Papel de fumar

london night

Anochecía en Londres. Aún quedaban unos minutos para que Daniel saliera de la boca del metro. La mitad de la espera. Apagué mi cigarrillo y observé como la criatura londinense se iba apagando, alejando entre flores y papeles desahuciados, como el cartón que se incendia, como el fuego que inundaba mis tardes… Es como una flor pensé, el fuego realmente es como una flor. Y apareció Daniel. Surgió de la nada, como un muchacho campesino que lo miraba todo con su sonrisa sardónica desde el fondo de la calle. No tenemos demasiado tiempo para morir, le dije. Démonos prisa. Llévame a todos los rincones secretos de la ciudad, a los lugares que conocimos cuando el pasado nos aullaba en los oídos. Sitios donde nos juntábamos para follar o fumar porros, donde íbamos a beber y decidir en qué momento habíamos perdido el control de nuestras vidas. Porque siempre hay un momento en el que la vida descarrila. El mío fue el día que moriste, le dije a Daniel. Y nunca más supe de mí.

Texto y foto: Diego Klattenhoff ©
Todos los derechos quedan reservados

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«Aquí todo es mejor», por Justin Taylor. Alpha Decay.

Lo siento, pero, Raymond Carver, uno de mis dioses literarios (y soy ateo), uno de mis (héroes) malditos y, a la vez, referente del realismo sucio con el que tanto disfruto, porque la vida es más o menos eso —lo que pasa es que nos agarramos bien la máscara para escupirnos a la cara y hacer como que no vemos—ha quedado desbancado, anulado. Sí.

Ocupa su lugar: Justin Taylor. Les aseguro que Aquí, todo es mejor, sin duda, mucho mejor que con Carver.

Justin Taylor

Leyendo a Taylor he sentido como algo implacable me sujetaba y me decía: —Observa, recuerda, piensa, somos y seremos, eres (esa generación Lost), esa víctima del eufemismo social que nos montaron como una especie de marketing para convertir(nos) en superhéroes de la vida. (Los que rondan los 40 años saben bien de qué hablo). Algo así como muñecos en serie que pasarían por una cinta de manipulado de la que saldríamos reencarnados en una suerte de (mainstreams), o lo que es lo mismo, casi nada. Efímeras víctimas.

¿Os acordáis de los JASP? Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados. Ahora casi que me provoca risa, pero cortinas de humo por todos lados nos impedían ver lo que hoy —en el mejor de los casos— podría ser una realidad ficticia. Todo quedó en CRASH. No sé si algún día aprenderemos a base de hostias o de lo que sea. Pero nada de aquello nos pertenece.

Ahora, con el permiso de los listos que crearon el chiste… JASP es:  Jóvenes Asqueados Sin Porvenir.

Y también: Justin Alpha Sois Perfectos.

Por tanto, doy fe y levanto acta. La escritura publica al alcance de cualquiera:

Justin Taylor: «Aquí todo es mejor», Alpha Decay, 2012.

( y sin pasar por el notario), pero sí por la librería, pues.

aquí todo es mejor justin taylor alpha decay

«Ni siquiera sabe que existo», decía él refiriéndose a Cass, lo que era una gilipollez, obviamente, porque en el instituto todo el mundo se conoce, y además en los puebluchos de mala muerte como el nuestro los desconocidos no existen. En realidad, ella lo conocía bastante bien y no lo soportaba. El amor que él le tenía, lo débil que se volvía en su presencia, a Cass todo eso le daba asco. Ella suponía que él terminaría fortaleciéndose o muriendo víctima de su ridículo desconsuelo, y sólo manifestaba una ligerísima curiosidad sobre lo que iba a suceder, aunque no parecía tener preferencia alguna.

Sabiéndolo todo de él y de ella, sólo había una cosa que yo pudiera hacer: describirle a Joe Brown con el más insoportable de los detalles cada instante de cada uno de mis coitos con Gass. Lo hacía mientras conducíamos alrededor del lago bebiendo cerveza. Oir esas cosas le rompía el corazón, el deseo le provocaba náuseas, pero cuando yo dejaba de contárselas me suplicaba, pedía más y más. Yo quería que aprendiera a las duras, a las durísimas, que es como mejor se aprende, aunque eso él no lo sabía, y tampoco es que mi sistema fuera muy efectivo. Quería que lo superara, que no pasara el resto de sus días como esos tíos sudorosos que respiran por la boca y ante los que las chicas se ríen incómodas, menean la cabeza y se van.

Fragmento del relato «Lo que fue tuyo».

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Plaza Urquinaona también está en Montevideo.

