Fin de miradas (y despedidas)

weekendEsta noche me iré pronto a la cama. Necesito el abrigo de las sábanas enrolladas en la manta que me dan calor en esta solitaria habitación de hotel de La Haya, donde ya la noche se frena, se reduce a cenizas, a locuras, amantes que se miran, encuentros furtivos, caminos que se cruzan… No tengo muchas fuerzas, pues la emoción me embarga. Y la culpa, de nuevo es del cine. Hoy he visto «Weekend», una cinta británica de culto realizada por Andrew Haigh y protagonizada por Tom Cullen y Chris New, que también me ha hecho llorar. Durante la hora y media que dura la cinta, una pequeña sonrisa a modo de mueca no se ha separado de mi rostro, pero luego, esos recuerdos, que te asaltan, y los sentimientos, que afloran, maquillan mi rostro de agua salada. «Weekend» es sencilla: Un viernes por la noche, tras pasar un rato con sus amigos heterosexuales, Russel se dirige a una discoteca, solo y con ganas de ligar. Justo antes del cierre se liga a Glen. Y así empieza un fin de semana –en bares y habitaciones, emborrachándose y drogándose, contándose anécdotas y practicando sexo– que resonará durante el resto de sus vidas. «Weekend» es un trabajo perfecto, una emotiva, actual e intensa exploración del ser humano y de sus emociones; del sexo entre hombres, su intimidad y amor. «Weekend» te deja helado de frío, como un chute de heroína porque es conmovedora, preciosa, elegante. Una de las mejores películas de temática gay que he visto en muchos años. La exploración visual de los sentimientos es grandiosa. Un lujo de cinta para todos, lejos de etiquetas, lejos de prejuicios, la belleza del amor no tiene límites porque como decía David Leavitt en su novela «Mientras Inglaterra duerme»: el amor no es entre sexos sino entre personas. Por eso he decidido guardarme esta película entre mis cosas. Por si tú, amigo, Daniel, compañero ausente, vuelves, saliendo del paso y haciendo que por un momento me pueda asomar a la ventana del piso número catorce, el mismo en el que vive el protagonista, fumándome un pitillo, y viendo el diminuto mundo, buscando, otra vez más, el momento de ponerle final, a lo que el destino nos arrebató. De tu lenguaje, del lenguaje de esta película nada olvidaré. Pero no me rindo, aunque la vida y sus formas caduquen. «Weekend» es una catarsis de palabras y silencios, aunque todos estemos ya cada uno por nuestro lado y el juego de antes quedase guardado en el misterio de tu voz… Algún día, a pesar del dolor, podré recordar las despedidas, como las de «Weekend». Se cierra el telón y se encienden las luces, hay poco público en la sala, unas cincuenta personas. Pero todos, a la vez, nos levantamos y le damos una merecida ovación a esta película. Observo al salir, que no soy el único que lloro… Buenas noches y buena suerte. Ya es noche cerrada en La Haya y desde la pequeña ventana que puebla la habitación de mi hotel, me asomo y huelo al color de tus palabras, al aroma de tu pelo desmarañado, a ti, que ya no estás. Miro al cielo. ¿Estás allí? Llevo un rato esperando y nadie contesta. El efecto de los somníferos ya disminuye mi actividad cerebral. No siento dolor. Ahora hay paz. Quizá me haya dormido sin darme cuenta… No lo he visto, pero me lo han contado: por la noche, en La Haya la temperatura cae en picado, y al amanecer, las rosas todavía florecidas muestran un encaje de escarcha y cuando el sol aparece, inclinan sus cabezas y lloran durante una hora.

Reseña/crítica de la película británica «Weekend»

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