La nieve también arde.

Arde, como Rusia, como Moscú. La nieve arde, y lo esconde todo, lo adormece, lo mutila, lo corroe. Pero también habla, aunque no lo percibas a simple vista, aunque pretendas protegerte o ignorarla, ahí está, agazapada, esperando…Y su voz es fortuita, y a la vez, cautivadora, sedante, culpable, amante, mentirosa, y necesaria. La nieve es la contradicción. La nieve tiene mil formas de vida, unas humanas y otras no tanto; y también es un personaje, sí, un curioso protagonista de «El deshielo», esta fascinante, grandiosa y magnífica novela escrita por A.D. Miller y publicada por Literatura Mondadori. Nick, el personaje principal del libro, en plena crisis de identidad, quizá en el momento más debil de su existencia, acepta una importante oferta de trabajo en Moscú en el bufete de abogados para el que trabaja y decide trasladarse hasta allí, una ciudad en plena ebullición, al abrigo de la explosión soviética del libertinaje y el derroche, el descontrol y el dinero a raudales, la prostitución, los casinos, la construcción, el sexo, la corrupción, las mentiras y el azar. Una ciudad que muchos desconocíamos, y que Miller describe a la perfección llevándonos a lo más oscuro y sórdido de la noche y el lujo moscovita. Tienes pasta, vales. No tienes, eres una puta mierda. Nick no es mucho más, abogado, culto, vulnerable, vitalista, amable… Pero ese azar, tan poderoso y enigmático, ese impulso fortuito, que también la nieve congela, quiere un día cruzarse con él y conoce a dos chicas, Katia y Masha. Dicen ser hermanas. Dicen ser de otro lugar. Dicen que tienen una tía. Dicen lo necesario. Han aprendido el poder de la palabra y la fuerza de los que se dejan querer porque para Nick todo es perfume, mezcla de (perestroika), mezcla de lo (desconocido). La vida contra la supervivencia. El profeta contra el (esteta). Como una suerte de turista/visitante accidental, Nick, que no deja de ser un sentimentalista empedernido con ciertas carencias emocionales y afectivas, se deja llevar… porque necesita lo que ellas le ofrecen, y camina por la nieve, y se desliza por el hielo, todavía resquebrajado por el fantasma del comunismo, y se cubre de afectos, en la noche, y en los días, y, a pesar del frío, se desnuda… Pero Nick es débil, y Rusia/Moscú, la de ellas, es fuerte o mejor dicho, ha renacido fortalecida porque un día estuvo muerta, como el principio y fin de todo, como el escenario y las calles de esta novela, como el vestuario de lo incoherente. Nick es una especie de blini, frágil y suave, pero sus acompañantes, sus compañeras de viaje en esta inquietante y poderosa novela, donde nada es lo que parece y en la que todo es lo que la miseria de la antigua Unión Soviética aún condena, son duras, como el peor vodka de fabricación casera, duras y ardientes, personajes que viven al amparo de ese manto blanco que se extiende como una plaga, como el fuego que asfixia y ahoga detrás de ya no tanto un telón sino más bien una cortina de alguna aleación desconocida; y por eso hay que salir adelante, sea como sea, porque las luces, el neón, los hammers, la opulencia, el derroche y la vida siguen siendo una mentira que la nieve oculta. Y el deshielo llegará, tímido y cauto, y la vida será una campana que alguien escucha a lo lejos, como ese arrepentimiento que Nick derrocha en su confesión, en este cautivador texto que es una carta, pero también un argumento esencial para entender el deseo más inherente del ser humano: sobrevivir.

«Recuerdo que al ver esas arrugas la quise todavía más, porque la hacían real, un ser físico que podía morir, pero no solo morir».

Reseña de la novela El deshielo, de A.D. Miller, Literatura Mondadori, 2013

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Maite, ama de nada, no «Sobra» nada.

Cierro los ojos y visualizo una figura. Quizá sea Maite, Maite Dono, ella (mujer), ella, fulgurante, viral, amante, desnuda, sagaz, triste… la luna de agosto dibuja y vislumbra su cuerpo, solitario poema, niña furiosa, que rompe su garganta… Maite acostada, redimida, rendida… Es Maite, sí, allí donde la tierra se une con la sangre, donde las «Sobras» se deshacen y se funden con la mortalidad de los elementos.