Reproduzco en este blog “Plaza Urquinaona”, un relato que publiqué en «Mañana, otra vez». “Plaza Urquinaona” quizá sea uno de mis escritos preferidos no solo por la implicación emocional que conlleva sino también por el carácter metafórico, íntimo y críptico que encierra. Se basa en una historia real, un hecho violento, una muerte. En su momento pocas personas lo entendieron, algunas lo rechazaron y otras lo dejaron flotar en el cosmos de la duda.

Hace poco conocí al poeta Miguel Avero. Él es del Uruguay, de Montevideo. Le envié mi libro. Días después recibía un email suyo en el que se mostraba entusiasmado después de leer Plaza Urquinaona. En el mismo correo le dedicaba unas palabras al relato. Me emocioné al leer su crítica, al ver cómo alguien, un futuro profesor de Literatura sabe mucho más, que otros que van de catedráticos. Me emocioné, también, al ver como Miguel había llegado hasta esa plaza, una plaza que muere entre la ficción y la realidad.

Al final de este post reproduzco la crítica de Miguel, con su permiso, por supuesto.

Un abrazo, amigo.

 

PLAZA URQUINAONA

 

A Manuel Moreno, quien a pesar de todo, siempre volverá.

 

Cuando llegué a la plaza Urquinaona los soldados de plomo ya se habían marchado. La noche anterior, mientras las voces seguían en mi cabeza, dormí en un antiguo local de radio en la calle Caspe, donde los hombres sin rostro hablaban demasiado y me dejaron entrar cuando pedí refugio. Me acosté pensando en el día que no volvería a existir, en el éxtasis abandonado después del aguacero de emociones sintéticas. De momento sólo quería volver al mismo lugar donde empezó todo. No me acuerdo si al principio de la historia llegué con alguien o sin nadie, pero sí que había un montón de soldados de plomo sin uniforme y con bayoneta que me dejaron entrar a todos los lugares prohibidos de los que ya nadie se acuerda. Me vienen a la memoria imágenes de un jardín destrozado, un jardín del que ya nadie se acuerda, quizá porque estén cansados de estar muertos o quizá porque en Praga ya no queden demasiados escalones que bajar ni salidas al paraíso que podíamos comprar cuando quisimos ser jóvenes y llevábamos billetes de ida y vuelta.

—¡Por ahí, por ahí se fueron los soldados! —me gritó un jardinero que recogía margaritas del parque donde descansaban los niños vestidos de negro.

Todos juntos y agrupados, arracimados en un banco viejo y oxidado, mientras llueve y hace frío, me miran con los ojos pálidos. Todos tan negros, señalando con el dedo en la única dirección de sus vidas, mientras los demás duermen en la habitación de la torre con un colchón sin dosel ni camafeo. Los demás también vendrán, más tarde, cuando la música ascienda de las catacumbas, cuando el violinista nos arrastre con sus notas a los campos inertes donde nos visitarán los jinetes del infierno.

—No conozco esa calle, no sé cómo llegar hasta ellos —le contesté mientras me entregaba una margarita a la que le faltaban tres hojas.

El ejército nocturno en ardiente deseo de plegarias y comuniones ha desaparecido, ha dado marcha atrás. Lo busco, busco al grupo con la mirada afilada y desgarrada de rencor. Respiro profundo, hasta lo más hondo. Percibo que la noche va cargada de pólvora. En algún rincón de mis recuerdos seguro que volverán.

—Vendrán, no te preocupes. Cuando la madame llegue, como todas las noches, abrirán sus puertas, vestirán sus uniformes y empuñarán sus armas. Aunque no debes esperarlos. Si esperas, nunca volverás a ver el día siguiente al que empezó todo.

—¿Usted nos vio?

—Claro que sí, hombre.

—Me acuerdo perfectamente.

—¿Me lo puede contar? El día que me dispararon en el salón de los duelos me ofrecieron seguir vivo a cambio de los recuerdos y la memoria. Pero me engañaron, me borraron todo lo que sabía para que volviera al punto de no retorno. Otra vida que no era mía. Lo que ellos querían oír.

Te lo contaré si me prometes que nunca más volverás a este lugar y que te olvidarás de mí para siempre, aunque los días nunca vuelvan a existir.

Llegasteis cuatro de vosotros. Veníais de una isla perdida en el Mar Mediterráneo. Del nombre no me acuerdo. Teníais un acento raro, demasiado marcado, haciendo un sonido extraño con la erre. Demasiadas erres. Buscabais a alguien, a un hombre artificial, el hombre del laboratorio de las ideas, creo. Ni siquiera sabíais pronunciar su nombre. Cinco erres y muy pocas vocales. Pero por señas os entendisteis con la mujer que nunca quiso pagar la entrada. Ella era la madre de los niños vestidos de negro. Sí, la acompañé en el hospital los últimos días de su vida.

