Papel de fumar

london night

Anochecía en Londres. Aún quedaban unos minutos para que Daniel saliera de la boca del metro. La mitad de la espera. Apagué mi cigarrillo y observé como la criatura londinense se iba apagando, alejando entre flores y papeles desahuciados, como el cartón que se incendia, como el fuego que inundaba mis tardes… Es como una flor pensé, el fuego realmente es como una flor. Y apareció Daniel. Surgió de la nada, como un muchacho campesino que lo miraba todo con su sonrisa sardónica desde el fondo de la calle. No tenemos demasiado tiempo para morir, le dije. Démonos prisa. Llévame a todos los rincones secretos de la ciudad, a los lugares que conocimos cuando el pasado nos aullaba en los oídos. Sitios donde nos juntábamos para follar o fumar porros, donde íbamos a beber y decidir en qué momento habíamos perdido el control de nuestras vidas. Porque siempre hay un momento en el que la vida descarrila. El mío fue el día que moriste, le dije a Daniel. Y nunca más supe de mí.

Texto y foto: Diego Klattenhoff ©
Todos los derechos quedan reservados

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La Nada blanca de Butler.

 

«El insomnio, más que miedo a la muerte, parece ser una hipersensibilidad de la particular circunstancia de estar vivo». Blake Butler

No voy a engañar a nadie, algún manual de autoayuda habré leído, con el presunto ánimo, eso sí, de no encontrar nada.

Esa cosa abstracta a la que llamo «nada» no es ni más ni menos que un intento de acotar las posibles soluciones a los impulsos que el ser humano desarrolla cuando su mente se desequilibra. Es una i-ne-vi-ta-bi-li-dad antropológica buscar ayuda (espiritual, profesional, psicológica, psiquiátrica…) en el momento que se necesita. Y todos alguna vez la hemos requerido. Y quien piense lo contrario es un cínico.

Ahora bien, todo lo que pretendo con esa acotación particular de la «nada» se hace pequeño cuando aparece «Nada. Retrato de un insomne» (Blake Butler, Alpha Decay). Dicen que la mejor terapia que existe es mirarse al espejo por la mañana, penetrarte con la mirada y enfrentarte con tu yo visual, ese que te observa y recuerda quien eres. No está mal el ejercicio pero si lo repites mucho cansa y acabas odiando el espejo y, por ende, un sábado por la tarde, después de no haber pegado ojo, comprando uno nuevo en IKEA, teniéndolo luego que montar sin tener ni idea de cómo se agarra un taladro ni de por qué estás ahí sin (ser), sin ti, agotado, fluctuando entre la vigilia y cualquier fase REM improbable ya en tu vida, mientras los demás, aunque no lo parezcan, también se van apagando, como velas dirigidas por corrientes incontrolables.

La noche es blanca, el insomnio aún más, pero la Nada de Butler es el todo poderoso del verdadero yo, el que sueña contigo despierto las realidades del drama humano más íntimo e inalienable: el insomnio.

«Nada. Retrato de un insomne» es una novela, una autobiografía, un particular ejercicio de psicoanálisis; es también una declaración de dignidad, un manual de autoayuda (sin serlo ni pretenderlo), una válvula de escape; un visado hacia las pesadillas del insomne; puede que un ensayo, ¿por qué no? Pero por encima de todo es el ejercicio (abierto) más acertado que se haya realizado sobre el insomnio, el miedo a dormir, las pesadillas, la angustia… desde un punto de vista analítico y, a la vez, personal.

Este trabajo hace del insomnio un escenario de posibilidad creativa en el que la memoria, el estado de ánimo y los condicionantes exógenos y endógenos del ser humano (que en algún momento puedan ejercer su influencia sobre las noches en blanco) quedan definidos en un perfecto ejercicio donde el laboratorio experimental es él mismo, el propio autor, quien, además, reinventa el insomnio crónico como un estado vital del modelo humano contemporáneo.

Leer a Butler supone verte reflejado en un espejo al que nunca has querido enfrentarte. «Nada. Retrato de un insomne» es un: —Retrato de mí, de ti, de él, de ella… Todos estamos en sus páginas, flotando en esa Nada (blanca) que destella en las madrugadas preñadas de segundos atmosféricos y/o quiméricos.