Maite Dono, autora del poemario «Sobras», publicado por El Gaviero Ediciones es un camaleón que viaja de su ser a su no-ser, de un yo a otro, de una voz a un grito, de un recuerdo a un llanto, de un sol a una noche, del amante al muerto, del muerto a la sangre. Su poesía es orgánica, como la piel, nuestra piel, como todo lo que nos sobra pero no podemos arrojar ni vaciar ni descargar… Su voz, fundida con la sonoridad del ritmo, se hace silencio, se presume asimétrica, se invade de placeres, de manos que ya no existen, de razones, miles de razones que son poemas, versos que acarician cielos y pájaros, bóvedas y cortinas, fobias y filias, sexo y suciedad, odio y arena.

«Con las uñas y los dientes del silencio
He arrancado lentamente esta carne caliente
Humeante carne de amar
Humeante marmita de emoción
Emoción-revolución
Sólo siento
Sólo soy esto
Te jodes


Ahora siéntate y escucha»

Los poemas de «Sobras» están repletos de criaturas, seres marchitos, suicidas de medianoche, esperas sin relojes, visitas al infierno… los versos de Maite gritan desde el poder de la gloria, desde la playa que nadie imagina, desde el desierto pintado de noche, que no negro, pero sí tiniebla; desde el horizonte culpable de amor/amar.

«Mi piel responde a la brisa
Y tú
Quién demonios eres tú?»

Su poesía va más allá de lo inquieto, sobrepasa lo real, desprecia lo dimensionable para convertirlo en una celda donde todo, ella, Maite, se encierran para romper paredes y cristales, arañar miedos y locuras. Se siente su cuerpo, su fuego, su luz, su hambre, su sexo… esa niña atrapada en el tiempo irreal de los relojes de arena, esa mujer con un corazón ahogado, esa quietud calurosa del deseo que invade y duele. Los versos de Maite penetran tu piel, inoculan tu cuerpo de métricas leyes y morbosas imágenes. Te buscan, te penetran, te hieren, te marcan, te aman, te odian… se expanden y arrasan el universo más humilde, ése que somos, que nos sobra y nos roban; ése que mató el pasado.

«… Y por detrás de la noche algo me acaricia
Es mi único alivio
Alguien me escupe entre los ojos
Alguien sabe

Me odio»

Lees a Maite y escuchas la velocidad de la vida, la mortalidad del silencio, el vacío de las llamas, el grito al final de la casa donde esperan los infames, los rebeldes, los que nos matan con espacios preñados en blisters…

Lees a Maite y pides que nunca acabe de contarnos que resistir es invadir de sobras nuestra vida. Lees a Maite y suplicas despertar en un parque lleno de columpios oxidados, lees a Maite y juras volver a querer/amar a todos aquellos que sobran de tu memoria… La plenitud de sus palabras es el oleaje de su combate. La capacidad de Maite para hacernos ver el (desván) que somos es mucho más que magistral. La fuerza geofísica de su voz convierte la poesía en un gen a la medida de la pureza más dulce y temblorosa. Sí, porque leer a Maite Dono es temblar de placer, temblar en el Edén.

Silencio, se desnuda, lentamente, se acerca hasta la orilla, y se sumerge en el mar, el mar poético que te ahoga de bestial belleza. Esto es «Sobras».

«Qué fácil rendirse
A la belleza
Te amo»

 

Reseña del poemario «Sobras», de Maite Dono, El Gaviero Ediciones, 2013.

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El hormigueo de la poesía

«Pienso en mi vida y reconstruyo mi vida
como un accidente de tráfico reconstruye una calzada».

Quizá la poesía, un poema o un verso tengan algo de accidente, ¿quién sabe? Es muy probable que ese posible/presunto accidente no haya ocurrido aún, y esté dentro de uno mismo, a la espera de ser hijo de una mano, de una mente, que más tarde, cuando la luz lo tamice, nacerá y vivirá en el reflejo estrellado de un folio en blanco. Creo que de eso se trata. De vivir, tropezar, caerse, levantarse, y finalmente renacer. Y si alguien, como Cristian Alcaraz («La orientación de las hormigas», Renacimiento, 2013, Premio Poesía Andalucía Jóven) escribe este poemario es porque tiene todo o mucho más de lo anteriormente citado. Es muy difícil definir la belleza, su origen, su forma, su (culminación)… Pero es muy fácil que ella misma, te penetre, te enganche, te agarre por dentro y no te deje salir.

«Llevo el peso en la parte de la espalda
que nunca he tocado».

«La orientación de las hormigas» es un poemario de vida y muerte, una búsqueda de la intimidad interior, un discurso con la vida, con los años pasados, con esos recuerdos que prenden llama en cada sílaba; pero es también un acto de fe, un ejercicio de desnudez, a corazón abierto, donde hay niños que ya no viven, amantes que se fueron, veladas que se esconden en la madrugada, sexo en carne viva, sin tapujos. ¿Por qué tenerle miedo al sexo? ¿Por qué tenerle miedo a la vida? Mientras exista la poesía, mientras exista «La orientación de las hormigas», no hay por qué.