—Hubo un hombre, recuerdo, que vivía en un refugio de la guerra. Uno de esos que han abierto ahora para turistas. Nos lo presentó la mujer de la que me habla. Gracias por acordarse, por favor siga con la historia.

Nunca más lo volví a ver, me han dicho que ahora anda por el sol del puerto. El hombre del parking, aquél de cuyo nombre nadie se acuerda, porque nadie se atrevió a pronunciar, se os acercó y con el mismo cuidado que observaba por sí venían los centinelas, abrió las manos y os enseñó tantos colores que os dejó la vida en blanco y negro.

Después os montasteis en un viejo carromato para seis personas, el jefe de la escena os dio un par de vueltas y os dejo bajar con los bolsillos llenos de golosinas.

Aquí están, os dijo. Somos nosotros, los que cada día al mirar por el retrovisor de vuestra vida veis en forma de figura imposible. Brazos grandes, piernas débiles. Ojos claros y oscuros. Ahí están los centinelas. Los soldados empiezan a formar. Ya han dado el toque de queda. Os esperan en la puerta de la salvación, pero no han venido para salvaros sino para llevaros al infierno. Os dejarán entrar sin problema, decidle que vais de mi parte, soy Gonzalo, hijo de vuestro sacerdote. Os saludará alguna reina del país donde nadie quisiera que vivierais. Después bajad las escaleras, aunque parezcan no acabar nunca, seguid el camino, aunque no le veáis el fin, seguid, seguid hasta abajo y llegaréis a un foso con dos entradas, si sabéis elegir bien iréis al infierno, si no, también.

Eduardo no deja de mirarme, es más bajo que yo. Lleva una gorra de béisbol puesta que casi le cubre los ojos que desorbitados vagan entre las luces y los focos buscando salir del camino. La camiseta blanca con un dragón dorado que despide fuego por la boca le está demasiado pequeña. Ahora salta, salta después de tragar, vuelve a saltar, salta más después de beber. Eduardo no habla, grita estupideces, mientras el dragón que está a su lado lo atrapa con su cola y le impide respirar. Me grita algo que no puedo entender. Su voz sube y baja a la vez que su cuerpo. Mejor será que nos vayamos. ¿Dónde están los demás? Tienes sangre en la camiseta. Eduardo, ¿cuánto tiempo nos queda? Tan sólo disfruta. Nos quedaremos hasta que alguien ponga a la venta los souvenirs. La música está demasiado alta. Necesito tomar el aire. La gente que hay en las esquinas me mira mal y tengo miedo de perderme para siempre. El dragón yace muerto a la salida del bar.

—Hola, ¿me disculpa?

—¿Qué quiere? No tengo tiempo de vivir. Diga rápido lo que sea —me contesta el hombrecillo desinflado que pasaba por la plaza en el momento que intento recordar.

—Justo donde estamos ahora, ¿no había una tienda de disfraces? —creo que le pregunto mientras el pequeño personaje empieza a derramar lágrimas por sus ojos y me mira y me recuerda—. Puede que te conozca, yo les avisé. La ambulancia llegó tarde, pero de camino a la isla, se curaron. Cuando llegaron ya se habían ido todos. Nunca más.

—No, no era una tienda de disfraces. Era la casa de Gonzalo. Pero Gonzalo murió hace algunos años de sobredosis.

—Lo siento. ¿Usted lo conocía?

—Sí, alguna vez compartimos noche y lágrimas en la plaza. Me pidió que le diera esto.

Un papel arrugado con una dirección escrita. Quizá alguien pueda acercarme. Mejor iré dando un paseo. Siempre salimos en la misma dirección. El hotel no queda demasiado lejos. En el Portal del Ángel habrá alguien. Ya es demasiado tarde esperar a que nos dejen descender.

Cuando me iba de la plaza Urquinaona, un grupo de soldados de plomo llorando, con el maquillaje corrido y los cuerpos desinflados me dijeron que querían venirse al país de la realidad, que estaban atrapados en los cuerpos prometidos y en las mentes que les regaló el hombre del parking. Ni siquiera les miré a la cara. Sus camisas sudadas, sus cuerpos emanando fuego, sus ojos brillantes, las pupilas dilatadas, la piel carnosa y áspera eran la imagen proyectada de un sueño que nunca tuve pero del que tampoco supe salir. Ni siquiera les dije adios, nada, me escondí. Balas cruzadas.