Su brillante capacidad de (Auto)exégesis se extrapola en «Nada» como una suerte de episteme confesional donde el concepto de insomnio es enriquecido y abordado desde cualquier punto de vista posible (origen, causa, concepto, tratamiento, consecuencias, histórico, antropológico, químico, médico, orgánico…)

Sabrás que Butler ha padecido insomnio crónico, sabrás muchas cosas más sobre esta plaga del siglo XXI, pero lo mejor de todo es que, después de su lectura, sabrás mucho más sobre ti y sobre aquellos seres y estados inanimados que te conocen mejor que cualquier ser humano que haya vivido o conviva contigo equis tiempo posible.

Aquellos que te observan durante la noche no tienen ojos ni sentido alguno, pero lo saben todo sobre ti.

El insomnio de Butler no tiene medida, ni tampoco es una ciencia exacta; al contrario, es un compendio filosófico/narrativo necesario para entender el desarrollo humano, la evolución social y la forma que tenemos de interactuar con el medio, la urbe y los demás.

El insomnio de Butler tiene el poder de mantenerte vivo en la nada mortal de las noches en blanco.

Es una pesadilla ilustrada, un sueño posible, un vigilante de la consciencia, en fin, un ser humano, vulnerable, como todos.

Esta recreación arquitectónica de las cuadrículas del insomnio no puede dejar indiferente a nadie porque a pesar de la nada lo es todo. Y el todo es una posibilidad que deriva en costumbre y luego en ley, para convertirse así en el cosmos Butleriano definido como una realidad paralela a la necesidad de seguir vivos.

Butler es el antihéroe postmoderno que muchos necesitamos para seguir vivos entre los espacios en blanco.

Este libro es bueno, útil, necesario, ayudante, inteligente, vigilante, compañero, nocturno, diurno

En fin: Lo es todo cuando no hay nada.


Reseña de «Nada. Retrato de un insomne», escrito por Blake Butler. Publica Alpha Decay. Colección Héroes modernos.

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Como la noche

 

 

Como la noche no
quiero que tú desciendas,
no quiero cumplimiento
sino revelación.
Desciende hasta mis ojos
veloz, como la lluvia.
Como el furioso rayo,
irrumpe estallando
mientras quedan las cosas
bajo la luz inmóviles.
Que no quiero la dulce
caricia dilatada,
sino ese poderoso
abrazo en que romperme.

 

Jaime Gil de Biedma (1929-1990)

 


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LA CITA

Como cada noche Renato sale a dar su paseo.

Son más de las doce. Siempre sale a la misma hora. Le gustan las costumbres.

La ciudad, las calles, la vida…casi todo duerme ya.

En mitad de ese silencio solemne y funerario Renato escucha unos pasos.

Observa la figura de un hombre que viene hacia él.

Sus cuerpos, distantes, se cruzan. El desconocido habla por un teléfono:

—Te lo repito. Apunta: seis, uno, dos… (y así hasta completar las nueve cifras).

—Te lo digo de nuevo. ¿Lo tienes ya?

Renato, sin saber por qué, ha memorizado la secuencia de números que el hombre ha gritado a no nos importa quién.

 

Al día siguiente, después de meditarlo mucho, Renato, con el número todavía en la memoria, decide llamar.

Lo marca detenidamente recordando sin dificultad cada dígito. (seis, uno, dos, … )

Enseguida le atiende una voz de mujer. Sorprendida quiere colgar, pero R le explica y ella parece calmarse.

Hablan unos minutos y deciden verse al día siguiente. Podría buscar alguna explicación en la soledad o en la monotonía pero no voy a hacerlo.

—Me gusta su voz, dice ella.

 

Se han citado en una cafetería del centro de la ciudad.

Cuando R llega, con cierto retraso, Alicia ya le espera sentada en su silla.

Se saludan, se dan la mano, sonríen.

R se sienta. Café para él y un té para ella. Hablan, comentan, se informan, dicen, piensan, temen, observan, callan, meditan.

Ha pasado una hora cuando deciden marcharse.

R se levanta con intención de ayudarla pero ella ya está moviendo con sumo cuidado su silla de ruedas. Cuando está de frente a la puerta de salida, R agarra la silla por detrás y la empuja, con miedo, haciéndose preguntas. Le sudan las manos. Alicia no dice nada. Recorren un pasillo y salen.

