medioambiente, pero el capitalismo lo interviene.

El acusado aumento de población es motivo de eslogan y campaña.

Franzen en plena Libertad apunta y dispara contra todo aquello que va más allá de las miserias y los desmanes.

 

Estos dos fragmentos seleccionados definen muy bien el compromiso (depresivo) de la novela:

En las dos semanas y media transcurridas desde su encuentro con Richard en Manhattan, la población mundial había aumentado en siete millones de personas. Un aumento neto de siete millones de seres humanos —el equivalente a la población de Nueva York— destinados a deforestar montes y contaminar arroyos y cubrir prados de asfalto y tirar basura plástica al océano Pacífico y quemar gasolina y carbón y exterminar otras especies y obedecer al puto Papa y producir familias de doce miembros. Desde el punto de vista de Walter no existía en el mundo mayor fuerza del mal que la Iglesia católica, ni causa más perentoria para la desesperanza respecto al futuro de la humanidad y del asombroso planeta que se le había concedido, aunque cabía reconocer que en esos tiempos la seguían muy de cerca los fundamentalismos siameses de Bush y Bin Laden. Walter no podía ver una Iglesia ni el letrero LOS HOMBRES DE VERDAD AMAN A JESÚS ni un símbolo de un pez en un coche sin notar una opresión de ira en el pecho.

(pag. 379)

Los chavales irrumpían en la pista desde todos los accesos con sus ojos brillantes (como el nombre del grupo, Bright Eyes, menudo nombrecito irritante y condescendiente con los jóvenes pensó Katz) y sus pubis afeitados. Su sensación de haberse desmoronado no se debía a la envidia exactamente, ni siquiera del todo al hecho de haberse sobrevivido a sí mismo. El país libraba sucias guerras terrestres  en dos países, el planeta estaba calentándose como un gratinador, y allí en el 9:30 en torno a él, había centenares de chicos cortados por el mismo patrón que Sarah, la del plan de plátano, alimentando todo a sus dulces anhelos, sintiéndose inocente con derecho con derecho a… ¿a qué? A la emoción.

(pag. 443)



Share and Enjoy

  • Facebook
  • Twitter
  • Email