Cristian Alcaraz racionaliza la humanidad que ya (pe-re-ce), y la convierte en el estado sublime del discurso sincero donde el niño, el hombre, el adolescente, todos ellos se redimen a la palabra para reconstruir lo que ya no es nostalgia, pero sí un pasado en llamas que necesita ser contado, desgarrado desde lo más profundo de su ser para buscar un lugar, un espacio donde orientar aquello que parece perdido en los laberintos de las noches de sudor y lágrimas… porque todo aquello que el poeta no se atreve a decir con palabras lo escribe, lo plasma, lo resucita…

«En la soledad me masturbo pensando en ciudades despobladas
como esta».

Esas ciudades despobladas, muertas en fotografías que alguien veló, rescatan lo maldito, recuerdan soledad y vacíos cósmicos entre sábanas desordenadas. Esos miedos que desafían al valor imploran las caricias del lector, la sencillez de lo vivido. La existencia (la nuestra) no tiene medida, pero sí un camino, un sendero (por el que algo o alguien debe orientarnos (las hormigas)). La ceguera de lo cotidiano se ilumina con los versos de Cristian porque son puros, directos, brutales, sangrientos, inmortales, destructivos, como muchos retratos que se pierden en cada mudanza, como muchos llantos detrás de las mentiras que nos abrazan y nos envenenan, como todo aquello que el poeta grita, como un bello violín que emite una sonata en emergencia.

«Mirar a través de las salidas de emergencia.
Buscarse en la belleza
con los ojos rebanados por un cúter».

La poesía de Cristian rebosa de sentimiento, de sentimiento ruidoso y armónico; de una suerte creativa que muy pocos creadores y poetas con tan corta edad (22 años) pueden lograr. Es un diario en carne viva, un lenguaje (propio) con efecto sonoro, donde las distancias se miden por la exactitud de un algoritmo (ad hoc), donde uno siente que está dentro de alguien (de Cristian), y de esta forma consigue entrar en simbiosis con los avatares, con esos que la tramoya de la vida nos pone en jaque cada día, construyendo así una perfecta obra poética que va más allá de lo visual y que culmina en la lógica y el simbolismo, en la cúspide del éxtasis, en lo que muchos no nos atrevemos a ver, pero Cristian sí, porque lleva a sus espaldas el peso de la vida, el sumo poder de la creación y la (orientación).

Confesión, dolor, recuerdos, sufrimiento, carne, ruinas, almas, humanos, despojos… y ese Canino que te muerde desde la primera página.

«No llorar,
-solo-
he deseado no llorar».

—Si te soy sincero, no soy de lágrima fácil, pero aquella tarde de viernes, tus versos me hicieron llorar, y mucho. Ese hormigueo…


(Reseña del poemario «La orientación de las hormigas», Cristian Alcaraz, Renacimiento, 2013)

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La genética de lo digital.

 

Primero lean con atención este párrafo:

«Esto conduce a menudo a una especie de bipolaridad digital y analógica, a una escisión de la persona en in y offline. El derecho medieval reconocía dos cuerpos del rey, como describe Emil Kantorowicz: un cuerpo físico y otro legal, este último inmortal. En consonancia, la modernidad técnica reconoce dos cuerpos del usuario: el físico y el digital. El cuerpo físico está formado por células, microorganismos, agua. El digital se compone de mensajes, perfiles, fotos. El usuario conforma y perfila tanto el uno como el otro y se mueve por las calles como a través de las redes. Sin embargo, a menudo, el cuerpo digital adopta un modelo de conducta distinto al que posee su contraparte física: el mayor pelmazo en Facebook apenas consigue abrir la boca en persona. El payaso que siempre está en el centro de todas las fiestas considera a su vez que es absolutamente vergonzoso escribir estados en Facebook».

¿Les suena, verdad?

