El sexo sagrado de Bataille: Transgresión, sacrificio y origen.

Bataille ejemplifica una estrategia modernista por la que la sexualidad se constituye en trascendente y transgresiva en virtud de su completa separación de la naturaleza, de la biología y de la vida humana, estrategia que parece infundir también posturas posestructuralistas (sic) que buscan descentrar la identidad como una realización (cultural) enteramente discursiva o performativa. Al mismo tiempo, la insistencia de Bataille en una dialéctica del tabú y de la transgresión nos permite explorar el modo en que incluso las sexualidades transgresivas se ven involucradas en una socialidad normativa. La filosofía de Bataille es maniquea. La sociedad existe a través de la productividad positiva del trabajo, del orden, de los tabúes y de la moralidad, la participación política, y la solidaridad social. Pero estos valores profanos e ideales morales no son suficientes para hacernos humanos; sin lo sagrado (una forma de negatividad sin causa) y el erotismo (exceso transgresivo) (sic), no seríamos capaces de dar sentido a lo absurdo y a la falta de sentido de la muerte, lo que, al ser demasiado real sería imposible. La cultura debe reconocer que la vida social tiene dos caras, una racional y ordinaria, la otra destructiva y sagrada, y que el verdadero materialismo no se ubica en la fuerza reproductiva de la materia y de la reproducción sino, por el contrario, en la creatividad del espíritu puro que se halla en el abyecto horror de la pérdida, del deterioro y de la muerte. Experimentar lo sagrado por medio de las convulsiones inducidas por el orgasmo o por la visión de un cuerpo muerto constituye la esencia de la humanidad.

El segundo aspecto del pensamiento de Bataille sobre erotismo es que no considera que el despertar sexual se deba en primer lugar a la satisfacción física. Un cuerpo torturado y otro que fornica, según él, alcanza el mismo grado de éxtasis. En el erotismo de Bataille la sexualidad se sitúa fuera de la sociedad y opuesta a ella. Así, pues, ha de considerarse como una nueva forma de absolutismo moral basado en el ansia y la transgresión prohibidas que tiene muy poco que ver con lo que hoy se califica de pornografía —tal como la que existe, por ejemplo, en la industria del sexo—. La pornografía es más bien una modalidad de servicio a través del cual se satisfacen las necesidades de placer de los consumidores individualistas [...] Puede ser que el sexo del porno, con su explotación de los valores hedonistas promovidos por el movimiento de liberación sexual y sus exigencias antitabú, esté más cerca de una visión de la sexualidad reichiana que de la batailliana.

 

RIVAL, Laura; SLATER, Don; MILLER, Daniel. Sexo y socialidad. Etnografías comparativas de objetivación sexual. Antropología de la sexualidad y diversidad cultural. Talasa Ediciones. 2003.


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Erika Nipkow

 

Erika me observa desde su cómoda hamaca mientras yo aprieto un botón para avanzar la imagen futura de mi videograma real.

He seleccionado este espacio porque Erika no puede sentirlo pero sí verlo. Es una condicionada.

De la playa al parque llegaremos en cuestión de 10 minutos. Le meto prisa.

Erika, me persiguen los virtuales.

Sé que estás cansada pero tenemos que avanzar. Si nos cogen (lo) perderemos ambos. Ninguno tendremos su propiedad. He intentado ayudarte con el avance de la cinta. No puedo hacer más.

En silencio me coge la mano y se deja llevar por la fuerza humana que ya no le corresponde. Erika vuela en oleadas de eléctrico magnetismo. Estática su mirada, vertiginoso su cuerpo y ni una sonrisa, ni una sola mueca de la que pueda deducir al menos una pista. Sería una estupidez perder el tiempo otra vez. En esta ocasión todo parece correcto.