—Hoy le ha quedado muy bonito el jardín. ¿Sabe una cosa?

—No.

—Le voy a hacer una foto a las flores. Quizá sea el único recuerdo que guarde de aquella época. Flores y más flores, todas ya muertas y pisadas.

La isla ya no está, los demás se fueron y no volvieron a llamar. El carromato se oxidó. Gonzalo no conoce a nadie, la casa está cerrada, ahora quizá se llame de otra forma, o quizá no sea una casa, sino un refugio donde los soldados siguen en fila, ocultos, mientras alguien les grita para que no dejen de estar vivos. Y todo, todo, aún habiendo pasado tantos años, sigue siendo igual, a pesar de que nos enseñaron a negarlo.

Un día volveré, mientras los hombres cavan las tumbas, donde dejaré vuestras margaritas, volveré para enseñaros el camino, para visitar el mundo prohibido, volveré como cada mes de junio, oculto tras las sombras, creyendo que soy una figura, cuando sólo soy un soldado contra el que ya nadie puede luchar. Un soldado medio muerto abandonado en una tapia oscura donde la cal espera a ser vertida.

Lo veo marcharse, camino de la estación, lo veo mientras intento recuperar imágenes pasadas. No ha cambiado demasiado, quizá haya perdido peso o se haya dejado barba. Cabizbajo, arrepentido de haber vuelto a sentir unos minutos de su vida pasada, se aleja abrigado por una multitud incesante de coches y personas, mientras pasea o deambula, corre o huye. Lo veo buscar caras, miradas, buscar cómplices de aquellos días donde el asfalto nos llevaba por las calles levantadas a lugares que nunca imaginamos pero que más tarde recordamos.

Mi amiga Ana tenía razón: en la vida al final todo pasa factura. Por lo menos ella sigue viva y nunca estuvo en la Plaza Urquinaona.

Después de unos meses, alguien llamó de la isla, y me dijo que Eduardo también había muerto. Ha muerto por tu culpa. No le avisaste de qué le salía demasiada sangre por la nariz, me dijo. Asustado colgué y me marché de casa. Cuando llegué a la playa desierta, alguien me esperaba sentado en la orilla para contarme toda la verdad.

Señorita, ¿usted lleva traje de azafata?, así se lo pregunto mientras extraigo de mi mochila los documentos que necesito. Señorita, ¿es usted azafata? Me deja ver su documentación, caballero. En el mostrador los papeles abiertos, el pasaporte de color marrón y un sobre con una carta que nunca debió de llegar. Lo siento señor, ¿de dónde es usted? Su pasaporte está caducado. El aeropuerto cierra en una hora. B. ya queda demasiado lejos y los vendedores ambulantes de ilusiones mortales están encerrados en la prisión de los cuentos que nadie pudo contar.

Tranquilo, ya puedes descansar en paz, me dijo la voz.


 

Plaza Urquinaona me parece un gran texto. En él veo reunidas las características comunes a la mayoría de tus textos pero profundizadas -opinión súper personal, obviamente- mejoradas, tal vez. Me pasó lo mismo con Maquillaje, aunque en este último, es mucho más visible la historia de fondo. En Plaza Urquinaona siento, o sentí, al leerlo por primera vez, que llegaba tarde a una conversación entre un grupo de amigos, una conversación atrapante, en la cual me gustaría estar inmerso, pero que tengo que conformarme con lo que mi entendimiento o mi imaginación me puedan brindar a través de la ansiosa escucha de sus palabras, captando lo más explícito de esas conversaciones plagadas de recuerdos, de esos recuerdos plagados de sombras, de esas sombras plagadas de muertos. Me gusta como lo no dicho, toma un papel tan preponderante en tu escritura; los lectores deben, debemos, aprovechar esos baches que nos dejas justo para nosotros, para rellenarlos con nuestros más activos pensamientos, estén estos en lo cierto, o no. Una vez que me contaste, cumpliendo con mi pedido, la historia real sobre la que se edifica el cuento, sentí como que ahora sí podía estar inmerso en esa conversación de amigos, formar parte y entender absolutamente todo, sin embargo, lo mejor de tu escritura está en lo otro, en ese relato hermético por momentos, rico en descripciones de sentimientos, en congregaciones de recuerdos y dolores imborrables. En ese hombre vivo que recuerda a aquel otro que murió, y que es él mismo, porque todos los que sufren saben, que se deben morir muchas veces, antes de poder “descansar en paz”.

Miguel Avero, Montevideo, junio de 2012.
Es también autor del poemario «Arca de Aserrín».


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