Pertenece a «Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos» (Alpha Decay, 2012), un manual/tratado/sociológico-evolutivo-genético-generacional, escrito por la joven Meredith Haaf. Aunque lean eso de «superfluo», no se confundan. Insisto, nunca juzguen un libro por su portada y mucho menos por su título, entonces el superfluo será usted, el lector pasivo. (Sí, sí). Toda pretensión de llegar a un paradigma, y por ende, resultado final escrito (de lo que se quiera) necesita una plataforma de campo sobre la que detenerse. Cuando uno pretende evaluar, analizar y por lo tanto, escribir (sobre lo que nos rodea: ahora, antes, más tarde… (¿pasado?, presente, ¿futu-qué?), no tiene más remedio que partir de lo visible, de lo palpable, en fin de la superflua realidad. (Pero, ¿qué hacemos con ella? ¿la dejamos en una simple fantasía dostoievskiana y nos echamos a dormir después de tomarnos unas birras…?) Habrá quien acepte estos parámetros, seguro; la diversidad y la fauna social pueden ser ya el arca de Noé de la putrefacción. A estas alturas, ¿todo vale? Creo que no.

Y Meredith Haaf, creo que también. Esta analítica autora se deja de rollos y estereotipos, y va más allá de lo palpalble, —y esa realidad de la que les hablaba—, la eleva a sublimes estados, a nuevas formas de convivencia, comunicación, interacción, consumo, comportamientos, evolución, genética… Ve lo que muchos no queremos ver, lo que nos detiene, los miedos generacionales que nos bloquean y en los que nos amparamos como inocentes víctimas de un sistema que nos ha fallado a todos, sí, de algo en lo que ya no podemos confiar, sí, de este societario vertedero cainita que ya Goya, tiempo atrás, vislumbró entre tinieblas. Pues (—wag the dog), la autora revienta esa cortina de humo y aborrece de las banalidades como excusas para considerar la pereza y la compasión como armas desechables y arquetipos a los que nos sometemos como peleles con camisa de fuerza. Los ve, los posee y les planta cara. La juventud (su generación) siente compasión de sí misma y se ahoga entre puñeteros estados y tweets, volátiles e inofensivos, ellos. Nos han construido una suerte de universo paralelo (enredo social) en el que nos han dejado caer, si miedo al vértigo, y en el que nos creemos ser abanderados de opiniones que no van más allá de un simple vistazo de sobremesa. Y ese enredo genetico digital, no es ni más ni menos que una presuntuosa maniobra, una tramoya sin actores, una especie de atajo que no lleva a ninguna parte. Nos han manipulado digitalmente, pero nosotros podemos hacerlo a la inversa, geneticamente hablando, claro.

Lo digital es manipulable, censurable, abominable… Pero lo humano, no. Si caemos en la inacción nos deshumanizamos. (El off y el on) A eso va la autora. La acción (rebelión, furia, ira, reclamación…) como voluntad humana es el recurso más poderoso que tenemos las nuevas generaciones para alejarnos de la redención a la que el capitalismo voraz y el dominante poder nos quieren desterrar. El destierro es como la muerte. La vida es lo pragmático. Analiza y piensa. Resuelve y consigue. Quizá estas cuatro palabras sean el perfecto algoritmo que recorre las páginas de este fascinante manual de acción social, reivindicación y lucha, donde también hay mucho de filosofía, sí, pero con estructuras entendibles y moldeables, conformadas como el espacio de batalla en el que ahora nos toca mover ficha sino queremos que los últimos peldaños (de esta escalera social) se desmoronen.

Hay una distancia enorme entre el poderoso (allá en su olimpo) y el resto de mortales (los que por aquí danzamos); pero esa distancia no es insalvable, no está supeditada a la fugaz e incontrolable carrera de un disparo, no. A pesar del hastío, de la desconfianza, de ese miedo que nos quieren inocular, no nos queda más remedio que plantarle cara, pero para ello, como bien asume, Meredith Haaf, tenemos que desnudarnos de comodidad y embadurnarnos de reacción. Olvida todo lo que te han contado. No tengas miedo a lo desconocido. Estas premisas invaden el genial ensayo de esta joven autora alemana nacida en Múnich en 1983. El virus de la gripe se combate con reposo pero el virus de nuestra era necesita que lo ataquen desde la lucha generacional. Y no voy a lo ilícito, no. Ni tampoco la autora, claro. Existe la legítima, la inalienable capacidad del ser humano, de sobreponerse a toda adversidad con sus armas más personales. Pero dejad los pañuelos, las lágrimas… Dejad y haced. En fin, despierta y comportate, pero sin conformarte.

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La Nada blanca de Butler.

 

«El insomnio, más que miedo a la muerte, parece ser una hipersensibilidad de la particular circunstancia de estar vivo». Blake Butler

No voy a engañar a nadie, algún manual de autoayuda habré leído, con el presunto ánimo, eso sí, de no encontrar nada.