Una vez en el parque se desprende de mí y se se dirige hacia un pequeño banco en el que se sienta. Se escuchan los gritos de algunos niños que juegan entre los columpios. Ella, con su nuevo instinto, los busca sin éxito. Quiero decirle que son grabaciones, pero sería un error. Tendríamos que volver a empezar esta vida silenciosa donde los gritos infantiles han ganado terreno desde hace meses a la soledad.

Ahora está de pie frente a mí. Yo sostengo una bolsa de plástico. En ella algunas compras del día. Con un gesto la invito a volver al banco pero me lo impide con su hombro, en un gesto de repulsa y rechazo.

Lo entiendo. Subimos a su apartamento no muy lejos del tiempo y follamos durante más de una hora de forma programática. Nuestros gemidos son grabados para experimentos y proyectos futuros. Los aislaran, antes, del resto de sonidos atmosféricos.

Ella tumbada en la cama me mira mientras (yo-absurdo) me paseo ansiosamente por sus habitaciones.

Me pregunto, querida Erika, si hace falta que construyamos paredes en una casa de la que más tarde huiremos y donde las mamparas son papeles en blanco en los que nos escriben el guión de nuestro existencialismo compartido.

No veo nada relacionado. Miro el interior de la bolsa. Nada interesante. La vuelco: un vestido punk de segunda mano, un par de medias nuevas, un par de flyers para un antro llamado Paraíso Desperdicio y un par de pastillas que tienen pinta de ansiolíticos. Me las meto en la boca y me las trago. Algo harán. Lo importante, me enseñaron que es: la transfiguración introspectiva in.

El efecto no tarda: entre humos y efluvios veo a Erika retorcerse de dolor mientras alguien emite histriónicas carcajadas. (Respira hondo, respira hondo, Erika).

#coños desparramados por habitaciones teñidas de colores aún por inventar.

#siluetas de cartón troqueladas en talleres del antiguo régimen.

#canciones despojadas de sus gritos.

(joder, menudo panorama)

#me despierto en un after con Erika. En la carta solo muestran coños en todo tipo de modalidades: fritos, sazonados, amargos, cerrados, abiertos, seguros, chulos, peludos, pelados…

Nos han emitido, como entretenimiento supongo, un paisaje con (siento de nuevo ansiedad, no encuentro lo nuestro): hombres, mujeres, ratas, cloacas, vagones, campings, bodegas, sótanos, castillos, peleas, vivos, no muertos, sables, sangre, sexo, andróides, bolsas…

¿Existe la era del after (algo) o estamos ya en la del after todo?, me pregunta Erika.

Cuando quiero contestarle ha desaparecido. El camarero me dice que ninguna mujer ha llegado conmigo. Sí algo parecido a un travesti, al que se han llevado un par de golfos. Vuelvo a su casa. En el dormitorio hay una librería que remuevo y tiro al suelo desesperadamente. Una caja precintada con papel de pompas cae. Busco un cuchillo, lo rasgo, la abro y ahí está:

 

EL DISCO DE NIPKOW *

 

Construido e inventado en 1884 por Paul Gottlieb Nipkow ha venido en forma humana en el cosmos de Erika hasta nosotros. Es una de las piezas necesarias para componer el rompecabezas necesario para regresar a la vida.

 

* El disco de Nipkow es un dispositivo mecánico que permite analizar una escena de manera ordenada. Fue Paul Gottlieb Nipkow quién lo inventó y construyó en 1884.

 


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«Sesión privada» por Javier Rovira. Temas de Hoy.