Ahora están en la calle. Renato se pone delante de ella. Se miran. Algo piensan. Allá cada uno.

Alicia dice: Vivo muy cerca. ¿Quieres subir a mi casa?

 

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Noche de R.

Las calles atascadas de coches, los pasos de peatones repletos de viandantes, los parroquianos lentos que te golpean víctimas de su sopor, los niños llorando, las madres clamando, los padres soportando, las abuelas callando…los amantes que no pueden besarse deambulan por la avenida desierta mientras el policía gime al paso de los caballos destronados. Los reyes están presos en un furgón policial. Alguien les dio el alto y les pidió un poco de compasión mientras se despojaban de sus ropajes antiguos y descoloridos. Entraron sin resistencia, sordos al clamor popular que llegaba en barcos fantasmas. Nunca sé donde queda Oriente.

 

El estado de excepción (por una noche) ha llegado. Me bajo del auto, no puedo seguir, alguien desnudo me impide el paso, cierro la puerta, el estruendo es el eco en todas las calles en tres manzanas a la redonda como dicen los americanos en las películas que alguna vez vi. Camino tres, cuatro, ocho, puede que hasta nueve pasos según me indica el terminal al que estoy conectado y desde el que transfiero datos a la central.

 

Me apoyo en una marquesina que apesta a marihuana. Los veo. Están ahí. Justo a mi lado (derecha). Los chavales de la pandilla que disertan sobre qué regalar a un  amigo muerto me ofrecen una calada a un porro de marihuana. En realidad me apetece, pero desconfío de su bondad improvisada aunque me dijeron donde encontrarlos. Les digo que no con un gesto descuidado. Se ríen en un idioma aparentemente fácil en el que distingo cierta ingenuidad. Visten ropas holgadas, enormes, cómodas, estandarizadas. Llevan el pelo al cero o al uno.  Acaba de llegar una chica que imita mis gestos pero  enseguida me doy cuenta que no le ofrecen porro. Me da un poco de pena, la pobre chica. Hurgo en mis bolsillos y saco un billete de 10 algos, diez y pico le digo. Ve y píllate un no sé qué, le planteo haciéndome el interesante, ajeno al desmadre de cuerpos que van y vienen desconcertados. Hay algo más en el bolsillo, quiero decir: un resguardo de compra, chatarra, un tique de transporte público y un resto de algo comestible.

 

 

Ella vuelve al rato cargada de cosas. Me invita a  su casa. Vamos, me dice. Sígueme. No te conozco de nada, pero eres diferente y llevas ese peinado fálico que me descompone por dentro, me comenta mientras se va alejando y adapta su voz a la distancia que marca para confirmar su propuesta. ¡Huyamos, corre, sígueme! Y le hago caso. Y la sigo, retrasado, espaciado. Quiero alcanzar su mano (cualquiera), pero ella se las guarda en los bolsillos de su abrigo y con un aire gracioso da fe de su recorrido. Parece un galgo veloz pero con una expresión infantil que lo abarca todo (lo posible).

 

Intentamos hacernos paso entre una muchedumbre dispersa y soslayada que nos grita (en su idioma callejero) a la vez que nos arrojan sobres con dinero (quién está loco). Hemos llegado, me susurra al oído. Logré ponerme a su altura a pesar de la velocidad fanática. Subimos a su casa. No follamos, no hacemos nada, no nos miramos, sólo nos asomamos al balcón para gritar: ¡Idos, idos todos¡ Pero los reyes, también ellos. Los reyes somos nosotros, me dice ella a la mañana siguiente cuando su voz suena en la grabadora que me regalaron para que me hiciera compañía cuando las calles estuvieran desiertas sin los dragones que escupen fuegos de colores húmedos y fugaces.

 

Me aburro. La dejo a resguardo de la plaga humana en su casa. Desconocida para mí. Bajo a la puerta. Hace frío. Hay un niño llorando a pocos metros. Le digo que se acerque. Se ha perdido de alguien, me dice. No sabe qué más contar aunque asegura haber leído muchos cuentos. Lo animo a que siga hablando. En esta noche toda compañía es agradable, pienso. Habla el idioma de los pandilleros, aseguro. ¿Qué será de nosotros sin regalos y con frío?. El chico me lo dice con su voz real intentando parecer adulto (anormal). Entiendo su idioma. Al menos no me he quedado sin nada, pero sigo teniendo miedo a todos los reyes vengan de donde vengan. Grandes, pequeños, da igual.