Esa cosa abstracta a la que llamo «nada» no es ni más ni menos que un intento de acotar las posibles soluciones a los impulsos que el ser humano desarrolla cuando su mente se desequilibra. Es una i-ne-vi-ta-bi-li-dad antropológica buscar ayuda (espiritual, profesional, psicológica, psiquiátrica…) en el momento que se necesita. Y todos alguna vez la hemos requerido. Y quien piense lo contrario es un cínico.

Ahora bien, todo lo que pretendo con esa acotación particular de la «nada» se hace pequeño cuando aparece «Nada. Retrato de un insomne» (Blake Butler, Alpha Decay). Dicen que la mejor terapia que existe es mirarse al espejo por la mañana, penetrarte con la mirada y enfrentarte con tu yo visual, ese que te observa y recuerda quien eres. No está mal el ejercicio pero si lo repites mucho cansa y acabas odiando el espejo y, por ende, un sábado por la tarde, después de no haber pegado ojo, comprando uno nuevo en IKEA, teniéndolo luego que montar sin tener ni idea de cómo se agarra un taladro ni de por qué estás ahí sin (ser), sin ti, agotado, fluctuando entre la vigilia y cualquier fase REM improbable ya en tu vida, mientras los demás, aunque no lo parezcan, también se van apagando, como velas dirigidas por corrientes incontrolables.

La noche es blanca, el insomnio aún más, pero la Nada de Butler es el todo poderoso del verdadero yo, el que sueña contigo despierto las realidades del drama humano más íntimo e inalienable: el insomnio.

«Nada. Retrato de un insomne» es una novela, una autobiografía, un particular ejercicio de psicoanálisis; es también una declaración de dignidad, un manual de autoayuda (sin serlo ni pretenderlo), una válvula de escape; un visado hacia las pesadillas del insomne; puede que un ensayo, ¿por qué no? Pero por encima de todo es el ejercicio (abierto) más acertado que se haya realizado sobre el insomnio, el miedo a dormir, las pesadillas, la angustia… desde un punto de vista analítico y, a la vez, personal.

Este trabajo hace del insomnio un escenario de posibilidad creativa en el que la memoria, el estado de ánimo y los condicionantes exógenos y endógenos del ser humano (que en algún momento puedan ejercer su influencia sobre las noches en blanco) quedan definidos en un perfecto ejercicio donde el laboratorio experimental es él mismo, el propio autor, quien, además, reinventa el insomnio crónico como un estado vital del modelo humano contemporáneo.

Leer a Butler supone verte reflejado en un espejo al que nunca has querido enfrentarte. «Nada. Retrato de un insomne» es un: —Retrato de mí, de ti, de él, de ella… Todos estamos en sus páginas, flotando en esa Nada (blanca) que destella en las madrugadas preñadas de segundos atmosféricos y/o quiméricos.

Su brillante capacidad de (Auto)exégesis se extrapola en «Nada» como una suerte de episteme confesional donde el concepto de insomnio es enriquecido y abordado desde cualquier punto de vista posible (origen, causa, concepto, tratamiento, consecuencias, histórico, antropológico, químico, médico, orgánico…)

Sabrás que Butler ha padecido insomnio crónico, sabrás muchas cosas más sobre esta plaga del siglo XXI, pero lo mejor de todo es que, después de su lectura, sabrás mucho más sobre ti y sobre aquellos seres y estados inanimados que te conocen mejor que cualquier ser humano que haya vivido o conviva contigo equis tiempo posible.

Aquellos que te observan durante la noche no tienen ojos ni sentido alguno, pero lo saben todo sobre ti.

El insomnio de Butler no tiene medida, ni tampoco es una ciencia exacta; al contrario, es un compendio filosófico/narrativo necesario para entender el desarrollo humano, la evolución social y la forma que tenemos de interactuar con el medio, la urbe y los demás.

El insomnio de Butler tiene el poder de mantenerte vivo en la nada mortal de las noches en blanco.

Es una pesadilla ilustrada, un sueño posible, un vigilante de la consciencia, en fin, un ser humano, vulnerable, como todos.

Esta recreación arquitectónica de las cuadrículas del insomnio no puede dejar indiferente a nadie porque a pesar de la nada lo es todo. Y el todo es una posibilidad que deriva en costumbre y luego en ley, para convertirse así en el cosmos Butleriano definido como una realidad paralela a la necesidad de seguir vivos.

Butler es el antihéroe postmoderno que muchos necesitamos para seguir vivos entre los espacios en blanco.

Este libro es bueno, útil, necesario, ayudante, inteligente, vigilante, compañero, nocturno, diurno

En fin: Lo es todo cuando no hay nada.


Reseña de «Nada. Retrato de un insomne», escrito por Blake Butler. Publica Alpha Decay. Colección Héroes modernos.

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