 

COMPRAR

En el camarote, la exigua luz provenía del pasillo y de los mecheros que parpadeaban de forma intermitente, una masa de carne se movía a nuestros pies, gemidos sofocados y suspiros, olor a sudor y sexo crudo, piernas y pechos y penes erectos que emergían de entre la piel de ese ser convulso y único, formado por la suma de muchos cuerpos anónimos. Elena, de pie, empezó a besarme y me despojó de la toalla, una de sus manos me acarició y la otra, así lo sentí, fue capturada por el animal multicéfalo que palpitaba junto a nosotros. Alguien tiró de ella. Y desapareció. Tras los primeros segundos de desconcierto supuse que pronto volvería a mi lado pero no lo hizo, se entremezcló en el tumulto y sencillamente la perdí. Me agaché y la llamé por su nombre, todavía incapaz de asimilar lo que estaba sucediendo. Voces irritadas exigieron que me callase, estaba molestando, alguien pronunció por enésima vez la palabra discreción. Después me armé de valor y me lancé al vacío, buceé desesperado en aquella marabunta de cuerpos desnudos intentando reconocer sus ojos claros, la forma de sus caderas, la suavidad de su piel. La busqué como a un loco a pesar de los insultos y los malos modos ante mis preguntas, por todo el club, en cada recoveco donde a esas horas ya todos follaban con cualquiera.

(Fragmento de «Sesión privada», por Javier Rovira. Publica Temas de Hoy).

 

CALENDARIO DE PRESENTACIONES

 

Madrid. Fnac Callao

23 de febrero de 2012 a las 7.30 p.m.

Acompañará al autor el escritor y diplomático Inocencio Arias.

 

Almería. Biblioteca Villaespesa.

29 de febrero de 2012 a las 8.00 p.m.

Acompañarán al autor: Antonio José Lucas (Delegado de Cultura) y Diego Moya.

 


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La Libertad del exceso de páginas

Libertad tiene muchos aspectos narratológicos que la convierten y sitúan en una obra cumbre de la narrativa contemporánea norteamericana. Su extensión, quizá demasiada, planea sobre el tejido espiritual del americano medio comprometido y neurótico consiguiendo así un retrato fotográfico y diseccionado de la América actual. Una sociedad con ciertos retos, compromisos e intenciones que se ven difuminados, como un espectro que acecha y queremos destruir. Lo peor de todo es que esa destrucción al no ser culminada con el proyecto final se volverá contra el yo posible y desmoralizado del americano actual, creando así unos mecanismos de defensa para con todos los que tiene a su alrededor. En Libertad se manifiesta el miedo, el asco, el hastío, la violencia, el adulterio, la envidia, los descomunales desprecios entre republicanos y demócratas.

Hay un 11-S. Un caos que pasa de puntillas, causando ciertas miradas de recelo ante los posibles sospechosos. Es un pequeño ingrediente que puesto en boca de algunos personajes hará saltar su ira hacia supuestas teorías de poder y/o conspiratorias para con la sociedad norteamericana.

El miedo al recuerdo, a la evocación lo convierten en un suceso casi anodino que no va más allá de un par de llamadas telefónicas.

Hay sexo, envidias, masturbaciones compulsivas, alcohol, exhibicionistas empalmados. En fin: lo que cada uno en su casa haga. América no es una película ni una novela con personajes perfectos. América es Libre y por eso se desahoga con la misma porquería que cualquier mortal.

Cagan, mean, follan, chatean, se corren delante de la pantalla…

El autor narra la vida de una familia que aparentemente puede ser la imagen perfecta que antes comentaba: casa con porche, maravillosos hijos, marido ideal. Pero no, en Libertad, todo eso son débiles castillos que se descomponen en una tragedia de diálogos y pensamientos que desembocan en la destrucción cotidiana de la [anterior] perfección manipulada.

En paralelo a esta familia aparece otra que la complementa: amigos que se acercan y emiten juicios de valor, presumiendo así la capacidad de aprovecharse de esa decadencia para su beneficio.

América odia, es racista, autosuficiente y vil consigo misma y los demás. América no es toda ella católica como muchos piensan. Hay ciudadanos que odian a la Iglesia.

América no sabe adónde va. Los jóvenes se han acomodado en una psicodelia hiperrealista de comodidad al abrigo de un futuro incierto contra el que se vuelven y refugia a través de la música, el sexo, las drogas y la violencia. Sus rumbos dudan entre controvertidas ideas y banales comportamientos. Mientras unos siguen haciendo su vida y olvidando la realidad, otros se esconden en la miseria de su soledad amparados por los vicios manifiestos del ciudadano medio.