 

 

Como no me queda tiempo para seguir con los detalles más precisos entro en un librería de viejo. Sé que no puedo alcanzar a las baldas más altas, ni siquiera puedo ver los títulos que deslumbran desde los lomos inmaculados de esos libros (como eternos) (que parece que nadie ha tocado nunca). Me ahoga el bullicio improvisado. Las dependientas emiten gruñidos acompasados con la música de fondo. Advierto y anoto que todos intentan adoptar cierta geometría en sus desplazamientos en el tiempo y en el espacio. Van vienen, se comunican con códigos memorizados. Abrigos, bolsas, gente, pelos (raros), palabras, ellos también, ellas además. Creo que suena algo de Morrison. No estoy seguro.

 

Sé donde estas (él), sé que sigues ahí, en la primera estantería a la derecha (el cuarto libro del estante inferior). Lo agarro, no lo cojo, lo agarro con fuerza y miro sin temor a mi alrededor buscando no sé qué. ¿Personas? ¿Ladrones de ideas? La dependienta rubia, que descansa en un taburete, me lanza una mirada cómplice. Después cae desfallecida en una cama. Lo tengo: The Infinite Jest de David Foster Wallace. Pienso en él (no en la cosa, sino en la persona). (Él) era aparentemente feliz. Talento, mujer, hijos, más talento, genialidad, aprobación, culto, genio. ¡Alto! Como buen genio se suicidó. Quizá él mismo no entendiera esa complejidad que tan gratamente nos dejo ver y (entender) en su obra. Esa mierda moral tan íntima de los yanquis. No lo sé. Se ahorcó aparentemente feliz. Como todo buen genio no pudo salir de la tormenta. Esto no es broma. Pueden consultar La  Enciclopedia magna del suicidio o la misma Wikipedia. Referencias aparte.

 

Qué cosas. De vez en cuando me autorregalo caprichos. No es autoayuda. Es autocompasión. Quizá la misma que sentí por la chica despistada y clemente.

 

Ya salen como imágenes transparentes, portando sus bolsas repletas de regalos inútiles que abandonaran en sillones mullidos entre risas vacías de contenido; y todos enfundados en sus abrigos, como corazas lacónicas siguen por el camino indicado por señales luminosas en lo alto de sus cabezas al son de los tambores. Ratatatamtampam. Ratatatampampam. Hombres y mujeres hacia el mismo lado como la marabunta repelente que se escapa a la búsqueda incesante de la ansiedad más repentina. Quiero huir, pero no me dejan. Me impiden escapar.

 

Quizá si lo pienso bien (esta noche y otras muchas) he visto demasiadas niñas con el pelo (raro) gritando desde las mismas ventanas de siempre. Igual. Creo que sí. (LSD).

 

(…) y se lanzaría a sus brazos de guerrero y realizaría el acto sexual con él y cuando él llegara al orgasmo se incendiaría con el fuego de Gimlet y se inmolaría mientras ella le abría su garganta de guerrero para que yo pudiera bañarme en su sangre. (D.F.W.)

 

Noche, luces, porquería, envoltorios, suciedad, caminos, caída, descenso, vértigo…madrugada y de nuevo: noche, luces, y ahora sueños deslizados bajos sus parpados dislocados en fase (Rem). Adviertan ustedes que ya todo ha terminado.

 

Llegados a este punto de hartura (que no altura) prefiero dejar la partida en tablas.

 

 

Oigo pasos, o quizá sean voces. Si afino el oído seguro que no será ni una cosa ni otra. Mis fantasías siempre me acosan en los momentos más placenteros y diluyen las formas simétricas en charcos de colores (como los de los ropajes) que no puedo codificar en algo lógico. Ellos siempre vendrán al día siguiente cargados de algo que pueda tocar y me sede. Confiaré en lo que me contaron.

 

¿Qué es verdad? (Los puntos suspensivos, me dice)

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