El compromiso americano para con la imagen proyectada va llegando a su fin. Ese dulce estilo (irreal, por supuesto y fabricado en los laboratorios de ideas) para proteger sus miserias tiene un vencimiento muy cercano. Nos iluminaron con la prefabricada perfección del American way of life. Todos queríamos ser como ellos, como el estereotipo planeado a través de un cine/relato/novela persuasivo y convincente que nos dejaba la mente cargada de maravillosas instantáneas, haciéndonos dudar de nosotros mismos (destrucción del yo) a través del superhéroe de ficción, del héroe familiar, del perfecto estudiante en maravillosas high school, del brooker que nunca duerme ni come, alimentándose del dinero de los demás (capitalismo funeral de Marina) como se vería más tarde, de la maravillosa ciudad donde todo es amor, de los finales felices… El superhéroe americano con camiseta, vaqueros y deportivas.

Ahora parece que interesa más el medioambiente, pero el capitalismo lo interviene.

El acusado aumento de población es motivo de eslogan y campaña.

Franzen en plena Libertad apunta y dispara contra todo aquello que va más allá de las miserias y los desmanes.

 

Estos dos fragmentos seleccionados definen muy bien el compromiso (depresivo) de la novela:

En las dos semanas y media transcurridas desde su encuentro con Richard en Manhattan, la población mundial había aumentado en siete millones de personas. Un aumento neto de siete millones de seres humanos —el equivalente a la población de Nueva York— destinados a deforestar montes y contaminar arroyos y cubrir prados de asfalto y tirar basura plástica al océano Pacífico y quemar gasolina y carbón y exterminar otras especies y obedecer al puto Papa y producir familias de doce miembros. Desde el punto de vista de Walter no existía en el mundo mayor fuerza del mal que la Iglesia católica, ni causa más perentoria para la desesperanza respecto al futuro de la humanidad y del asombroso planeta que se le había concedido, aunque cabía reconocer que en esos tiempos la seguían muy de cerca los fundamentalismos siameses de Bush y Bin Laden. Walter no podía ver una Iglesia ni el letrero LOS HOMBRES DE VERDAD AMAN A JESÚS ni un símbolo de un pez en un coche sin notar una opresión de ira en el pecho.

(pag. 379)

Los chavales irrumpían en la pista desde todos los accesos con sus ojos brillantes (como el nombre del grupo, Bright Eyes, menudo nombrecito irritante y condescendiente con los jóvenes pensó Katz) y sus pubis afeitados. Su sensación de haberse desmoronado no se debía a la envidia exactamente, ni siquiera del todo al hecho de haberse sobrevivido a sí mismo. El país libraba sucias guerras terrestres  en dos países, el planeta estaba calentándose como un gratinador, y allí en el 9:30 en torno a él, había centenares de chicos cortados por el mismo patrón que Sarah, la del plan de plátano, alimentando todo a sus dulces anhelos, sintiéndose inocente con derecho con derecho a… ¿a qué? A la emoción.

(pag. 443)



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INTRUSOS (deseados)

Estoy sentada en el mismo puto autobús de todas las tardes. Vuelvo a casa. Acabo hecha una mierda después de diez malditas horas de trabajo en el centro de manipulación y quiero llegar pronto y darme una ducha.

Frente a mí hay sentada una señora que no deja de mirarme. No me gusta que me mire, ni ésta ni ninguna, y menos cuando estoy cabreada, bañada en sudor, y harta de todo. No me mires, joder. Pasa de mí. Vete a la puta mierda, deja ya de observarme con esos ojos de intriga novelesca.

Intento desviar la mirada, me pone nerviosa, pero la muy zorra insiste. Si quiere ligar no son horas y yo no tengo el coño para nada y si quiere tomar ejemplo de algo que le haya gustado en mí: mal ejemplo soy. A estas alturas de viaje de bus y vida soy una absurda copia de mí misma, un desastre de acuarelas emborronadas en un estudio cerrado al público.

A tomar por saco, si esta mira pues yo también. Lleva un vestido floreado horroroso, los labios mal pintados, el rimmel que parece que le han pegado dos puñetazos un par de sparrings y seguro que hace un par de días que no se lava el pelo que recoge con una goma sucia. Ahora que se da cuenta que la miro, que la escruto (me gusta este verbo, me recuerda a los escrotos y me pongo algo cachonda) saca una novelucha del bolso y se pone a leer. No puedo ver qué libro es, pero no irá más allá de un bestseller de metro.

En un par de minutos me abstraigo de todo, me relajo, como si nada ocurriera a mi asqueroso alrededor. Pero no dura más de eso. Suena el puto teléfono, que ahora estará en el fondo del bolso. Berrea el cabrón. Dudo si cogerlo o no. Sé que son ellos. Por la hora y el día lo sé.  Hurgo y rebusco en el bolso. Me dicen que ya iban a colgar. Estaba al fondo o en el fondo, no me acuerdo bien que les contesto. Quedamos. Vendrán los dos, como siempre. Tengo el tiempo justo para lavarme y peinarme. Estoy nerviosa, le digo a la mujer. Estoy nerviosa tía, deja de mirarme, coño. Estoy nerviosa, pienso. Esta es mi parada hostias.

Ahora hago lo que me toca y que a ti te importa una mierda.

Llaman a la puerta, lo hacen con los nudillos, nunca usan el  timbre. Son ellos. Abro. Son ellos. Nos besamos. Dudo si decirles que pasen al salón, pero D y M toman la iniciativa y se dirigen al dormitorio. El camino ya lo saben. D lleva una gorra blanca y M una cazadora de piel negra muy bonita que nunca les había visto. Entro y les pregunto si quieren tomar algo. Me contestan que no. El cenicero está ahí, en el segundo cajón. Hablamos un par de frases, lo mismo de siempre. D empieza a tocarme en el muslo. M me besa los pechos y se pone encima de mí. Todavía no nos hemos desnudado. Lo hacemos ahora cuando nos hemos puesto de pie y nos besamos a tres. Le agarro el culo a D. Me gusta su culo: duro y fuerte. Nuestras bocas y lenguas se entrelazan mezclando salibas y microbios, empastes y dientes manidos. El aliento les sabe a alcohol.

Ya estoy muy húmeda, y sola también.

Sola.

Con ellos.

Están muy empalmados. Me ponen muy cachonda. Pienso en: no sé. Mejor no pensar. Estamos en la cama, rendidos al sexo. Se las como. Me lo comen. Me folla M y luego D.

Hemos terminado. Ausencia, angustia, vacío, humo, cigarros, plásticos. Como siempre no hemos usado condón.

Ellos y yo: sola en la cama.

Cogen sus ropas amontonadas y se visten. Revisan que se llevan todo. Me pongo una camiseta que me cubre hasta la entrepierna desnuda y los despido en la puerta. Me dan un par de besos cada uno. Nos llamamos, me dicen.

Ahora soy otra vez yo (de mujer). La casa vuelve a estar vacía. Abro las ventanas para ventilar el aroma del sexo y de los cigarrillos.

Tengo asco o siento asco. No lo sé.

Ahora la veo, se ha puesto un pijama y va hacia la salita. En una mesa pequeña, al lado del sofá, hay un teléfono. Lo descuelga y lentamente marca un número a la vez que lo recita en voz alta. Al otro lado contesta una voz también de mujer.

Hola ma-má. Soy yo, Cris, Cris-ti-na. (La veo que llora).

Mami, ¿por qué me pegaba papá y me hacía aquellas cosas?,  ¿por qué te callabas siempre?

 

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